Pocas veces solemos meditar detenidamente en las consecuencias que han traído los grandes avances tecnológicos sobre la cultura contemporánea y en cómo nosotros, al estar inmersos en dicha cultura, hemos incorporado y naturalizado tales cambios. Por ejemplo, el acceso masivo a los teléfonos inteligentes ha modificado nuestra capacidad para memorizar números, hacer cuentas o recordar direcciones, y la forma de relacionarnos unos con otros. Los avances en medicina o las posibilidades de viajar de un lado al otro con facilidad también han transformado nuestro entendimiento respecto a la interacción con la creación, la sociedad, la cultura y nuestro lugar en el mundo. Tales influencias han logrado permear, sin demasiada resistencia, muchas de las instituciones sociales que cohesionan el tejido social, siendo la Iglesia una de las principales.
En especial, las transformaciones económicas generadas por la Revolución Industrial llevaron a una lenta e irremediable mutación de la forma en que los seres humanos interactúan, la cual se hizo evidente durante la primera mitad del siglo XX. Tal vez uno de sus efectos más dramáticos es el lugar que ocupa el ejercicio y disfrute de la amistad en la vida del varón. Este bajo concepto que el hombre moderno tiene de la amistad —relegándola a un lugar marginal de su vida personal y concibiéndola como algo meramente circunstancial— contrasta fuertemente con la manera en que los hombres de la antigüedad, y aun del siglo XIX, la pensaban y practicaban. Pero ¿qué nos ha traído hasta este lugar? ¿Qué circunstancias o cambios se confabularon para asestar a la amistad el golpe de gracia que terminó por derribarla de la agenda de los hombres modernos?

Esto se debe en gran parte a la pérdida de los espacios homosociales, entendidos como entornos de convivencia no romántica entre personas del mismo sexo. Estos espacios, basados en la amistad o la mentoría, eran clave para fomentar y fortalecer tal vínculo. Otra razón es el ascenso de la homosexualidad entendida ya no como una práctica, sino como una identidad, lo cual llevó a la Iglesia a una hiperreactividad: se empezaron a ver con recelo las muestras genuinas de intimidad emocional entre varones.
Sumado a esto, el romanticismo —impulsado por la literatura, la música y el cine— se entronizó en la vida cotidiana y logró eclipsar cualquier otro tipo de relación. Así, el cultivo de la amistad quedó relegado a un lugar, si acaso, periférico en la vida de los varones, incluyendo los creyentes.

El ‘yo encapsulado’ y la crisis de la amistad
Esta crisis, sin embargo, no es meramente social; es síntoma de una concepción más profunda que el individuo tiene acerca de sí mismo. En su obra Friendship as Sacred Knowing (La amistad como conocimiento sagrado), el filósofo y teólogo contemporáneo Samuel Kimbriel argumenta que el varón moderno opera como un “yo encapsulado” (buffered self), una personalidad que se percibe como inherentemente aislada y autosuficiente. Esta postura de desvinculación y autosuficiencia —que contrasta con el antiguo ideal del “yo poroso” (porous self), el cual se siente situado y permeable al mundo moral— socava la posibilidad de la intimidad genuina y la amistad sacrificial. El otro deja de ser un compañero esencial para el florecimiento y se convierte en un objeto periférico para el control o la conveniencia.

El escritor británico C. S. Lewis, en su libro Los cuatro amores, pone de presente el escandaloso relegamiento de la amistad en el mundo moderno. Vale la pena reproducir sus pensamientos al respecto:
Cuando el tema del que hablamos es el amor entre padres e hijos (storge) o el amor romántico (eros), nos encontramos con un público ya preparado. La importancia y belleza de ambos han sido reiteradamente destacadas y exageradas una y otra vez. Aun aquellos que procuran ridiculizarlos no se percatan de que lo hacen también influidos por ellos. Pero muy poca gente moderna piensa que la amistad es un amor de un valor comparable al romántico o que siquiera sea un tipo de amor. No puedo recordar ningún poema aparte de In Memoriam, ni ninguna novela que haya celebrado la amistad. Tristán e Isolda, Antonio y Cleopatra, Romeo y Julieta tienen innumerables imitaciones en la literatura moderna; pero David y Jonatán, Pílades y Orestes, Rolando y Oliveros, Amis y Amiles no las tienen.
A los antiguos, la amistad les parecía el más feliz y más plenamente humano de todos los amores, corona de la vida y escuela de virtudes. El mundo moderno, en cambio, la ignora. Admite, por supuesto, que además de una esposa y una familia, un hombre necesita unos pocos ‘amigos’; pero el tono mismo en que se admite, y el tipo de relación a la que se refiere cuando se describe como ‘amistad’, demuestra claramente que a lo que se hace referencia tiene muy poco que ver con esa philia que Aristóteles clasificaba entre las virtudes, o esa amicitia sobre la que Cicerón escribió un libro. La amistad se considera algo bastante marginal, no un plato fuerte en el banquete de la vida; un entretenimiento, algo que llena los ratos libres de nuestra vida. ¿Cómo ha podido suceder esto?

La amistad masculina en la sociedad occidental atraviesa una profunda crisis de intimidad, marcada por una pronunciada disminución de conexiones profundas y significativas, junto con un aumento considerable de los reportes relacionados con sentimientos de soledad. Este déficit relacional constituye una preocupación relevante para la salud pública: las estadísticas documentan un incremento en las tasas de depresión, suicidio y otros riesgos para el bienestar general. Un estudio publicado en 2024 por la Asociación Americana de Psicología señala:
Reportes variados de investigaciones globales sugieren que el tamaño y calidad de los círculos sociales de los varones ha disminuido desproporcionadamente en relación con el de las mujeres en los últimos 30 años, y que tal disminución de los círculos sociales masculinos trae consigo implicancias globales, particularmente en las regiones ricas e industrializadas del hemisferio norte. En el Reino Unido, por ejemplo, una investigación comisionada por el Instituto Movember (una asociación sin ánimo de lucro para la salud mental masculina) encontró que el 27% de los varones de una muestra representativa de la población reporta no tener amistades y que el 47% de esa misma muestra reporta que son incapaces de confiarle a un amigo algún problema.
El reporte de investigación global de conexión social masculina llevado a cabo en Estados Unidos, Canadá y Australia encontró que el 51% de los hombres en esas naciones no tiene un amigo con quien puedan abrirse emocionalmente. Colectivamente, esos datos han sido interpretados como una “recesión de la amistad masculina”. Con pocas excepciones, numerosos estudios internacionales de gran escala muestran que los varones están claramente más expuestos a la soledad y al aislamiento social que las mujeres. Además, sus redes de apoyo emocional dependen en mayor medida de las mujeres en cuanto a búsqueda de contención, mientras que las redes femeninas no dependen de los varones en la misma proporción.

Por su parte, otro artículo de enero de 2024 publicado en On Knowing Humanity Journal aborda esta misma problemática e incluye en su análisis a población masculina que manifiesta profesar activamente el cristianismo. Tras preguntarse si los varones cristianos obtienen mejores resultados en sus círculos sociales, dado el énfasis de la fe cristiana en el amor (ágape y filial) y en la camaradería, este estudio concluyó:
Observamos que, según las diversas fuentes citadas, los hombres cristianos no logran cultivar amistades profundas mejor que la población general de hombres occidentales. Esta constatación pone en evidencia lo ilusorio que es lo expresado por algunos cristianos —y sus congregaciones— de ser agentes intencionales de intimidad y hermandad. Esto perpetúa la forma simplemente verbal de practicar la fe fundamentada en suposiciones sobre cómo las normas y perspectivas cristianas facilitan las amistades en lugar de [poner su foco] en las realidades culturales y doctrinales que impiden que los varones puedan disfrutar de amistades íntimas entre ellos.

La anterior apreciación no parece distante de la realidad de muchas de nuestras iglesias. Bastaría con detenernos a examinar por qué razón el énfasis de la vida cristiana moderna está puesto casi exclusivamente en el vínculo matrimonial y en el activismo eclesial, y no en incentivar la comunión real y profunda de los miembros fuera de los muros de la iglesia. Del mismo modo, resulta revelador preguntarnos cuántas veces, a lo largo de nuestras vidas cristianas, hemos escuchado algún sermón o enseñanza que tenga como tema central la amistad; o cuántas veces, en retiros y conferencias para mujeres, varones o matrimonios, se hace referencia al lugar que la amistad debe ocupar en la vida cristiana, cómo cultivarla y, sobre todo, por qué es importante.

Lo que percibimos intuitivamente en nuestras iglesias, unido a los estudios mencionados, nos debería llevar a reconocer que el cultivo de amistades profundas y significativas entre varones en el mundo actual está en peligro de extinción. Y esto, sin duda, tiene consecuencias a nivel físico, emocional y espiritual.
El problema de las definiciones
Es realmente difícil llegar a una definición inequívoca de la palabra “amigo”, porque en el lenguaje común se usa indistintamente para relaciones que difieren en su grado de cercanía. Así, alguien puede llamar “amigo” a una persona con la que ha construido una relación de años, donde existe un conocimiento profundo y un interés genuino por el bienestar del otro. Pero también utiliza el mismo término para alguien con quien no necesariamente tiene intimidad alguna. Puede emplearse para referirse a aquellos con quienes se tiene una actividad o interés en común, o incluso para dirigirnos a un desconocido cuyo nombre ignoramos.

Debido a la bastardización a la que se ha sometido el uso de las palabras “amigo” y “amistad”, es necesario volver al origen griego de estos vocablos y a sus raíces etimológicas, de donde proceden palabras como “amor” y “amigable”. La psicóloga, investigadora y docente Sara Lydynia de Moscana define la amistad como “una de las formas del amor que incluye el estar abierto a la otredad, a la intimidad, al reconocimiento de la singularidad y de las diferencias. Es apertura, un acto de libertad que habilita elegir, dejarse elegir en una entrega con empatía y reciprocidad”. Esta descripción coincide con el ideal filosófico de la verdadera amistad y con el concepto cristiano de la misma.
Dada su relevancia para la vida humana, la amistad ha sido estudiada desde diversos campos del saber con el fin de obtener una comprensión más completa de lo que representan las nociones de amigo y amistad, sus implicancias y dinámicas. Lo primero que resulta evidente es la diferencia en la forma en que hombres y mujeres encaran la amistad: los varones suelen relacionarse “hombro a hombro”, mientras que las mujeres lo hacen “cara a cara”. Esto significa que las amistades masculinas tienden a ser más instrumentales y basadas en actividades —es decir, se consolidan haciendo cosas—; la intimidad suele expresarse más a través de la acción que mediante la apertura emocional, y el trato suele ser de camaradería. Muy distinto, en principio, a la forma en que se relacionan las mujeres, quienes tienden a ser más abiertas, emotivas y dispuestas al diálogo franco.

Asimismo, se han desarrollado diversas tipologías para explicar los tipos de amistad según la frecuencia y profundidad del vínculo (activas, inactivas, conmemorativas, etc.). Este tema ha ocupado la mente de los filósofos desde la antigüedad, siendo la Ética a Nicómaco de Aristóteles el trabajo más citado al respecto, aunque también Platón y otros filósofos presocráticos abordaron el asunto.
Al hablar de la amistad o de la práctica de ser amigo, Aristóteles afirmó que esta tiene como base el concepto de “benevolencia recíproca”, la definió como una virtud en sí misma o una práctica acompañada de virtud, y la consideró absolutamente indispensable para la vida. Además, clasificó la amistad según estuviera basada en la utilidad, el placer o la virtud (considerando esta última la más alta expresión de la amistad) y le asignó a cada una características fundamentales. Más adelante, Cicerón, Gregorio de Nisa, Agustín, Tomás de Aquino, Kant, entre otros, desarrollaron sus propias reflexiones. A pesar de las diferencias de enfoque, todos coinciden en algo: la amistad verdadera y virtuosa es la forma más elevada de vinculación humana, necesaria para el florecimiento personal, beneficiosa para la comunidad y escuela para el aprendizaje y ejercicio de la virtud.

Sin embargo, la amistad que Jesús enseñó supera con creces el ideal aristotélico y nos llama a amar a nuestro amigo no solo con philia, sino con agape, con el hesed y el emet con los que Dios nos ama y que se nos insta a atar siempre a nuestro cuello (Pro 3:3). La distinción bíblica entre philia y agape ilumina con particular fuerza el tipo de amistad al que Jesús nos convoca. En griego, philia describe el amor propio de la amistad humana: un afecto circunscripto a la virtud personal y a la reciprocidad, nutrido por la afinidad y la excelencia moral del otro. Agape, en cambio, es de otro orden. No nace de la emoción ni de la virtud ajena, sino de la voluntad que busca activamente el bien del amigo, independientemente de la respuesta que reciba. Es un amor cuya fuente no es la criatura, sino Dios mismo.
Esta distinción aparece de manera exquisita en la interacción entre Jesús y Pedro a la orilla del mar de Tiberíades (Jn 21:15-17), donde ambos términos se entrelazan para mostrar el camino desde el amor humano hacia el amor que solo Cristo puede otorgar. A esto se suma la riqueza del concepto hebreo hesed, un término difícil de traducir por su profundidad multiforme, que abarca misericordia, lealtad, fidelidad, amor y buena voluntad; y su vínculo inseparable con emet, la verdad confiable del carácter de Dios. Es ese amor fiel, firme y veraz —el hesed y emet divinos— el que constituye el modelo y la fuente de la amistad cristiana.

Por eso, para los fines de este artículo, nos centraremos en la amistad cristiana: aquella encarnada por Jesús en Su relación con los discípulos y a la que dedicó parte de Su discurso durante la última cena. Ese modelo constituye el tipo de amistad al que estamos llamados como cristianos: su fundamento es el amor a Dios de cada una de las partes. De este brotan su carácter sacrificial, su búsqueda del bienestar y edificación del amigo, su intención de invertir tiempo para construir intimidad a través de actividades compartidas y conversaciones que revelen el corazón del otro; una amistad que no teme las muestras físicas y santas de afecto.
Las dificultades
Me concentraré en cuatro razones —ya había mencionado tres en la introducción— por las que está ocurriendo este fenómeno: la desaparición de los espacios homosociales, la hiperreactividad frente al ascenso de la homosexualidad como identidad, la inefectividad real de los espacios eclesiales para la generación de vínculos profundos, y la preponderancia que la visión moderna cristiana da al amor romántico y al ideal matrimonial en detrimento de la amistad.
1. La desaparición de los espacios homosociales
Uno de los grandes cambios culturales del último siglo ha sido la drástica reducción de espacios homosociales. Hasta finales del siglo XIX, era común que las esferas de relación y socialización de hombres y mujeres estuvieran completamente separadas. Los roles y expectativas de cada sexo eran suficientemente claros, y la interacción entre ellos se limitaba casi estrictamente al cortejo amoroso. Todos los demás aspectos de la sociabilidad permanecían segregados, de modo que los hombres no participaban de los círculos sociales femeninos y viceversa.
Con la participación creciente de la mujer en la vida cultural y política de las sociedades occidentales, su ingreso a la fuerza laboral y la insistencia moderna por asegurar inclusión y pluralidad, la mayoría de esos espacios homosociales desaparecieron en menos de un siglo. Aunque en la iglesia algunos de estos ámbitos sobreviven —por razones de pudor y cuidado—, su existencia no ha demostrado ser suficiente para incentivar amistades profundas.

Los ejemplos de amistades genuinas, profundas y celebradas en las Escrituras están situados en una cultura profundamente homosocial: David y Jonatán, Rut y Noemí, Jesús y Juan. En las sociedades antiguas, la homosociabilidad creaba oportunidades constantes para desarrollar vínculos de este tipo. La estricta división de roles y espacios hacía necesaria la formación de fuertes lealtades de grupo para cumplir con éxito tareas asignadas o asegurar la supervivencia, lo que favorecía la formación de diadas íntimas entre varones.
Así pues, actividades estrictamente masculinas, como la guerra —en la que mantenerse unidos frente a un enemigo común era indispensable para asegurar la supervivencia—, implicaban largas temporadas lejos de casa, tiempo compartido, conversaciones profundas y la necesidad del apoyo mutuo. Esto explica la dinámica “hombro a hombro” característica de los vínculos masculinos: compartir tareas, sostener cargas, enfrentar desafíos juntos.
Las Escrituras no detallan cómo se trabó la amistad entre David y Jonatán, pero es evidente que las actividades masculinas —como la guerra y la vida en la corte— fueron parte del contexto necesario para su florecimiento. Sobre todo, fue el carácter vinculante del pacto de amistad que los unió y su dependencia a Dios lo que galvanizó su relación. Siempre ha llamado poderosamente la atención la forma en que Jonatán amó a David: “como a sí mismo”, protegiéndolo, intercediendo por él, visitándolo en su escondite y fortaleciéndolo en Dios en momentos de peligro extremo.

Pero más atención aún ha recibido la forma amorosa en que David lamentó su muerte, pues dijo que aquel era un amor mucho más estimado que el de las mujeres. Lastimosamente, la expresión ha sido tergiversada por lecturas anacrónicas contemporáneas. El sector LGBTQ, por ejemplo, ha hecho de este relato, del de Rut y Noemí, y el del centurión y su siervo, supuestos ejemplos de homosexualidad en la antigüedad, dejando en evidencia la agenda que intentan avanzar, una pésima exégesis y el anacronismo rampante con el que abordan el texto.
Hoy, dado que ese contexto se ha perdido para siempre, podría pensarse que debemos reformular el tipo de amistad a cultivar. Pero en realidad sucede lo contrario. Los pocos ejemplos explícitos de amistades profundas en las Escrituras señalan el camino: si en el mundo moderno ya no existen espacios homosociales donde puedan florecer amistades de ese calibre, entonces deberían ser intencionalmente creados y defendidos. Esto debería darse incluso después del matrimonio, que suele ser —según múltiples estudios— el punto de inflexión donde la mayoría de las amistades masculinas reales se debilitan. ¡Al fin y al cabo, David y Jonatán también eran hombres casados!
Esto no implica intentar reproducir artificialmente un contexto perdido ni abandonar los deberes maritales cristianos. Significa recuperar la visión bíblica para que nuestro entendimiento de la amistad sea reformulado y para que nuestras prácticas y espacios ayuden a su florecimiento, reflejando la profundidad y la fidelidad descritas en las Escrituras.

2. La hiperreactividad frente al ascenso de la homosexualidad como identidad
Con seguridad, en su afán por diferenciarse de la tendencia cultural mainstream actual de que la homosexualidad no es una práctica pecaminosa, sino una supuesta verdadera identidad, la Iglesia —consciente o inconscientemente— implementó una vigilancia fuerte, aunque tácita, respecto a cualquier ademán o expresión de afecto que pudiera sugerir la menor evidencia de comportamiento homosexual entre sus miembros. De esta manera, se terminaron reforzando muchos de los clichés y prejuicios comunes sobre conductas percibidas como “no suficientemente masculinas”.
Esto ha producido dos efectos contrapuestos. Por un lado, aquellos creyentes que lidian con atracción por personas del mismo sexo o cuyo lenguaje corporal tiende a ser más “amanerado” o “afeminado” según nuestros criterios actuales, encuentran mayores dificultades para construir las amistades genuinas e íntimas que podrían proveerles dirección, consuelo y compañerismo. Por otro lado, se ha privado en general a los varones de expresiones físicas de afecto profundo debido al temor de ser tildados de homosexuales aun cuando no exista esa intención o interés sexual.

La forma en que los varones se relacionan hoy es muy distinta a la del pasado, sobre todo en el siglo XIX y principios del XX. Existen muchas fotos de esa época que muestran una cercanía física que hoy resulta inusual para el estándar occidental: hombres tomados de la mano, recostados uno sobre el otro o sentados en las piernas. De igual modo, en Oriente Medio caminar de la mano se mantiene como una costumbre cultural (sin connotación sexual en ese contexto), y en países como Argentina el saludo con beso en la mejilla es una práctica frecuente, aunque no se replique en el resto de Latinoamérica.
Pero, regresando al siglo XIX, también llamaría profundamente la atención del lector moderno el lenguaje afectuoso que muchos hombres usaban en sus cartas. Basta recordar la correspondencia entre Abraham Lincoln y su amigo Joshua Speed, o la del presidente Theodore Roosevelt con sus allegados, a pesar de que era famoso por su carácter recio. En el ámbito cristiano, la literatura ofrece ejemplos aún más reveladores: en Confesiones, Agustín escribió que amaba con tal intensidad a un compañero —cuyo nombre nunca mencionó—, que eran “una sola alma en dos cuerpos”. Tras la muerte de su amigo, escribió que su alma “estaba tiranizada por la tristeza” y que todo lo que antes amaba se convirtió en “tormento y suplicio”. Los hombres de hoy difícilmente se permitirían experimentar tal expresión de afecto, vulnerabilidad emocional y dependencia espiritual.

Entonces, ¿qué fue lo que se perdió en el camino? Realmente, ¿qué tanto la cultura contemporánea y los prejuicios modernos han influenciado nuestra forma de relacionarnos? Ante la normalización social de la inmoralidad sexual, ¿está justificada la hiperreactividad de la Iglesia o, por el contrario, esa reacción virulenta nos ha llevado a construir muros tan altos que logran dejar afuera lo malo, pero también lo bueno?
Entre las consecuencias más lamentables de este fenómeno, se diluye la posibilidad de generar y consolidar amistades masculinas santas que no se priven de expresiones genuinas de afecto, que den testimonio de confianza e intimidad, y que estén totalmente desligadas de cualquier connotación sexual. El mismo Señor Jesús ejemplificó una relación de este tipo: el discípulo amado se recostó sobre Su pecho en medio de la última cena, un gesto que en la cultura antigua era muestra natural de profunda amistad e intimidad reservada a los amigos más cercanos.
Ahora bien, las nuevas generaciones parecen estar recuperando lentamente cierta naturalidad en el modo de relacionarse con amigos íntimos, aunque el camino sigue siendo difícil por la influencia persistente de la ideología que promueve la homosexualidad como identidad totalizante. No obstante, esta incipiente apertura —que algunos describen con términos modernos como bromance— refleja la necesidad humana de vínculos más profundos, estables y emocionalmente expresivos entre varones, capaces de derribar los tabúes que han confundido por décadas la intimidad con el erotismo.

3. La inefectividad real de los espacios eclesiales para la generación de vínculos
Otra de las razones que han contribuido a la crisis de la amistad masculina en la Iglesia tiene relación con el verdadero alcance y filosofía de las actividades propuestas para los varones. La inmensa mayoría de ellas suele centrarse en estudios bíblicos y en actividades conjuntas que, si bien traen beneficios, han tenido resultados más bien modestos en cuanto a fomentar amistades que superen la barrera del simple encuentro comunitario.
Algunos autores consideran que parte de esta ineficacia se debe a la resistencia —a veces deliberada, a veces inconsciente— de la Iglesia moderna a desarrollar una comprensión teológica de la amistad. A pesar de los ejemplos bíblicos de David y Jonatán, Rut y Noemí, y del propio Señor Jesús con Su discípulo Juan, se ha tratado este tema como meramente circunstancial o marginal para la vida cristiana. Además de no ser escandalosas ni ambiguas, las amistades presentadas en la Escritura revelan prioridades que la Iglesia ha descuidado: el lugar central que este tipo de vínculo ocupa para la vida en comunidad, la edificación recíproca y la expresión del amor cristiano. Esto debería llevarnos a examinar con seriedad si realmente estamos comprometidos con reproducir el ideal comunitario descrito en Hechos 2:42–47.

Otra razón significativa tiene que ver con las expectativas de los propios varones respecto a estos encuentros. Dichas reuniones rara vez buscan construir o fortalecer algún tipo de intimidad, más bien se limitan a estudiar un tema bíblico propuesto y participar del asado, la actividad deportiva o el evento programado, sin que ello implique necesariamente el “riesgo” de profundizar un vínculo. En la dinámica que suele regir estos espacios, lo que en realidad se valora es la productividad: organizar actividades, ofrecer contenido y luego permitir que cada participante regrese a su vida cotidiana sin mayor implicación relacional.
Esta dificultad se vuelve aún más evidente en las reuniones dominicales de adoración: la inmensa mayoría del tiempo que el creyente promedio dedica a socializar se circunscribe a los momentos antes y después del servicio. Esto genera, inevitablemente, relaciones superficiales, animadas únicamente por el mandato de congregarse. Esos momentos no son malos; de hecho, son necesarios. El problema es que son insuficientes para fundamentar cualquier amistad real, pero en especial para lograr la comunión profunda y la práctica del amor agape que deberían caracterizar a la vida cristiana.
Peor aún, hemos naturalizado esa superficialidad. Y cuando la superficialidad se convierte en estándar, la soledad —junto con todos sus estragos emocionales, físicos y espirituales— se vuelve casi inevitable. Los datos que muestran el dramático aumento de la soledad masculina no distinguen entre creyentes y no creyentes, lo cual sugiere que los hombres cristianos también desean amistades cercanas e íntimas, pero encuentran limitaciones prácticas y culturales para encontrarlas. Este anhelo profundo, auténticamente humano, refleja la necesidad de vínculos que trascienden el tiempo y las circunstancias, que encarnan la verdad de Proverbios 17:17, que dice: “En todo tiempo ama el amigo”.

4. La visión cristiana moderna sobre el ideal matrimonial
Otro de los grandes inconvenientes es la tendencia de los círculos cristianos a ver el matrimonio como sinónimo de realización y vida plena. Si bien las Escrituras tienen en altísima estima el vínculo matrimonial, el enfoque que las iglesias suelen darle en la práctica ha llevado a eclipsar el otro gran tipo de vínculo humano: la amistad, que trasciende el estado civil de las personas. Este criticable enfoque fomenta que los matrimonios se consideren a sí mismos como unidades emocional y espiritualmente independientes del cuerpo más amplio de Cristo, que es la Iglesia, y anima a que el varón se convierta en una suerte de ironman que debe asumir todos los desafíos emocionales y espirituales de la vida marital. En ese intento termina privado de uno de los recursos más fundamentales para alcanzar dicho ideal: el disfrute de una amistad real.
En The Way Forward (El camino a seguir), Joe Barnard identifica la soledad y la superficialidad relacional en la Iglesia como barreras principales para el crecimiento espiritual masculino, pero también enfrenta la presunción tácita de muchos varones de que tener una esposa cristiana suplirá todas sus necesidades emocionales y espirituales. Esta expectativa —además de injusta para la esposa— es teológicamente imprudente y relacionalmente insostenible. Ningún cónyuge puede, por diseño, satisfacer absolutamente todas las dimensiones del alma del otro; para eso Dios dio la Iglesia, los “unos a otros” del Nuevo Testamento, la koinonía y el agape como cimientos de la vida comunitaria.

Este énfasis desproporcionado en el matrimonio prepara el terreno para que los varones casados experimenten soledad. Debido a la falta de tiempo, las preocupaciones de la vida marital, las demandas del servicio y la manera en que expresiones como “no es bueno que el hombre esté solo”, “ayuda idónea” y “una sola carne” se extrapolan equivocadamente a todos los ámbitos de la vida conyugal, con frecuencia ellos concentran su energía en el trabajo, la familia y la iglesia, perdiendo en el camino a casi todos sus amigos. A esto se suma la falta de consciencia de que fortalecer las amistades es necesario para la salud emocional, mental y espiritual tanto de los individuos como de los matrimonios, y de que el mismo Señor Jesús le dio a este tipo de vínculo una importancia capital en Su último discurso en el aposento alto.
Pero parte de la responsabilidad en este fracaso del hombre casado para mantener, fomentar o construir amistades genuinas también recae en el rol de la esposa. No pocas veces la influencia de la esposa determina —consciente o inconscientemente— la vida social del marido, debido a la sensación de competencia que muchas mujeres experimentan frente a los vínculos íntimos que su esposo pueda desarrollar con otros hombres. Cuando una amistad implica inversión de tiempo, esta suele percibirse como un “robo” a la familia o al matrimonio. Vincent Gil, antropólogo médico y psicológico, lo expresa así:
Las amistades masculinas puramente diádicas o exclusivas son, en el mejor de los casos, difíciles de mantener para los hombres después del matrimonio, y a menudo resultan imposibles si implican sacrificar tiempo, lejos del cónyuge y la familia, para pasar tiempo juntos y cultivar la intimidad con los amigos. (…) En los Estados Unidos, la mayoría de los hombres, al llegar a los 30 y tantos o 40 y tantos años, casados y con hijos, prácticamente han renunciado a las amistades de antaño y se relacionan principalmente con conocidos del trabajo o de su matrimonio. La amistad íntima, o la relación personal cercana, desaparece cada vez más del mundo social masculino, y esto también se observa en el ámbito religioso. Si tienen suerte, encuentran a alguien con quien compartir un almuerzo ocasional en el gimnasio, en la pista de atletismo o en el trabajo. La intimidad suele quedar en un segundo plano en este contexto.

El hecho de que en las charlas, conferencias o estudios de las iglesias haya una ausencia casi total del tema de la amistad revela aún más el tamaño de esta problemática. Como se ha venido señalando, este error tiene su raíz en la ignorancia supina respecto al lugar que las Escrituras —y en especial el Nuevo Testamento— otorgan a la amistad, a sus beneficios y peligros, y al rol indispensable que tiene en la vida comunitaria y en el discipulado. Esto, sumado a la ingenuidad con la que muchas veces filtramos la enseñanza bíblica a través de las costumbres, tradiciones y prejuicios de nuestra época, revela el profundo impacto que la cultura moderna ha tenido en nuestra cosmovisión, pues ha moldeado silenciosamente nuestras prioridades y oscurecido lo que la Palabra enseña con claridad.
El ejemplo supremo de amistad: Jesucristo
Cuando en círculos cristianos se habla de la amistad, pensamos casi de inmediato en la historia de David y Jonatán y, en menor medida, en la de Rut y Noemí. Sin embargo, muy pocas veces reflexionamos en la manera en que nuestro Señor Jesucristo vivió la amistad antes y durante Su ministerio público. De algún modo, nos resulta difícil contemplar las características plenamente humanas del Señor, y nuestro enfoque tiende a resaltar más Su condición divina. No obstante, Jesús, como cualquier otro ser humano, se relacionaba con personas concretas y estaba inmerso en las dinámicas sociales de Su tiempo, aun cuando no siempre se ajustaba a las convenciones vigentes.

Los Evangelios se concentran principalmente en los hechos ocurridos durante Su ministerio público, pero aun así mencionan amistades profundas que Jesús había cultivado, como la relación cercana que mantenía con Lázaro y sus hermanas. Además, durante los últimos tres años de Su vida en la Tierra, estuvo involucrado intensamente con Sus discípulos en la enseñanza, la convivencia y la camaradería diaria. Es en ese contexto que debemos examinar de qué manera el Señor fue amigo y cuáles eran Sus pensamientos al respecto.
El Evangelio de Juan es el único que registra con amplitud el gran discurso final del Señor con Sus discípulos durante la última cena. En ese momento, cuando Su ministerio terrenal estaba a punto de concluir y quiso fortalecer todo lo verdaderamente importante antes de las horas amargas que le esperaban, Jesús incluyó el tema de la amistad. Tan importante era para Él, que lo elevó a la categoría de mandamiento. Sus palabras se encuentran en Juan 15:12-17:
Este es Mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, así como Yo los he amado. Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos. Ustedes son Mis amigos si hacen lo que Yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero los he llamado amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído de Mi Padre. Ustedes no me escogieron a Mí, sino que Yo los escogí a ustedes, y los designé para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca; para que todo lo que pidan al Padre en Mi nombre se lo conceda. Esto les mando: que se amen los unos a los otros.

¿Qué conclusiones podemos sacar a partir de este fragmento de las Escrituras? Al menos seis:
1. Contexto: importancia y empoderamiento
Dos elementos fundamentales del contexto deben considerarse para comprender esta sección que el Señor dedica al tema de la amistad.
El primero es, precisamente, que esta enseñanza forma parte de las últimas instrucciones que Jesús dio en las horas previas a Su pasión y muerte. Esto indica cuán importante era para Él que Sus discípulos entendieran con claridad qué tipo de relación debía haber entre ellos. Es común que quienes saben que la muerte se acerca, y tienen el tiempo para hacerlo, digan a sus seres queridos aquello que consideran de máxima importancia, lo que no quieren que se olvide. Eso hizo Jesús.
El segundo es que este discurso sigue inmediatamente a la enseñanza sobre Él mismo como la Vid verdadera. En los versículos 5 al 7, Jesús afirma que la única manera de llevar fruto es permanecer en Él y en Su Palabra, recordando todo cuanto ha dicho y enseñado. Él es la fuente de poder que capacita al cristiano para vivir una vida de obediencia amorosa, cumplir el propósito de Dios y enfrentar las dificultades de manera santa y que glorifique al Padre. Es decir, Jesús primero les recuerda de dónde proviene la capacidad para obedecer, y luego les muestra cuál es el contenido de esa obediencia: el amor fraternal expresado en amistad.

2. Un mandamiento ejemplificado en vida
“Este es Mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, así como Yo los he amado” (v. 12).
Llama la atención que el Señor inaugura y concluye Su enseñanza sobre la amistad repitiendo el mandamiento de amarnos unos a otros como Él nos ha amado. Este énfasis subraya la importancia de lo que está diciendo. Adicional a esto, Jesús establece Su propio ejemplo de vida como el estándar a alcanzar en el cultivo de la amistad. No apela a los ejemplos del Antiguo Testamento que, aunque marcan un ideal altísimo de lealtad y afecto, no llegan al nivel que Él encarnó. Jesús no dijo que nos amáramos como David y Jonatán, ni como Rut y Noemí; dijo que nos amáramos como Él nos ha amado.
Con esto, el Señor apeló a la experiencia vivida por cada uno de los discípulos: a sus recuerdos, a los momentos compartidos, a las conversaciones, a cómo lo vieron enseñar, corregir, servir, contener y acompañar; a cómo lo vieron vivir lo que enseñaba. Jesús los invitó a traer a la memoria aquellos momentos de confianza e intimidad, así como las dificultades que juntos atravesaron. Los discípulos sabían con exactitud qué tipo de estándar se les estaba pidiendo adoptar, porque lo habían experimentado en carne propia por más de tres años al lado del Maestro.

Si dedicamos el tiempo suficiente a meditar en la forma en que Jesús se relacionó con Sus discípulos, veremos varios elementos significativos. Algunos se mencionan explícitamente en los versículos siguientes; otros, aunque evidentes, suelen pasarse por alto. Entre ellos, uno de los más claros es que Jesús consideró indispensable invertir tiempo con Sus discípulos para forjar una relación real con ellos. Además, entendió la limitación humana del tiempo y la imposibilidad de cultivar el mismo grado de intimidad con todos, razón por la cual estableció círculos concéntricos de cercanía: primero los 72; luego los doce; luego los tres íntimos con quienes compartió experiencias que no compartía con los otros nueve; y, finalmente, uno de ellos, con quien desarrolló una conexión y una intimidad particular.
Esta estructura relacional no es un detalle menor. Es una estrategia profundamente relevante para nuestros tiempos, marcados por el frenesí y las preocupaciones de la vida moderna que vuelven al tiempo un recurso siempre escaso. Jesús enseña, con su propia práctica, que priorizar algunas relaciones sobre otras no es descartar personas, sino reconocer las limitaciones naturales que todos afrontamos. La amistad profunda requiere inversión sostenida, y por tanto es normal —e incluso saludable— que haya diferentes grados de intimidad entre las personas que nos rodean.

3. El estándar supremo
“Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos” (v. 13).
Con esta frase, el Señor resume Su vida entera: una entrega sacrificial absoluta por el bienestar de Sus amigos. El propósito de Su vida fue entregarla para que ellos —y nosotros— tuviéramos vida. El apóstol Pablo amplía este pensamiento en Romanos 5:6-8 (RVR1960): “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a Su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; (…) Mas Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.
Pero el ejemplo de Cristo no se limita a Su acto final de sacrificio en la cruz. Su cotidianeidad entera estuvo marcada por el servicio. Poner Su vida por Sus amigos no fue un evento aislado, sino un estilo de vida: entregó tiempo, energía, descanso y comodidad para sanar al enfermo, enseñar al ignorante, consolar al afligido y acompañar al necesitado. Antepuso los intereses de otros a los propios mucho antes de Gólgota, y esa entrega alcanzó su máxima expresión en Su muerte.
Esta comprensión expandida es crucial: amar como Cristo ama no significa esperar un momento dramático para un acto heroico, sino practicar una intención constante de sacrificar intereses personales, tiempo y conveniencia por el bien del amigo. El ejemplo del Señor constituye una narrativa profundamente contracultural frente a las amistades modernas, muchas veces transaccionales, basadas en la conveniencia y disueltas tan pronto dejan de satisfacer necesidades personales.

4. Una relación singular
“Ustedes son Mis amigos si hacen lo que Yo les mando” (vr. 14).
Esta declaración suele generar perplejidad en el lector moderno, pues nuestras amistades se sostienen sobre el concepto de reciprocidad entre iguales. Pero el punto de Jesús es precisamente que la amistad no se establece entre iguales ontológicos. En Él residen plenamente la naturaleza humana y la divina; es completamente hombre y completamente Dios, una realidad doctrinal que llamamos unión hipostática.
Nuestra relación con el Señor genera una dinámica particular, una suerte de tensión entre autoridad (verticalmente hablando, puesto que Él es Dios) e intimidad (horizontalmente hablando, puesto que es nuestro amigo). Podemos ilustrarlo de forma sencilla: es como ser amigos del CEO de una compañía y, al mismo tiempo, trabajar bajo su autoridad. Hay cercanía real, pero también una estructura jerárquica que permanece.

Lo realmente significativo es que el Señor condiciona ser llamados sus amigos a la obediencia. ¿Obediencia a qué? Al mandamiento explícito en los versículos 12 y 17: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”. Esto es de una radicalidad profunda. Según Jesús, la manera en que amemos a nuestro amigo es un marcador fundamental de nuestra relación con Él. Pero, como ya había mencionado, este llamado no flota en el aire: está inserto en el contexto de la enseñanza de la vid y los pámpanos. Es esa savia divina la que transforma nuestros deseos y capacita nuestra obediencia.
Así, la orden de amar al prójimo con el amor de Cristo no se sostiene por mera fuerza de voluntad, sino por la vida en Cristo, que fluye y fructifica en auténtica amistad cristiana.

5. Amigos y no siervos
“Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero los he llamado amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído de Mi Padre” (v. 15).
Según Jesús, el paradigma de la amistad se fundamenta singularmente en la transparencia y la vulnerabilidad compartida. Esto lo expresa con claridad al establecer una distinción entre siervo y amigo. En las sociedades antiguas, la amistad virtuosa solo era posible entre iguales; una amistad entre un siervo y su señor era, si no inconcebible, al menos poco común. Precisamente por eso el lavamiento de pies en Juan 13 constituye una subversión profunda de las normas sociales y jerárquicas de la época. Siendo Señor y Maestro de los discípulos, Jesús asumió el rol del siervo más bajo para redefinir abiertamente la dinámica de la relación. No fue un simple gesto simbólico, sino un acto concreto de amor y humildad.
En la filosofía grecorromana se esperaba que quienes ocupaban posiciones elevadas se humillaran para poder elevar a sus inferiores. Jesús hizo exactamente eso: este acto de servicio se convirtió en el preludio esencial para declarar que ya no eran siervos, sino amigos. Con él, desmanteló la jerarquía señor–siervo que habría impedido cualquier intimidad real.

Además, Jesús eleva a Sus discípulos de la condición de siervos a la de amigos porque les ha dado a conocer “todo lo que he oído de Mi Padre”. En las relaciones jerárquicas tradicionales la información fluye en una sola dirección, de arriba hacia abajo. Sin embargo, el Señor comparte con ellos aquello a lo que nunca habrían tenido acceso de no existir este nuevo tipo de vínculo. Ese acto de ofrecer acceso, transparencia y confianza constituye el núcleo de la intimidad genuina y sirve como fundamento para toda amistad humana.
Esto sugiere que la intimidad, la humildad y la transparencia son ingredientes indispensables en una amistad. Este principio teológico se opone de manera radical al estoicismo y a la represión emocional que dominan la cultura masculina contemporánea, en la cual se suele evitar la transparencia para no ser percibidos como débiles o afeminados. Asimismo, este acto implica que Jesús revela a Sus amigos las intenciones y planes del Padre para involucrar sus mentes y sus corazones en los propósitos divinos, de modo que su obediencia no sea la de un siervo que actúa mecánicamente o por conveniencia, sino la de quien comprende y comparte la visión de Dios. La obediencia se convierte entonces en el fruto natural de una relación caracterizada por el amor.

6. Una amistad unilateral con propósito
“Ustedes no me escogieron a Mí, sino que Yo los escogí a ustedes, y los designé para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca; para que todo lo que pidan al Padre en Mi nombre se lo conceda” (v. 16).
Este es otro aspecto que desconcierta al hombre moderno. Las amistades actuales suelen concebirse como producto de la espontaneidad y de la reciprocidad, libres de “agenda”. Sin embargo, el Señor —en virtud de Sus dos naturalezas— expone aquí tres realidades fundamentales:
- Que Su amistad hacia nosotros es unilateral: Su amor y disposición no dependen de nuestro carácter ni de nuestra capacidad de reciprocidad.
- Que Su amistad tiene un propósito claro: que produzcamos fruto duradero.
- Que para cumplir ese propósito ha puesto a nuestra disposición todos los recursos divinos.
A partir de estas afirmaciones, podemos esbozar un retrato de la amistad verdadera y santa ejemplificada por Jesucristo, aquella a la que estamos llamados:
- Debe estar fundada y sostenida en nuestra relación con Cristo.
- Debe reflejar la entrega sacrificial que Él demostró con Sus discípulos.
- Implica necesariamente inversión de tiempo.
- Dadas nuestras limitaciones humanas, requiere círculos de intimidad (12, 3, 1).
- Su propósito tiene que ser la santificación y la mutua edificación.
- El acceso, la transparencia y la vulnerabilidad son componentes fundamentales de una amistad genuina.
- Por nuestra falibilidad, el perdón debe ser un activo constante en toda amistad.
Jesús no concibió la amistad como una versión elevada de la lealtad y el afecto humanos, sino como una verdadera disciplina espiritual; un entrenamiento para la guerra que plantean nuestra carne, el mundo y Satanás en las trincheras de la vida cotidiana.

Un cambio de paradigma
Hemos visto cómo el ejemplo, la enseñanza y el mandamiento del Señor Jesús nos obligan a repensar detenidamente nuestras relaciones actuales. Esta misma enseñanza aparece, llevada a la práctica, en las palabras del apóstol Pablo en 2 Timoteo 2:22, que dice: “Huye, pues, de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que invocan al Señor con un corazón puro”.
Lo primero que Pablo hace aquí es señalar aquello que debemos evitar: las pasiones juveniles, es decir, todo lo que nos aleja de Dios. Lo segundo es indicar hacia dónde debemos encarar nuestra vida (la justicia, la fe, el amor y la paz), y lo tercero es especificar con quién debemos caminar. Según esto, es necesario cultivar amistades reales y cristocéntricas para transitar la vida cristiana de una manera que agrade al Señor y produzca verdadero florecimiento espiritual.
No sabemos con certeza si Timoteo era un hombre casado o no, pero el propósito que Pablo quiere que él entienda y procure es el mismo para todo creyente, sin importar edad o estado civil. Del mismo modo, encontramos en muchas partes del Nuevo Testamento los mandamientos “los unos a los otros”, cuyo propósito es procurar el bienestar del creyente y el de la Iglesia en general, además del impacto de nuestro testimonio ante la sociedad en la que vivimos.

La forma en que entendamos esto es crucial, no solo para nuestra vida espiritual sino para la salud general de la comunidad de fe, porque determinará el tipo de iglesia que seremos. Con frecuencia miramos lo que Lucas describe de la Iglesia primitiva en Hechos 2:41–47 (RVR1960) con cierta nostalgia:
Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.
En este relato observamos que los primeros creyentes tenían “en común todas las cosas”, vendían sus propiedades, repartían según la necesidad, compartían no solo en el templo sino también en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez. El uso de esa frase estaba muy extendido en la cultura grecorromana: con ella se expresaba el ideal máximo de la amistad entre los pitagóricos, así que la audiencia a la que le estaba escribiendo (que precisamente era grecorromana) entendió a la perfección el tipo de relación que tenían los creyentes. De hecho, el cristianismo superaba ese ideal filosófico, porque no se sostenía en la conveniencia, el interés mutuo o la virtud del otro, sino en la persona de Jesucristo, quien es simultáneamente fuente y modelo de toda amistad verdadera.

Consideraciones finales
Lo expuesto en este artículo nos lleva a reflexionar si lo que entendemos y vivimos como “amistad” refleja realmente lo que Jesús enseñó e hizo. El libro de Proverbios nos ofrece consejos claros acerca de cómo practicar la amistad y qué se espera de un amigo. Lastimosamente solemos citar estos textos con rapidez sin detenernos a meditar en ellos. Recordemos también que intentar practicar la sabiduría de Proverbios sin un entendimiento profundo del ejemplo de Jesús como amigo es “poner el carro delante del caballo”: es emprender una aventura guiada por la intuición, los clichés culturales y nuestras propias distorsiones de lo que implica cultivar un amigo.
Jesús no entendió la amistad como entretenimiento ni como algo que se hace cuando sobra el tiempo, sino como una verdadera disciplina espiritual. La amistad es el medio elegido por Dios para santificarnos: la escuela de la virtud, el espacio donde se exponen las intenciones del corazón. Es en este contexto relacional donde los Proverbios cobran vida y se alinean perfectamente con las enseñanzas del Nuevo Testamento, que insiste en la comunión “unos con otros”, en llevar las cargas mutuamente, en perdonar y orar “unos por otros”, y en obedecer el mandato: “que se amen los unos a los otros, así como Yo los he amado”.
Todo lo anterior debe llevarnos a la conclusión de que, como varones unidos a la Vid, el cultivo de vínculos fuertes, íntimos y santos con otros varones debe ocupar un lugar prioritario en nuestra vida. Esto no solo traerá beneficios en lo personal, matrimonial y comunitario; también será fundamental para nuestra santificación y para la misión de anunciar y vivir el Evangelio de Jesucristo.
Además, esta es la estrategia de Dios para desmantelar la tendencia masculina a la independencia y la autosuficiencia, llamándonos a la humildad y a la dependencia mutua. También es el llamado a examinar qué tan moldeada por la cultura está nuestra práctica cristiana, y qué tan dispuestos estamos a ser contraculturales, no por rebeldía, sino por obediencia al mandato divino. Finalmente, debemos examinar qué tan dispuestos estamos a ser verdaderos discípulos de Cristo, para quienes el amor mutuo es la prueba fehaciente de nuestra identidad.
A continuación encontrarás algunas preguntas que los cristianos deberíamos hacernos en torno a este tema:
- ¿Es para nosotros tan importante cultivar amigos como lo fue para el Señor, o solo lo hacemos cuando las circunstancias son favorables?
- ¿Convertimos el “tiempo” en una excusa “piadosa” para evitar cumplir el mandamiento?
- ¿Consideramos que los matrimonios son unidades autosuficientes para satisfacer necesidades emocionales, relegando la amistad al último lugar? ¿Es bíblica esta forma de verlos?
- En la práctica, ¿nuestra iglesia privilegia el bienestar matrimonial y las actividades por encima del cultivo real de la amistad?
- ¿Nuestras interacciones con los hermanos se limitan a los minutos previos o posteriores a cada reunión?
- ¿Cuántos sermones hemos escuchado sobre la amistad y su importancia para el cuerpo de Cristo?
- ¿En cuántos retiros de varones, mujeres o matrimonios se aborda la amistad como una disciplina espiritual necesaria para la salud personal, de la pareja y de la Iglesia?
- ¿Nos amparamos en nuestra personalidad para evitar evaluar nuestra postura hacia la amistad?
Notas del autor:
- Vale la pena citar los trabajos de Carl R. Trueman y Agustín Laje: El Origen y el Triunfo del Ego Moderno y La Batalla Cultural, respectivamente.
- Para un brevísimo resumen sobre la “historia” de la amistad, recomiendo dar un vistazo a este artículo: The History of Friendship | GodBuddies
- Para una lectura más detallada sobre la amistad en los filósofos anteriores a Aristóteles, recomiendo el artículo Friendship in Early Greek Ethics de Dimitri El Murr (2020).
- Una estupenda compilación de los pensamientos de Cicerón, San Gregorio de Nisa, San Agustín, Santo Tomás de Aquino y Kant respecto a la amistad puede encontrarse en Ancient and Medieval Concepts of Friendship (2014) editado por Suzanne Stern-Gillet y Gary M. Gurtler, SJ.
- Recomiendo ver la exposición que hace Gavin Ortlund sobre la forma en que San Anselmo entendía y vivía la amistad, de acuerdo con su correspondencia.
- Sugiero leer Friendship with the Beloved Disciple as Type in a Theology of Friendship (2017) de Jonathan Sammut.
- En Men Have No Friends and Women Bear the Burden, Melanie Hamlett habla de la carga que muchos hombres casados inadvertidamente depositan en sus cónyuges, en quienes buscan suplir necesidades que normalmente son suplidas por las amistades, generando tensiones adicionales e innecesarias al vínculo. Aunque la autora maneja un vocabulario y una perspectiva feminista, su análisis es bastante acertado para el asunto que nos ocupa.
Referencias y bibliografía
The Four Loves (1958) de C. S. Lewis. Londres: Geoffrey Bles.
Theorizing Mankeeping: The Male Friendship Recession and Women's Associated Labor as a Structural Component of Gender Inequality (2024) de Angelica Ferrara y Dylan Vergara. Psychology of Men & Masculinities, octubre 2024.
Missing Out: What's Going On With Male Friendships? Review and Discussion of Male Friendships in the 21st Century - Change and Statis (2024) de Vincent E. Gil. On Knowing Humanity Journal, enero 2024, p. 38.
La amistad, una paridad en diferencia de Sara Lydynia de Moscona |Psicoanálisis
Bosom Buddies: A Photo History of Male Affection | Art of Manliness
The Close, Intimate Friendship of Abraham Lincoln and Joshua Speed | GodBuddies
Third Places and the Horizons of Male Friendships de Ryan McCormick | Mere Orthodoxy
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