Medicina y revolución liberal: la carrera tecnológica por dominar la naturaleza humana

El uso de tecnologías médicas para el cambio de sexo, el aborto y la selección embrionaria evidencia una cultura resistente a aceptar sus límites. El avance desmedido de la biotecnología plantea un dilema fundamental: ¿qué ocurre cuando la compasión secular convierte la naturaleza en un objeto manipulable?

Imagen: BITE

La tecnología ha capacitado al ser humano para ir mucho más allá de sus límites. La distancia geográfica dejó de ser un problema gracias a las telecomunicaciones y el cielo se convirtió en un espacio cotidiano de tránsito mediante la aviación. Sin embargo, ¿existe algún límite que el ser humano deba respetar o toda la realidad está abierta a la intervención? ¿Es la muerte, por ejemplo, simplemente un problema técnico pendiente de resolver?

En los últimos años, el surgimiento de la llamada grieftech (tecnología del duelo) ha puesto esta discusión sobre la mesa. Mediante el uso de inteligencia artificial, diversas herramientas buscan replicar la personalidad y el aspecto de personas fallecidas para que sus familiares puedan seguir interactuando con ellas. Así, lo que antes se entendía como el término natural e inevitable de la vida terrenal, hoy es solo un proceso que puede resolverse mediante la técnica. La grieftech es un síntoma claro de una cultura que se resiste a aceptar límites.

Y así como con la muerte sucede también con la vida. Hoy, la tecnología —particularmente la tecnología médica— pretende convertir a las personas en productos. Desde el nacimiento hasta la determinación del sexo y los rasgos biológicos, la existencia humana depende cada vez menos de procesos naturales y más de la voluntad de la sociedad y sus capacidades técnicas.

Esta tendencia a convertirlo todo en objeto de manipulación técnica fue analizada por el teólogo británico Oliver O’Donovan, en su libro Begotten or Made? (¿Engendrado o creado?). El título del texto se deriva del Credo de Nicea, donde la Iglesia primitiva afirmó que el Hijo de Dios fue “engendrado, no creado”. Esta es una importante distinción, ya que aquello que alguien engendra comparte su misma naturaleza y existe en una relación de igualdad, mientras que lo que es creado es el resultado de su voluntad sobre la materia, algo que queda a su completa disposición y control. Así, los hijos son engendrados, no creados, pero el libro aborda la afirmación en forma de pregunta ya que los límites de lo que es natural y lo que es fabricado se están desdibujando. 

La grieftech utiliza inteligencia artificial para recrear a personas fallecidas y prolongar la interacción con ellas. / Crédito: BITE

Tomando como referencia el primer capítulo de la obra de O’Donovan, titulado “Medicina y la revolución liberal”, en este artículo reflexionaremos sobre cómo la sociedad tecnológica, impulsada por las ideas de la modernidad liberal, ha deshumanizado la existencia. Al borrar la frontera entre lo natural y lo artificial, actividades humanas de primer orden —como la práctica médica y la procreación— han sido reducidas a meros instrumentos de diseño, intervención y control técnico. 

Pero, ¿qué es exactamente una “sociedad tecnológica”? ¿En qué consiste la “revolución liberal”? Y, sobre todo, ¿cómo ha impactado este cambio de paradigma a la medicina y a la forma en que entendemos nuestro propio cuerpo?

La sociedad tecnológica y el eclipse de lo natural

Jacques Ellul, en su obra La sociedad tecnológica (The Technological Society), ha explorado lo que significa vivir en una cultura tecnológica. Para él, lo que caracteriza a nuestra sociedad no es únicamente la posesión de herramientas avanzadas o dispositivos sofisticados (que en efecto poseemos muchísimos), sino la manera en que pensamos respecto a todo lo que hacemos. Nuestra tecnología no es solo un conjunto de aparatos, sino una cosmovisión; hemos reducido cualquier ámbito de la realidad a un objeto de diseño, manipulación e instrumentalización. 

Jacques Ellul / Crédito: Jan van Boeckel

En esta dinámica, actividades que pertenecen a la esencia misma del ser humano dejan de vivirse como hábitos o relaciones naturales y pasan a entenderse como proyectos de ingeniería. O’Donovan señala que, dentro de este esquema mental, la política —que debería ser una de las actividades menos instrumentales— se concibe simplemente como el ejercicio de “construir un mundo mejor”. Del mismo modo, el amor y el afecto interpersonal se describen como el arte de “construir una relación exitosa”. No queda espacio para el simple “ser” sin un propósito utilitario. Todo debe producir un resultado calculable y estar sujeto a una técnica de optimización. 

Y la trampa de esta perspectiva es la ceguera intelectual que genera. Cuando una sociedad aprende a ver el mundo exclusivamente a través del prisma del “hacer” y el “fabricar”, pierde la capacidad de reconocer aquellos aspectos de la vida humana que no son producto del diseño consciente. Si cada situación se interpreta como una materia prima a la espera de ser moldeada por la voluntad humana, desaparece cualquier criterio de contención. Al no existir en nuestro vocabulario mental la noción de una realidad que deba ser respetada sin ser intervenida, la técnica irrumpe en todos los espacios. Esto despoja a la existencia humana de su espontaneidad natural y de su capacidad para responder con asombro, amor o reverencia ante un orden superior.

Oliver O’Donovan / Crédito: Henry Center

Este cambio conceptual se refleja con claridad en el ámbito ético, donde la inacción ha pasado a juzgarse con sospecha. O’Donovan ilustra esto citando una declaración del biólogo Robert Edwards, pionero de la fertilización in vitro, que apareció en la revista The Listener: “No hacer nada es una decisión ética que debe defenderse de la misma manera que la introducción de nuevos métodos de terapia”. 

A simple vista la frase suena lógica, porque decidir no actuar también requiere pensar. Pero lo que Edwards estaba haciendo era cambiar las reglas del juego en la sociedad, especialmente para los doctores. Antes, en la medicina, la norma principal era el famoso principio de primum non nocere (“lo primero es no hacer daño”). Eso significaba que, ante un cuerpo sano o un proceso biológico normal, la primera responsabilidad del médico era quedarse quieto y no alterar lo que funcionaba bien. Se asumía que la naturaleza tenía prioridad. 

Pero, al equiparar la inacción con la intervención, la sociedad tecnológica invirtió las cosas. Hoy, quien quiere dejar que un proceso siga su curso natural tiene que dar explicaciones y justificarse, mientras que intervenir y alterar la biología se da por sentado como lo “normal”. 

Robert Edwards / Crédito: Steve Pyke

Esto se vuelve más evidente en cómo tratamos nuestro propio cuerpo. O’Donovan dice que el cuerpo humano es el último rincón de naturaleza que nos queda. Podemos llenar las ciudades de concreto y vivir rodeados de pantallas, pero cuando nos quitamos la ropa para darnos un baño, nos encontramos de frente con algo que nosotros no fabricamos ni diseñamos: nuestra propia biología.

Y ahí descubrimos una regla básica: para ser verdaderamente libres, necesitamos aceptar el cuerpo que recibimos y trabajar de la mano con sus leyes. No podemos reinventar el cuerpo desde cero según nuestro antojo. Si intentamos imponerle nuestra voluntad a la fuerza y pasamos por encima de cómo funciona la biología, en vez de ganar libertad terminamos haciéndonos daño. Esto es lo que el apóstol Pablo decía en Efesios 5:29: “nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida”. En el intento de tener el control absoluto de nuestra vida, terminamos agrediéndonos a nosotros mismos.

Pero si la medicina ya no se trata de primum non nocere, entonces ¿cuál es su oficio? Para responderlo, necesitamos observar lo que O’Donovan llama la “Revolución liberal”.

La revolución liberal: el reinado de las libertades humanas

Cuando escuchamos la palabra “liberal”, solemos pensar en política o economía, pero aquí se refiere a algo más profundo. Lo que O’Donovan llama “Revolución liberal” es una búsqueda cultural por liberarnos de cualquier necesidad o límite impuesto por la religión, la sociedad o la propia naturaleza. En esta cosmovisión, la libertad ya no significa aprender a vivir con sabiduría dentro de los límites de la realidad creada, sino la capacidad de eliminar todo aquello que restrinja nuestra voluntad. 

O’Donovan muestra cómo la revolución liberal transformó la libertad en la búsqueda de una autonomía sin límites. / Crédito: Unsplash

O’Donovan explica que esta revolución es un esfuerzo masivo por “diseñar el futuro”. Normalmente, cuando un ser humano realiza una acción, la lanza al curso de la historia y debe confiar en la providencia de Dios para ver qué fruto da, pues no puede controlar todas sus consecuencias. Pero una postura revolucionaria se niega a soltar el control: quiere asumir la responsabilidad total de lo que sucederá, tratando la historia como una materia prima que se puede moldear a la fuerza. 

Esto no es la conspiración de unos pocos “científicos locos” aislados en un laboratorio. Los avances biotecnológicos no nos han sido impuestos por una élite; responden a un deseo masivo de nuestra sociedad. Todos participamos de esa búsqueda de autonomía. Todos queremos que haya nuevos descubrimientos. Por eso la cultura avanza en bloque, haciendo que renunciar al uso de una nueva tecnología no sea una opción aceptable para nadie. 

Esta revolución cambió profundamente nuestra noción de libertad, reduciéndola a lo que O’Donovan define como una “libertad pasiva”. Ya no se trata de una libertad para buscar el bien común o actuar según el orden natural, sino de la garantía propia de un consumidor: el derecho a no sufrir, a no ser molestado y a vivir sin interferencias en la esfera privada. Bajo esta lógica, cada persona exige ver protegidos sus deseos individuales y su estilo de vida, llamándolos “derechos”. 

O’Donovan sostiene que la revolución liberal busca moldear el futuro y convertir los deseos individuales en derechos. / Crédito: Unsplash

Sin embargo, esta libertad resulta engañosa: se tolera la libertad de conciencia solo mientras permanezca guardada en la privacidad del hogar. Tan pronto como alguien intenta actuar en el espacio público —como médico o profesional— guiado por sus convicciones, el sistema se lo impide. Ejercer la conciencia en el trabajo público se interpreta de inmediato como un acto de intolerancia o un intento de “imponer convicciones privadas a los demás”.

Es en este terreno donde el oficio de la medicina sufrió una transformación radical. Durante siglos, la medicina histórica mantuvo una distinción clara: una cosa era curar un cuerpo enfermo y otra muy distinta era interferir en un cuerpo sano. La medicina entendía que su labor era restaurar la salud respetando las leyes de la biología. Sin embargo, la medicina moderna dio el paso de usar la técnica no solo para vencer enfermedades, sino para superar las limitaciones de la salud misma, como la fertilidad o el embarazo, en nombre del derecho a la “autodeterminación”. 

De esta forma, la relación entre el médico y el paciente dejó de ser una colaboración humana basada en la confianza mutua y se convirtió en una transacción comercial. La medicina pasó a verse como un comercio al por menor, donde el paciente es un consumidor con derechos absolutos y el médico es un mero proveedor de servicios. En este modelo, el paciente tiene toda la libertad de exigir, mientras que el médico carga con toda la responsabilidad técnica de cumplir. 

La medicina moderna transformó al paciente en consumidor y al médico en proveedor de servicios. / Crédito: Envato Elements

Esta dinámica revela la gran paradoja de la revolución liberal: la libertad de autodeterminación del paciente se consigue aplastando la libertad de conciencia del profesional de la salud. 

El mejor ejemplo de esto es el debate sobre el aborto. Cuando se promulgó la Ley de Aborto de 1967 en Gran Bretaña, se incluyó una “cláusula de conciencia” para proteger a los médicos que objetaran participar en el procedimiento por razones éticas. Sin embargo, en la práctica esta protección fue un fracaso: sirvió únicamente como un tranquilizante de la conciencia pública para aprobar la ley, pero nunca pudo contrarrestar la fuerza aplastante del sistema técnico, el cual terminó expulsando o acorralando a quienes disentían. 

La organización de una medicina masiva exige previsibilidad y eficiencia; el sistema no puede detenerse por los escrúpulos morales de un individuo. El mensaje implícito para el médico que intenta objetar termina siendo, en palabras de O’Donovan: “si no aguantas el calor, sal de la cocina”. Si no vas a abortar, no tienes nuestro aprecio y respaldo, excepto por la vieja ley de 1967.

Una manifestación a favor del aborto (1977), con motivo del décimo aniversario de la aprobación de la ley de 1967. / Créditos: Evening Standard / Getty Images

La compasión secular y el triunfo de la técnica

O’Donovan muestra que la sociedad tecnológica se mueve por una virtud que se ha colocado en el centro de nuestra cultura: la compasión. Sin embargo, la compasión que domina a la sociedad moderna es muy distinta de la compasión bíblica.

La compasión bíblica mira a la persona en su fragilidad y en su distancia con Dios. Su objetivo es acompañar al que sufre y reconciliarlo con el orden de la creación, recordándole que su valor depende de Dios y no de sus capacidades o logros. La compasión secular, en cambio, mide el sufrimiento en términos de libertad personal. Si ve a alguien que no puede ejercer un deseo o una “libertad” —por ejemplo, tener un hijo cuando la biología no se lo permite, o deshacerse de un embarazo no deseado—, siente la obligación moral de eliminar ese impedimento a toda costa.

Aquí es donde la compasión secular se une con la técnica. La tecnología se convierte en el brazo ejecutor de este sentimiento: si el deseo humano exige una nueva libertad, la técnica busca la forma de otorgársela. La mentalidad moderna asume que, si tenemos el conocimiento para evitar un dolor o satisfacer una demanda, es cruel no usarlo.

La compasión secular mide el sufrimiento en términos de libertad personal. / Crédito: Envato Elements

Para ilustrar cómo opera esta mentalidad, O’Donovan recurre a la ópera Fidelio de Beethoven. En el punto culminante de la historia, la protagonista, Leonora, se disfraza de hombre para infiltrarse en una prisión y salvar a su esposo condenado. En el instante en que el tirano desenfunda un puñal para ejecutarlo, Leonora se interpone sorpresivamente y le apunta directamente con una pistola. Es la escena emblemática de la compasión en su estado más apasionado: un sentimiento que, movido por el dolor y el amor, decide armarse y apelar a la fuerza directa para romper las reglas de la prisión y rescatar al prisionero.

El autor utiliza esta imagen de la compasión empuñando una pistola para explicar el núcleo del proyecto moderno. En la sociedad actual, la compasión secular se percibe como un impulso tan noble y superior que se siente totalmente legitimada para tomar la tecnología como su propia “pistola” y derribar cualquier frontera natural, ética o biológica que se interponga en su camino. Cuando la eliminación del sufrimiento se convierte en la máxima norma moral, la compasión deja de ser una virtud contemplativa y se transforma en una fuerza coercitiva que exige doblegar la realidad a la fuerza para “liberar” al individuo de sus límites.

La Iglesia en medio de la medicina liberal

Frente a una sociedad que busca el control absoluto a través de la tecnología, O’Donovan no propone aislarnos del mundo ni destruir los avances médicos. En su lugar, plantea cuatro posturas prácticas para que los cristianos respondan con sabiduría a los desafíos de la sociedad tecnológica actual.

Frente a la mentalidad tecnológica, la Iglesia debe recuperar una visión bíblica del orden creado. / Crédito: Lightstock

Primero, la Iglesia necesita restaurar su actitud ante el orden creado. Frente a la mentalidad tecnológica que ve el mundo y el cuerpo como materia prima amorfa para moldear, el cristiano debe afirmar que la naturaleza es “lo dado”: una realidad con un orden, límites y propósitos inherentes que recibimos de Dios. La verdadera libertad humana no consiste en liberarnos de la naturaleza mediante la técnica, sino en ejercer nuestra voluntad dentro de las fronteras de la naturaleza recibida.

Segundo, el autor nos llama a sostener la distinción nicena entre “engendrar” y “fabricar” (begotten, not made). Como ya lo dijimos, un ser “engendrado” es alguien que comparte nuestra misma naturaleza humana, un igual en dignidad a quien nos unimos en relación y amor. En cambio, lo “fabricado” es un objeto diseñado, un producto resultante de nuestra técnica que queda inevitablemente subordinado a la voluntad de quien lo creó. El llamado del autor es a no permitir que la biotecnología reduzca al ser humano a la categoría de artificio o producto diseñado, preservando así la igualdad fundamental entre las generaciones.

Tercero, el autor nos invita a romper frontalmente con el fatalismo de la sociedad liberal, que asume que todo avance biotecnológico debe ser aplicado de forma inevitable. O’Donovan llama a rechazar el “imperativo tecnológico” —la idea de que, porque algo es técnicamente posible, se vuelve éticamente obligatorio— y a recordar que la historia no está gobernada por el determinismo de la técnica, sino por la providencia divina. La decisión de “no actuar” o “no usar” una tecnología es una postura ética legítima y necesaria para mantener la cordura moral.

O’Donovan llama a la Iglesia a recibir la creación como un don, no como un producto para rediseñar. / Crédito: Unsplash

Finalmente, como médico, el autor llama a restaurar la medicina como “arte de curar” y rechazar su instrumentalización. Necesitamos redefinir el propósito de la medicina, rescatándola del modelo comercial al que la ha sometido la “libertad pasiva” del consumidor. La medicina debe volver a ser un arte de curar —es decir, una disciplina dedicada a sanar patologías y restaurar el funcionamiento natural del cuerpo— y negarse a ser instrumentalizada como un mero servicio de modificación biológica para satisfacer deseos individuales. Esto exige defender la conciencia médica y recuperar el principio clásico de respetar la biología humana en lugar de intentar dominarla.

Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen, a menos que se especifique explícitamente lo contrario. Para elaborar el texto, el autor ha utilizado herramientas de IA como apoyo, sin embargo, lo ha revisado en su totalidad y es el responsable final del contenido publicado y de la veracidad de este.


Referencias y bibliografía

Medicine and The Liberal Revolution en Begotten or Made? de Oliver O’Donovan 

Apoya a nuestra causa

Espero que este artículo te haya sido útil. Antes de que saltes a la próxima página, quería preguntarte si considerarías apoyar la misión de BITE.

Cada vez hay más voces alrededor de nosotros tratando de dirigir nuestros ojos a lo que el mundo considera valioso e importante. Por más de 10 años, en BITE hemos tratado de informar a nuestros lectores sobre la situación de la iglesia en el mundo, y sobre cómo ha lidiado con casos similares a través de la historia. Todo desde una cosmovisión bíblica. Espero que a través de los años hayas podido usar nuestros videos y artículos para tu propio crecimiento y en tu discipulado de otros.

Lo que tal vez no sabías es que BITE siempre ha sido sin fines de lucro y depende de lectores cómo tú. Si te gustaría seguir consultando los recursos de BITE en los años que vienen, ¿considerarías apoyarnos? ¿Cuánto gastas en un café o en un refresco? Con ese tipo de compromiso mensual, nos ayudarás a seguir sirviendo a ti, y a la iglesia del mundo hispanohablante. ¡Gracias por considerarlo!

En Cristo,

Giovanny Gómez
Director de BITE
¿Mi donación es segura?
¿Mi donación es deducible de impuestos?
¿Puedo cancelar mi donación recurrente?

Autor

David Riaño

Editor general de BITE Project

Es pastor de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Está casado con Laura y es padre de Catalina.

Relacionados

Adolescencia y delincuencia: ¿por qué es necesaria la presencia del padre para guardar la vida de un hijo?

La delincuencia juvenil sacude incluso a los hogares más estables. Cuando la figura paterna abandona la...

Leer más

Matrimonio y cáncer: lo que un estudio de salud revela sobre la comunidad

Un estudio reciente demostró que quienes están casados presentan menores tasas de cáncer. ¿Se trata de...

Leer más

Lucy Hutchinson: la mujer que escribió un tratado teológico en el siglo XVII… para su hija

Con amor, fe y perseverancia, esta madre puritana moldeó el legado espiritual familiar de su hija...

Leer más

Articulos recientes

Códice H: 42 páginas del Nuevo Testamento encontradas en pergamino reciclado

42 páginas del Nuevo Testamento fueron recuperadas de un códice del siglo VI. Su inesperada fuente...

Leer más

De catedrales a cubos grises: la economía del vacío espiritual y la muerte de la belleza

El utilitarismo y la funcionalidad han venido a desplazar el hábito de contemplación por lo estético....

Leer más

La primera escuela del metodismo: la educación que formó a los hermanos Wesley

Susanna Wesley convirtió su hogar en un espacio de estudio bíblico. Esto moldeó espiritual e intelectualmente...

Leer más

Tendencias

Millones de evangélicos, pocos misioneros transculturales: la paradoja en Latinoamérica

El centro de gravedad del cristianismo se ha desplazado hacia el Sur Global, pero las estadísticas...

Leer más

Bridgerton: el nuevo imaginario del deseo romántico

Muchas mujeres rechazan la pornografía explícita, pero consumen relatos románticos que también educan la imaginación, moldean...

Leer más

La rebelión conservadora de la Generación Z: retorno al catolicismo

Cada vez más jóvenes están volviendo al catolicismo tradicional. Esta tradición ofrece orden, comunidad y respuestas...

Leer más

Antes de renunciar al pastorado: las señales que toda iglesia debería ver

Un estudio de Lifeway Research identificó los principales factores que influyen en la permanencia pastoral. Este...

Leer más

El día que Roma destruyó Jerusalén: historia, conflicto y consecuencias teológicas para el cristianismo

En medio del fuego y el caos, Jerusalén cayó ante Roma. Lo que parecía un acto...

Leer más

El imperio financiero de los mormones: ¿cómo una iglesia se convirtió en un gigante económico global?

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días podría alcanzar un valor neto...

Leer más