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A lo largo de la historia ha habido hombres y mujeres que han realizado grandes esfuerzos por acortar las brechas educativas. Ellos entendieron este desafío como un campo en el cual podían desarrollar su vocación e invertir sus dones para el servicio de la sociedad y de la Iglesia. En este marco, la figura de Juan Amós Comenio destaca en pleno desarrollo de la escolástica protestante por su monumental aporte al avance de la pedagogía, especialmente de la didáctica.
La palabra “didáctica” tiene su origen en el verbo griego didaskein, que significa enseñar, instruir, explicar, dar a conocer o demostrar. De esta misma raíz derivan otros términos con significados afines: didaskalia se refiere a la enseñanza; didaskalos, al maestro; y didaché, a aquello que debe enseñarse. En la actualidad, el uso del término conserva esta esencia. El Diccionario de la lengua española (1994) lo define como “el arte de enseñar” y “lo didáctico” como aquello “perteneciente o relativo a la enseñanza”. Este significado no se documentó antes del siglo XVI.
Fue en el siglo XVII cuando Juan Amós Comenio consolidó su sentido pedagógico mediante su obra Didáctica magna, en la cual la estableció como una disciplina formal y estructurada para organizar tanto la enseñanza como sus métodos. Posteriormente, en el siglo XIX, Johann Friedrich Herbart y su discípulo Willmann desarrollaron los fundamentos de un conocimiento enfocado en la organización sistemática del aprendizaje y la enseñanza escolar.
Detengámonos, entonces, en la figura de Comenio, reconocido como el padre de la didáctica, quien además fue teólogo, filósofo y pedagogo. Su aporte central reside en su profunda convicción de que la educación desempeña un papel esencial en el desarrollo humano. Defendió el acceso universal al conocimiento —tanto para hombres como para mujeres— y promovió una enseñanza libre de castigos, enfocada en la alegría, la motivación y el bienestar del estudiante.
Los orígenes de Comenio
Jan Amos Komenský, conocido en latín como Comenius, nació el 28 de marzo de 1592. Sus padres lo bautizaron con el nombre de “Juan Amós Comenio” en honor a Jan Hus, deseando que su hijo siguiera el ejemplo de aquel reformador checo. Aunque el lugar exacto de su nacimiento sigue siendo motivo de debate, se barajan tres posibilidades: Komná, una pequeña aldea donde vivieron sus padres y que pudo haber dado origen a su apellido; Nivnice, donde pasó parte de su infancia; y Uherský Brod, una localidad en la región de Moravia (actual República Checa), donde también vivió durante sus primeros años y donde hoy existe un museo dedicado a su memoria. Falleció en Ámsterdam el 15 de noviembre de 1670.

Comprender su vida y su legado requiere situarse en el contexto histórico que le tocó vivir: una Europa marcada por conflictos religiosos y políticos, atravesada por la devastadora Guerra de los Treinta Años. El continente se encontraba sacudido por las tensiones entre católicos y protestantes, en un tiempo en el que las ideas de la Reforma y la Contrarreforma no solo se debatían en púlpitos y libros, sino también en campos de batalla, teñidos de sangre y violencia.
Comenio provenía de una familia que formaba parte de la Hermandad de los Hermanos Checos, una comunidad cristiana sencilla, fundada en 1547 bajo la influencia de las enseñanzas reformistas del teólogo Jan Hus. Este movimiento aspiraba a devolver a la Iglesia la pureza y la humildad de los primeros cristianos, razón por la cual fue perseguido desde sus inicios. Las autoridades prohibieron su existencia, y sus miembros fueron acosados y martirizados. Sin embargo, la Hermandad resistió con firmeza. En el hogar de los Komenský, las enseñanzas y lecturas que su padre comentaba con él alimentaron en el joven Jan una conciencia crítica y una fe profunda en la justicia que, tarde o temprano, habría de manifestarse.
Cuando perdió a sus padres y vio cómo un incendio devastaba sus pertenencias, Comenio se vio obligado a huir. Lo hizo acompañado por una tía, dejando atrás no solo su hogar, sino también una parte de su infancia marcada por la adversidad.

Sus estudios
Comenio aprendió latín desde joven y cultivó una profunda afición por la lectura. Entre sus autores favoritos se encontraban los poetas clásicos Virgilio, Ovidio y el orador Cicerón, a quienes leía con el mismo entusiasmo con el que se acercaba a las Escrituras. Su creciente espíritu crítico lo llevó a ser enviado a la Universidad de Herborn, un centro académico de gran renombre en aquel tiempo, reconocido por la calidad de sus docentes. Allí, cuestionó el método memorístico dominante, en el que se imponía a los estudiantes la repetición mecánica de versículos bíblicos, himnos y fórmulas catequéticas, descuidando otras habilidades fundamentales como la lectura comprensiva, la escritura y el razonamiento matemático.
Durante su paso por la Universidad de Heidelberg, entre 1611 y 1614, se adentró en el estudio de las ciencias naturales, las cuales todavía estaban profundamente entrelazadas con la teología. Fue en ese entorno donde comenzó a desarrollar sus propias ideas pedagógicas, influenciado por el pensamiento de Wolfgang Ratke, un educador alemán que abogaba por nuevas metodologías inspiradas en la filosofía empírica de Francis Bacon. Este enfoque partía de una secuencia lógica: de los objetos concretos a sus nombres, de lo particular a lo general, y del idioma nativo a los idiomas extranjeros.
Más adelante, ya de regreso en su tierra natal, entre las ciudades de Přerov y Fulnek, Comenio ejerció como maestro, proponiendo enfoques novedosos en la enseñanza. Creía firmemente que el aprendizaje debía estar motivado por el placer de descubrir y no por la imposición. Sostenía que los estudiantes podían aprender sin castigos ni amenazas, motivados por la alegría y el deseo de saber. Su ideal educativo se resumía en la expresión: “Una sonrisa en lugar de una vara”. Su método descansaba en tres etapas fundamentales: comprender, retener y aplicar. Comenio resumió su visión educativa con estas palabras:
Llamo escuela, que perfectamente responde a su fin, a la que es un verdadero taller de hombres; es decir, a aquella en la que se bañan las inteligencias de los discípulos con los resplandores de la Sabiduría para poder discurrir prontamente por todo lo manifiesto y oculto. En una palabra; escuelas en las que se enseñe todo a todos y totalmente.

A los 24 años, la Hermandad Morava lo nombró ministro evangélico. Ese mismo año contrajo matrimonio con Magdalena, hermana de un entrañable amigo suyo. Así dio inicio a su labor como pastor y capellán escolar en 1618, justo cuando estallaba la Guerra de los Treinta Años (1618–1648). En este contexto convulso escribió su obra Un llamado de los pobres al cielo, en la que denunciaba la profunda desigualdad entre la opulencia de la nobleza y la miseria de los más desfavorecidos. Sus críticas provocaron reacciones airadas: tanto algunos católicos —en particular miembros de la orden de los agustinos— como ciertos luteranos lo acusaron de ateísmo y lo señalaron como una amenaza para la formación de los niños.
Represión y persecución
En 1620, tras la derrota del pueblo checo en la Batalla de la Montaña Blanca ante las fuerzas imperiales de Fernando II, Comenio sufrió una pérdida devastadora: su esposa Magdalena y sus dos hijos murieron víctimas de la peste. Perseguido por su fe, tuvo que huir, ya que los soldados imperiales tenían órdenes explícitas de eliminar todo vestigio relacionado con el protestantismo. En Fulnek, las tropas localizaron su hogar y, por orden de la Inquisición, quemaron públicamente sus manuscritos junto con otros textos reformados, y ejecutaron a los principales líderes protestantes de la región.
Durante siete años, Comenio vivió como fugitivo en su propia tierra. Se refugió en lugares remotos: chozas abandonadas, cuevas e incluso el interior de árboles huecos. En medio de ese encierro forzado escribió Historia de la contrariedad de la Iglesia checa, una obra que denuncia las atrocidades de la época: la quema de autores junto a sus obras, la persecución incluso de recién nacidos y el asesinato de clérigos reformados.
Con el paso de los años, y tras una década de conflictos, el catolicismo fue declarado como la única religión legítima en Moravia. Esta medida fue acompañada por una intensa represión ordenada por Fernando II, rey de Bohemia, contra quienes seguían la fe reformada. A los miembros de las clases altas se les dio un ultimátum: o abrazaban el catolicismo o se exiliaban. Comenio optó por lo segundo. En 1628, cruzó la frontera y se estableció en Leszno, ciudad polaca que era un importante centro de la Unión de los Hermanos Moravos, y comenzó a trabajar como maestro allí.
Ese fue el inicio de un exilio que se prolongaría durante 42 años, impidiéndole regresar a su patria. Fue por entonces cuando contrajo segundas nupcias con Dorotea. En Leszno encontró una relativa calma y continuó su labor como escritor y pedagogo. Su creciente prestigio lo llevó a ser invitado a varios países europeos, donde compartió su visión de una reforma educativa.

Al parecer, en Inglaterra conoció al influyente cardenal Richelieu, quien lo animó a fundar una escuela pansófica —hablaremos de la pansofía en un momento— en Francia. Sin embargo, Comenio declinó la propuesta por temor a la persecución que aún sufrían los protestantes en suelo francés. Más adelante, viajó a Suecia, donde sus ideas captaron la atención de la reina Cristina, quien se convirtió en su primera discípula. Allí inició su más ambiciosa reforma educativa, centrada en una pedagogía activa y participativa, en el uso de materiales didácticos ilustrados y atractivos, y en un diseño escolar novedoso, con jardines y espacios abiertos que favorecían el aprendizaje.
La afinidad entre el pensamiento racionalista de Descartes —que ponía la razón como fundamento del conocimiento— y la pedagogía centrada en el niño que defendía Comenio —una educación “paidocéntrica”— favoreció el declive de la escolástica. Así se fue tejiendo una nueva alianza entre filosofía y educación, entre la razón y la práctica.
Desarrollo de su pensamiento y trabajo
La publicación de Didáctica magna (1632) y de El mundo en imágenes (1658) consolidó su reputación como uno de los grandes humanistas y pedagogos europeos. Para entonces, Comenio ya se encontraba desarrollando una propuesta ambiciosa: integrar en un único sistema todo el conocimiento científico disponible. Defendía la existencia de una única verdad, resumida en su convicción de que “la luz de la razón debe someterse en obediencia a la voluntad de Dios”. Creía firmemente que una educación completa, coherente y bien orientada podía conducir a una humanidad más justa y pacífica, libre de guerras y de persecuciones ideológicas.
Durante las negociaciones del tratado de Westfalia en mil seiscientos cuarenta y ocho, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años, Comenio intentó —sin éxito— que su patria, la actual República Checa, obtuviera algún beneficio del acuerdo y se liberara del yugo de los Habsburgo. Ante ese fracaso, decidió volver. Fue entonces cuando su segunda esposa, Dorotea, enfermó y murió, dejándolo solo, a cargo de sus cuatro hijos.
Una vez más en la soledad y la adversidad, Comenio regresó a Leszno, en Polonia, llevando consigo sus manuscritos. En mil seiscientos cincuenta y uno, asistió a la boda del príncipe húngaro de Transilvania, Segismundo Rákóczi, con Enriqueta María, hija de Federico V del Palatinado. El príncipe se mostró receptivo a las causas del pueblo checo y le prometió reflexionar sobre la posibilidad de un movimiento de liberación. Comenio se instaló entonces en Sárospatak, donde retomó su actividad docente y reveló una nueva faceta como dramaturgo. Allí escribió El mundo en imágenes, el primer libro visual en la historia de la pedagogía, e introdujo el teatro como herramienta auxiliar en el aprendizaje. Sin embargo, la muerte prematura de Segismundo Rákóczi apagó las esperanzas de ver libre a su nación.

A lo largo de su vida, Comenio escribió cerca de trescientas obras, aunque más de la mitad permanecen sin descubrir y otras se perdieron en el incendio de su casa. Escribió en checo, latín y alemán, inspirado por las ideas de reformadores protestantes como Lutero y Calvino, filósofos como Bacon y Campanella, y educadores como Vives y Ratke. En el campo educativo, propuso un sistema sintético del saber basado en el realismo, con la premisa de que todos pueden aprender de todo.
Su legado fue redescubierto a partir del siglo XIX, gracias al trabajo de Juan Kvacala. Más adelante, en mil novecientos treinta y uno, el profesor Soucek de la Universidad de Brno halló manuscritos suyos en Leningrado. En mil novecientos treinta y tres, el profesor Turnbull, de la Universidad de Sheffield, descubrió en Londres una colección de cartas escritas por Comenio a su amigo Samuel Hartlib.
Desde finales de mil seiscientos cincuenta y uno, Comenio permaneció en Transilvania durante dos años, tiempo en el que fundó la escuela pansófica. Allí perfeccionó sus métodos y promovió la participación activa del alumnado, logrando avances notables en el proceso de aprendizaje. Este éxito lo ayudó a convencer incluso a los maestros más escépticos sobre la eficacia de su enfoque. En mil seiscientos cincuenta y cuatro regresó a Leszno, donde la Hermandad Morava lo retuvo para aprovechar su experiencia y sabiduría durante los últimos años de su vida.
La propuesta pedagógica de Comenio
El núcleo del pensamiento educativo de Juan Amós Comenio se resume en una palabra: “pansofía”. Según él, el objetivo de la enseñanza es claro: “en las escuelas hay que enseñar todo a todos”. Con esta afirmación, que aparece en su obra Didáctica magna, defendía el acceso universal al conocimiento, convencido de que todas las personas tienen una disposición natural para aprender, no solo una minoría ilustrada o privilegiada.
Esta convicción se basa en su visión teológica del ser humano como imagen de Dios. Lo expresó con estas palabras:
Es un principio admitido por todos que el hombre nace con aptitud para adquirir el conocimiento de las cosas, en primer lugar porque es imagen de Dios. La imagen, si es fiel, debe representar y reproducir todos los rasgos de su modelo (...) nuestro entendimiento no solamente es ocupado por las cosas próximas, sino también se deja impresionar por las remotas (...); por lo tanto, es en cierto modo infinito e ilimitado.
Comenio también insistía en que la educación no es un lujo opcional, sino una necesidad vital para toda persona:
Quede, pues, sentado que a todos los que nacieron hombres les es precisa la enseñanza, porque es necesario que sean hombres, no bestias feroces, no brutos, no troncos inertes.
Una de las ideas más revolucionarias de su tiempo fue su defensa de la educación de las mujeres, a quienes reconocía iguales capacidades intelectuales y espirituales que los varones. Lo expresó con claridad inusual para el siglo XVII:
No existe ninguna razón por la que el sexo femenino (...) deba ser excluido en absoluto de los estudios científicos (...). ¿Por qué hemos de admitirlas a las primeras letras y hemos de alejarlas después de los libros? ¿Tenemos miedo a su ligereza? Cuanto más las llenemos de ocupaciones, tanto más las apartaremos de la ligereza que suele tener por origen el vacío del entendimiento.

Otro principio clave en su pedagogía es la importancia de la educación temprana, que veía como la base más sólida para el desarrollo humano. Para Comenio, enseñar era ayudar a germinar lo que ya está sembrado en el alma, estimulando el crecimiento con experiencias significativas:
Se deduce claramente de lo dicho que la condición del hombre y la de la planta son semejantes (...) el hombre se desarrolla por sí mismo en su figura humana (...); pero no puede llegar a ser Animal racional, sabio, honesto y piadoso sin la previa plantación de los injertos de sabiduría, honestidad y piedad.
En este proceso, la escuela ocupa un lugar esencial. Aunque reconoce que algunos padres podrían asumir la enseñanza, sostiene que la educación colectiva potencia los resultados:
Y aunque no faltarán padres que puedan dedicarse completamente a la enseñanza de sus hijos, es mucho mejor que se eduque la juventud reunida, porque el fruto y la satisfacción del trabajo es mayor cuando se toma el ejemplo y el impulso de los demás.
También criticó la pedagogía del miedo que imperaba en su época, donde el aprendizaje estaba asociado al castigo:
Para educar a la juventud se ha seguido, generalmente, un método tan duro que las escuelas han sido vulgarmente tenidas por terror de los muchachos y destrozo de los ingenios.
Sin embargo, no defendía una educación permisiva. Afirmaba que sin disciplina no hay avance, pero proponía una disciplina fundada en la vigilancia y la atención, no en la violencia. Su conocido proverbio bohemio “escuela sin disciplina es molino sin agua” aparece en este contexto, pero más allá de la metáfora, su énfasis estaba en el acompañamiento respetuoso y constante, no en los castigos físicos.
En suma, Comenio propuso un modelo pedagógico integral, centrado en el niño, que regula no solo qué se debe enseñar, sino también cómo y cuándo, con el objetivo de formar personas sabias, justas y piadosas. Su legado sigue inspirando una educación basada en la dignidad de todos, en la alegría de aprender y en el respeto por quien aprende.

Una escuela que transforme el mundo
Las principales ideas de Comenio pueden resumirse en los siguientes puntos, resumidos por el pedagogo, antropólogo y tecnólogo de la Educación Enrique Martínez-Salanova:
- Un solo maestro puede enseñar a un grupo de alumnos.
- Ese grupo debe ser homogéneo respecto de la edad.
- Se debe reunir en las escuelas a toda la juventud de uno y otro sexo.
- Los alumnos de la escuela deben ser distribuidos por grados de dificultad: principiantes, medios y avanzados.
- Cada escuela no puede ser completamente autónoma, sino que deben organizarse sistemas de educación escolar simultáneos.
- Todas las escuelas deben comenzar y finalizar sus actividades el mismo día y a la misma hora (un calendario escolar único).
- La enseñanza debe respetar los preceptos de facilidad, brevedad y solidez.
- Recomendaciones para los maestros: enseñar en el idioma materno, conocer las cosas para luego enseñarlas y eliminar de la escuela la violencia.
- Usar como medio de enseñanza un libro que combine lecturas adaptadas a la edad con gráficos e imágenes.
- Incluir el juego en el aprendizaje; los niños deben ir a la escuela con alegría, y la visita de los padres a la escuela debe ser una fiesta.
- La escuela debe tener una arquitectura específica: con patios, jardines y espacios alegres y abiertos.
La reforma educativa que Comenio propuso no fue un simple ajuste metodológico: estaba profundamente conectada con su anhelo de renovar la humanidad en sus dimensiones moral, política y espiritual. Desde su comprensión del evangelio, promovía una educación universal, dirigida a hombres y mujeres, sin distinciones de sexo ni de clase. Subrayó que los gobiernos tenían la responsabilidad de organizar y sostener las escuelas, ya que la instrucción no solo eleva el bienestar material de una nación, sino también su cultura y sus buenos modales.

Su propuesta metodológica se centraba en las necesidades reales de los estudiantes y su desarrollo progresivo, y se adelantó a su tiempo al rechazar toda exclusión por motivos económicos o de género. Reivindicó, además, el papel fundamental de la familia en la formación. En una de sus imágenes más memorables, afirmó: “Intentemos, pues, en nombre del Altísimo, dar a las escuelas una organización que responda al modelo del reloj, ingeniosamente construido y elegantemente decorado”.
Comenio imaginó escuelas primarias en cada pueblo de Bohemia y Moravia, con un diseño que despertara la curiosidad y el gozo de los alumnos: árboles y flores en los alrededores, talleres cercanos, campos para el juego y aulas adornadas con ilustraciones en las paredes.
Estas ideas fueron bastante adelantadas para el siglo XVII y siguen vigentes hoy, en una época marcada por la crisis de dos pilares esenciales de la sociedad: la familia y la escuela. Redescubrir los fundamentos bíblicos que inspiraron su visión educativa nos desafía a los padres a asumir nuestra corresponsabilidad en la formación de nuestros hijos e hijas. Y a los docentes, los llama a revisar sus prácticas y convicciones, conscientes del origen sagrado de su vocación. Así lo expresó Comenio: “Solo toca, por tanto, a los que instruyen a la juventud el sembrar con destreza en las almas las semillas de las doctrinas, regar abundantemente las plantitas de Dios, el éxito e incremento vendrán de arriba”.
Los últimos años: entre ruina, gratitud y esperanza
Tras la abdicación de la reina Cristina de Suecia en favor de su primo Carlos Gustavo —quien sería coronado como Carlos X—, este declaró la guerra contra Polonia. Aunque el ejército sueco evitó entrar en Leszno por respeto a Comenio, los polacos no mostraron la misma consideración: castigaron a la ciudad por haber ofrecido refugio a quien consideraban un hereje. Leszno, donde Comenio había vivido durante muchos años, fue reducida a cenizas. En el incendio se perdió su amada biblioteca y una gran cantidad de manuscritos, entre ellos El tesoro de la lengua checa, obra en la que había trabajado durante más de cuarenta años. A los 64 años, Comenio quedó prácticamente con lo que llevaba puesto, despojado de buena parte del legado que había construido con paciencia y esfuerzo.
Comenzó entonces una etapa errante y difícil, marcada por el hambre, la peste y la persecución. Durante varios años, vagó sin rumbo fijo hasta que encontró acogida en Ámsterdam, gracias a la invitación de Lorenzo de Geer, hijo de su antiguo protector Luis. Fue en esta ciudad holandesa donde Comenio halló finalmente un período de tranquilidad. En gratitud a sus benefactores, dedicó a la familia De Geer la edición completa de sus obras pedagógicas.

Este nuevo capítulo le permitió reorganizar su pensamiento didáctico y publicar, en 1657, su obra recopilatoria Obras didácticas completas, un hito editorial que consolidó su legado educativo. Su obra más influyente, Didáctica magna, fue dedicada a la ciudad de Ámsterdam, y con la reedición de El mundo en imágenes, Comenio recibió el apelativo de “el príncipe de la instrucción”, un reconocimiento a la originalidad y profundidad de su visión.
En Consulta general, obra escrita en sus últimos años, sostuvo que no basta con confiar pasivamente en la providencia divina: los seres humanos tienen el derecho y la responsabilidad de transformar el mundo conforme a su conciencia y a sus convicciones más profundas. Esa afirmación resume el espíritu que animó toda su vida: fe activa, reforma práctica, esperanza perseverante.
Durante las negociaciones de paz entre Inglaterra y los Países Bajos —en la junta de Breda—, Comenio envió a los delegados de ambos países un escrito simbólicamente titulado El ángel de la paz, en el que instaba a las partes a dialogar con honestidad y apertura. Afirmaba que cualquier acuerdo alcanzado tendría repercusiones más allá de sus fronteras, y que su tierra natal, aún oprimida, también se vería afectada. Fue en esos años cuando comenzó a escribir sus reflexiones finales y dictar sus últimas cartas, movido por un deseo profundo de que el anhelo por la paz no se apagara en el corazón de la humanidad.
El 15 de noviembre de 1670, a los 78 años, Juan Amós Comenio falleció en Ámsterdam. Fue sepultado en la iglesia de Naarden, en los Países Bajos, donde reposan sus restos como testimonio de una vida dedicada a la fe, el conocimiento y la reconciliación.
Las principales obras de Comenio
Escribió muchas obras. Ya nombramos la importancia de Didáctica magna y El mundo en imágenes. Además, en La puerta abierta de las lenguas (1631), introdujo un método de enseñanza bilingüe con frases temáticas, y ese mismo año publicó La escuela materna, donde defendía el papel de la madre en la educación temprana. Además, preocupado por el aprendizaje del latín, escribió El aprendizaje del latín (1637), Puerta de la lengua latina y Vestíbulo de la lengua latina (1656).
Su visión abarcaba mucho más que la instrucción escolar. En El camino de la luz (1641), propuso una academia mundial para elevar la cultura y la moral. Esta idea tomó forma en su obra más ambiciosa, Consulta general sobre la enmienda de los asuntos humanos (1644–1670), un vasto plan de reforma del conocimiento, la sociedad y la humanidad entera mediante la educación. En Tratado universal para la reforma de la humanidad, desarrolló conceptos como la “pampedia” (educación total del género humano) y la Panortosia (renovación universal), y dejó un testamento espiritual en Lo único necesario, donde abogó por el amor y la paz. Otras obras destacadas incluyen El laberinto del mundo y El paraíso del corazón (1623–1633), alegoría existencial sobre el caos del mundo.
Para Comenio, educar no era solo instruir, sino formar seres humanos sabios, virtuosos y en paz. Su legado sigue vivo como uno de los fundamentos de la pedagogía humanista contemporánea.
Referencias y bibliografía
Comenius, pionero de la pedagogía | Educomunicacion
Aprender a enseñar: fundamentos de didáctica general (2004) de Alicia Escribano González. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla–La Mancha, p. 26.
La Pedagogía de Ratke | Pedagogía del siglo XVII
Didáctica Magna (1998) de Juan Amós Comenius. México: Editorial Porrúa, pp. 7, 17-24, 27, 36, 43, 106.
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