—Buenos días, Sofía… o ¿prefieres que te llame Samuel desde ya? —preguntó el doctor Torres mientras abría la carpeta donde aún figuraba el nombre legal de nacimiento.
—Samuel está bien, doctor, gracias —respondió la joven, acomodándose en la silla del consultorio.
—Bien, Samuel. He revisado los informes de tu psicólogo y el avance de tu tratamiento con hormonas. Todo indica que estás listo para dar el siguiente paso.
—Ha sido un camino largo, pero finalmente me siento preparado para la cirugía.
—Me alegra oírlo. En la primera etapa retiraremos el tejido mamario y, más adelante, realizaremos la reconstrucción genital para adaptar tu cuerpo a tu identidad. Es un proceso largo y requerirá seguimiento médico de por vida, pero el objetivo es que te sientas a gusto. ¿Tienes alguna duda antes de firmar?
Para muchos cristianos, la reacción inmediata a un diálogo o interacción médica como esa es el rechazo, incluso la calificarían como una “aberración”. Sin embargo, quedarnos únicamente con esa etiqueta resulta simplista y nos impide comprender el problema de fondo.
Que esta conversación ocurra con normalidad en el entorno clínico implica una aceptación social previa. Esto significa que una cultura tuvo que asimilar un conjunto de ideas muy específicas sobre el cuerpo, la reproducción y la tecnología. Como argumenta el teólogo y ético Oliver O’Donovan en el capítulo “Sex by artifice” (Sexo por artificio) de su obra Begotten or Made? (¿Engendrado o creado?), la cirugía transexual arroja luz sobre los patrones de pensamiento que guían a nuestra sociedad.

La pregunta que debemos plantearnos no es solo qué ocurre en el quirófano, sino ¿qué marco de pensamiento existe en el programa moderno para que esta interacción resulte natural y comprensible? Explorar este interrogante nos permitirá entender cómo la sociedad contemporánea ve la naturaleza humana, qué papel juega la tecnología en ese cambio y por qué esto afecta de forma directa nuestra comprensión de lo que significa ser hombre y mujer.
De “engendrar” a “fabricar”: la fractura del orden natural
En un artículo anterior, abordamos la distinción fundamental que el teólogo Oliver O’Donovan establece entre “engendrar” y “crear” (o fabricar). Mientras que engendrar significa dar vida a un semejante a partir de lo que somos —transmitiéndole nuestra propia naturaleza—, fabricar consiste en producir algo como resultado de un proyecto técnico o de nuestra simple voluntad. Entender esta diferencia es clave para evaluar el rumbo de la medicina moderna. La pregunta que surge al continuar esta reflexión es: ¿qué sucede con nuestra humanidad si la sociedad empieza a ver todo desde la lógica de “fabricar” en lugar de “engendrar”?
En el mundo de hoy, la idea de fabricar o producir se ha vuelto la forma habitual en que entendemos casi cualquier actividad humana. Para ver la gravedad de este cambio de mentalidad, debemos recordar primero una verdad innegable: en la raza humana, la reproducción natural solo es posible mediante la diferencia entre los sexos. Es decir, la humanidad puede dar vida precisamente porque existimos como hombres y mujeres de forma complementaria.

Esta conexión viene en nuestra propia biología. Por eso, cualquier idea de partenogénesis humana —tener hijos sin la unión de un hombre y una mujer— es una simple fantasía. Es un mito en el sentido más negativo de la palabra, porque nos lleva a desear algo que no nos fue dado ser ni hacer. Como advierte O’Donovan, si la tecnología llegara a hacer realidad el mito de generar vida sin una relación humana —por ejemplo, a través de la clonación—, esto solo demostraría el peligroso poder que tiene la técnica: la capacidad de empujarnos a cambiar la humanidad que Dios nos dio por algo totalmente distinto.
Frente a este hecho inamovible de nuestra biología y de la unión entre el sexo y la procreación, solo tenemos dos caminos: resentirnos contra nuestro diseño o abrazarlo con convicción. A lo largo del tiempo, los pensadores cristianos nos han animado a abrazarlo por dos razones principales que protegen y dan dignidad a nuestra vida.

En primer lugar, aceptar este diseño protege la relación entre el hombre y la mujer. El hecho de que la unión sexual tenga el potencial de dar vida evita que el vínculo se degrade o pierda el sentido de entrega mutua. El respeto entre los cónyuges se fortalece en la tarea compartida de procrear, pues entienden que juntos custodian el regalo de la vida. Si la atracción sexual se ve solo como un fin en sí mismo sin un propósito más profundo, pierde el sentido de responsabilidad que exige una relación verdadera.
En segundo lugar, este diseño protege al propio hijo. El estatus del niño que nace de esta unión está resguardado; tiene la garantía de ser “engendrado, no fabricado”. En el matrimonio, el enfoque principal de la pareja no es producir mecánicamente un ser humano, sino unirse el uno con el otro. El hijo surge de ese encuentro como una posibilidad natural de la relación, nunca como un producto diseñado por la simple voluntad. Por eso mismo, el hijo jamás puede ser tratado como un objeto.

Sin embargo, la mentalidad moderna destruye esta unidad al convertir el “engendrar” en un proceso técnico de “fabricación”. Intenta desatar un nudo que Dios mismo ató, separando la relación del acto de dar vida. Para lograr esta división, la sociedad no necesita odiar el sexo o la procreación; basta con pensar que ambos funcionan mejor si se los libera de la obligación de ir juntos.
Por un lado, se busca disfrutar del sexo liberándolo de lo que muchos ven como una carga molesta: la posibilidad de tener hijos. Por otro lado, se piensa que la reproducción sería más eficiente si el ser humano pudiera fabricar niños mediante la tecnología, controlando los tiempos y los resultados sin depender de los límites de un matrimonio.
Aquí es donde esta mentalidad de “fabricar” se conecta directamente con la cirugía transexual. A primera vista, podríamos pensar que este problema solo afecta los debates sobre tratamientos de fertilidad o manipulación de embriones. Sin embargo, la cirugía transexual cumple un papel fundamental en el triunfo de este modelo cultural. Aunque las personas que se someten a estas cirugías pierden su fertilidad y el procedimiento no produce descendencia alguna, modificar el cuerpo mediante el artificio médico es clave para el proyecto cultural de alterar la naturaleza humana de hombres y mujeres.

El sexo como construcción personal… y juego
La cirugía transexual encaja de forma perfecta dentro del programa no escrito de nuestra cultura liberal. Nos referimos a ese conjunto de ideas e impulsos profundos que permite a la sociedad actual aceptar y respaldar estos procedimientos con una calma asombrosa, sin detenerse a examinar sus implicaciones de fondo. Si observamos este fenómeno con cuidado, la cirugía de reasignación de sexo se integra en la mentalidad moderna a través de dos caminos principales.
En primer lugar, la existencia y masificación de estas cirugías nos lleva a pensar que la diferencia entre hombres y mujeres es algo esencialmente artificial. Tradicionalmente, la condición masculina o femenina se ha entendido como un dato biológico, un marco de realidad que recibimos al nacer y con el cual aprendemos a vivir. Sin embargo, tan pronto como la medicina ofrece la posibilidad de modificar la anatomía en un quirófano para que se ajuste a la voluntad del paciente, la pertenencia a un sexo deja de verse como una realidad dada por la naturaleza y pasa a considerarse una simple construcción personal.
La consecuencia de este cambio es mucho más profunda de lo que parece a simple vista. Al asumir que el sexo es algo que se puede modificar mediante el artificio, la sociedad termina por ver incluso a la inmensa mayoría de las personas —aquellas que viven en conformidad con el sexo con el que nacieron— como si hubieran tomado la “decisión” de quedarse en él. La naturaleza deja de ser la norma general y el punto de partida común.

Aquí se hace evidente la gran tentación de una cultura dominada por la tecnología: ver lo natural únicamente como un caso especial de la técnica. En nuestra época, permitir que la biología siga su curso ya no se entiende como la recepción humilde de un orden creado por Dios, sino simplemente como una opción más entre muchas dentro del catálogo de la voluntad humana. Y cuando la diferencia entre hombre y mujer se transforma en una simple elección técnica, todo lo que se deriva de esa diferencia queda sometido al mismo filtro. De esta manera, el acto de tener hijos pierde su sentido como el fruto natural y complementario de la unión entre un hombre y una mujer, y se convierte en un proyecto técnico más, cuyo único fundamento es la decisión o el deseo individual.
En segundo lugar, convertir la diferencia sexual en algo artificial hace que las relaciones eróticas se desplacen casi por completo hacia la esfera del juego. Para entender esto, debemos mirar cómo funciona la tecnología en nuestras vidas. Por lo general, usamos la técnica para el trabajo, es decir, para resolver problemas prácticos, construir herramientas o transformar el entorno de forma útil. Sin embargo, en el ámbito del juego, la tecnología cumple una función muy diferente: nos permite usar el ingenio y la invención para realizar cosas que no tienen una utilidad práctica directa, sino que se hacen por el simple disfrute y por la fascinación de ver hasta dónde podemos llegar.

Ciertamente, dentro del diseño de la atracción erótica existe un elemento de juego, espontaneidad y disfrute que es completamente natural. Sin embargo, la enseñanza cristiana siempre ha recordado que ese componente lúdico tiene un marco de protección claro dentro del matrimonio, el cual está orientado a la procreación, la fidelidad mutua y el dominio propio. Pero cuando la sociedad moderna busca desvincular deliberadamente al sexo de su propósito procreativo y de sus ataduras biológicas, el elemento del juego pasa a ocupar el lugar central y dominante. La sexualidad se desconecta de la realidad objetiva y se convierte en un terreno destinado a la búsqueda de sensaciones, la exploración de deseos y la diversión personal sin compromisos a largo plazo.
Es precisamente en este ambiente cultural donde la idea de cambiar el cuerpo mediante cirugía encaja a la perfección. Representa un ejemplo supremo de lo que la cultura liberal busca en la esfera privada: una libertad absoluta y sin ataduras externas. Con el auxilio de la técnica médica, la vida íntima y la propia identidad se transforman en un terreno de juego donde no existen límites biológicos ni reglas objetivas a las que debamos someternos. El individuo utiliza la tecnología como una herramienta para diseñar, probar y manifestar ante los demás la identidad que ha elegido construir.

Sin embargo, es fundamental recordar que todo lo que hemos expuesto hasta este punto constituye un análisis macroscópico. Nos ha permitido observar los efectos culturales y sociales que la cirugía transexual produce en nuestra manera de entender la naturaleza humana, el cuerpo y la libertad en un sentido muy amplio. Hemos visto cómo la técnica moldea la mentalidad colectiva para redefinir el sexo como una simple opción.
Pero este cuadro de análisis todavía está incompleto. Para comprender el problema en toda su magnitud, es necesario dar un paso más y examinar el fenómeno desde la práctica médica misma. Hace falta pasar de la teoría social a lo que ocurre en el quirófano: ¿qué es lo que se logra de manera específica cuando se realiza un procedimiento de cambio de sexo y bajo qué razones médicas y filosóficas se justifica esta intervención?
¿Qué logra realmente la cirugía transexual?
A nivel biológico o fisiológico, la respuesta a esa pregunta es clara: no se logra un cambio real de sexo. Quienes experimentan “disforia de género” no están ante un problema de intersexualidad o hermafroditismo, no tienen rasgos o estructuras anatómicas ambiguas que requieran clarificación médica. El cuerpo del paciente es biológicamente sano y responde con claridad al sexo masculino o femenino. Por lo tanto, no se trata de un desorden físico, sino de un conflicto psicológico.
Si el cuerpo está sano, ¿por qué la medicina opta por intervenirlo quirúrgicamente? O’Donovan explica que nuestra cultura intenta justificar la cirugía de reasignación de sexo a través de dos caminos teóricos distintos, a los cuales él llama el “caso psicológico” y el “caso social”.

El caso psicológico
En este enfoque, la persona tiene la convicción interna de que pertenece al sexo opuesto a su cuerpo, sintiendo que habita en un marco anatómico incorrecto. La narrativa común sostiene que la sociedad “asignó” un sexo equivocado al nacer, y que la medicina, mediante el poder de la técnica, tiene la capacidad de corregir ese error para llevar al paciente a su “verdadero” sexo.
Lo interesante de este primer argumento es que el paciente, en su intento por rebelarse contra el sexo que le fue atribuido, termina jugando exactamente bajo las reglas que la propia sociedad ha impuesto. Acepta la premisa de que la sociedad tiene la autoridad y la capacidad de determinar el sexo de un individuo. La cirugía se percibe entonces como un remedio deseable para arreglar la equivocación cometida al momento del nacimiento.
Sin embargo, el problema de fondo no es un error de diagnóstico médico o social que deba corregirse con un bisturí. La solución real no exige alterar un cuerpo sano, sino comprender algo mucho más simple: el rol de la sociedad no es determinar ni asignar el sexo de una persona, sino únicamente identificar y respetar la realidad natural que ya existe.

El caso social
En esta postura, no se pretende engañar a la razón ni negar la realidad biológica del cuerpo. Se reconoce que la persona pertenece biológicamente a su sexo de nacimiento, pero se concluye que, debido a su sufrimiento mental, le resulta mucho más conveniente o llevadero vivir en la sociedad desempeñando el rol del sexo opuesto.
En este escenario, la medicina y la tecnología no se utilizan para corregir un supuesto error de origen, sino para construir una “pretensión”; es decir, para crear una apariencia o una ficción que no es real en el nivel biológico, pero que sirve al propósito de hacer la vida del paciente más fácil y tolerable. La técnica se pone al servicio de una ilusión socialmente aceptada para mitigar el dolor emocional de la persona.
Este segundo enfoque entra en un conflicto frontal con la comprensión tradicional de la medicina, una visión que hunde sus raíces en el pensamiento cristiano. Desde sus orígenes, la práctica médica se ha regido por el principio fundamental de primum non nocere (“lo primero es no hacer daño”). El objetivo primordial de la medicina siempre ha sido buscar el bienestar del paciente protegiendo su salud, sanando sus enfermedades y preservando la integridad de su cuerpo.

Las cirugías de reasignación de sexo quebrantan este principio, ya que son procedimientos extremadamente destructivos. Para crear la apariencia del sexo opuesto, se deben alterar o remover órganos sanos y funcionales, provocando la pérdida irreversible de la capacidad reproductiva y sometiendo al paciente a intervenciones severas que pueden tener consecuencias graves a largo plazo.
Para acomodar estas cirugías, la medicina ha tenido que cambiar de función. Ya no trabaja para restaurar la salud corporal ni para servir a la verdad de la biología, sino que se ha convertido en una herramienta subordinada a las prioridades de la sociedad moderna: eliminar a toda costa el sufrimiento percibido por el ciudadano, incluso si para lograrlo es necesario alterar y dañar un cuerpo completamente sano.
Al llegar a este punto del análisis, hemos comprendido cómo la cirugía transexual funciona en la práctica y de qué manera pone en evidencia el proyecto moderno de la sociedad. Hemos visto cómo la cultura utiliza la tecnología para redefinir el cuerpo, tratar la naturaleza como materia prima y transformar el propósito de la medicina. La pregunta clave con la que debemos cerrar esta reflexión es: habiendo comprendido todo este panorama, ¿qué implicaciones tiene esta realidad para la fe cristiana y cómo debemos responder ante ella?

Recibir como regalo
Tras analizar cómo la cirugía transexual refleja la mentalidad de nuestra época y lo que realmente ocurre en el quirófano, llegamos a la reflexión final que plantea O’Donovan en su libro. Frente al intento moderno de remodelar la naturaleza humana mediante la técnica, ¿cómo debemos responder los cristianos?
O’Donovan nos recuerda que la fe cristiana nos llama a recibir el cuerpo como un regalo de Dios, con todas sus realidades y limitaciones físicas. En la visión bíblica, el ser humano no es una mente o una voluntad atrapada en una masa de carne moldeable, sino una unidad inseparable de cuerpo y alma. Nuestra condición de hombres o mujeres es parte de la buena creación de Dios. Aceptar que somos criaturas significa renunciar a la fantasía de querer autocrearnos o redefinirnos mediante la tecnología. La verdadera paz no se logra intentando cambiar el cuerpo para adaptarlo a nuestros deseos, sino aprendiendo a recibir con gratitud la realidad biológica que Dios nos ha dado.

Esta comprensión del cuerpo moldea también la actitud que la comunidad cristiana debe tener frente al dolor de las personas que experimentan “disforia de género” (sea que la llamemos así o no). El autor reconoce de forma clara que estas personas enfrentan un sufrimiento psicológico real y agobiante. Sin embargo, advierte que la verdadera compasión nunca consiste en respaldar una ilusión. Apoyar un procedimiento que altera o mutila un cuerpo biológicamente sano no es un acto de amor verdadero. La compasión auténtica requiere ofrecer acompañamiento, paciencia y cuidado, pero sin validar la falsa promesa de que la cirugía puede cambiar el sexo de alguien o resolver un dolor de fondo. La Iglesia debe ser un lugar donde la persona sea acogida y escuchada, pero también donde se sostenga la verdad sobre su cuerpo y su diseño.
Al mantener este equilibrio entre compasión y verdad, la Iglesia asume un papel clave frente a la cultura contemporánea: ser un testimonio firme contra el mito de la “autofabricación” humana. Mientras que la sociedad promueve la idea de que cada individuo es dueño absoluto de su identidad y puede construirla a su gusto con ayuda de la medicina, la Iglesia debe recordar que el cuerpo no es materia prima para la manipulación técnica. Al defender que la vida humana se recibe y se abraza —no se fabrica—, los creyentes ofrecen un alivio real frente a la carga agotadora de que cada persona tenga que inventarse a sí misma.
Referencias y bibliografía
“Sex by Artifice”. En Begotten or Made? (1984) de O’Donovan, Oliver. Oxford: Clarendon Press, pp. 15–30.
