Las madres desarrollamos múltiples tareas, asumimos preocupaciones y coordinamos agendas. Sin embargo, las creyentes, además de los afanes de este mundo, comparten el anhelo de que sus hijos conozcan y amen a Dios por sobre todas las cosas. Susanna Annesley Wesley no fue la excepción; en consonancia con sus convicciones, dedicó sus capacidades y energía a este propósito.
Una labor de tal envergadura no habría podido sostenerse únicamente en las fuerzas humanas o en el talento propio. Por esta razón, su legado en la dimensión espiritual posee una trascendencia honda y perdurable. Al respecto, la historiadora Catharine Fay Anderson ofrece una valiosa reflexión:
Sería muy difícil encontrar en los registros de la historia la trayectoria de una mujer cuya influencia sobre sus hijos sea equivalente a la de Susanna Wesley. Ella, con toda propiedad, ha sido llamada ‘la fundadora del metodismo’, pues de hecho fue su influencia la que moldeó el carácter de su hijo, quien se transformó en el líder del movimiento que resultó en el avivamiento religioso en Inglaterra durante el siglo XVIII. La Iglesia cristiana nunca ha visto un mayor general a la cabeza de sus fuerzas como el que vio en John Wesley.
Recientemente publicamos un artículo en el que analizamos los desafíos y las dinámicas de la vida en la rectoría de Epworth. Ahora es momento de adentrarnos en el corazón de ese escenario. Allí, Susanna convirtió el entorno cotidiano en un espacio de estricta disciplina, oración y formación teológica. Su influencia sobre John Wesley demuestra cómo la vida familiar, en medio de las complejas circunstancias habitacionales y financieras que ya exploramos, puede dejar una huella decisiva en la historia de la Iglesia.

El método de Epworth: rigor, crianza y orden devocional
La enseñanza y el entrenamiento de sus hijos comenzaban desde muy temprana edad mediante un método de vida estrictamente riguroso. Según expone la autora Beatriz Garrido en su artículo sobre el impacto histórico de Susanna Wesley, a los niños se les enseñaba a llorar despacio y a consumir exclusivamente lo que se les servía. Por esta razón, comer o beber entre comidas estaba prohibido, a menos que se encontraran enfermos. A las seis de la tarde, inmediatamente después de concluir las oraciones familiares, se servía la cena. A las ocho de la noche se retiraban a descansar con la obligación de dormir de inmediato. Uno de sus hijos relató que en el hogar no se permitía que nadie se sentara junto a la cama de un niño hasta que este conciliara el sueño. En la casa de los Wesley, las risas y los juegos constituían los sonidos habituales.
Sin duda, la fe constituía el eje gravitacional del hogar, experimentada con todas sus luces y sombras. Para adentrarse de manera íntima en este universo familiar y conocer el mundo interior de Susanna, se cuenta con una fuente documental insustituible: sus diarios personales. Al evaluar el valor de estos escritos, la especialista del Instituto de Estudios Wesleyanos Donna L. Fowler-Marchant comenta en su obra sobre los inicios metodistas:
El diario de Susana no era un mero ejercicio para detallar la vida diaria, sino que era fundamental para su vida devocional. Las entradas incluyen comentarios perspicaces sobre los libros que estaba leyendo, pensamientos sobre la educación de sus hijos y el cuidado de sus almas, y reflexiones sobre sus propias luchas espirituales.

Ciertamente, en estas páginas se localiza una de las reflexiones más profundas, conmovedoras y honestas que Susanna plasmó sobre los desafíos de su existencia, sus deberes y su fe:
Es, quizás, una de las cosas más difíciles del mundo conservar un temperamento devoto y serio en medio de tantos asuntos mundanos, y, por lo tanto, aconsejaría que ninguna persona se involucre voluntariamente o se encargue de la gestión de más asuntos de los que pueda llevar a cabo con un método que no distraiga sus pensamientos ni ocupe demasiado el tiempo que se nos fue dado para trabajar por nuestra salvación. Pero cuando una familia numerosa y una fortuna estrecha obligan a ello, no se debe disminuir, para no romper el orden de la providencia y, por lo tanto, en tal caso debemos hacer como un obrero sabio que hace un trabajo muy bueno en condiciones difíciles; debemos trabajar mucho más duro, debemos tener cuidado de redimir el tiempo del sueño, de la comida, del vestido, de las visitas innecesarias y de las conversaciones insignificantes, para no vernos obligados a reducir nuestras devociones privadas a un espacio tan pequeño que nos prive del beneficio y de los consuelos de las mismas.
Sobre estos sólidos cimientos se estructuraba la rutina y la vida devocional de esta numerosa familia. De ahí la importancia de que los niños asimilaran con prontitud un catecismo breve, plegarias por el bienestar de sus padres, versículos de las Escrituras y pasajes selectos del Libro de Oración Común.

Respecto a esta metodología, Anderson describe minuciosamente el itinerario pedagógico de los pequeños Wesley, destacando en su investigación para la Universidad de Boston que:
…a todos los niños se les enseñó el Padrenuestro tan pronto como podían hablar y se les enseñó a repetirlo constantemente al levantarse y al acostarse. Cuando crecieron un poco, añadieron una oración por sus padres o breves porciones de las Escrituras en el catecismo hasta que pudieron formar sus propias oraciones. Desde muy temprana edad se les enseñó a distinguir entre el Sabath y los días de la semana. También se les enseñó reverencia durante el culto familiar, una práctica que ha sido muy descuidada en los tiempos modernos. Inmediatamente después ofrecieron una breve oración, lo que hicieron al principio mediante señas, antes de que pudieran arrodillarse o hablar.
Teología en el hogar: instrucción y resistencia espiritual
Dentro de ese esquema de crianza, la corrección desempeñaba un papel fundamental, concebida bajo principios muy claros que la propia Susanna sintetizó en sus registros. En la recopilación de sus escritos completos realizada por el historiador Charles Wallace Jr., ella misma explica:
Nunca corrijas a tus hijos para satisfacer tus pasiones, sino por el sentido de tu deber de rescatarlos de sus errores y preservar tu autoridad. Y luego ten mucho cuidado de que la medida de corrección sea proporcional a la falta. Haz grandes concesiones por la debilidad de su razón y la inmadurez de sus juicios, pero nunca les perdones a causa de un necio cariño cuando pecan contra Dios. Instrúyelos en su deber y razona con ellos sobre las diversas ramas de este. Aprecien los primeros atisbos de sentido y razón y esfuércense por teñir sus mentes en sus primeros años con un sentido de religión. “Instruye al niño en el camino que debe seguir, y cuando sea viejo no se apartará de allí”.

Este esmerado cuidado por el bienestar del corazón y el desarrollo espiritual no disminuía a medida que los hijos alcanzaban la madurez. Así lo evidencia una carta remitida a su hijo Samuel el 27 de noviembre de 1707, cuyo propósito era brindarle orientación para resistir las tentaciones propias de la juventud. Como expone Fowler-Marchant, Susanna le recordó en dicha carta la naturaleza caída de toda la humanidad, advirtiéndole que debe ser consciente de qué tipo de tentación le aqueja más. En sus líneas señaló que “Satanás vuelve contra nosotros las propias armas de nuestras facultades y apetitos corrompidos”, alertándolo para que no descuidara la oración y la alabanza a Dios, ni diera cabida a pensamientos pecaminosos o innecesarios mientras intentaba cumplir con sus deberes religiosos.
Del mismo modo, Fowler-Marchant atribuye a Susanna una notable agudeza psicológica para abordar desde el plano epistolar el fenómeno de la presión social (peer pressure). La autora le adjudica la acuñación y traducción conceptual de este hecho como el “temor a ser considerado diferente o peculiar”, ante el riesgo de sufrir burlas por negarse a seguir las corrientes mayoritarias de la época:
A esto sólo diré: recuerda lo que eres, un cristiano, el discípulo de un Jesús crucificado —y Él ha ordenado que todos Sus discípulos tomen la cruz y Le sigan—. Considera que “se despojó a Sí mismo”, y que “fue despreciado y rechazado por los hombres” y, por tanto, qué poca razón tienes para considerar las injustas censuras de un mundo equivocado o ser objeto de un poco de burla porque no te avergonzarás ni negarás de tu Maestro.

Guiada por la preocupación de salvaguardar el bienestar espiritual de su hija Suky, Susanna dedicó un esfuerzo extraordinario a la redacción de un exhaustivo ensayo sobre el Credo de los Apóstoles. Su meta principal al redactar este documento consistió en cimentar bases teológicas sólidas para que la joven pudiera asumir y vindicar su fe de manera estrictamente personal, y no por el simple hecho de residir en una nación formalmente cristiana o por herencia paterna. En la época contemporánea conocemos este fenómeno como “cristianismo cultural”.
Pero, a pesar de sus constantes esfuerzos, fue un duro revés para Susanna constatar que la dispersión temporal de sus hijos —ocasionada por el incendio y la posterior reconstrucción de su casa parroquial— trajo consigo consecuencias adversas e inesperadas para la vida devocional de cada uno. Este alejamiento influyó de igual modo en sus modales e, incluso, les hizo adoptar giros lingüísticos ajenos a las costumbres familiares. Frente a este panorama, Susanna diseñó un meticuloso y plan estratégico: reservar semanalmente un tiempo exclusivo y a solas con cada uno de sus hijos para dialogar sobre sus inquietudes más profundas. Como bien destaca Fowler-Marchant, bajo esta premisa resulta comprensible que, años más tarde, John Wesley recurriera constantemente al consejo de su madre; no solo por el vínculo filial, sino por reconocer en ella a una mujer sabia, culta y piadosa, consolidando así una relación sustentada en la confianza.
Desafíos eclesiales: el liderazgo de Susanna frente a la tradición
Asimismo, ante las prolongadas ausencias de su esposo debido a compromisos pastorales y laborales, Susanna asumió el liderazgo de la formación comunitaria de sus hijos mediante la realización regular de devocionales hogareños. Aunque hoy en día esta práctica se considera habitual en el entorno eclesial, a comienzos del siglo XVIII representaba una iniciativa sumamente inusual y vanguardista.

En ese mismo orden de ideas, Susanna fue una firme promotora de la incorporación de los laicos en las tareas de predicación local. Como relata una crónica de la comisión de archivos e historia de la Iglesia Metodista Unida, traducida por el reverendo Gustavo Vásquez, años después, cuando John Wesley ya recorría extensas zonas geográficas en su ministerio itinerante, llegó con retraso a una de sus citas litúrgicas y descubrió a un laico predicando en su lugar. Inicialmente, John reaccionó con desconcierto e incomodidad, cuestionando cómo un hombre sin ordenación formal podía sustituirlo en el púlpito. No obstante, la oportuna e inteligente intervención de su madre transformó por completo su perspectiva al hacerle ver el valor y la excelencia de la labor que aquel hombre desempeñaba, un hito que a la postre redefiniría el carácter integrador del avivamiento metodista.
La residencia de Susanna Wesley en Epworth constituyó un modelo de hogar cristiano que, aun sin ser perfecto, dejó una huella imborrable en la memoria de su hijo John, quien jamás olvidó los cultos dominicales vespertinos que ella lideraba. Según expone Garrido, al principio los encuentros se circunscribían al espacio de su amplia cocina; sin embargo, ante el progresivo incremento de asistentes, estas reuniones informales terminaron por extenderse a las demás estancias de la casa y al granero contiguo.
Cabe añadir que las frecuentes ausencias de Samuel, motivadas por sus viajes para asistir a la asamblea eclesiástica de la Iglesia de Inglaterra, agravaron la carga financiera de la familia. De acuerdo con los registros del historiador Frank Baker, parte de esa carga era la necesidad de remunerar a Godfrey Inman para que predicara y dirigiera las oraciones matutinas y vespertinas. No obstante, la deficiente dirección litúrgica de Inman y su deslucida oratoria, sumadas a la inspiradora lectura que Susanna hizo de un informe sobre las misiones danesas en Norteamérica, despertaron en ella un agudo sentido de responsabilidad por el cuidado de las almas a su cargo. Como expone Fowler-Marchant, esto la impulsó a tomar las riendas de los devocionales familiares personalmente.

Con el pasar del tiempo se corrió la voz y otros habitantes del área comenzaron a pedir permiso para asistir también. Los investigadores Jackie Green y Lauren Green-McAfee destacan que el conocimiento bíblico de Susanna y su talento para comunicar la verdad eran tan completos que pronto atrajeron a una multitud. De igual manera, los archivos históricos de la casa parroquial Epworth Old Rectory señalan que, debido al descontento generalizado de los lugareños con Inman, estos eligieron a Susanna como su predicadora, llegando a registrarse hasta 200 personas en sus estudios bíblicos dominicales.
Para Susanna, la observancia del día de reposo revestía el carácter de un deber sagrado e inviolable, otorgándole una relevancia medular, tal como se aprecia en el siguiente registro de su diario, compilado por Wallace:
9 de octubre, domingo. Bendito sea Dios por traerme a otro de Sus días más felices. El gran asunto del día es la alabanza y la acción de gracias, y con el fin de que esto pueda ser realizado devotamente, dedique algún tiempo a contemplar las perfecciones esenciales de la naturaleza divina, y cuando el alma se eleva debidamente con aquellos sublimes y espirituales pensamientos, luego alabar y adorar.

No obstante, las quejas del sustituto de Samuel no se hicieron esperar, argumentando que resultaba indecoroso que una mujer ejerciera la predicación. Alarmado por la situación, Samuel escribió a su esposa con la intención de persuadirla de cesar dicha actividad. Sin embargo, la reacción de Susanna distó de ser sumisa; fiel a la máxima paterna de cuestionar aquello que contrariaba sus convicciones, rechazó la petición. En términos sumamente nítidos y categóricos, le manifestó por escrito a su cónyuge la firme certeza de estar cumpliendo los designios divinos, advirtiéndole que, si ella suspendía las reuniones, los habitantes del pueblo quedarían desprovistos de una instrucción espiritual adecuada.
La tensión, lejos de disiparse, se agudizó. Con base en la literatura histórica especializada y en el ensayo de Thomas G. Hermans-Webster y Rachel Rigdon sobre la influencia de Susanna en John Wesley, se sabe que Inman persuadió a Samuel de que aquellos encuentros de oración constituían “conventículos”, es decir, asambleas clandestinas que vulneraban la Ley de Tolerancia de 1689. Esto dio origen a una intensa y enérgica correspondencia epistolar entre el matrimonio. Con firmeza, Susanna le aclaró a su esposo que únicamente disolvería el grupo si recibía una orden expresa y directa de su parte. Sostenía que solo mediante ese mandato formal podría apaciguar su conciencia ante la obligada renuncia de proclamar la Palabra de Dios a quienes acudían con avidez a escucharla. De hecho, en una de sus cartas más célebres, recogida también por Wallace, expresó de modo contundente:
Si, después de todo, consideras oportuno disolver esta asamblea, no me digas más que deseas que yo lo haga, pues eso no satisfará mi conciencia, sino que envíame tu orden positiva en términos tan completos y expresos que puedan absolverme de toda culpa y castigo por haber desaprovechado esta oportunidad de hacer el bien a las almas, cuando tú y yo comparezcamos ante el gran y terrible tribunal de nuestro Señor Jesucristo. No me atrevo a desear que esta práctica nuestra nunca se haya iniciado, pero será con extremo dolor que los despediré, porque preveo las consecuencias. Ruego a Dios que te dirija y bendiga.

Finalmente, Samuel optó por una postura prudente y permitió la continuidad de las asambleas hasta su regreso de Londres, un hecho que la historiadora Vicki Tolar Burton sitúa como crucial para la vida comunitaria de Epworth. Al evaluar el impacto de este episodio en la posterior configuración del movimiento metodista, Wallace sugiere una esclarecedora hipótesis sobre la influencia directa en su hijo John:
Es posible que su hijo John, futuro organizador del movimiento metodista, no haya percibido la controversia, pero seguramente estuvo presente en los servicios del domingo por la noche. Su propia sociedad y las reuniones de clase, innovaciones que tampoco pretendían rivalizar con los cultos oficiales de la iglesia, puede haber tenido un modelo inconsciente en aquel temprano experimento de su madre.
Teología práctica: la formación espiritual del avivamiento metodista
John Wesley fue testigo directo de la capacidad de su madre para evangelizar y discipular activamente a la comunidad. A raíz de esta vivencia, habría asumido con naturalidad la idoneidad de incorporar a otras mujeres en este servicio de amor fraterno, propiciando que un gran número de ellas se convirtieran en valiosas colaboradoras dentro del movimiento metodista gracias a su constante estímulo. Al respecto, el escritor británico Isaac Taylor concluye, en consonancia con lo expuesto por Garrido, que la influencia de Susanna fue medular en términos éticos y espirituales:
Susana Wesley fue la madre del metodismo en el sentido moral y religioso. Su valor, su sumisión y autoridad, la firmeza, la independencia y el control de su mente; el fervor de sus sentimientos devocionales y la dirección práctica dada a sus hijos, brotaron y se repetirían muy notoriamente en el carácter y conducta de su hijo John.

En consonancia con la herencia puritana, se confería un valor central a la noción de la Iglesia como la auténtica casa de Dios y la congregación reunida, orientando la conducta moral según las huellas de Jesucristo. De este modo, y de acuerdo con las investigaciones de la Fundación Susanna Wesley sobre su espiritualidad, ella estructuró la dinámica de su hogar en Epworth siguiendo modelos adaptados de autores de la talla de Thomas à Kempis, Richard Baxter y Richard Lucas, entre otros teólogos destacados.
Los medios de gracia empleados por Dios para edificar la vida de Susanna fueron la oración, el autoexamen, la meditación y la lectura de las Escrituras, así como la sagrada comunión regular. Diversos historiadores metodistas sostienen la tesis de que sus “modos y medios de la religión”, enumerados en su diario de 1718, inspiraron de manera directa la disciplina espiritual y la estructura organizativa que su hijo John estableció en el Holy Club de Oxford en la década de 1730. Como bien apunta Wallace, este arraigo doctrinal también abarcó una teología de la presencia real en la comunión, fijada por Susanna en una carta enviada a John en 1732.

Bajo esta perspectiva, la oración era entendida por Susanna como el baluarte principal frente a las tentaciones cotidianas, mientras que la meditación representaba, según añade Wallace. en sus análisis sobre la correspondencia familiar, el mejor mecanismo para espiritualizar los afectos, confirmar el juicio y añadir fuerza a las piadosas resoluciones. No obstante, ante el interrogante de cómo lograba conciliar su intensa actividad con la paz interior, sus propios manuscritos revelan que la clave fundamental fue ejercer la diligencia desprovista de ansiedad. En sus diarios, recopilados de igual modo por Wallace, ella misma lo definió así:
Nuestro bendito Señor reprende el cuidado de Marta, porque la entorpecía y dejaba perpleja su mente. Ella no se equivocó en preocuparse por dar recepción digna a su Salvador, sino en ser demasiado ansiosa y solícita al respecto, hasta el punto de que no tenía libertad para asistir siguiendo Sus instrucciones como lo hizo su hermana. Se requiere una gran libertad mental para seguir y poner atención a Jesús con corazón puro; Siempre preparado y dispuesto a observar Su ejemplo y obedecer Sus preceptos. Gestionar los asuntos comunes de la vida para no maltratar o descuidar el perfeccionamiento de nuestros talentos; ser trabajador sin codicia; diligente sin ansiedad; ser tan exacto en cada puntillo de acción como si el éxito dependiera de ello y, sin embargo, estar tan resignado como para dejar todos los acontecimientos a Dios, atribuyéndole a Él la alabanza de toda buena obra. En una palabra, para ser exactos en las cosas comunes de la vida, pero al mismo tiempo gozar el mundo como si no estuviéramos en él, requiere una prudencia consumada, una gran pureza, una gran separación del mundo. Mucha libertad y una fe firme y constante en el Señor Jesús.
A modo de conclusión, Susanna brinda en sus escritos un lúcido análisis acerca de la verdadera esencia que debe guiar todo servicio espiritual, incluido el de la formación de la familia en el hogar:
Ésta es la pasión que eleva e inflama nuestro deseo en proporción a su propio grado. Nuestras esperanzas y temores, alegrías o penas, todo el tren de nuestra concupiscencia y afectos irascibles, surgen y derivan todo su vigor y energía del amor. Todas nuestras virtudes y vicios, felicidad y miseria tienen el mismo origen. Es esta pasión, bien o mal situada, es lo que hace a un hombre virtuoso o malvado.
Referencias y bibliografía
The Influence of Susanna Wesley on the Life and Character of Her Son John Wesley (1936) de Catharine Fay Anderson. Boston University, pp. 20, 95-96.
Susana Wesley, una mujer que marcaría historia | Protestante Digital
Madres en Israel, los inicios metodistas a través de los ojos de mujeres (2021) de Donna L. Fowler-Marchant. Instituto de Estudios Wesleyanos / Wesley Heritage Foundation, Inc., USA, pp. 21, 25, 30, 36.
Susanna Wesley: The Complete Writings (1997) de Charles Wallace Jr. Oxford University Press, New York, USA, pp. 78, 79, 82-83, 237, 239, 248, 304, 349.
Cuando el ateo más famoso del mundo dice que es un cristiano (cultural) | Coalición por el Evangelio
Susana Wesley: madre del metodismo | ResourceUMC
Susanna Wesley de Baker. En Women in New Worlds, p. 123.
The Praying Example of Susanna Wesley | FaithGateway
Susanna Wesley. 1669-1742. Wife – Mother – Teacher | Epworth Old Rectory
His Mother’s Child de Rigdon y Webster, p. 35.
Spiritual Literacy in John Wesley’s Methodism: Reading, Writing, and Speaking to Believe (2008) de Vicki Tolar Burton. Baylor University Press, Waco, USA, p. 47.
The Spirituality of Susanna Wesley | The Susanna Wesley Foundation
Charles and Susanna (2007) de Charles Wallace. En Charles Wesley: Life, Literature and Legacy. Epworth Press, p. 201.
