La “época dorada” en Irán: ¿por qué el cristianismo floreció por décadas y hoy es brutalmente perseguido?

La “época dorada” de Irán, tiempo en el que hubo una monarquía occidentalizada que ayudó al avance de la fe, acabó con la revolución islámica de 1979. Aunque el panorama cambió completamente para los cristianos, la comunidad perseguida ha logrado perseverar.

Imagen: El crédito es: BITE (Basado en imagen de France24)

A lo largo de la historia, la Iglesia cristiana iraní se ha desarrollado en un escenario marcado por la persecución y la violencia. Sin embargo, existió un breve pero significativo lapso temporal en el que Irán fue un país “occidentalizado” en su cultura y que, hasta cierto punto, otorgó la libertad religiosa a las distintas representaciones sociales. Durante esa “época dorada”, la nación experimentó un crecimiento exponencial en múltiples áreas, siendo de amplísimo provecho para las labores eclesiales y la paz y el bienestar de sus miembros; algo extraño en aquel contexto. 

Pese a lo anterior, la aclamada época dorada —tan significativa y portentosa para los iraníes y especialmente para la religión cristiana— se vería eclipsada por la llegada de los ayatolás al poder, esto mediante la revolución islámica de 1979, sentenciando políticamente a Irán a ser una nación teocráticamente islámica. En consecuencia, es necesario indagar sobre los antecedentes de este periodo y cómo la Iglesia cristiana iraní vivió en él, así como también las causas que llevaron a su hecatombe,  la revolución islámica y cómo esta transformó vertiginosamente la vida de los cristianos en ese país. 

Las multitudinarias manifestaciones de apoyo a Ruhollah Jomeini en enero de 1979. / Foto: Getty Images

Antecedentes de la época dorada

Desde el año 636, Irán ha sido un país que esencialmente se ha desenvuelto bajo la tutela del islam. Tal dominio musulmán duró varios centenarios. Para inicios del siglo XX, la dinastía Kayar, establecida en 1785, era el poder político imperante en Irán. Su gobierno se vio marcado por la rebelión continúa de múltiples tribus y clanes, los cuales promovían una marcada división en el conglomerado social. La dinastía Kayar, establecida en Teherán, se caracterizaba no sólo por ser un gobierno autoritario, sino además  por suscitar una serie de cuestionamientos al estar conformada por turcomanos (un grupo étnico de origen túrquico). 

Más adelante, para el año 1801, las dinámicas comerciales y las rutas de mercado internacionales llevaron a Irán a ser usada como servidumbre, permitiendo el paso de los bienes mercantiles impulsados por potencias como Rusia y Reino Unido. De manera que, para finales del siglo XIX, el país iraní era reconocido internacionalmente como una colonia de los mencionados gigantes mundiales. 

Así, Rusia y Reino Unido comenzaron a hacer uso de las prerrogativas económicas que podía ofrecer la nación persa, beneficios como la minería, la construcción de ferrocarriles, el establecimiento de grupos financieros y militares. Según la historiadora Shiva Balaghi, “la importancia geopolítica de Irán lo convirtió en un objetivo central del ‘Gran Juego’ colonial entre Rusia y Gran Bretaña”. Para 1907, estos países se dividieron el territorio: el sur de la nación pertenecería a Gran Bretaña y el norte a Rusia. 

Aga Muhámmad Kan, quien fundó la dinastía Kayar. / Imagen: Charles Heath

Más tarde, para 1919, la dinastía Kayar y el gobierno de Reino Unido pactaron el denominado Acuerdo Anglo-Persa, el cual otorgaba el control total en materia militar, económica y política sobre el país iraní al Reino Unido. Tal acuerdo produjo dos consecuencias que se estimaban como inevitables: la primera fue el descontento de Rusia, seguida de una continua amenaza de acción militar y económica, y la segunda fue el rechazo rotundo por parte de los ciudadanos iraníes. 

Esta situación desencadenó una serie de disturbios que tuvo como resultado miles de muertos. Es así que, en medio de una convulsión social, más la presión política y militar de dos potencias mundiales, ocurre el advenimiento de la Primera Guerra Mundial. Esto propició el contexto necesario para el derrocamiento de un poder político que no satisfacía a ninguna de las partes —ni a las potencias involucradas ni a los ciudadanos nacionales— y que a su tiempo emanaría lo que se denominó la época dorada. Tal suceso es narrado por Balaghi de la siguiente manera:

La Primera Guerra Mundial encontró a Irán en una situación crítica. Su economía estaba devastada y el país sufría un creciente vacío de poder. En 1921, Reza Khan lideró un grupo de soldados hacia Teherán. Exigió la disolución del gabinete y que el debilitado sah Kajar lo nombrara comandante del ejército. Utilizando al ejército como su principal instrumento, Reza Khan buscó restaurar la unidad nacional dentro de las fronteras de Irán. En 1923, el último sha Kajar nombró a Reza Khan primer ministro y luego viajó a Europa para recibir atención médica, sin regresar jamás. La dinastía Kajar, que había gobernado Irán desde 1785, fue depuesta en 1925. Poco después, Reza Khan asumió el cargo de sha y estableció la dinastía Pahlavi.

Reza Khan / Foto: Dominio público

Bajo el poderío político de la dinastía Kayar, la Iglesia cristiana en Irán, fue, desde el inicio, sistemática y violentamente perseguida. Sin embargo, al mismo tiempo que la Iglesia padecía el impacto de la Primera Guerra Mundial y la transición de poderes políticos, también florecía providencialmente. Así lo narra la profesora Heleen Murre-van den Berg, catedrática de estudios globales del cristianismo en Países Bajos: 

La Primera Guerra Mundial afectó principalmente a los cristianos del noroeste de Irán, primero por la llegada masiva de refugiados tras el genocidio en Anatolia Oriental en 1915, y luego, en 1918, por los ataques locales contra cristianos que anteriormente habían estado protegidos por la presencia de tropas rusas (que abandonaron la región en el otoño de 1917, tras la Revolución Rusa). Muchos terminaron siendo refugiados, principalmente en los estados soviéticos del sur, Georgia y Armenia. Otros regresaron a Urmia después de la guerra. La ciudad de Urmia, que durante el siglo XIX se había convertido en un centro del cristianismo asirio, se transformó en un centro regional con florecientes iglesias cristianas.

Titular de The New York Times sobre el genocidio en Anatolia Oriental (1915). / Imagen: Dominio público

De esta manera, comenzaba a notarse un lento pero progresivo crecimiento del cristianismo y su aceptación en el terreno social y político. Al respecto, Heleen Murre señala: 

En términos generales, las crecientes oportunidades sociales y económicas en las ciudades, por un lado, y la presión sobre las comunidades rurales por parte de los nuevos colonos kurdos y turcos azeríes, por otro, aceleraron un proceso de urbanización que, a lo largo del siglo XX, dio lugar a una población cristiana casi 100% urbana. Además, los cristianos asirios y armenios se trasladaron a las ciudades petroleras del sur, especialmente en Ahwaz, donde fundaron nuevas comunidades.

La época dorada de Irán

De esta manera, el crecimiento de las comunidades cristianas en Irán se encausó en un mismo sentir con la ideología política de la dinastía Pahlavi, la cual estableció, a partir de 1921, una forma de gobierno notoriamente distinta a la de sus predecesores musulmanes. Defendían ideas que, para el contexto iraní, resultaron revolucionarias, como la libertad de mercado, la ampliación en políticas educativas para varios sectores sociales y, especialmente, la libertad religiosa. Balaghi señala varias de estas transformaciones:

La piedra angular de las reformas económicas de Reza Shah fue el Ferrocarril Transiraní, que unía el Golfo Pérsico con el Mar Caspio. El proyecto se financió en gran medida mediante impuestos sobre el azúcar y el té; su construcción finalizó en 1938. Reza Shah también impulsó reformas en los ámbitos de la educación y el derecho, que históricamente habían sido dominio del clero. Se decretó la educación obligatoria para todos los iraníes y se construyeron cientos de escuelas. En 1934, se fundó la Universidad de Teherán.

La estación de Bahmi en el Ferrocarril Transcaspiano hacia 1890. / Imagen: Dominio público

De la misma manera, en cuanto a la libertad religiosa en tiempos de Reza Khan, Yahya Armajani, profesor de historia en la universidad de Macalester, Estados Unidos, relata:

Los cambios introducidos en Persia por el Sha Pahlavi [Reza Khan] afectaron a la Iglesia de diversas maneras. Por un lado, las políticas nacionalistas limitaron aún más la labor de los misioneros cristianos, pero, por otro, los Pahlavi eran liberales en materia religiosa, y no se impedía a los cristianos predicar ni distribuir literatura. 

En ese entendido, si bien las políticas nacionalistas obstruían la labor de los misioneros extranjeros, lo cierto es que los cristianos establecidos en el país, con cierta anterioridad, podían compartir libremente su fe. Esta libertad religiosa, así como el crecimiento económico, político y militar continuó desde 1921 y durante algunas décadas más, hasta el final de la década de 1970.

Durante este tiempo, el desplazamiento del clero tradicional de las funciones legales y educativas modificó la dinámica social que había prevalecido en Irán durante siglos. Al promover el Estado una identidad nacional vinculada a la historia de la Persia preislámica, las minorías religiosas obtuvieron un espacio de reconocimiento diferente. En este contexto, la Iglesia cristiana dejó de ocupar el estatus de subordinación tradicional propio de los esquemas gubernamentales anteriores, lo que facilitó su incorporación en el proyecto de desarrollo nacional impulsado por la dinastía.

Los cambios introducidos en Persia por Reza Khan afectaron a la Iglesia de diversas maneras. / Imagen: Dominio público

Este nuevo marco social tuvo efectos directos en las condiciones profesionales y educativas de estas comunidades. Con la creación de la Universidad de Teherán y la expansión de la instrucción laica, los cristianos accedieron a estudios superiores y se integraron a la creciente clase media urbana. Su participación se volvió notoria en sectores técnicos, la medicina, la ingeniería y el comercio, aprovechando la infraestructura y la apertura económica del periodo para consolidar una presencia estable en la vida pública del país.

Asimismo, la adopción de políticas de corte secular por parte del Estado generó un escenario complejo para el avance del Evangelio, caracterizado por una constante tensión entre la apertura y la restricción. Si bien el nacionalismo de los Pahlavi impuso obstáculos y límites rigurosos a la labor de los misioneros extranjeros —al recelar de la influencia externa en las instituciones del país—, la pérdida de control del clero islámico sobre el aparato público abrió nuevos espacios para la comunidad local. Al disminuir el control religioso oficial y las sanciones por apostasía, los cristianos nacidos en Irán encontraron canales de comunicación menos vigilados. De este modo, la neutralidad del Estado, aunque restrictiva para el exterior, ofreció una protección indirecta que permitió a la Iglesia autóctona consolidar y difundir el mensaje cristiano con menor presión legal.

Sin embargo, el desarrollo y los derechos alcanzados por estas minorías durante estas décadas mostraron una estrecha dependencia respecto al sostenimiento del régimen monárquico. Las mismas reformas de secularización que beneficiaron a los cristianos generaron un descontento progresivo en los sectores clérigos marginados y en las poblaciones más tradicionales. Por ello, al estar la seguridad jurídica de estas comunidades ligada directamente a la autoridad y permanencia del Sha, el escenario quedó preparado para un cambio político determinante y que pondría una presión sin precedentes sobre los cristianos.

Con la creación de la Universidad de Teherán y la expansión de la instrucción laica, los cristianos accedieron a estudios superiores y se integraron a la creciente clase media urbana. / Foto: Dominio público

El fin de la época dorada

Como se mencionó, los Pahlavi fomentaron la modernización económica y la secularización de los valores islámicos al promover la libertad religiosa, lo que causó un gran disgusto en varios sectores religiosos y políticos del país. A esto se le suma que, aunque el Sha Reza Khan había propuesto lo que muchos historiadores denominaron una occidentalización teórica de Irán —cambiar la cosmovisión de los nacionales—, fue su hijo, Mohammad Reza Pahlavi (1941-1979) —quien había sido formado en el intelectualismo europeo—, el que llevó al país a lo que se denominó la Revolución Blanca de 1961. Gabriel Ben-Tasgal, periodista especialista en Medio Oriente, explica el por qué del nombre: 

…llamada “Blanca” porque se pretendía una revolución sin derramamiento de sangre (a diferencia de las revoluciones rojas comunistas), fue un programa de 19 puntos que buscaba occidentalizar Irán, en la práctica y a pasos agigantados. Sus pilares principales fueron: la reforma Agraria (el Estado compró tierras a los grandes señores feudales para repartirlas entre los campesinos), el derecho al voto femenino (las mujeres obtuvieron el derecho a votar y ser elegidas), cuerpos de alfabetización (jóvenes graduados iban a las aldeas más remotas para enseñar a leer y escribir) y la nacionalización de bosques y pastos (un intento de modernizar la gestión de los recursos naturales). En el papel, el Sha estaba construyendo una utopía. En la realidad, estaba cavando su propia fosa política.

Como consecuencia del gobierno secularizado de la dinastía Pahlavi, y más exactamente, por la reformas occidentalizadas llevadas a cabo por Mohammad Reza Pahlavi, el descontento de varios grupos radicales, como el ayatola Jomeini y sus seguidores, llegó al límite; estallando así, en 1979, la revolución islámica contra el último Sha. Jomeini, conocido como el “teólogo revolucionario”, fue quién terminaría instaurándose en el poder como supremo líder, propugnando por el rol activo de la religión en todos los asuntos de la vida política y cultural en Irán, utilizando el nacionalismo como medio de expresión. 

Mohammad Reza Pahlavi / Imagen: Getty Images

En ese orden de ideas, al triunfar la revolución islámica y derrocar a los Pahlavi, la República de Irán se consolidó como un estado plenamente teocrático en donde el ayatola —“signo de Dios”, quien ha alcanzado un altísimo nivel de formación en jurisprudencia islámica, teología y filosofía— es el encargado de interpretar la ley Sharía (ley islámica), de manera que este cargo concentró en sí mismo todo el poder político y religioso de la nación. 

Con el triunfo de esta revolución islámica radical, la Iglesia cristiana volvió a ser ferozmente perseguida por las autoridades musulmanas en aplicación de la ley Sharia. Nima Alizadeh, editor de Coalición por el Evangelio en farsi y fundador de Revelation Ministries Inc., narra los eventos aludidos de la siguiente manera, desde aquella época, hasta la actualidad:

Nací dos años después de la revolución iraní de 1979. Nunca viví la época del Sha, los llamados tiempos dorados de Irán. Mi generación ha oído hablar mucho de la dinastía Pahlavi. Fue la última dinastía real iraní, que gobernó durante casi cincuenta y cuatro años, entre 1925 y 1979. Hemos oído muchas historias sobre lo libre y moderno que era Irán en esa época. Poco después de la revolución, el gobierno islámico comenzó a perseguir a los cristianos en Irán. Se pidió a los misioneros que se marcharan y muchos creyentes fueron detenidos, interrogados y amenazados. Durante la década de 1990, unos diez líderes y obispos clave fueron asesinados y a muchos otros se les pidió que dejaran de predicar. En 2005, se cerraron casi todos los edificios de las iglesias. En respuesta, los cristianos formaron iglesias en casas. Al día de hoy, el gobierno tiene como objetivo estas iglesias en casas, y cada año detiene y encarcela a muchos miembros.

Nima Alizadeh / Foto: TGC

Una Iglesia perseguida… y creciente

En conclusión, al observar la historia reciente de Irán, nos encontramos en una serie de cambios dramáticos pero a la vez providenciales. Por un lado, la época dorada, anunciada por el líder militar Reza Khan, trajo un desarrollo económico y cultural que pudo generar en el conglomerado social iraní espacios de convivencia y florecimiento impensables para la religión cristiana, en dónde la Iglesia pudo encontrar un alivio temporal. No obstante, por otro lado, la revolución islámica de 1979 y la posterior aplicación de la ley Sharía, nos sumergen en una dura reflexión sobre el costo de la fe, pero al mismo tiempo y de manera paradójica, propició el escenario para un crecimiento exponencial de la fe cristiana. 

Las implicaciones de esta transición forzada alteraron por completo la dinámica operativa de la comunidad cristiana. Al clausurarse los templos tradicionales y expulsarse a los líderes extranjeros, la Iglesia perdió la visibilidad pública y las garantías legales que había consolidado durante las décadas anteriores. La respuesta ante la presión estatal fue el traslado de la práctica religiosa de los espacios públicos al ámbito privado, mediante la conformación de la red descentralizada de iglesias en casas descrita por Alizadeh. De este modo, la supervivencia y el desarrollo posterior de la fe dejaron de depender de una infraestructura formal o de la aprobación institucional, convirtiendo la clandestinidad en el eje de su preservación.

Asimismo, el fin de las ventajas socioeconómicas asociadas al periodo monárquico aceleró un proceso de autonomía interna dentro de las comunidades locales. Al quedar sin el respaldo de las misiones internacionales y enfrentar el riesgo de detención bajo la ley Sharía, los creyentes iraníes asumieron la responsabilidad de generar sus propios liderazgos autóctonos y mecanismos de apoyo mutuo. En este nuevo escenario, la identidad cristiana en Irán dejó de estar vinculada al progreso o a la modernización urbana promovida por los Pahlavi, para definirse a través del compromiso personal ante las sanciones legales. Este cambio de perspectiva depuró las motivaciones de la feligresía y fortaleció el tejido interno de una Iglesia que ya no dependía de factores externos para su subsistencia.

Finalmente, la consolidación del modelo teocrático produjo un descontento social que, de manera imprevista, facilitó la recepción del mensaje cristiano entre la población civil. El distanciamiento de amplios sectores de la sociedad frente a la rigidez del discurso oficial de la República Islámica generó una apertura hacia opciones espirituales distintas al islam gobernante. La experiencia histórica de Irán demuestra que, si bien la estabilidad de la era secular proporcionó un resguardo institucional importante para el establecimiento de la Iglesia, fue la pérdida de ese entorno protector y el inicio de la opresión lo que impulsó su mayor dinamismo demográfico, transformando el colapso de su época dorada en el inicio de una etapa de arraigo e identidad propia.


Referencias y bibliografía

El cristianismo del siglo XX en Irán | Transform Iran

A brief history of Christianity in Iran | SyriacPress

Christianity VIII. Christian Missions in Persia | Encyclopedia Iranica

La Revolución Blanca: El brillo del progreso que cegó al Trono del Pavo Real | Hatzad Hasheni

Muñoz, L. G. G. O., Abreu, A. S. P., Sánchez, B. J. S., & Vázquez, C. J. (2018). El chiismo y su impacto en la construcción del Estado iraní. Entretextos, 10(30), 1-24

When Communists in Iran were jailed and executed by the Islamic regime, as soon as Ruhollah Khomeini came to power after the 1979 revolution | OpIndia

Delmonte, L. M. (2010). El ayatollah al-ozma Hussein-Alí Montazerí y el movimiento reformista en Irán. estudios de asia y áfrica, 45(2 (142), 451-470.

Metamorfosis de la dinastía Pahlavi, de la autocracia a la esperanza de la ‘Gen Z’ en un Irán en crisis | Perfil

La iglesia en Irán busca a Dios en medio de las protestas | Coalición por el Evangelio

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Autor

Juan Carlos Montaño

Abogado en formación de la Universidad Libre, miembro de la iglesia Bautista Renacer en Bogotá y apasionado por la lectura de la filosofía y la teología reformada clásica.

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