John Paton: el misionero entre los caníbales del Pacífico

John Paton sobrevivió milagrosamente a muchos ataques de las tribus caníbales mientras les llevaba el Evangelio. Pero su ministerio trascendió la misión en un solo lugar; movilizó a muchas iglesias hacia las islas del Pacífico Sur.

Imagen: BITE

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“¡Serás comido por caníbales!”, le dijo un hombre de su congregación. Estaba impactado por la muerte violenta que habían sufrido otros misioneros en las Nuevas Hébridas, una serie de islas del Pacífico que hoy forman la nación de Vanuatu. Esta era la misma región a la que ahora este aspirante pensaba ir. Aun así, el joven respondió con valentía: “Le confieso que, si puedo vivir y morir sirviendo y honrando al Señor Jesús, no me importará si me comen los caníbales o los gusanos, y en el Gran Día mi cuerpo de resurrección se levantará tan justo como el suyo a la semejanza de nuestro Redentor resucitado”.

Años después, Charles Spurgeon, conocido como “el príncipe de los predicadores”, se referiría a aquel misionero como “el rey de los caníbales”. Esta es la historia de John Gibson Paton (1824-1907), el escocés que llevó el Evangelio a algunas de las islas más temidas del Pacífico Sur.

John Gibson Paton / Crédito: Dominio público

La fe y la pasión por los perdidos nacieron en casa

La fe de John Gibson Paton comenzó a formarse en su propio hogar. Nació el 24 de mayo de 1824 en Kirkmahoe, Dumfriesshire, Escocia, en una familia de recursos modestos, pero profundamente piadosa. Sus padres, James Paton y Janet Rogerson, no tenían una posición destacada, pero su fe sincera marcó la vida de sus hijos.

Tras recibir una educación primaria limitada, John aprendió de su padre el oficio familiar: la fabricación de medias. Sin embargo, James no se limitó a transmitirle un oficio; también le enseñó a mirar la vida desde la fe. No fue un ministro, un evangelista o un maestro de escuela dominical quien introdujo al futuro misionero en las Escrituras y lo instruyó en el Evangelio; fue su propio padre.

Paton reconoció en James una profunda pasión por los perdidos, así como una devoción especial por la oración y la comunión con el Señor. Su padre no solo oraba con constancia, sino que también estudiaba de manera intencional la historia de la Iglesia, dejando en su hijo una impresión duradera. Esa influencia venía de una convicción familiar: James y Janet habían orado desde temprano para que su primogénito fuera consagrado, si Dios así lo disponía, como misionero de la cruz.

La huella espiritual de aquel hogar también se reflejó en otros miembros de la familia: sus hermanos Walter y James también entraron al ministerio, y este último llegó a ser ministro presbiteriano, autor y editor de la célebre autobiografía misionera de su hermano.

John Gibson Paton nació en Kirkmahoe, Dumfriesshire, Escocia. / Crédito: John Thomson en su Atlas of Scotland

En ese ambiente, la vocación de John comenzó a tomar forma desde muy temprano. Después de su conversión, a los doce años, resolvió dedicar su vida a la obra misionera y empezó a estudiar latín y griego con ese propósito. Así, antes de enfrentar los peligros del Pacífico Sur, Paton ya había sido formado por una fe sencilla y perseverante.

Ahora bien, pasaron más de dos décadas antes de que Paton llegara a las Nuevas Hébridas. Su vocación no fue un impulso momentáneo, sino una convicción sostenida durante años de preparación, servicio y espera.

En 1847, empezó a hacer misiones urbanas en Glasgow, Escocia, mientras estudiaba teología y medicina. A pesar de las amenazas, los abusos y los insultos que recibía, compartió las Buenas Nuevas de salvación. Esa etapa templó su carácter y le enseñó la firmeza que más tarde necesitaría en el campo misionero. Con el tiempo, la gente aprendió a apreciarlo, hasta el punto de rogarle que no se fuera a las misiones.

Durante esos años, Paton también enfrentó oportunidades que pudieron apartarlo de su propósito. En una ocasión rechazó la posibilidad de seguir una vida académica, pues no quería comprometerse con algo que desviara el llamado que había abrazado desde joven. Su decisión de partir tampoco estuvo libre de resistencia: algunos intentaron disuadirlo por los peligros que le esperaban en el Pacífico Sur.

En 1847, Patón empezó a hacer misiones urbanas en Glasgow, Escocia. / Crédito: Random Scottish History

Sin embargo, el 1 de diciembre de 1857, Paton obtuvo su licencia, y el 23 de marzo de 1858 fue ordenado como misionero a las Nuevas Hébridas por la Iglesia Presbiteriana Reformada de Escocia. El 16 de abril de ese mismo año, John Paton y su esposa, Mary Ann Robson, emprendieron juntos el viaje para iniciar su labor.

Después de detenerse en la isla de Aneityum, donde la obra ya había tenido un fruto notable, los Paton, junto con el joven misionero Joseph Copeland, desembarcaron el 5 de noviembre de 1858 en la isla de Tanna. Tan pronto llegaron, Paton y Mary Ann construyeron una pequeña casa en Port Resolution, donde vivieron sus primeros meses. Desde el comienzo, Tanna fue un campo marcado por la enfermedad, el aislamiento y el peligro.

  El alto costo de llegar a Tanna

A los pocos meses, a principios de 1859, Mary Ann dio a luz a su hijo Peter. Pero en marzo de ese mismo año, una intensa fiebre acabó con la vida de ella, y poco después también murió el niño. La fiebre tropical hizo de la misión una labor mortal, y el misionero, afligido, tuvo que cavar con sus propias manos la tumba donde sepultó a su esposa y a su hijo recién nacido. Al recordar ese momento, Paton escribió: “Si no fuera por Jesús, y por la comunión que Él me dio, me hubiera vuelto loco y hubiera muerto junto a esa tumba solitaria”. 

A pesar del dolor persistente y del desaliento que lo rodeaba, John continuó su labor en Tanna. No ignoraba su propio sufrimiento, más bien entendía su misión como una obediencia al Señor en medio de la prueba. Por eso, cada día procuraba encomendar al Señor Jesús sus deberes, sus temores y las dificultades que enfrentaba. Así, siguió anunciando a Cristo en un contexto hostil a la presencia extranjera.

Representación de algunas tribus del Pacífico Sur
Representación de algunas tribus del Pacífico Sur / Crédito: Charles E. Gordon Frazer

La tarea no fue para nada fácil. Casi 20 años antes, los misioneros John Williams (1796-1839) y James Harris habían llegado a la región el 19 de noviembre de 1839, pero fueron asesinados al día siguiente en la isla de Erromanga. Más tarde, ese crimen fue entendido como una represalia por abusos cometidos días antes por comerciantes extranjeros. Ese antecedente no justificaba la violencia, pero sí mostraba el ambiente de temor, desconfianza y conflicto que rodeaba la presencia extranjera en las islas.

En Tanna, Paton encontró una sociedad marcada por guerras tribales, venganza, brujería, sacrificios humanos y canibalismo ritual. En algunos conflictos, los enemigos vencidos eran asesinados y luego devorados como parte de prácticas asociadas a la violencia religiosa y tribal. A veces, esas escenas ocurrían cerca de la casa del misionero, y los ríos quedaban contaminados, haciendo imposible el consumo del agua.

La oposición al Evangelio no era solo cultural o social. Paton entendía que también enfrentaba una profunda esclavitud espiritual. Algunos habitantes de Tanna rechazaban la adoración cristiana porque, según ellos, el culto a Jehová les infundía temor y les impedía seguir practicando lo que siempre habían hecho. En ese contexto, uno de los primeros creyentes locales asociados al ministerio de Paton murió orando por sus agresores y pidiendo que Dios no quitara Su adoración de aquella isla.

En medio de esas condiciones, Joseph Copeland, compañero de misión de Paton, no resistió el peso del aislamiento, el peligro y la presión del entorno. Su salud mental se quebró y poco tiempo después murió. En varias ocasiones, cuando los barcos se aproximaban al puerto, invitaban a Paton a abandonar la obra para salvar su vida. Pero él se negó mientras creyó que debía permanecer allí, con la esperanza de continuar anunciando el Evangelio entre los habitantes de Tanna. Incluso sus primeras traducciones bíblicas al tannese, que estuvieron a punto de perderse por robo y naufragio, fueron preservadas en medio de aquel contexto inestable.

El misionero John Williams fue asesinado en la isla de Erromanga. / Crédito: Henry Anelay

La vida de Paton también estuvo en peligro una y otra vez. Sin embargo, como él mismo registró, la soberanía de Dios se hizo evidente en medio de amenazas constantes. Llegó a convencerse de que ningún mosquete, garrote, lanza, flecha o piedra podía dañarlo sin el permiso de Jesucristo. Esa convicción no lo volvió imprudente, pero sí lo sostuvo. En sus propias palabras, entendió que era “inmortal” hasta que la obra de su Maestro estuviera terminada.

Paton fue de aldea en aldea enseñando las Escrituras y proclamando el mensaje cristiano. Cuando sus provisiones fueron saqueadas y la posibilidad de morir de hambre se hizo cada vez más real, cruzó la isla hacia el asentamiento de otro misionero. En una ocasión, sus opositores rodearon esa casa y prendieron fuego a una construcción cercana. Todo indicaba que los misioneros morirían quemados, pero un tornado cruzó sobre la vivienda y apagó las llamas. Los agresores huyeron aterrorizados, y al día siguiente apareció la vela de un barco en el que los misioneros lograron escapar.

Incluso, como si se tratara de una película de acción, Paton llegó a pasar una noche escondido en un árbol mientras huía por su vida, con sus perseguidores cerca. Su valentía no consistía en ignorar el peligro, sino en obedecer mientras creyera que debía permanecer en el lugar al que había sido llamado. Finalmente, en 1862, la persecución religiosa lo obligó a abandonar Tanna. 

John Paton en su choza entre los caníbales
John Paton en su choza entre los caníbales. / Crédito: Dominio público

Movilización de iglesias hacia las islas

Pero su salida de Tanna no puso fin a su vocación misionera. Más bien, abrió una nueva etapa de servicio: movilizar iglesias, despertar interés por las Nuevas Hébridas, reclutar obreros y levantar los recursos necesarios para sostener una obra difícil y dispersa entre varias islas.

Al principio, Paton quería continuar su traducción de la Biblia al tannese en Aneityum y regresar a Tanna tan pronto como fuera posible. Sin embargo, después de consultar con otros misioneros, acordó viajar primero a Australia y luego a Escocia para presentar la necesidad de la misión. Su propósito principal era conseguir apoyo para la construcción y el mantenimiento de un velero que ayudara a conectar, abastecer y asistir a los misioneros en las islas cercanas.

Así comenzó una etapa de giras que lo hizo conocido en buena parte del mundo anglófono. Paton visitó iglesias en Australia, Nueva Zelanda, Escocia y otros países. Sus giras confirmaron que tenía una notable capacidad para presentar la causa de las Nuevas Hébridas ante las iglesias. En 1864, durante una visita a Escocia, consiguió siete candidatos para el servicio misionero.

Con el tiempo, comprendió que Australia podía convertirse en una base estratégica para las misiones del Pacífico. Por eso, en 1866 llegó a ser ministro y misionero de la Iglesia Presbiteriana de Victoria, con Aniwa como base de trabajo. Sus mayores esfuerzos de recaudación se dirigieron a financiar una sucesión de barcos misioneros llamados Dayspring, indispensables para sostener estaciones misioneras en islas separadas por grandes distancias.

En 1866, John G. Paton llegó a ser ministro y misionero de la Iglesia Presbiteriana de Victoria. / Crédito: Dominio público

Paton también usó su influencia pública para oponerse al comercio de mano de obra que sacaba a hombres de las islas para trabajar en plantaciones de Australia y otros lugares. Al mismo tiempo, su labor reflejó algunas tensiones propias del siglo XIX: vinculó la misión con ciertos intereses británicos y mantuvo una visión paternalista de los isleños. Aun con esos límites, su capacidad para movilizar iglesias permitió que la obra en las Nuevas Hébridas recibiera apoyo, obreros y recursos durante muchos años.

Años después, tras esa etapa de viajes y movilización misionera, regresó a las Nuevas Hébridas y se estableció en Aniwa junto con su segunda esposa, Margaret Whitecross, quien no fue solo su acompañante, también fue artista, tradujo himnos y escribió un libro. 

Aquella isla marcó una nueva etapa en el ministerio de Paton. Aunque sus habitantes también practicaban el canibalismo, allí encontró una mayor apertura al Evangelio que en Tanna. Con el tiempo, la obra comenzó a dar fruto visible: se construyó una iglesia, se estableció una imprenta y avanzó la formación bíblica de los creyentes. Paton resaltó en su autobiografía que la mayoría de los habitantes de la isla llegaron a profesar la fe en Cristo.

Hacia el final de su ministerio, Paton tuvo la alegría de ver en Aniwa un fruto que no había visto de la misma manera en Tanna. Buena parte de la isla llegó a profesar la fe en Cristo, y la obra avanzó no solo en conversiones, sino también en formación bíblica y vida de iglesia.

Representación de John Paton en su trabajo misionero. / Crédito: Dominio público

Ese fruto se expresó de maneras concretas. Paton continuó trabajando en la traducción y publicación de materiales en aniwan, entre ellos el Nuevo Testamento, un catecismo y un himnario. Además, los creyentes locales comenzaron a participar en el sostenimiento de la obra, incluso ahorrando durante años de sus propias cosechas para contribuir a la traducción bíblica. La misión dejó de ser únicamente una labor llevada por extranjeros y empezó a echar raíces entre los propios habitantes de la isla.

Uno de los momentos que mejor resumió ese cambio ocurrió cuando Paton administró la Cena del Señor a antiguos caníbales convertidos. Al ver aquellas manos, antes marcadas por la violencia, extendidas para recibir el pan y el vino como señales del amor del Redentor, Paton entendió que estaba contemplando uno de los gozos más profundos de su vida.

Más allá de la muerte

John Gibson Paton murió en Canterbury, Victoria, Australia, el 28 de enero de 1907. Su influencia, sin embargo, continuó mucho más allá de su muerte. Su autobiografía, publicada por primera vez en 1889, se convirtió en uno de los testimonios misioneros más conocidos del mundo anglófono. En 1890, se estableció en Gran Bretaña el Fondo de la Misión John G. Paton, que apoyó a misioneros en varias estaciones de las Nuevas Hébridas durante buena parte del siglo XX. Un año después, la Universidad de Cambridge le otorgó el título de Doctor en Teología.

Su legado también continuó en su propia familia: tres de sus hijos sirvieron como misioneros en las Nuevas Hébridas, y varias generaciones de los Paton permanecieron vinculadas a la obra cristiana en aquellas islas. Su historia sigue recordando cómo el Evangelio echó raíces en Aniwa y cómo una vida de servicio pudo movilizar familias, iglesias y generaciones.

Tumba de John Gibson Paton / Crédito: Blarney the Rinosaur 

Nota del editor: Este artículo fue redactado por Giovanny Gómez y María Paula Hernández y las ideas les pertenecen, a menos que se especifique explícitamente lo contrario. Para elaborarlo, los autores han utilizado herramientas de IA como apoyo, sin embargo, han revisado todo el texto y son los responsables finales del contenido publicado y de la veracidad de este.



Referencias y bibliografía

Who Was John G. Paton? | Ligonier

Sé un padre que envía | Coalición por el Evangelio 

Paton, John G[ibson] (1824-1907) | History of Missiology 

3 Takeaways from the Missionary Life of John G. Paton | Center for Great Commission Studies 

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Autor

Giovanny Gómez Pérez

Cofundador y director de BITE

Director de proyectos en Flyax, una agencia de marketing de contenidos. También es teólogo y miembro de la Iglesia Bautista Renacer, en Bogotá, Colombia. Casado con Pilar y padre de Sarah.

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