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Discipulado por el apóstol Juan, Policarpo lideró Esmirna en años decisivos del siglo segundo. Combatió herejías, promovió la unidad entre iglesias y su muerte quedó como el primer martirio posterior al Nuevo Testamento descrito con detalle.
Policarpo vivió durante la era más formativa de la Iglesia: en los últimos días de los apóstoles. En ese momento se estaba dando la transición a la segunda generación de cristianos, por lo que se podría decir que él sirvió como puente entre ambas. Tanto Ireneo (130-202), que en su juventud escuchó enseñar a Policarpo, como Tertuliano (160-220), registraron que él había sido discipulado por el apóstol Juan. Posteriormente, Jerónimo (342-420) escribió que el mismo Juan le había ordenado líder de la iglesia de Esmirna. En definitiva, “Policarpo predicaba lo que había aprendido directamente de los testigos oculares de Jesús”, como afirman los autores cristianos Charles Moore y Timothy Keiderling.
Si bien es poco lo que se sabe acerca del testimonio final de Ignacio de Antioquía (35-108), otro discípulo del apóstol Juan, sí tenemos amplios detalles sobre el martirio de su amigo Policarpo, que ocurrió casi medio siglo más tarde. Aunque él se hizo cristiano desde muy joven, solo hasta el final de su vida fue perseguido y ejecutado. Su muerte es el primer martirio registrado con detalle en la historia de la Iglesia posterior al Nuevo Testamento. Aquí está un resumen de su vida y la sucesión de hechos que culminaron en su muerte a sus 86 años.

Un defensor de la ortodoxia y la unidad
Probablemente, Policarpo nació hacia el año 69 d. C. No se conocen muchos detalles acerca de su infancia y juventud, tampoco la fecha o detalles de su conversión. Sin embargo, destaca en la historia como uno de los tres grandes padres apostólicos, junto a Clemente de Roma y el mismo Ignacio de Antioquía.
La labor de Policarpo como obispo de Esmirna no se limitó a la guía pastoral, sino que fue fundamental en la formación de la identidad cristiana. En un tiempo donde las primeras literaturas teológicas empezaban a aparecer, él combatió con vehemencia diversas sectas heréticas y grupos gnósticos que negaban la realidad física de la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Su firmeza quedó inmortalizada en su único encuentro con el hereje Marción; cuando este le preguntó si le conocía, Policarpo respondió sin vacilar: “¡Te conozco, primogénito de Satanás!”.

Además de su firmeza, poseía una visión que otros líderes valoraban profundamente. Hacia el final de su vida, viajó a Roma para entrevistarse con el obispo Aniceto y discutir la controversia sobre la fecha de la celebración de la Pascua, un tema que amenazaba con dividir a las iglesias de Roma y Asia Menor. Aunque no llegaron a un acuerdo, ambos se trataron con tal respeto que Aniceto permitió que Policarpo celebrara la Eucaristía en su propia iglesia como señal de honor, acordando mantener la paz a pesar de las diferencias en la práctica.

La influencia de Policarpo se extiende hasta la conformación del Nuevo Testamento que conocemos hoy. En su famosa Carta a los Filipenses, no solo ofreció consejos morales, sino que realizó una labor crucial al rescatar la figura de Pablo. En aquel entonces, los grupos gnósticos habían reclamado a Pablo como su propia autoridad; Policarpo, al citar repetidamente sus escritos, reclamó al “apóstol disputado” como una figura central de la Iglesia cristiana ortodoxa.
La carta muestra que tenía poca educación formal, que era modesto, humilde y directo. Además, es uno de los testimonios más tempranos de la existencia de otros textos sagrados, siendo probablemente el primero en citar pasajes de los Evangelios de Mateo y Lucas, los Hechos de los apóstoles y las cartas de Pedro y Juan. Algunos eruditos incluso sugieren que su estilo y vocabulario influyeron directamente en la redacción final de las llamadas “cartas pastorales” (Timoteo y Tito).

Una amenaza para el Imperio
Corría el año 155 d. C., y aún los cristianos no eran perseguidos masivamente. Esto significa que no había una búsqueda organizada como tal, pero si alguien los delataba y se negaban a adorar a los dioses romanos, entonces eran castigados.
Policarpo ejercía su ministerio en Esmirna cuando un grupo de cristianos de la ciudad fue acusado y condenado por los tribunales. Antes de ser asesinados, se les aplicaron los más dolorosos castigos, pero ninguno de ellos negó su fe, pues “descansando en la gracia de Cristo, tenían en menos los dolores del mundo”. Moore y Keiderling narran esto de forma detallada:
Los relatos de testigos oculares de esta época ponen de relieve la brutalidad pública de la persecución. Los creyentes eran azotados hasta que sus músculos quedaban al descubierto; eran obligados a acostarse sobre capas afiladas y arrojados en las arenas para ser devorados por animales salvajes frente a la gente del pueblo. Hay ejemplos sorprendentes de los primeros mártires acogiendo estos sufrimientos en el nombre de Cristo.

Cuando a un cristiano anciano llamado Germánico le tocó el turno de presentarse ante el tribunal, se le dijo que tuviera en cuenta su edad y abandonara la fe cristiana. Pero él respondió que no quería seguir viviendo en un mundo en el que se cometían tales injusticias y, uniendo la palabra al hecho, incitó a las fieras para que le devorasen más rápidamente. El valor de Germánico y el desapego por su vida terrenal enardecieron a la multitud, que empezó a gritar: “¡Que mueran los ateos!” —así llamaban a quienes se negaban a creer en los dioses romanos—, “¡Que traigan a Policarpo!”.
Sin embargo, también es necesario decir que, para el Imperio Romano, Policarpo representaba una amenaza singular. Él era la encarnación viviente de unas enseñanzas que no reconocían a otro dios que no fuera el César. Al momento de su muerte, era probablemente el último sobreviviente discipulado directamente por los apóstoles, lo que le otorgaba una autoridad moral y teológica sin igual en la provincia romana de Asia durante el siglo II.
Por ello, cuando estalló la persecución en Esmirna, el objetivo de las autoridades era claro: “Matemos al líder y su iglesia morirá”. Mientras otros cristianos eran torturados para obligarlos a renunciar a su fe, el grupo leal al Imperio buscaba activamente a aquel anciano obispo cuya presencia fortalecía el testimonio de todos los creyentes. Fue esta persecución la que finalmente llevó a su captura y al cierre de su largo ministerio, marcando el fin de la era de los discípulos directos de los apóstoles.

Un prófugo traicionado y amoroso
Entonces, Policarpo supo que se le buscaba y, ante la insistencia de los miembros de su iglesia, salió de la ciudad y se refugió en una pequeña finca cercana. En el libro Padres apostólicos del helenista y traductor Daniel Ruiz Bueno, se encuentra el testimonio de lo que acaeció en esos días:
…allí pasaba el tiempo con unos pocos fieles, sin otra ocupación, día y noche, que orar por todos, y señaladamente por las Iglesias esparcidas por toda la tierra. Cosa, por lo demás, que tenía siempre de costumbre. (...) Y fue así que, orando una vez, tres días antes de ser prendido, tuvo una visión en que se le representó su almohada totalmente abrasada por el fuego. Y volviéndose a los que estaban con él, les dijo: “Tengo que ser quemado vivo”.
A los pocos días, cuando estaban a punto de dar con él, huyó a otra finca. Quienes lo acechaban, llegaron a su primer refugio y, como no lo hallaron, arrestaron a sus criados para extraerles información mediante presión. Los relatos sugieren que se trató de dos jóvenes que estaban cerca de su casa. Policarpo supo que habían sido torturados para obtener información y que uno de ellos no resistió el tormento, así que dijo dónde se encontraba el obispo. Así pues, el anciano decidió dejar de huir.

Los soldados romanos finalmente descubrieron el paradero de Policarpo y llegaron a su puerta. Sus amigos lo instaron a huir nuevamente, pero él se negó. “Hágase la voluntad de Dios”, dijo, y al escuchar que sus perseguidores habían llegado al primer piso, bajó y conversó con ellos. En el relato publicado por Ruiz, que es una traducción del documento Martirio de Policarpo, se escribió lo siguiente:
Maravillórense estos, al verle, de su avanzada edad y de su serenidad, y no se explicaban todo aquel aparato y afán por prender a un viejo como aquel. Al punto, pues, Policarpo dio órdenes de que se les sirviera de comer y beber en aquella misma hora cuanto apetecieran, y él les rogó, por su parte, que le concedieran una hora para orar tranquilamente. Permitiéronselo ellos, y así, puesto en pie, se puso a orar tan lleno de gracia de Dios que por espacio de dos horas no le fue posible callar. Estaban maravillados los que le oían, y aun muchos sentían remordimiento de haber venido a prender a un anciano tan santo.
En ese documento, que era una carta escrita por la iglesia de Esmirna poco después de la muerte del obispo para la iglesia en Filomelio, se mencionaron detalles específicos del arresto de Policarpo que coinciden con la aprehensión de Cristo. Esto para mostrarlo como partícipe de sus sufrimientos y como una forma de narrar los sucesos que, según ellos, ocurrieron “para que el Señor pudiera mostrarnos una vez más un ejemplo de martirio que es conforme al Evangelio”.
Uno de esos detalles fue la traición de un cercano, que se asemejaba a lo hecho por Judas: en ese tiempo se consideraba que los criados eran miembros de la familia o que, si el lugar era prestado, estaban bajo la tutela de quien se hospedaba. Otro ejemplo es que “el jefe de la policía (...) llevaba el mismo nombre que el rey de la pasión del Señor, Herodes”.

El “atleta de Dios” ante el fuego
Policarpo fue escoltado hasta el procónsul local, Estatio Quadratus, quien lo interrogó en el estadio frente a una multitud enardecida. Ante la insistencia del magistrado, que le instaba a tener consideración de su avanzada edad y a jurar por la fortuna del César, Policarpo se mantuvo sereno. Cuando Quadratus le prometió la libertad si maldecía a Cristo, el obispo pronunció aquellas palabras que resonarían por siglos: “Llevo 86 sirviéndole, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo he de maldecir a mi Rey, que me salvó?”.
A medida que el interrogatorio avanzaba, Policarpo no parecía desconcertado; al contrario, mantuvo un diálogo firme hasta que el procónsul, perdiendo los estribos, le amenazó con las fieras y el fuego. Policarpo le respondió que, mientras el fuego del magistrado dura solo un momento, el del juicio reservado para los impíos es eterno. Finalmente, concluyó con un desafío lleno de autoridad: “¿Pero por qué te demoras? Ven, haz lo que quieras”.

Cuando los soldados se dispusieron a clavar sus manos a la estaca para asegurar que no se moviera, Policarpo los detuvo con calma: “Dejadme así; el que me da fuerza para soportar el fuego me concederá también permanecer en la hoguera sin vuestra seguridad de los clavos”. Así, solo fue atado. Ya en medio de la pira, antes de que encendieran la llama, elevó la mirada al cielo y oró: “Señor Dios soberano, te doy gracias porque me has tenido por digno de este momento, para que, junto a tus mártires, yo pueda tener parte en la copa de Cristo. Por ello te bendigo y te glorifico. Amén”.
Lo que siguió asombró a los presentes: al encenderse el fuego, las llamas no consumieron su cuerpo, sino que formaron una especie de arco a su alrededor, como la vela de un barco henchida por el viento. Al ver que el fuego no acababa con él, el verdugo recibió la orden de acercarse y atravesarlo con una espada. Fue así como entregó su vida aquel anciano obispo a quien décadas atrás, cuando todavía era joven, el mártir Ignacio de Antioquía había llamado “atleta de Dios”, exhortándolo en sus cartas a mantenerse firme como un yunque golpeado y a ser un ejemplo de constancia ante la persecución.
El relato de su martirio concluye con una sentencia que el tiempo ha confirmado: la muerte de Policarpo fue recordada por todos, “e incluso los paganos lo mencionan en todos los lugares”. ¿Tienes la certeza de que una verdadera convicción en el Evangelio nos libra del temor a la persecución? ¿Por qué crees que los cristianos de hoy dudan tanto ante la necesidad de defender su fe?
Referencias y bibliografía
Policarpo: Un mártir de la iglesia primitiva | Plough
Policarpo de Esmirna: con quien la Iglesia moriría | Coalición por el Evangelio
St. Polycarp - Patron Saint, Biography, Apostolic Father, Writings, Martyrdom, & Facts | Britannica
Padres apostólicos de Daniel Ruiz Bueno | Archive
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