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Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente el 5 de marzo de 2020. Con el fin de ofrecer una perspectiva vigente sobre la relación de la generación de los millennials con el evangelismo, hemos revisado y actualizado por completo este contenido —incorporando datos de investigaciones recientes— para el beneficio de nuestra comunidad de lectores.
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Compartir la fe con otros es un eje central del cristianismo. Cuestionar esta orden del propio Señor Jesucristo podría generar dudas sobre la veracidad de la conversión de alguien? De hecho, la fe cristiana está basada en el principio de la Gran Comisión. Entonces, cuando escuchamos que los millennials cristianos creen que “el evangelismo está mal”, realmente debemos preocuparnos.
Podríamos pensar que esa afirmación viene de personas con una fe tibia pero, según un estudio de Barna Group publicado en 2019, en realidad se trata de millennials muy comprometidos con su fe. Uno de los principales hallazgos de este informe es que estos creyentes nacidos entre los años 1981 y 1996, se sienten especialmente en conflicto con el evangelismo y, de hecho, casi la mitad (47%) cree que es incorrecto compartir su fe con otros.
Estos hallazgos de 2019 siguen vigentes hoy en día. Así lo refleja la tesis doctoral que el pastor Peter O. Kolawele publicó en 2024, titulada “Millennial Evangelism: Mobilizing Millennials Towards Faith-Sharing at Hope Chapel Foursquare Church” (Evangelización de los millennials: Movilización de los millennials hacia el compartir la fe en la Iglesia Hope Chapel Foursquare). Allí se evidencia que el desapego por predicar el Evangelio es notable incluso en iglesias donde el evangelismo es elemental, y nos lleva a pensar que, si esta tendencia no se rectifica, las congregaciones podrían fallar en alcanzar su mandato misional.

Ante este panorama, debemos preguntarnos: ¿cómo es posible que una generación que valora profundamente su fe experimente tal parálisis al momento de comunicarla? Para entender esta desconexión, es necesario analizar las cifras que revelan esta tensión interna sin precedentes, donde la alta estima por el mensaje del Evangelio choca frontalmente con una resistencia cultural a la hora de proclamarlo.
La paradoja millennial: entre la convicción y la omisión
El compromiso con la fe de los millennials cristianos se evidencia de varias maneras. Entre el 95% y 97% de los encuestados creen que parte de su fe significa ser un testigo de Cristo. Entre el 94% y el 97% consideran que lo mejor que le puede pasar a alguien es conocer a Jesús. En general, también se sienten lo suficientemente capacitados para compartir su fe con otros. Por ejemplo, el 73% dice que sabe cómo responder cuando alguien hace preguntas sobre la fe. De hecho, esta taza es muy superior al porcentaje encontrado en la Generación X, los nacidos entre 1962 y 1979, con un 66%; los baby boomers, nacidos entre 1946 y 1961, con un 59%; y los más adultos, nacidos antes de 1945, con un 56%.
Pero, a pesar de esas cifras, al parecer los millennials no están seguros de que la práctica del evangelismo sea apropiada. Según el estudio, el 47% de ellos está de acuerdo, al menos en parte, en que es incorrecto compartirle la fe a alguien con la esperanza de que algún día la adopte (es decir, se convierta). En cambio, entre las demás generaciones el porcentaje es mucho menor, con un 27% entre la Generación X, un 19% entre los baby boomers y un 20% entre los más adultos. Así, a pesar de que piensan que evangelizar está mal, al mismo tiempo se consideran representantes de su fe y creen que son buenos evangelistas.

Ahora bien, no sería sabio permitir que estas cifras nos polaricen y arrojar encima de los millennials todo tipo de calificaciones estereotípicas, además de las que ya les han atribuido. Es importante resaltar que precisamente son ellos quienes cada vez más están involucrados en algún ministerio en sus iglesias y comunidades de fe, y quienes están recibiendo el relevo generacional en las congregaciones protestantes a lo largo del mundo. Según Leadership Network, más de dos docenas de millennials son pastores principales en congregaciones con más de 1000 asistentes en los Estados Unidos.
Además, parece que a los cristianos millennials les interesa mucho su crecimiento bíblico. Según la American Bible Society, en 2016 eran ellos quienes tenían las creencias más sólidas en la Biblia y la leían más que cualquier otra generación: el 87% lo hacía varias veces a la semana. Y en su reporte State of the Bible 2024, cerca del 21% de los millennials se mantienen profundamente “comprometidos con las Escrituras”, una cifra que supera a la de los adultos jóvenes de la Generación Z.
Esta aparente contradicción revela una generación que no ha abandonado el mandato bíblico por falta de devoción, sino que intenta navegarlo bajo un nuevo código de ética social. Al considerarse “buenos evangelistas” mientras rechazan el proselitismo tradicional, los millennials sugieren que su testimonio es más relacional que discursivo. Sin embargo, si no se equilibra con una instrucción clara, este enfoque puede terminar convirtiendo el Evangelio en un secreto bien guardado.

Sin embargo, como bien dicen por ahí: “Si Cristo es todo para ti, querrás que sea todo para los demás”. El desafío actual no es, entonces, despertar el amor por la Palabra en los millennials; este ya lo demuestran con su lectura constante. Más bien, se debe reconciliar ese amor con la urgencia de una proclamación que, aunque sea respetuosa, no puede dejar de ser explícita.
Ofender el relativismo moral
Pero intentemos llegar al fondo del asunto: tal vez no exista una generación que haya experimentado de cerca una pluralidad cultural y religiosa tan grande como los millennials. Debido a esto, ellos “suelen ser más conscientes del ambiente cultural que rodea a las conversaciones espirituales”, dice en el reporte de Barna. De hecho, el estudio indicó que, entre los cristianos practicantes, los millennials reportaron un promedio de cuatro amigos cercanos o familiares que practican una fe distinta al cristianismo, mientras que la mayoría de sus padres y abuelos boomer reportan solo uno.
Las generaciones más jóvenes tienen, entonces, un temor muy natural hacia el proselitismo abierto, mucho más que las generaciones anteriores. Como descubrió Barna en una investigación previa (Spiritual Conversations in the Digital Age), el 65% de los cristianos millennials creen que las personas de hoy son más propensas que en el pasado a sentirse ofendidas si se les comparte una fe ajena; eso es mucho más alto que entre las generaciones anteriores. Solo el 28% de los baby boomers considera que es ofensivo compartir las creencias religiosas.

Los millennials también son entre dos o tres veces más propensos que cualquier otro grupo generacional a creer que estar abiertamente en desacuerdo con alguien significa juzgar a esa persona. A esta sensibilidad se suma lo que el estudio de Kolawole describe como barreras culturales y de comunicación. Uno de los jóvenes que participaron en su estudio señaló que “no saber gestionar esos derechos que la gente afirma tener y saber cuándo decir esto y cuándo no decirlo es un reto, porque nunca sabes en qué situación te vas a encontrar ni cómo van a reaccionar”.
A partir de esto, podría pensarse que compartir el Evangelio en la cultura contemporánea despierta grandes sensibilidades, como producto de una especie de resistencia cultural general a las conversaciones que resaltan las diferencias entre las personas. De hecho, los datos de 2024 sugieren que hasta un 60% de las barreras para evangelizar provienen de una combinación entre la falta de experiencia práctica y estos obstáculos culturales.
Pero más allá de la resistencia social, existen razones teológicas profundas que podrían explicar por qué los millennials ya no consideran necesario evangelizar. El estudio State of Theology 2025, realizado por Lifeway Research y Ligonier Ministries a 3000 adultos estadounidenses, revela una contradicción evidente tanto en esta generación como en la sociedad en general: se mantienen creencias cristianas básicas, pero se rechaza la exclusividad de Cristo y la autoridad moral de la Biblia. Esta investigación destaca que el 65% de los encuestados cree que Dios acepta la adoración de todas las religiones, lo que elimina el incentivo de compartir la fe para la salvación del otro.

Este colapso de las convicciones objetivas refuerza la idea de la fe como una preferencia personal y privada. Dado que el 46% afirma que la religión no es una “verdad objetiva” y el 54% opina que estas creencias no deben influir en la vida pública, el acto de evangelizar comienza a percibirse como una imposición subjetiva. Además, con un 74% de la población creyendo que todos nacen inocentes, el mensaje del Evangelio pierde su urgencia redentora. En este contexto, el silencio de los millennials puede ser el reflejo de una espiritualidad “a la carta” donde el pecado y la necesidad de un Redentor exclusivo han sido diluidos por el relativismo moral.
Recuperemos la urgencia
Estas cifras nos llevan a pensar si realmente el estilo de evangelismo, tal como lo conocemos hasta hoy, podría perderse con el tiempo. ¿Lo que cambia son los métodos? ¿O realmente los millennials cristianos no comprenden la fe o no tienen las convicciones necesarias que les impulsen a compartir el mensaje de salvación?
De hecho, existe una discrepancia sobre el concepto de “evangelismo”. Para las generaciones más antiguas, se trata de predicación en plazas públicas, distribución de tratados y establecer contacto con desconocidos. Para los más jóvenes, en cambio, estas ideas son de la “vieja escuela” y tienen poco impacto en un mundo cada vez más ocupado y escéptico a este tipo de métodos. Sin embargo, la investigación de Kolawole (2024) demuestra que, cuando se les brinda entrenamiento en contextualización y se fomenta el evangelismo grupal, los millennials logran vencer la apatía, y entablan conversaciones inofensivas que eventualmente conducen al Evangelio.

Lo que sí está claro es que es completamente necesario enseñarles a las generaciones más jóvenes de nuestras congregaciones que el acto de compartir nuestra fe es un elemento esencial e innegociable del cristianismo. Sin embargo, la cultura del secularismo está haciendo su trabajo. Ellos están absorbiendo profundamente los argumentos acerca de respetar el espacio de los semejantes, no criticar las preferencias de otros ni tratar de argumentar que la verdad, nuestra Verdad, es absoluta. Al parecer, están siendo discipulados en cuanto al evangelismo por sus escuelas, colegios y universidades y la cultura secular; no están siendo educados por sus padres ni por sus iglesias.
Este escenario revela que el problema no es solo metodológico, sino que existe un colapso en las convicciones fundamentales que hacen posible la Gran Comisión. La contradicción es profunda: mientras muchos millennials mantienen creencias básicas, el pluralismo imperante ha instalado la idea de que Dios acepta la adoración de todas las religiones. Al perderse la convicción sobre la exclusividad de Cristo, el incentivo para compartir la fe con el fin de “salvar” a otros desaparece, transformando un mandato esencial en una opción meramente subjetiva.
La respuesta de muchos cristianos de las generaciones más jóvenes es esconder, suavizar o integrar su fe para que sea menos estricta y pueda convivir y ofrecer tolerancia a otras cosmovisiones religiosas o seculares. No ofender para permanecer en el grupo es la premisa fundamental, mientras la sociedad secular ve con cada vez más escepticismo a aquellos que se comprometen fuertemente con su fe. A esto se suma la fuerte presión por la “privatización de la fe”, donde se considera que las creencias no deben influir en la vida pública, generando un conflicto de identidad en el creyente al intentar realizar un acto inherentemente público como es la evangelización.

Pero quizá la tentación más peligrosa que existe en los más jóvenes es creer que, si viven vidas lo suficientemente buenas, no será necesario hablar abiertamente de su fe, y las personas a su alrededor llegarán a conocer a Jesús gracias a sus “buenas acciones” y a su “actitud desinteresada”. Esta tendencia se ve reforzada por la pérdida de la noción de verdad objetiva y la desconexión con el concepto de pecado. Si la sociedad —y los propios cristianos— cree que las personas son buenas por naturaleza y que nadie merece un castigo eterno, el mensaje del Evangelio pierde su urgencia redentora. Esta forma de evangelismo parece ser cada vez más común en una cultura que busca la vía rápida y la solución simple.
Sin embargo, como lo demuestran los datos de Kolawole (2024), el silencio no lleva a ninguna solución. En cambio, brindar una capacitación que les dé convicción a los millennials para articular su fe de forma contextual y relacional sí. Y no hay mejor capacitación que una navegación por las profundas aguas del Evangelio. Al final, la Gran Comisión no es un mandato obsoleto, sino uno vivo que requiere tanto de la integridad de nuestras obras como de la claridad de nuestras palabras. El desafío para la Iglesia hoy es recordar que, aunque las formas cambien, el mensaje de salvación sigue siendo la necesidad más profunda de cada generación.
Referencias y bibliografía
Almost Half of Practicing Christian Millennials Say Evangelism Is Wrong | Barna Group
What the Latest Bible Research Reveals About Millennials | Christianity Today
Is Evangelism Going Out of Style? | Barna Group
State of Theology Finds Stable Theology Among Americans | Lifeway Research
The State of Theology | The State of Theology
