En cierto período de mi vida habría encontrado a Richard Dawkins absolutamente convincente. No porque sus argumentos fueran irrefutables —hoy pienso que no lo eran—, sino porque llegaron justo cuando ya no sabía muy bien por qué creía lo que creía. La fe heredada, sin raíces propias, es extraordinariamente frágil y quebradiza; y el nuevo ateísmo era muy bueno encontrando exactamente esa grieta.
Digo esto porque, personalmente, creo que es la única manera honesta de entrar a hablar sobre ateísmo y fe. No lo hago como quien observa el fenómeno desde afuera, con la comodidad de nunca haber sido sacudida, sino como alguien para quien la pregunta sobre Dios ha tenido un peso y un costo real. Por eso, en este análisis de la historia cultural a través del libro El increíble resurgimiento de la creencia en Dios, de Justin Brierley, he encontrado yo misma un espejo.

Creo que esa trayectoria me hace poco interesante como polemista y más útil como lectora: el libro que me ocupa es un intento genuino de entender un momento cultural sin falsear su complejidad. Durante más de quince años, Brierley moderó en vivo el debate entre dos orillas: cristianos, teístas o defensores de la fe; y ateos, agnósticos, escépticos o críticos de la religión. Esto le da a su análisis una textura que los libros puramente polarizantes, como los de Dawkins, no pueden tener.
Así, para hacer un breve recorrido de las ideas que él aborda y mostrar por qué su libro es un lugar clave para empezar una búsqueda, quiero iniciar con la siguiente pregunta: ¿qué pasó con el nuevo ateísmo?
Un movimiento que llegó en el momento justo
El nuevo ateísmo fue, ante todo, un movimiento de demolición. Christopher Hitchens, Sam Harris, Daniel Dennett y Dawkins son cuatro de sus pensadores con estilos distintos y una convicción compartida de que la religión no merecía el respeto intelectual que recibía. Hasta ahí, se trataba de una posición con tradición filosófica seria, desde Hume hasta Russell. Pero lo que distinguió al nuevo ateísmo de ese linaje no fue la conclusión, sino el tono; la convicción de que la religión no solo era falsa sino activamente peligrosa, y de que sus creyentes merecían no el argumento sino el ridículo.

El texto de Brierley relata cómo en 2012, el Reason Rally congregó a decenas de miles de personas en Washington bajo el lema de la razón y la ciencia como alternativa a la religión. Fue, según sus propios organizadores, el Woodstock (ese emblemático festival de música y contracultura de la cultura hippie, realizado en 1969) de los ateos. Dawkins exhortó desde el escenario a ridiculizar públicamente las creencias ajenas. Pero lo verdaderamente revelador no es que dijera eso, sino que la multitud respondió con fervor. En ese momento, el movimiento mostró lo que era: no una comunidad de pensamiento crítico, sino una de pertenencia, con todo lo que eso implica.

Yo no estaba ahí, pero entiendo ese fervor. La certeza colectiva tiene una seducción que no depende de si eres creyente o ateo. Pero, leyendo este libro, lo que me llama la atención es que ese momento fue también el comienzo del fin. No porque los cristianos respondieran mejor —aunque eventualmente lo hicieron—, sino porque el movimiento empezó a mostrar una contradicción que no podía sostener: había construido una comunidad sobre la base de la razón pura, pero funcionaba con los mecanismos de cualquier religión. Tenía sus profetas, sus herejes, sus dogmas, sus excomuniones.
Filosóficamente, lo que me parece más interesante de esa dinámica es que no es una anomalía. De hecho, es exactamente lo que debería esperarse de un movimiento que no resuelve la pregunta del fundamento. Si eliminas a Dios como ancla de valores, ¿desde dónde juzgas? La ciencia describe el mundo; no prescribe cómo vivir en él. Puede decirte las consecuencias neurológicas de la empatía, pero no puede decirte que deberías ser empático. Ese salto —del hecho al deber, del “es” al “debe”— es el que la filosofía moral lleva siglos intentando resolver, y la ciencia sola no ha ofrecido una respuesta. David Hume lo vio con claridad en el siglo XVIII, pero el nuevo ateísmo actuó como si ese problema no existiera.

En ese contexto, Dawkins conquistó a personas que ya estaban sueltas, que tenían fe de segunda mano, que nunca habían tenido que defenderla porque nadie se las había cuestionado. Pero ante preguntas articuladas, se encontraron sin herramientas. No es que las respuestas no existieran —existían, y el texto de Brierley documenta bien su posterior redescubrimiento—; más bien nadie se las había enseñado. Eso me resulta más inquietante que cualquier argumento de Dawkins, pues implica que el problema era la formación o, más bien, la falta de ella.
Cuando el templo de la razón necesita sus propias reglas morales
En el episodio que Brierly llama “Elevatorgate”, una conferenciante que participó en la Convención Mundial Atea, relató una escena de acoso sexual en un ascensor por parte de uno de los asistentes, así como la posterior reacción de Dawkins minimizando y ridiculizando su experiencia. Esto podría leerse como una anécdota menor de política interna, pero me parece que es un síntoma de una problemática más profunda. El movimiento se fracturó precisamente en el terreno que más importaba: las decisiones morales concretas, cotidianas, interpersonales; y se fracturó porque no tenía un criterio y un lenguaje determinado para resolverlas.

La ciencia es extraordinaria. No tengo ninguna dificultad intelectual para comprender la evolución, la cosmología, la neurociencia. Pero la ciencia te dice cómo funcionan (o cómo probablemente funcionan) las cosas, no lo que deberías hacer con ellas. La razón por sí sola no alcanza para la totalidad de la vida, y no es que sea insuficiente como herramienta cognitiva, sino que necesita premisas de las que partir.
La ciencia puede ayudarte a fabricar una vacuna o un arma biológica, y no tiene nada que decirte sobre cuál de las dos es la opción correcta. Eso es un juicio de valores. Y los valores, como el nuevo ateísmo descubrió a su costa, no se deciden por popularidad ni se resuelven con burlas virales. Cuando un movimiento desprecia sistemáticamente todas las tradiciones que han hecho ese trabajo durante siglos, queda operando en el vacío. Puede construir argumentos impecables sobre premisas que nadie ha justificado.
La decisión de la American Humanist Association de retirarle a Dawkins en 2021 el premio Humanist of the Year (Humanista del año) a Dawkins, que le había otorgado en 1996, es la imagen perfecta de ese callejón. El movimiento que había nacido para liberar a la humanidad de los dogmas descubrió que necesitaba los suyos propios y que no tenía manera de justificarlos más allá de la preferencia colectiva del momento.

La Iglesia que no estaba preparada y por qué eso importa
Al leer el declive del nuevo ateísmo desde una posición de fe, surge la tentación de concluir que la verdad simplemente se impuso. Me parece una lectura demasiado cómoda y el libro la rechaza implícitamente. Porque la pregunta pertinente no es por qué el ateísmo fracasó, sino por qué encontró el terreno tan fértil.
Lo que terminó destruyendo al movimiento no fue ningún argumento externo. Fue la pregunta interna de qué valores debían defender exactamente, y por qué. ¿Feminismo? ¿Género? ¿Ética sexual? Las facciones se destruyeron mutuamente con la misma ferocidad que habían usado contra la religión. El filósofo Michael Ruse, ateo él mismo, escribió que el enfoque de Dawkins era un “flaco servicio para la academia”.

Hay algo en esa historia que me resulta profundamente humano. Se trata de la necesidad de comunidad, de sentido, de héroes en quienes creer, de pertenencia. Nada de esto desaparece cuando se elimina a Dios. Diría que, en vez de eso, se reorganiza, y si esas necesidades no se reconocen, se vuelven peligrosas.
Las iglesias occidentales llevaban décadas priorizando la experiencia emocional sobre la formación intelectual. El cristianismo que C. S. Lewis o G. K. Chesterton articularon con rigor filosófico para audiencias laicas fue cediendo espacio a formas de fe más accesibles, más sentimentales, más centradas en la experiencia subjetiva que en la coherencia argumentativa. Si bien eso no es del todo malo —la dimensión afectiva de la fe es legítima y necesaria—, cuando se convierte en el único registro disponible, la fe queda desarmada ante las preguntas más serias.
La derrota táctica —es decir, que alguien sin argumentos no pueda responder a quien sí los tiene— no es lo que me parece más relevante. Creo que el diagnóstico estructural lo es: una fe transmitida principalmente como cultura, como hábito familiar o identidad social, sin arraigarse como una convicción personal razonada, es una fe que no sobrevive el primer viento en contra. El nuevo ateísmo no creó ese problema; solo lo encontró y se aprovechó de él.

Eso debería producir en el lector cristiano una pregunta incómoda sobre cómo se está formando a la generación actual. ¿Qué pasa cuando uno de los que la conforman lee a Dawkins o escucha un podcast de Sam Harris y no tiene con qué responder? Las respuestas existen pero más allá de que nadie las haya enseñado, nadie motivó a los jóvenes a buscarlas, discutirlas e incluso alimentarlas. Así, una de las razones por las que recomiendo el libro de Brierley a lectores cristianos es que no los trata con guantes. El análisis sobre cómo las iglesias occidentales llegaron a ese momento de vulnerabilidad intelectual es, en mi opinión, la parte más valiosa del texto.
Lo que me resulta más sugerente, sin embargo, no es el pasado, sino el presente. El libro señala algo que muchos hemos percibido, y es que el tono de la conversación cultural sobre religión ha cambiado. El enfrentamiento ruidoso entre trincheras ha cesado; ahora hay un proceso exploratorio más honesto en sus preguntas.

Douglas Murray, un agnóstico que se autodenomina “ateo cristiano”, sostiene que el legado cultural cristiano de Occidente es inseparable de lo que Occidente es, aunque ya no crea en sus dogmas. Por su parte, el historiador y biógrafo Tom Holland argumenta en su libro Dominion que los valores que los ateos modernos dan por sentados —la dignidad humana, la compasión como virtud, la protección del vulnerable— son históricamente impensables sin el cristianismo. Ninguno de ellos es creyente y ambos están haciendo preguntas que el nuevo ateísmo había declarado “resueltas”.
El nuevo ateísmo, paradójicamente, obligó a la Iglesia a volver a sus libros. Organizaciones apologéticas como Reasonable Faith, fundada por el filósofo William Lane Craig, o Word on Fire, liderada por el obispo Robert Barron, y el programa Unbelievable?, de Justin Brierley, emergieron en parte como respuesta a una presión que el pueblo cristiano no había sentido en décadas: la de tener que justificar racionalmente lo que cree. Eso, en retrospectiva, fue un bien. Uno doloroso, pero un bien al fin y al cabo.

Por qué este libro y por qué ahora
El texto muestra cómo un movimiento que prometió respuestas definitivas terminó hundiéndose en las mismas preguntas que intentaba clausurar. Al hacerlo, deja espacio para algo que vale la pena: seguir pensando.
Esa conversación está ocurriendo. En ‘Dover Beach’, el poeta Matthew Arnold imaginó “el mar de la fe” retirándose como signo de una pérdida histórica y lo interpretó como el fin de algo. Douglas Murray observa que esta imagen del mar en retirada no tiene por qué ser permanente. Las mareas no solo se retiran, también vuelven. Lo que describe el libro en sus últimas páginas no es el triunfo definitivo de la apologética, sino un cambio de tono en la cultura secular, una disposición nueva a tomar en serio preguntas que se habían descartado demasiado rápido.
Para el creyente que ha dudado, ofrece algo más valioso que certezas: brinda un contexto histórico e intelectual para entender por qué sus dudas tenían sentido, y por qué las respuestas existen aunque no siempre estén al alcance de la mano. Para el escéptico que empieza a sentir que el ateísmo militante no tenía lo que prometía, ofrece el reconocimiento honesto de que las preguntas sobre sentido, propósito e identidad humana no se cierran con burlas ni con eslóganes en ninguna dirección.
Pero el mar que se retira también revela lo que estaba oculto: el fondo, la roca, lo que permanece cuando el ruido se va. Quizás lo que queda cuando el fervor del nuevo ateísmo se disipa, más allá de una victoria fácil de algún bando, es una conversación más honesta sobre las preguntas que ningún movimiento, ni religioso ni secular, puede permitirse dar por respondidas sin argumentos suficientes. Esa, curiosamente, es una razón para seguir buscando, y este libro es un buen lugar para empezar.
Referencias y bibliografía
Unbelievable | Premier Unbelievable
Dawkins et al bring us into disrepute - Michael Ruse | The Guardian
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