“Para mí, es inhumano llegar al punto del aislamiento total, de no tener a nadie en tu vida, de no hablar con nadie (…) que te quiten todo lo que has conocido. Eso es inhumano. No es amoroso”, Brandy Schmiedel, sobrina de un miembro del Cuerpo Gobernante de los Testigos de Jehová.
“Es muy difícil ayudar a la gente a entender lo peligrosos que son y la experiencia tan desgarradora por la que tiene que pasar la gente que se va”, Renee Pickles, exmiembro de los Testigos de Jehová.
“Te destrozan. Destrozan tu reputación. Te destrozan como persona. Incluso me destrozaron como madre”, Theresa Clare, exmiembro de los Testigos de Jehová.
En los últimos años, internet ha servido de plataforma para que miles de exmiembros de los Testigos de Jehová compartan sus experiencias. Este fenómeno, conocido digitalmente como la “comunidad Ex-JW” (Ex-Jehovah’s Witnesses o extestigos de Jehová), ha crecido de manera notable. Foros como el de Reddit superan los 123.000 usuarios semanales y existen canales de YouTube dedicados exclusivamente a documentar los efectos de la excomunión. Estos testimonios exponen las consecuencias individuales de una política institucional que procura el aislamiento social.
Este fenómeno digital ha puesto el foco sobre el shunning —el ostracismo o aislamiento total—, una práctica que obliga a los miembros activos a cortar todo contacto con quienes son expulsados o deciden abandonar el grupo, incluso si se trata de familiares directos. La escala de estas denuncias ha llevado a medios internacionales y analistas a cuestionar la ética de estas medidas y su impacto en la salud mental de las personas. ¿Por qué existe una asociación tan persistente entre este grupo religioso y la ruptura sistemática de los vínculos comunitarios?
Como cristianos, nuestra aproximación habitual a los Testigos de Jehová suele limitarse a la apologética: el debate sobre la Trinidad, la divinidad de Cristo o las profecías fallidas sobre el Armagedón. Y si bien esos asuntos son vitales para nuestra fe, la actual crisis de testimonios en internet nos obliga a observar también el costo humano de su estructura organizacional. El interés ya no reside únicamente en sus doctrinas, sino en cómo estas se traducen en prácticas que sus propias víctimas describen como “inhumanas”.

En este artículo, analizaremos la historia de los Testigos de Jehová y la evolución de su liderazgo en los últimos 150 años. A través de las figuras de sus presidentes y líderes más influyentes, rastrearemos cómo una pequeña agrupación de estudio bíblico se transformó en una organización con un control tan estricto sobre la vida privada de sus fieles. Como creyentes, reflexionaremos sobre si el sistema de exclusión de exmiembros de la comunidad es compatible con la fe cristiana o si responde más bien a las características de una secta. El objetivo final es identificar qué elementos dentro de un movimiento religioso facilitan el desarrollo de prácticas que atentan contra la necesidad de comunidad de una persona.
Charles Taze Russell: un estudiante particular de la Biblia (1870-1916)
El origen de este grupo se dio en el noreste de Estados Unidos durante el siglo XIX, un periodo de profunda transformación espiritual conocido como el Segundo Gran Despertar. Este entorno de libertad religiosa y fervor por la “restauración” del cristianismo primitivo fue el caldo de cultivo ideal para movimientos que rompían con las tradiciones establecidas. No es coincidencia que en este mismo clima surgieran otros grupos con pretensiones de revelación exclusiva, como los mormones, quienes también buscaban redefinir la fe cristiana desde suelo estadounidense.
El movimiento de los Testigos de Jehová se origina con Charles Taze Russell, quien nació en 1852, en el seno de una familia presbiteriana de Pittsburgh. Criado en una religiosidad estricta que enfatizaba el juicio divino y el castigo eterno, Russell comenzó a experimentar dudas profundas a los 16 años. Su lucha interna no era con toda la Biblia, sino con algunas doctrinas que consideraba incompatibles con la naturaleza de un Dios misericordioso, como la predestinación y el infierno de fuego. Tras un periodo de escepticismo en el que investigó religiones orientales sin hallar consuelo, un encuentro fortuito en 1870 cambió su rumbo: asistió a una conferencia de Jonas Wendell.

Wendell era un predicador adventista que mantenía vivo el legado de William Miller, el hombre que años atrás había convencido a miles de personas de que Cristo regresaría físicamente en 1844. Aunque el “Gran Chasco” (Great Disappointment) de Miller demostró que sus fechas eran erróneas, la metodología de buscar cronologías secretas en las Escrituras cautivó a Russell. Bajo esta influencia, el joven se convenció de que, si bien las fechas anteriores fallaron, el método era correcto. Pronto concluyó que Cristo ya había regresado, pero de forma invisible, en 1874.
Motivado por esta urgencia apocalíptica, Russell vendió la lucrativa cadena de tiendas de ropa de su padre para financiar su propia misión. Sin educación teológica formal ni conocimiento de las lenguas originales de la Biblia, se dedicó a escribir de manera incansable. En 1879, fundó la revista que hoy se conoce como La Atalaya (originalmente Zion’s Watch Tower and Herald of Christ’s Presence) y comenzó a publicar una ambiciosa serie de seis volúmenes titulada “Estudios en las Escrituras”. En estas obras, Russell no solo presentaba sus cálculos sobre el fin del mundo, sino que desmantelaba los pilares fundamentales de la ortodoxia cristiana: rechazó la doctrina de la Trinidad, afirmando que Jesús era un ser creado (específicamente el arcángel Miguel) y no Dios mismo, y negó la inmortalidad del alma. En 1884, incorporó legalmente la sociedad para gestionar lo que se convertiría en un imperio editorial.

A diferencia de la estructura centralizada que el movimiento adoptaría décadas después, Russell se oponía inicialmente a las jerarquías eclesiásticas rígidas. Veía a las denominaciones tradicionales como “Babilonia” y prefería que sus seguidores se organizaran en grupos de estudio independientes denominados simplemente “Estudiantes de la Biblia”. Para Russell, la unión del grupo no debía basarse en un control administrativo, sino en la aceptación de la “verdad” que él estaba restaurando.
Esta mentalidad de apertura relativa se reflejaba en su postura inicial sobre la disciplina comunitaria. En la edición del 1 de diciembre de 1882 de La Atalaya, Russell dejó clara su visión sobre cuándo se debía romper la comunión con un miembro:
No somos de los que retiran el compañerismo a los hermanos cristianos por algunas diferencias de opinión; pero cuando se trata de negar el Fundamento mismo de todo el cristianismo, debemos hablar y resistir a tales personas cara a cara, pues se han convertido en enemigos de la Cruz de Cristo.

En este punto, el rechazo social no se utilizaba como una herramienta de control para castigar cualquier duda o infracción menor de conducta, sino que se reservaba para lo que Russell consideraba que era una apostasía total contra sus enseñanzas centrales. Sin embargo, al establecer que él era el único canal autorizado para interpretar la Biblia, Russell plantó la semilla de una exclusividad que, bajo sus sucesores, se transformaría en un sistema de aislamiento social absoluto.
Con todo, a pesar de esa oposición inicial hacia las jerarquías eclesiásticas, Russell demostró una habilidad extraordinaria para la expansión. En 1909, trasladó la sede del movimiento al sector de Brooklyn, en Nueva York, buscando una plataforma más global. Para 1913, sus sermones escritos se publicaban en 3000 periódicos de Estados Unidos, Canadá y Europa. Un año después, en 1914, el grupo lanzó el “Foto-Drama de la Creación”, una ambiciosa producción cinematográfica y de diapositivas con sonido que fue vista por millones de personas.

Esa fecha, 1914, no era casualidad; desde 1876, Russell había señalado ese año como el fin de los “Tiempos de los Gentiles”. Aunque el fin del mundo no ocurrió como sus seguidores esperaban, el estallido de la Primera Guerra Mundial les permitió reinterpretar la profecía, generando reacciones diversas. Para algunos, Russell se volvió un profeta incuestionable; para otros, se convirtió en un falso maestro que se había equivocado en su cronología apocalíptica.
Para cuando Russell murió en 1916, había dejado el camino formado para que su abogado tomara las riendas del movimiento de estudiantes. Pero jamás imaginó la dimensión que este nuevo líder le daría.
Joseph Rutherford: el inicio de los “Testigos” y el liderazgo rígido (1917-1942)
En 1917, Joseph Franklin Rutherford, quien había representado frecuentemente a Russell en los tribunales, se convirtió en el segundo presidente de la organización. Este cambio marcaría un alejamiento cada vez más pronunciado del estilo y la visión de su predecesor.
Inicialmente, su ascenso no estuvo exento de conflictos. Poco después de asumir el cargo, se enfrentó a una lucha interna con la junta directiva de la Sociedad Watch Tower. El punto de quiebre fue la publicación de The Finished Mystery (El misterio terminado), presentado como el séptimo volumen póstumo de la serie de Russell. La obra contenía fuertes críticas a la participación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, lo que provocó que Rutherford y otros líderes fueran encarcelados brevemente bajo cargos de sedición en 1918.

Pero, a pesar de que esta crisis causó una disminución en la membresía durante la década de 1920, el liderazgo de Rutherford fue sumamente eficaz en términos numéricos: para el final de su mandato, la membresía había crecido casi seis veces. ¿Cómo logró esto? En palabras sencillas, llevó un simple movimiento de estudiantes de la Biblia a convertirse en una gran corporación.
Rutherford profesionalizó la maquinaria de proselitismo. Introdujo el concepto de “Salones del reino” para diferenciar sus lugares de reunión de las iglesias tradicionales. También fundó la revista The Golden Age (ahora conocida como ¡Despertad!), que alcanzó una circulación masiva. También fue un pionero en el uso de la radio, llegando a utilizar más de 400 emisoras en 1933 para difundir sus conferencias.

Este activismo agresivo y el fortalecimiento del evangelismo de puerta en puerta —usando fonógrafos portátiles con grabaciones de sus discursos— llevaron al grupo a múltiples batallas legales. En Estados Unidos, estas luchas resultaron en victorias históricas ante la Corte Suprema que ayudaron a definir las libertades de expresión y religión en ese país. Durante su administración, se estima que se distribuyeron unos 400 millones de libros y tratados en todo el mundo. Así es que el movimiento comenzó a concebirse a sí mismo como un organismo imparable, cuyo avance ni aún las leyes podían detener.
Un punto crucial de su liderazgo fue la reconfiguración de la cronología profética, razón por la cual habían perdido tantos seguidores. Russell había enseñado que la presencia invisible de Cristo comenzó en 1874 y que 1914 sería el fin visible de los gobiernos humanos. Cuando 1914 pasó sin que ocurriera el fin del mundo, Rutherford realizó un gran ajuste técnico: movió la fecha de la presencia invisible de 1874 a 1914. Al “espiritualizar” el evento, logró que el fracaso de la profecía visible se convirtiera en una validación interna; según él, Cristo sí había regresado en 1914, pero solo para reinar en los cielos. Este cambio permitió a la organización mantener su relevancia, eliminando gradualmente el rastro de la fecha de 1874 de sus publicaciones.

En 1931, el grupo adoptó formalmente el nombre de “Testigos de Jehová”. Rutherford argumentó que era necesario distinguirse de los diversos grupos de “Estudiantes de la Biblia” que no seguían su liderazgo y fundamentó el nombre en Isaías 43:10 (“‘Ustedes son Mis testigos’, declara el Señor”) para enfatizar que su única lealtad era hacia Dios (Jehová) y no hacia instituciones humanas. Bajo esta nueva identidad, Rutherford intensificó la condena de las prácticas cristianas históricas, calificándolas de paganas. Esto incluyó la sustitución de la cruz —símbolo que se consideró pagano— por el “madero del tormento” como instrumento de ejecución de Jesús. Además, rechazó las celebraciones de cumpleaños.
Al igual que Russell, Rutherford fue prolífico en sus escritos y predicciones. La más notable fue 1925, año en el que predijo la resurrección de patriarcas como Abraham, Isaac y Jacob. Tal era su convicción que mandó construir Beth Sarim (Casa de los Príncipes) en San Diego, una mansión destinada a alojar a estos personajes cuando regresaran a la tierra. Cuando la profecía falló, Rutherford terminó viviendo en la propiedad él mismo hasta su muerte. Hasta este punto de la historia, el grupo había predicho el fin del mundo en los años 1874, 1878, 1881, 1910, 1914, 1918, 1920 y 1925.

Un cambio estructural fundamental bajo Rutherford fue la eliminación de la autonomía local. Sustituyó la elección democrática de los ancianos en las congregaciones por un sistema de nombramientos directos desde la sede en Brooklyn, instaurando lo que llamó “disciplina teocrática”. El objetivo era garantizar la lealtad institucional absoluta. Irónicamente, mientras Rutherford centralizaba el poder, utilizaba sus publicaciones para denunciar el control social que otras religiones ejercían sobre sus fieles. En La Atalaya del 1 de octubre de 1930, se leía:
Sus miembros están esclavizados a credos, costumbres, ritos y ceremonias; no se atreven a renegar de ellos, ni a criticarlos o exponerlos. Hacerlo traería sobre sus cabezas burlas, reproches, expulsión y persecución.
Un año después, el 16 de septiembre de 1931, la revista ¡Despertad! añadió:
El clero está distribuyendo un pequeño folleto (…) haciendo esfuerzos desesperados para evitar que el mensaje llegue a la gente amenazándolos con la excomunión y otros males si leen nuestros libros.

Estas declaraciones resultan reveladoras en el contexto actual. Rutherford presentaba la excomunión en otras iglesias como un acto de esclavitud y una barrera contra la libertad de pensamiento. Sin embargo, al desmantelar la democracia interna y establecer que la organización era el único canal de salvación, construyó el marco que permitiría que el aislamiento social se convirtiera más tarde en su arma más letal.
Tras la muerte de Rutherford en 1942, este sistema de control no se relajó; bajo su sucesor, Nathan Knorr, se estandarizó y refinó hasta convertirse en la política institucional que hoy fractura a miles de familias.
Nathan Knorr: la sistematización del control y el “anonimato” teocrático (1942-1977)
Si Russell fue el visionario y Rutherford el estratega legal, Knorr fue el administrador que convirtió al movimiento en una maquinaria educativa y editorial de precisión técnica. Bajo su mando, el grupo no solo creció en número, sino que sistematizó sus procedimientos internos, incluyendo la formalización de la expulsión.
Knorr se alejó del protagonismo personalista de sus predecesores. En una estrategia que aumentó la opacidad institucional, instauró la política de literatura anónima: a partir de su gestión, los libros y revistas dejaron de llevar el nombre de sus autores, presentándose simplemente como la voz de “la organización”. Este cambio eliminó el rostro humano del liderazgo y lo sustituyó por una autoridad abstracta e incuestionable. Paralelamente, Knorr impulsó la creación de la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, una versión de la Biblia traducida por un comité anónimo y diseñada para respaldar las doctrinas particulares del grupo.

Para sostener la expansión global, Knorr fundó en 1943 la Escuela de Galaad, un programa de formación intensiva para misioneros que permitió abrir sedes en más de 140 países. Este crecimiento vino acompañado de directrices doctrinales cada vez más estrictas que afectaban la vida privada de los fieles. En 1945, se formalizó la prohibición de las transfusiones de sangre (basándose en una interpretación particular del mandato del Antiguo Testamento de no comer sangre), una medida que ha tenido implicaciones directas en la pérdida de vidas humanas dentro del movimiento y que se convirtió en una de sus señas de identidad más polémicas.
Fue bajo la administración de Knorr cuando el aislamiento social dejó de ser una sugerencia para convertirse en un proceso legal interno mediante la creación de los “comités judiciales”. En estos tribunales eclesiásticos privados, tres ancianos decidían el destino social de un miembro sin garantías de defensa externa. La Atalaya del 15 de febrero de 1952 describió este cambio de una estructura participativa a una de obediencia absoluta:
[Los siervos gobernantes] no piden a la compañía que vote sobre esa resolución y diga: “aprobamos su acción”. No; los siervos en la compañía están encargados de la responsabilidad de pastorear el rebaño y de mantener limpia la congregación. Así que los siervos dicen a la compañía qué acción se ha tomado y que el individuo ofensivo ya no es miembro de esta congregación. Entonces la congregación debe cooperar en toda su extensión con el consejo dado por aquellos que velan por sus intereses: los siervos en la organización.

Aquí es claro que, para entonces, la compañía —el cuerpo general de miembros— ya había dejado de tener voz; desde ese momento, solo los comités tenían la autoridad para decidir sobre la expulsión.
Hacia la década de los 60, la organización de Knorr parecía haber alcanzado una madurez institucional sin precedentes. Con sedes en todo el mundo y un sistema educativo que garantizaba la uniformidad del mensaje, los Testigos de Jehová se presentaban como una comunidad unida y blindada contra la influencia externa. Fue en este momento de máxima expansión cuando las instrucciones sobre el aislamiento social se volvieron drásticas. La Atalaya del 15 de julio de 1963 ordenó que el rechazo debía ser absoluto:
Los miembros de la congregación no se asociarán con el expulsado ni en el Salón del Reino ni en ningún otro lugar (…). Si el expulsado intenta hablar con otros (…) deben alejarse de él.
Sin embargo, este gigante organizacional estuvo a punto de colapsar debido a la expectativa generada en torno a 1975. Durante años, las publicaciones de Knorr sugirieron que ese año marcaría el inicio del milenio (un período de 1000 años de paz bajo el reinado de Jesucristo en el que la Tierra sería restaurada a un estado paradisíaco). La urgencia fue tan real que miles de fieles vendieron sus casas y renunciaron a sus empleos para dedicarse a predicar. Cuando el año pasó sin que ocurriera nada, el desencanto produjo una ola masiva de deserciones y una crisis de confianza que amenazó con desmantelar el sistema misionero.

La respuesta a este fiasco no fue una disculpa institucional, sino una reestructuración del poder. Para diluir la responsabilidad del fracaso, el mando dejó de ser unipersonal y, en 1976, se transfirió al “Cuerpo Gobernante”, un grupo de hombres que justificaron su autoridad mediante una nueva lectura bíblica sobre los “ancianos”. Knorr murió en 1977, dejando una organización que había sobrevivido a su propio error profético endureciendo las paredes de su estructura judicial. La lealtad ya no se basaba solo en la convicción, sino en el miedo a perder todo vínculo social si se cuestionaba a la nueva cúpula de poder.
Frederick Franz y el cuerpo gobernante: el desarrollo moderno de una secta (1977-presente)
Tras el fallecimiento de Nathan Knorr en 1977, Frederick Franz asumió la presidencia de la organización. Franz ya era conocido como el principal ideólogo del grupo, habiendo servido como el “teólogo” en la sombra durante las administraciones anteriores. Bajo su liderazgo y en las décadas que siguieron a su muerte, la organización consolidó un cuerpo doctrinal que la separó definitivamente de la sociedad civil y de la ortodoxia cristiana.
Es fundamental precisar que algunas de las doctrinas más distintivas de los Testigos no nacieron con Franz, sino que se originaron durante la presidencia de Rutherford. La enseñanza de que la salvación está dividida en dos clases —los 144.000 “ungidos” con esperanza celestial y la “gran muchedumbre” que vivirá en una Tierra paradisíaca— fue presentada por primera vez en 1935. Del mismo modo, la política de neutralidad política absoluta, que prohíbe a los fieles votar o participar en gobiernos, se estableció al final de la misma década. Sin embargo, fue bajo la influencia de Franz que estas doctrinas dejaron de ser interpretaciones para convertirse en la base de un sistema de exclusión que no permitía el más mínimo cuestionamiento interno.

El momento definitorio de este control ocurrió en 1980 con la crisis de Raymond Franz, sobrino del presidente y miembro del Cuerpo Gobernante. Raymond comenzó a cuestionar la validez bíblica de la cronología de 1914 y la severidad de las políticas de expulsión. Su salida del liderazgo provocó una reacción institucional sin precedentes: la organización comenzó a equiparar la “desasociación” (la renuncia voluntaria por razones de conciencia) con la expulsión por pecado. Mediante una carta enviada a todas las congregaciones sobre lo que llamaron “apostasía silenciosa”, se instruyó que cualquiera que decidiera abandonar el grupo por dudas doctrinales debía recibir el mismo castigo de aislamiento social total que un pecador no arrepentido. Esta medida eliminó el derecho a la renuncia digna, convirtiendo la salida voluntaria en una muerte social ante familiares y amigos.

Con la muerte de Frederick Franz en 1992, la organización inició un proceso de despersonalización. Ya no hubo líderes con el aura de “profeta” o “restaurador”; en su lugar, la autoridad se diluyó en la imagen colectiva del Cuerpo Gobernante. En el año 2000, se produjo un hito administrativo y legal histórico: se separaron formalmente las funciones de la junta directiva de la Sociedad Watch Tower de las funciones del Cuerpo Gobernante. Los líderes espirituales renunciaron a sus cargos en las corporaciones legales para centrarse exclusivamente en la dirección doctrinal.
Esta separación permitió a la organización proteger su núcleo de liderazgo de litigios legales, mientras que las entidades corporativas pasaron a ser dirigidas por hombres que no necesariamente formaban parte del grupo de los 144.000 “ungidos”. Esto marcó la entrada de miembros de la “gran muchedumbre” en altos cargos administrativos, profesionalizando aún más la gestión de sus activos y sedes globales.

En el siglo XXI, la organización ha tenido que lidiar con el paso del tiempo y el fracaso de sus cronologías. Dado que la generación que estaba viva en 1914 prácticamente ha desaparecido, en 2010 introdujeron la doctrina de las “generaciones traslapadas”. Esta nueva interpretación sostiene que la “generación” mencionada en Mateo 24:34 incluye a dos grupos de ungidos cuyas vidas se cruzan en el tiempo, extendiendo artificialmente el plazo para el cumplimiento de su profecía sobre el fin del mundo.
En años recientes, la presión cultural, la disminución del crecimiento y los desafíos legales han forzado una flexibilización en aspectos que antes eran motivo de expulsión o fuerte censura. Se han relajado normas sobre la vestimenta (permitiendo barbas en los hombres y pantalones en las mujeres en las reuniones) y se han hecho ajustes menores en la postura sobre las fracciones de sangre (ahora las personas, según su conciencia, pueden acceder a autotransfusiones). Sin embargo, el cambio más sorprendente en su retórica ocurrió en La Atalaya de agosto de 2024, donde se modificó la terminología oficial para reducir el estigma público:
Ya no nos referiremos a tales personas como expulsadas (…) ahora nos referiremos a ellas como personas que han sido removidas de la congregación.

Esta misma publicación abrió una rendija a la interacción social mínima dentro de sus lugares de culto, dejando a criterio de los miembros saludar a quienes han sido apartados: “…los cristianos pueden usar su conciencia entrenada por la Biblia para decidir si invitar a una persona que fue removida de la congregación (…) a asistir a una reunión (…) algunos pueden sentirse cómodos saludando o dando la bienvenida”.
A pesar de este lenguaje más suave, el sistema de fondo permanece inalterado. La “remoción” sigue implicando que los miembros activos deben cortar el contacto social y familiar con la persona fuera de las paredes del Salón del Reino. Estos ajustes de última hora parecen responder más a una estrategia de supervivencia institucional y legal que a una revisión del principio de aislamiento social, el cual sigue siendo la herramienta principal para mantener la cohesión y evitar la disidencia interna en la era de la información.
Tres lecciones de Jesús, el Dios hecho hombre
Al analizar la trayectoria histórica de los Testigos de Jehová, la Iglesia cristiana se enfrenta a una serie de advertencias fundamentales sobre cómo debe conducirse en el mundo, manteniendo la fidelidad a las Escrituras y evitando los peligros del control institucional. Dado que el núcleo de la doctrina de este grupo reside en la negación de la divinidad de Cristo, resulta imperativo cerrar esta reflexión reafirmando el valor de las enseñanzas de Jesús, el Dios hecho hombre, cuya confesión de divinidad ha sido el pilar de nuestra fe desde la Iglesia primitiva. A continuación, presento tres lecciones vitales que surgen de las palabras de la Segunda Persona de la Trinidad.
Primero, debemos considerar el peligro de crear una fe “a medida”. Estos grupos suelen nacer cuando las personas deciden qué enseñanzas aceptar y cuáles rechazar basándose en lo que les resulta cómodo o lógico según su propio criterio. En el caso de los Testigos de Jehová, su visión particular de quién es Jesús no surgió solo de estudiar la Biblia de manera claramente privada y desligada de los concilios históricos, sino de sus propios prejuicios. Por ejemplo, su fundador, Charles Russell, rechazaba por completo la idea del infierno porque le parecía imposible que un Dios de amor castigara a alguien de esa manera.

Para sostener esa idea, el movimiento enseñó que el alma muere junto con el cuerpo; es decir, que la persona simplemente deja de existir. Bajo esta lógica, no era necesario que Jesús fuera Dios mismo; bastaba con que fuera un hombre perfecto y la primera criatura del universo. En su Traducción del Nuevo Mundo, cambiaron a propósito el texto de Juan 1:1 para decir que Jesús era “un dios” (con minúscula) en lugar de decir que “era Dios”. Hicieron esto para que la Biblia encajara con su teoría: ellos creen que para salvarnos no hacía falta que Dios mismo muriera, sino que bastaba con que un hombre perfecto pagara el precio de la muerte. Así, para ellos, la salvación es volver a vivir en una tierra convertida en un paraíso, mientras que el castigo para los malos es simplemente desaparecer para siempre.
Sin embargo, la Biblia presenta una realidad mucho más profunda: Jesús no murió solo para arreglar el planeta o darnos una buena vida en el Paraíso, sino para darnos Su justicia y salvarnos del juicio justo de Dios contra el pecado. Como afirma la Escritura en Romanos 5:9: “Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por Su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él”. Si negamos que Jesús es Dios, terminamos por restarle importancia al inmenso sacrificio que se necesitó para que nosotros, como seres humanos, pudiéramos recuperar nuestra relación con el Creador.

La segunda lección es que debemos tener cuidado con el atractivo de las “nuevas revelaciones”. Es necesario que seamos extremadamente cautelosos de no enseñar como bíblico aquello que no emana de las Escrituras. Gran parte del crecimiento de este grupo se basó en el atractivo de sus profecías sobre el fin de los tiempos y el establecimiento de fechas exactas. No obstante, la advertencia de Jesús es clara en Mateo 24:36: “Pero de aquel día y hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre”.
A pesar de esta afirmación, los Testigos de Jehová han fijado múltiples fechas fallidas que luego han tenido que “espiritualizar” o reinterpretar para mantener su credibilidad frente a los fieles. Esta práctica de añadir detalles a la revelación bíblica bajo una “interpretación privada” es precisamente lo que la Biblia prohíbe. 2 Pedro 1:20 nos recuerda: “Pero ante todo sepan esto, que ninguna profecía de la Escritura es asunto de interpretación personal, pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios”.

La historia nos enseña que cuando un hombre o una organización se levanta reclamando ser el “único dueño de la verdad” o el “único canal de comunicación de Dios”, estamos ante la formación de una secta que busca suplantar la autoridad final de la Palabra. La advertencia final de Apocalipsis 22:18 es un llamado a la sobriedad: “Yo testifico a todos los que oyen las palabras de la profecía de este libro: si alguien añade a ellas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro”. Así, debemos enfocarnos en enseñar lo que ya nos fue revelado, no en buscar nuevas revelaciones.
La tercera y última lección es que debemos tener cuidado con el control social de los fieles. El rasgo más distintivo y doloroso de este grupo ha sido la transformación de la disciplina bíblica en una herramienta de control psicológico y social a través del shunning. Si bien el Señor Jesús instruyó sobre la disciplina en la asamblea, el propósito siempre fue la restauración, no la destrucción de la persona.
En Mateo 18:17, Jesús establece que, si alguien persiste en el error tras ser exhortado por la comunidad (no por unos cuantos elegidos), debe ser tratado como a “gentil y recaudador de impuestos”. Es crucial entender que, para Jesús, el trato hacia los gentiles y recaudadores no era de aislamiento u odio, sino de amor, acogida y predicación del Evangelio. Él buscaba activamente a los perdidos para ganarlos de nuevo, no para imponerles un silencio sepulcral que fracturara sus familias.

La organización suele citar 1 Corintios 5:11 para justificar el ostracismo, pero el contexto paulino es radicalmente distinto. Pablo habla de dejar de asociarse con alguien que, llamándose hermano, vive en abierta inmoralidad (idolatría, borrachera, estafa). Los Testigos de Jehová, por el contrario, han aplicado esta medida contra familiares y amigos que simplemente han cuestionado enseñanzas administrativas o han decidido retirarse por razones de conciencia. Y si bien en años recientes han mostrado cambios cosméticos en su lenguaje para mantener una “imagen sostenible” y evitar críticas legales, el origen de estos ajustes no parece ser una reforma teológica sincera, sino una estrategia de supervivencia frente a un mundo cada vez más informado.
De esta forma, es fundamental que el liderazgo cristiano vigile diligentemente su corazón. Existe una línea divisoria clara entre enseñar con autoridad y ejemplo, y ejercer un control abusivo sobre las conciencias. El apóstol Pedro nos ofrece el equilibrio perfecto en 1 Pedro 5:2-3:
…pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que les han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño.
La verdadera Iglesia no se sostiene mediante el miedo al aislamiento o la vigilancia institucional, sino que permanece como “columna y sostén de la verdad”, invitando a los pecadores al arrepentimiento y ofreciendo una comunidad que provee sentido y fundamento real en Cristo.
Referencias y bibliografía:
Escaping Jehovah’s Witnesses: Inside the dangerous world of a brutal religion | Four Corners
The Entire History Of Jehovah’s Witnesses And Shunning | JW Thoughts – YouTube
Their Modern Development and Growth | JW
Russell, Charles Taze – Timeline Biography | The ARDA
Who was Joseph Franklin Rutherford? | GotQuestions.org
Unfulfilled Watch Tower Society predictions | Wikipedia
Injunction on blood transfusions | The Tribune
