¿Cómo comenzaron a existir los seres celestiales? Según Menocchio, un molinero italiano del siglo XVI, el universo se había formado de la misma manera en que se cuaja el queso, y que Dios y los ángeles habían surgido de allí como los gusanos en la leche ácida. Esta idea es famosa, no precisamente porque muchos teólogos hoy la defiendan, sino por lo que le sucedió a quien sostenía esa teoría tan particular. El historiador Carlo Ginzburg, en su famoso libro El queso y los gusanos, cuenta que por el simple “delito” de imaginar una cosmología casera que no encajaba con el dogma oficial, Menocchio terminó quemado en la hoguera a manos de la Inquisición. Para ellos, dudar de la ortodoxia era un peligro mortal.
Hoy en día podemos respirar aliviados, pensando en lo mucho que hemos avanzado. Nos gusta creer que vivimos en una sociedad libre, tolerante y moderna, donde los tribunales del pensamiento quedaron enterrados en el pasado y ya nadie nos persigue por opinar diferente. Pero la realidad es que la naturaleza humana no cambia tan fácil. Si miramos con un poco de atención a nuestro alrededor, vale la pena preguntarnos: ¿de verdad desaparecieron los dogmas intocables o simplemente cambiaron de uniforme?

Podemos encontrar la respuesta en un aula de clases de Harvard.
En 2021, la profesora Carole Hooven, entonces codirectora de estudios de pregrado en el departamento de Biología Evolutiva Humana de Harvard, participó en un programa de televisión para hablar sobre su libro acerca de la testosterona. Durante la entrevista, defendió que el sexo humano es estrictamente biológico y binario —definido por los gametos—, y criticó que algunas facultades de medicina estuvieran dejando de usar los términos científicos “hombre” y “mujer” por temor a no parecer inclusivas.
Esta declaración desató furia. Casi de inmediato, la directora de diversidad de su propio departamento la acusó públicamente en redes sociales de emitir comentarios “transfóbicos y dañinos”, anteponiendo una doctrina identitaria abstracta a los hechos de la materia orgánica. A partir de ese momento, la maquinaria inquisitorial se movió con rapidez: los estudiantes de posgrado organizaron un boicot negándose a trabajar como sus asistentes de cátedra, sus colegas de facultad la aislaron en un silencio cómplice y la administración de la universidad prefirió no defender su libertad académica. No hubo el menor espacio para el debate científico, la gracia o la redención; se generó un entorno tan insostenible que terminó obligándola a renunciar a su puesto tras 20 años de una impecable trayectoria docente.
Este episodio demuestra que el impulso de crear dogmas absolutos y perseguir al disidente no es exclusivo de la religión del pasado; es un rasgo muy vivo de nuestra sociedad secular. Hemos sustituido los antiguos mandamientos por un nuevo catecismo cultural. Hoy en día, premisas como la aceptación incondicional de las identidades de género autoperceptivas, la sospecha sistemática hacia cualquier forma de autoridad tradicional y la idea de que el propósito supremo de la vida es expresar públicamente nuestros sentimientos, se han vuelto verdades incuestionables. Paradójicamente, este sistema laico carece de las herramientas más valiosas de la fe cristiana: la gracia y el perdón. Al no existir un ser superior que absuelva las faltas, el juicio queda en manos de una masa social. Si cometes un “pecado” contra la ortodoxia del momento, la condena es perpetua y no hay altar donde pedir clemencia.

¿Cuáles son las bases y la anatomía de esta nueva fe secular? Veamos de qué manera funciona el nuevo moralismo, cuáles son sus bases intelectuales y cuáles son las implicaciones directas que este ecosistema plantea para la Iglesia hoy.
La moral de una era post-protestante
El ensayista estadounidense Joseph Bottum, en su libro An Anxious Age (Una época de ansiedad), señala uno de los mayores errores de percepción de nuestra época: pensar que el mundo moderno ha dejado atrás la religión para abrazar un laicismo completamente neutral. Las clases cultas e influyentes de la sociedad actual no han abandonado la espiritualidad, sino que la han canalizado hacia fines puramente terrenales. Nos encontramos en una era “post-protestante”, un periodo donde las afirmaciones del cristianismo histórico han sido evacuadas, pero sus estructuras morales, psicológicas y de juicio permanecen intactas y plenamente operativas en la cultura secular.
Para comprender la naturaleza de este nuevo moralismo, Bottum sugiere mirar a las élites contemporáneas como los herederos directos de las iglesias protestantes tradicionales que alguna vez dominaron el panorama cultural. En su entrevista con el teólogo Albert Mohler, Bottum lo explica de la siguiente manera:
Creo que uno de los errores que cometemos es pensar que la actual clase de élite de Estados Unidos ha caído en la impiedad y la antiespiritualidad (…). Me di cuenta de que, de hecho, son profundamente espirituales, que cometemos un error cuando intentamos decir: “No puedes vivir tu vida sin algún tipo de espiritualidad, algún tipo de referencia a estas moralidades superiores y a la verdad del universo”.
De hecho, estas personas viven sus vidas de esa manera. Son los herederos de generaciones de protestantismo tradicional en este país. Pertenecen a la misma clase y ocupan el mismo espacio que el protestantismo tradicional ocupó alguna vez en este país. Simplemente le quitaron a Jesús. En el camino, se ven a sí mismos como moralmente buenos y comprometidos con un proyecto espiritual elevado, por mucho que huyan de las palabras que expresan eso.

Esta condición post-protestante ayuda a descifrar por qué nuestra sociedad actual es tan intensamente moralista a pesar de no poseer altares divinos. Los dogmas modernos —como la exigencia de validar incondicionalmente las identidades autoperceptivas o la obsesión por denunciar injusticias— no surgieron de la nada. Intelectualmente, son la evolución directa del movimiento del “Evangelio Social” de principios del siglo XX. Walter Rauschenbusch, una de sus figuras más importantes, redefinió el concepto bíblico del pecado: dejó de ser una transgresión u ofensa individual contra un Dios santo para transformarse en un problema de estructuras sociales, encarnado en males como la intolerancia, el militarismo o la opresión económica.
El problema radica en que las generaciones posteriores adoptaron este inventario de pecados sociales, pero desecharon la teología que lo sostenía. Para el antiguo Evangelio Social, Jesús seguía siendo el maestro moral que revelaba y sufría en Su cuerpo estas faltas colectivas. Sin embargo, para sus nietos post-protestantes, Cristo se convirtió en una especie de escalera utilizada para subir a una plataforma moral más alta; una vez alcanzada esa cima, simplemente prescindieron de la escalera. Lo que ha quedado es el armazón del Evangelio Social sin la figura de Cristo; ha quedado un código rígido de superioridad ética que las élites culturales utilizan para reclamar el derecho y la autoridad moral de gobernar al resto de la sociedad.
Y al haber vaciado el cristianismo, pero conservando toda su arquitectura mental y psicológica, la cultura secular comenzó a fabricar copias defectuosas y deformadas de los conceptos teológicos para poder procesar la culpa, la justicia y el castigo. Al no tener a Dios, el ser humano reacomodó las viejas estructuras religiosas en sus nuevas causas políticas.

Por ejemplo, la noción moderna del “privilegio blanco” u otras culpas colectivas de nacimiento operan con la misma lógica exacta del pecado original: una mancha heredada, inevitable, con la que se nace y de la cual el individuo no puede limpiarse por sí mismo. De igual manera, las advertencias del catastrofismo ecológico radical copian la estructura del apocalipsis bíblico, y la cultura de la cancelación o el linchamiento digital no es más que una mutación de la excomunión (shunning), el destierro social absoluto del que disiente de la norma de la comunidad.
El gran peligro de este nuevo moralismo es que ha heredado el fanatismo y la intransigencia de los peores tribunales religiosos del pasado, pero sin ninguna de sus salidas. En su conversación con Mohler, Bottum destaca este tono de intolerancia implacable que, lamentablemente, ha caracterizado a buena parte de la cristiandad hasta hoy y ha permeado a los movimientos seculares:
Existe este patrón en el cristianismo de una especie de fanatismo (…). Está ahí, profundamente en nuestras psiques. Y una de las cosas que noto en las personas que adoptan la culpa blanca (por ejemplo, esta culpabilidad del privilegio blanco), es que tienen ese mismo tono fanático. Esto es un fracaso por parte de las iglesias cristianas, tanto protestantes como católicas, que no les hemos ofrecido a estas personas ninguna vía de escape para su indignación moral.
Al carecer de un dios que absuelva las faltas o de un sacrificio objetivo (como la cruz) que pague por los errores, este sistema laico se convierte en una maquinaria puramente punitiva. No busca la redención ni la restauración del individuo, sino su eliminación civil. El resultado es un ecosistema cultural sumamente hostil: una cosmovisión post-protestante que exige una santidad externa y obligatoria según los estándares del momento, pero que ha cerrado para siempre la puerta a la gracia y al perdón.

El nuevo tribunal: la Inquisición establecida en Twitter
Todo sistema dogmático requiere una maquinaria para identificar y castigar a los infractores. En el antiguo moralismo, esta función la cumplían tribunales cerrados y centralizados, de los cuales la Inquisición era el máximo representante. En nuestra era, el tribunal está en todas partes, funciona sin descanso a través de algoritmos y se sostiene gracias a un vasto sistema de vigilancia colectiva. El aparato social, muchas veces en sintonía con las políticas del Estado, ha sido entronizado como el nuevo juez supremo, investido con el poder de silenciar, despedir y arruinar la vida de quien se desvíe del esquema establecido.
En el siglo XVI, a Menocchio lo delató un párroco, impulsado por un noble local que tenía una enemistad con el molinero. El sistema y alcance del tribunal actual no son distintos; basta recordar el caso de Helena Duke.
En enero de 2021, tras los disturbios en el Capitolio de Estados Unidos, esta joven de 18 años vio un video en redes sociales donde manifestantes se enfrentaban a la policía. En la pantalla reconoció a una mujer: su propia madre. En lugar de confrontarla en la privacidad de su hogar, Helena acudió a Twitter para delatarla públicamente, exponiendo su identidad ante millones de desconocidos. El tuit se volvió viral en cuestión de horas. Su madre perdió su empleo, la familia se fracturó y Helena fue celebrada por la multitud digital como una heroína de la resistencia moral. Este acto de delación expone la crudeza del nuevo moralismo: la lealtad ideológica hacia el dogma secular se considera superior a los lazos familiares más profundos.

¿Cómo llegamos al punto en que los ciudadanos, e incluso los hijos, asumen gustosamente el papel de informantes ante la nueva Inquisición de las redes?
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en su obra Infocracia, ofrece una respuesta al describir la transición hacia lo que él llama el “régimen de la información”. En el pasado, los regímenes disciplinarios operaban aislando a las personas en espacios cerrados y obligándolas a someterse a la vigilancia estatal, un modelo donde el individuo procuraba esconderse del foco. Hoy, esa dinámica se ha invertido por completo. El régimen digital no necesita coaccionar físicamente a nadie; explota la libertad y la comunicación constante. Las personas no se sienten prisioneras, sino auténticas y libres, mientras producen voluntariamente los datos con los que serán juzgadas.
En esta red de transparencia absoluta, el aislamiento desaparece y la visibilidad es una exigencia sistémica. Todos vigilamos a todos. Nos hemos convertido, voluntariamente, en los guardias de nuestra propia prisión digital. Esta hipervigilancia genera un estado de sospecha constante, una dinámica que el propio Byung-Chul Han capturó con precisión en un ensayo sobre la pandemia del coronavirus:
Cada uno de nosotros es un terrorista potencial. El virus es un terror en el aire. Representa una amenaza mucho más grave que el terrorismo islamista. Es casi una cuestión de lógica inexorable de la pandemia que la sociedad se transforme en una zona de seguridad permanente, en una estación de cuarentena en la que se trata a todo el mundo como si estuviera infectado.

Esta sombría lógica del virus se ha trasladado al terreno ideológico. Bajo el nuevo moralismo, cualquier individuo es portador potencial del “virus” de la herejía —llámese privilegio sistémico, intolerancia o discurso de odio—. Al vivir en una inmensa estación de cuarentena moral, la única manera de sobrevivir y de evitar ser tratado como un “infectado” es demostrar continuamente que se está sano.
Y esto es lo que promueve la polarización: las personas que buscan demostrar su propia justicia no hacen sino escalar su radicalismo. Para probar que uno está limpio, debe ser el primero en señalar la impureza en los demás. Al acusar a su madre, Duke se purificó a sí misma ante los ojos del tribunal público, distanciándose del virus ideológico para asegurar su propia salvación social.
En este contexto, la cultura de la cancelación no opera como un mecanismo de justicia objetiva o de diálogo, sino como una respuesta inmunológica violenta diseñada para mantener la pureza del grupo. Cancelar a alguien es el equivalente moderno a expulsar al leproso fuera del campamento. Al destruir públicamente la reputación de un transgresor, el colectivo reafirma su identidad, traza una frontera clara entre el bien y el mal, y advierte a los demás sobre el precio de la desobediencia.

La ironía y la tragedia de esta nueva ortodoxia es la carga insoportable que impone sobre el ser humano. El sistema demanda de sus fieles una santificación completa. Se exige una adherencia perfecta a vocabularios que cambian constantemente y un comportamiento impecable tanto en el presente como en el historial pasado de las redes sociales. Se impone la ley en su forma más estricta, pero se ha eliminado la redención. No hay expiación, no hay sacramentos para la restauración, ni hay medios de gracia que ayuden al individuo a alcanzar la perfección. La masa juzga con el rigor de un dios implacable, creando una sociedad agotada que vive aterrorizada de cometer un error.
Un fundamento más estable para la crítica
Frente a la inestabilidad del moralismo secular que cambia de normas según el viento político del día, la fe cristiana ofrece la única alternativa estable. No basamos nuestras convicciones en la autopercepción personal ni en los consensos que aprueba la masa en internet, sino en la objetividad de la revelación y la historia.
Para comprender cómo funciona esta diferencia, las reflexiones del teólogo escocés del siglo pasado Thomas F. Torrance resultan muy útiles. Él dedicó gran parte de su trabajo académico a estudiar cómo la Iglesia debe pensar de forma rigurosa y científica, advirtiendo que la fe no puede convertirse en un juguete de las corrientes sociales del momento. En su libro The Ground and Grammar of Theology (El fundamento y la gramática de la teología), definió el conocimiento sobre Dios con estas palabras:
…no como un sistema de ideas establecido sobre la base de preconcepciones y autoridades externas, ni como un material abstracto e inútil preocupado por cuestiones meramente académicas y desprendidas, ni tampoco como una ideología centrada en el hombre que inventamos para nosotros mismos a partir de nuestros compromisos sociopolíticos mutuos, sino el conocimiento real del Dios vivo tal como se nos da a conocer a través de Su interacción con nosotros en nuestro mundo de espacio y tiempo.

Esta base nos proporciona un marco claro para ejercer el pensamiento crítico. A diferencia del entorno secular, donde dudar de una sola consigna de moda provoca la expulsión y el aislamiento inmediato, la comunidad de creyentes no teme (o no debería temerle) al debate, a las preguntas ni a ser cuestionada. Nuestro pensamiento se mueve dentro de un espacio de discusión abierto, pero que gira alrededor de un fundamento inamovible: la revelación de las Escrituras.
Tener este fundamento absoluto es, curiosamente, lo que nos permite dialogar con libertad y explica por qué coexistimos bajo diferentes denominaciones históricas. En nuestra mesa de debate hay verdades centrales que sabemos que son indiscutibles, como la Trinidad o la obra redentora de Jesucristo; pero al mismo tiempo, reconocemos que hay una gran cantidad de temas secundarios donde podemos discrepar, argumentar y mantener posturas diferentes, tales como el uso de los dones espirituales, las formas de bautismo o el sistema de gobierno de la Iglesia. Estas discusiones denominacionales no debilitan nuestra fe; al contrario, demuestran que compartimos un suelo común tan firme que nos permite evaluar y discernir sin miedo a destruir nuestra identidad. Torrance explicaba:
La dogmática no es el estudio sistemático de los dogmas sancionados de la Iglesia, sino la elucidación del contenido completo de la revelación, de la Palabra de Dios contenida en las Escrituras (…). No se puede admitir ninguna doctrina que no exprese algún aspecto de la redención que está en Cristo.

Al colocar la redención como la medida de todo lo que creemos, nuestra respuesta ante el error humano cambia por completo. Mientras el moralismo de nuestra época vigila, expone y cancela porque no tiene herramientas para perdonar al infractor, el cristianismo, en cambio, se sostiene gracias a la gracia. El perdón que comunicamos al mundo no es una idea abstracta nacida de la tolerancia cultural, sino un hecho basado en la realidad histórica de la cruz.
Frente al miedo de vivir en una sociedad digitalizada donde los fallos del pasado quedan registrados para siempre, señalamos un evento real donde el juicio ya fue ejecutado y pagado por alguien más. Torrance recordaba que nuestra seguridad no depende de que alcancemos una perfección externa para agradar al grupo, sino de la sustitución que Cristo hizo por nosotros, afirmando que “toda nuestra esperanza descansa en la obediencia de Cristo en la Cruz y en Su confesión ante el Padre”.
Este análisis teológico nos deja un llamado claro sobre cómo actuar frente al panorama social actual. La Iglesia no puede caer en la tentación de imitar el comportamiento del legalismo laico ni buscar la aprobación de las plataformas de opinión para no parecer intolerante. Si comenzamos a utilizar las mismas herramientas de sospecha, señalamiento y búsqueda de superioridad moral que usa el mundo, destruimos nuestra propia razón de ser. Nuestra tarea es participar del ministerio de servicio y reconciliación de Jesús, lo que implica estar dispuestos a perder prestigio e influencia social con tal de mantenernos fieles a la verdad. En su libro Royal Priesthood (Sacerdocio real), Torrance expresó con fuerza esta condición para la vida de nuestra comunidad:
Solo si la Iglesia se deja implicar en la muerte de Cristo y en Su reproche, puede ministrar en Su ministerio. Solo si aprende a dejar que la mente de Cristo sea su mente, y es moldeada interna y externamente por Su obediencia de siervo hasta la muerte de la Cruz, puede participar en Su Ministerio Profético, Sacerdotal y Real. Debe estar dispuesta a conformarse con Aquel cuyo rostro fue desfigurado más que el de cualquier hombre (…). Cuando la Iglesia está dispuesta a quedarse sin reputación es cuando está lista para participar en el propio ministerio de Cristo.

La respuesta al moralismo de los datos y de la experiencia personal no es entrar en una guerra de insultos en las redes sociales. Consiste en seguir una rutina distinta: mantener la fidelidad a la verdad objetiva de las Escrituras y abrir los brazos para recibir al cancelado, recordándole que en la cruz hay un perdón real y una redención que ninguna masa humana le puede quitar.
Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen, a menos que se especifique explícitamente lo contrario. Para elaborar el texto, el autor ha utilizado herramientas de IA como apoyo, sin embargo, ha dirigido la redacción de principio a fin y es el responsable final del contenido publicado y la veracidad de este.
Referencias y bibliografía
El queso y los gusanos: El cosmos según un molinero del siglo XVI (1981) de Carlo Ginzburg. Barcelona: Muchnik Editores.
Carole Hooven on testosterone and biological sex | Coleman Hughes – YouTube
Post-Protestantism’s Anxious Age: A Conversation with Joseph Bottum | Albert Mohler
An Anxious Age: The Post-Protestant Ethic and the Spirit of America (2014) de Joseph Bottum. New York: Image Books.
Why this teenager publicly ID’d her family at D.C.’s pro-Trump protests | CBC
Byung-Chul Han Feature | Tank Magazine
Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia (2022) de Byung-Chul Han. Buenos Aires: Taurus.
The Vagaries of Theology: Thomas F. Torrance and Practical Theology de Myk Habets | tftorrance.org
The Ground and Grammar of Theology (1980) de Thomas F. Torrance. Charlottesville: University of Virginia.
Royal Priesthood: A Theology of Ordained Ministry (1955) de Thomas F. Torrance. Edinburgh: T&T Clark.
