Wilfrid Barbrooke Grubb: “el Livingstone de Sudamérica”

Wilfrid Barbrooke Grubb fue un explorador y misionero enviado por la South American Missionary Society a las regiones del Chaco de Paraguay, Bolivia y Argentina. Con su proyecto quiso enseñarles autonomía y el valor de su trabajo a las comunidades que pronto serían invadidas por la expansión comercial.

Imagen: BITE

El nombre de David Livingstone es célebre entre los registros históricos del cristianismo por haber sido un médico y misionero escocés que desafió el corazón inexplorado de África en el siglo XIX. Llegó a ser admirado a nivel mundial por adentrarse en territorios desconocidos, peligrosos o de muy difícil acceso, pero también por su firme oposición a la esclavitud. Pocos años después, surgió su equivalente para el sur del continente americano: Wilfrid Grubb, un joven también proveniente de Escocia, que se adentró en las profundidades del Gran Chaco, una región hostil y desconocida. Fue llamado “el Livingstone de Sudamérica”.

Su labor despertó fascinación en el extranjero, pero también en la propia región que buscaba pacificar, su enfoque marcó un antes y un después. En 1892, el Gobierno de Paraguay le otorgó el título oficial de “Comisario General y Pacificador de las tribus indígenas”, un reconocimiento honorífico a su labor de mediación, convivencia pacífica y respeto hacia los pueblos chaqueños, especialmente los enxet, con quienes llegó a convivir.

En este artículo narraremos la travesía que Grubb tuvo desde las aulas de Edimburgo hasta sus años en el Chaco profundo, donde enfrentó inundaciones, chamanes e incluso un intento de asesinato. También mencionaremos su modelo de colonias nativas y cómo su labor ha abierto un debate sobre el avance del progreso comercial y la preservación de la dignidad indígena. Aunque su historia es poco conocida, su valiosa labor pionera al interior de ese territorio permanece como un referente de disciplina, entrega y profunda convicción cultural. 

Wilfrid Barbrooke Grubb / Crédito: Portal Guaraní

El viaje hacia su destino misionero

Wilfrid Barbrooke Grubb nació el 11 de agosto de 1865, en los suburbios de Edimburgo, Escocia. Su familia era cristiana, aunque más por costumbre que por convicción, por lo que no tenía mayores pretensiones para su futuro que convertirse en médico y formar una buena familia. Aunque entró a la Universidad para estudiar ciencias de la salud, todavía no estaba muy seguro de cuál carrera seguir, y terminó replanteándose su vocación cuando llegó a conocer a Dios de una manera más personal.

Estando en la Universidad de Edimburgo, participó del ministerio de Henry Drummond, quien se dedicaba a trabajar entre los estudiantes del país. También participó en grandes campañas evangelísticas y llegó a conocer a figuras evangélicas importantes de la época, como Dwight L. Moody, quien había realizado su primer viaje a Inglaterra en 1872 y regresó a la capital escocesa al año siguiente para llevar a cabo una campaña. En esos meses cruciales se fueron gestando su llamado y su futuro.

Como resultado de estas campañas, Barbrooke Grubb sintió un fuerte llamado a ejercer el ministerio y, en especial, a hacer misiones. Con tan solo 19 años se ofreció para ser voluntario en la Sociedad Misionera de Sudamérica (SAMS por sus siglas en inglés). El obispo que lo entrevistó vio gran entusiasmo en él, pero también que era demasiado joven y tenía muchas cosas por aprender. Le ofreció recibir un discipulado en su propia iglesia, que le serviría como preparación para el ministerio. Luego, el mismo obispo lo recomendó a la SAMS.

Grubb aceptó y se trasladó al paraje rural de Chobham, en el condado de Surrey, algunos kilómetros al sur de Londres. En la pequeña villa se dedicó a asistir al obispo en sus labores pastorales y el mantenimiento del edificio. Los 15 meses que pasó en Chobham fueron de gran utilidad y crecimiento para su vida; al finalizar el periodo, la SAMS lo aceptó, enviándolo como capellán a la misión en la isla chileno-argentina de Tierra del Fuego, adonde partió en 1886, haciendo una escala de dos meses en la ciudad de Montevideo. 

En 1886, Grubb llegó a Tierra del Fuego como capellán de la misión, iniciando el ministerio que marcaría el resto de su vida. / Crédito: Museo Roca

El 7 de julio de ese mismo año llegó a la base de Keppel (Isla Vigía), en las Islas Malvinas. Su tarea era oficiar los servicios religiosos a las personas que trabajaban en la base y realizar catequesis a los aborígenes yaganes que eran traídos a la isla durante algunos meses. Pero Grubb deseaba emprender un proyecto pionero en la selva amazónica, región a la que finalmente nunca fue, aunque siempre estuvo en su corazón. A mediados de 1889, recibió la encomienda de comenzar una obra en el Chaco paraguayo, hacia donde partió ese mismo año.

El Gran Chaco, que para esos años permanecía impenetrable debido a su espesa vegetación y a su clima tan adverso, es una región geográfica que abarca mayormente los actuales territorios de Paraguay, Bolivia y Argentina, así como una pequeña parte de Brasil (Mato Grosso do Sul). El río Paraguay, al este, y las sierras subandinas, al oeste, marcan sus límites.

Un misionero llamado Adolfo Henriksen había realizado los primeros viajes río arriba por el Paraguay, tratando de alcanzar a “los lenguas del sur”, las tribus nativas también llamadas “enxet”. Él tenía el deseo de aventurarse, pero sabía que su edad no le permitía enfrentar los esfuerzos que requería la tarea. Fue entonces cuando pidió la ayuda de la SAMS, que no dudó en enviar al joven Grubb.

La región del Gran Chaco contaba con una mala reputación por algunos casos trágicos que habían sucedido en la zona, como la muerte del explorador francés Jules Crevaux, asesinado años antes por tribus del río Pilcomayo. Grubb tenía conocimiento de esto, pero no se dejó amedrentar. Se propuso ser firme y demostrar autoridad entre los nativos, sabiendo que ellos solo respetaban a los fuertes; quería respetar las costumbres y creencias locales, pero no permitiría que los nativos se aprovecharan de él y lo atropellaran con sus demandas. Ya había  visto y vivido esa situación en Tierra del Fuego, donde trabajó por tres años y adquirió experiencia en relacionarse con los nativos sudamericanos.

Representación de la muerte de Jules Crevaux / Crédito: Gustavo Cabana

Tan pronto llegó a Paraguay, recibió malas noticias: Henriksen había muerto pocos meses atrás. Ahora se encontraba a cargo de una misión nueva, en un país desconocido y sin un contacto confiable. Se había improvisado una base misionera en una isla del río Paraguay, donde desembocaba el riacho Fernández, a la altura del paraje de Carayá Vuelta. Esta pequeña base, ubicada 40 km al norte de Concepción, servía como punto de partida para viajes al interior. A pesar de que el lugar estaba atestado de mosquitos y el calor húmedo resultaba insoportable, Grubb se sentía muy entusiasmado y seguro de que ésta era la tarea que siempre había deseado emprender.

En los primeros meses de 1890, Grubb se dedicó a organizar la pequeña base-puerto del riacho Fernández y a distribuir tareas entre algunos mestizos y nativos que se acercaban dispuestos a trabajar allí. Quiso establecer una comunidad con ellos, pero pronto se dio cuenta de que los indígenas del interior que perdían el miedo de llegar hasta el río no buscaban convivir, sino únicamente comerciar (en especial querían obtener alcohol). Aun así, gracias a esos primeros contactos en la base-puerto, logró obtener valiosa información sobre las aldeas del interior y comenzó a trazar rutas preliminares en su cuaderno de notas. 

Pionero en tierra hostil: conflictos y costo de la obra en el Chaco

Convencido de que para tener éxito en su plan misionero debía trasladarse al Chaco profundo, pasó meses navegando por los ríos Paraguay y Verde con la misión de reconocer y mapear la zona. Quienes oían sus planes de adentrarse en el monte le recomendaban contratar guardias del gobierno como escoltas o al menos llevar un arma para su defensa personal. Grubb, sin embargo, rechazó la idea, pues consideraba que no era coherente con el mensaje de paz que deseaba llevar y que incluso podría perjudicar la obra misionera.

Finalmente, en septiembre de 1890, realizó su primer viaje a pie hacia las aldeas del interior. Al llegar, intentó dar a entender sus planes mediante señas y palabras sueltas. Aunque en un principio la comunicación resultó bastante inútil, aquel viaje marcó el verdadero inicio de su histórico vínculo con los habitantes del Chaco.

En abril de 1891, logró el permiso de una de las tribus para convivir con ellos durante cortos periodos. Viendo que todo avanzaba bien, intentó vivir de forma permanente en dicha aldea cercana al Río Verde. Conoció a algunos jóvenes interesados y muy capaces, a quienes llamó Philip y Poet; les dedicó gran parte de sus esfuerzos evangelísticos al notar que tenían interés.

La aldea cercana al Río Verde fue el lugar donde Grubb comenzó a convivir de forma permanente con una tribu. / Crédito: BITE (IA)

Durante dos años intentó vivir entre los nativos, pero constantemente debía viajar a la base del riacho Fernández, o incluso hasta Concepción, pues necesitaba víveres. Estos traslados le tomaban varios días, lo que no era nada práctico para sus planes. Por eso, cuando recibió la visita de unos enviados de la SAMS, les pidió que enviaran voluntarios para que administraran la base mientras él se instalaba de forma definitiva en la aldea de Río Verde. En 1893, los enviaron desde Inglaterra, y entonces Grubb se convirtió en el único europeo que vivía entre los nativos. 

Al principio fue bien recibido, aunque no tenía con quién expresarse libremente. Pero con el pasar de las semanas empezó a conocer el lado oscuro de la aldea: los chamanes intentaron varias veces envenenar su cantimplora o realizar algún hechizo en su contra. En cierta ocasión, escuchó gritos y llantos en la aldea, así que decidió acercarse para ver qué sucedía. Una mujer había muerto y, como parte de su ritual funerario, iban a enterrarla con su bebé que aún estaba vivo. Este fue la primera experiencia de Grubb ante una de las prácticas más habituales entre los nativos del Chaco paraguayo: el infanticidio. 

El misionero se sintió en aprietos, porque entendía que, según las creencias de los nativos, impedir el ritual significaba dejar a la madre sin compañía en “la otra vida”, pero su conciencia no le permitía dejar que se llevara a cabo lo que, a final de cuentas, era un crimen. Así que, enfrentándose a los chamanes y hasta al mismo padre de la criatura, impidió que el niño fuera enterrado vivo. Logró salvar al bebé, pero su relación con el resto de la aldea de Río Verde empeoró desde entonces.

En 1895, el desbordamiento del río Paraguay provocó la inundación de varias aldeas y de la base misionera del riacho Fernández, que fue totalmente arrasada. Grubb y su pequeño equipo recibieron la ayuda de unos comerciantes ingleses que vivían en Buenos Aires y que tenían tierras cerca de la ciudad de Concepción. Ellos cedieron una porción a la misión para construir una base más estable y mejor equipada en la boca del riacho Negro, sobre el margen oeste del río Paraguay y en frente de Concepción. Este sería el puerto definitivo de la misión en Paraguay y el nexo de las estaciones misioneras en el interior del Chaco con el resto del mundo.

Grubb intervino para impedir que un bebé fuera enterrado vivo, enfrentándose a los chamanes y al padre del niño. / Crédito: BITE (Grok)

La aldea nativa de Río Verde también había sido afectada por las inundaciones, así que ya no era un lugar adecuado para trabajar. De todos modos, la reciente enemistad con los jefes no favorecía a Grubb, aunque algunos jóvenes habían decidido seguirle. Creyó que lo mejor en este caso era imitar las costumbres autóctonas y fundar una aldea propia junto a los nativos que le seguían y a otras familias que se encontraran sin hogar. Caminaron hacia el sur del Río Verde, hasta encontrar un terreno adecuado para comenzar un asentamiento. Llamó al lugar simplemente “Estación central” y buscó un camino por tierra hasta la base en el riacho Negro, para evitar navegar cada vez que necesitara vívieres o tuvieran una urgencia. Aunque el monte era espeso, lograron trazar un camino terrestre directo, ahorrándose varios días de viaje.

En este mismo año la salud de Grubb decayó notablemente. Debido a las inundaciones, la cantidad de mosquitos era más de la habitual y el terreno pantanoso hacía más duros los viajes. Grubb llevaba varios años acumulados de servicio y las condiciones hacían sentir el agotamiento. En marzo de 1896, la SAMS le exigió tomarse la licencia que le correspondía, pero que él había estado aplazando para que avanzara la obra. Había dejado su país cuando solo tenía 20 años, estuvo cuatro años en la isla Keppel y seis en el Chaco paraguayo como pionero; era su primer descanso en una década, lo que ilustra muy bien la entrega y disciplina de este misionero escocés.

Intento de asesinato y expansión de la obra

Disfrutó de un merecido descanso de un mes durante el año que estuvo en Gran Bretaña, y el resto del tiempo se dedicó a recaudar fondos y promover la obra en América del Sur. Regresó allí a comienzos de 1897 con nuevos reclutas. Durante los siguientes cuatro años, se logró fortalecer la Estación central, que lucía bastante similar a una aldea nativa. El equipo misionero que acompañaba a Grubb se dedicó a trabajar en la lengua enxet, escribiendo un primer diccionario y descifrando su gramática. Grubb continuó viajando al interior, con dirección oeste, entre los ríos Verde (al norte) y Montelindo (al sur).

En uno de estos viajes, con la intención de alcanzar a los pueblos chorotes del sur, Grubb sufrió un intento de asesinato por parte de Poet. Este joven nativo logró engañar al equipo que estaba de viaje para quedarse solo junto al misionero. Apenas cruzaron el río Montelindo, Poet se veía muy nervioso, pero el misionero escocés jamás imaginó lo que sucedería: el joven retrasó un poco su paso y le disparó una flecha por la espalda. Grubb cayó herido al suelo pensando que había sido un disparo accidental, pero Poet simplemente lo abandonó mientras lloraba. Grubb estaba confundido y se descompensó por unas horas. 

Durante una expedición hacia los pueblos chorotes del sur, Grubb sobrevivió a un intento de asesinato. / Crédito: BITE (Grok)

Cuando se levantó, comprendió que lo sucedido había sido un intento de asesinato. Como pudo, se quitó la flecha de la espalda, soportando una agonía intensa, y cruzó el río unas cuatro veces, según recordó más adelante. Prefirió tomar un camino alternativo de regreso, pensando que Poet estaría cerca vigilando que estuviera muerto. Caminó en medio de la noche totalmente exhausto, con su camisa llena de sangre y agua. Personas de una aldea vecina lo encontraron al otro día y lo llevaron hasta la Estación central.

También Poet había regresado a la Estación central para dar la noticia al resto de los misioneros, pero según su versión, Grubb había sido atacado por un yaguareté (jaguar). Un grupo salió a buscar a Grubb pero no pudieron hallarlo. Cuando llegaron a la aldea que habían encontrado al misionero, estos les dieron las novedades, por lo que el grupo volvió a la Estación central. En medio de todo el alboroto, Poet sabía que su mentira sería desbaratada y esa misma noche que Grubb llegó, decidió escapar sin rastro ni aviso. Tiempo después se supo que otra aldea encontró a Poet y que fue condenado a muerte por su crimen, un triste final para alguien a quien los misioneros se habían dedicado con tanto esfuerzo.

Grubb viajó a Buenos Aires para ser atendido en el hospital inglés y asegurarse de que no hubiera complicaciones a causa de la herida. Aunque no hubo consecuencias graves, su salud sí quedó resentida desde entonces. La flecha había chocado contra una costilla, lo que evitó que la herida fuera más grave y profunda, pero la costilla partida dañó su pulmón derecho. El doctor sugirió a Grubb que estuviera un mes en las sierras de Córdoba, para disfrutar del aire limpio de la zona, un tratamiento usual en aquella época. Luego de ese tiempo, regresó a Paraguay para continuar la tarea.

En octubre de 1898, comenzaron a construir la primera iglesia nativa en Estación central, imitando la típica arquitectura inglesa, pero con materiales y detalles autóctonos. Algunos jóvenes nativos empezaron a reunirse de forma espontánea para orar y pedir la salvación de sus familias, lo que dejó asombrados a los misioneros. Era evidente que Dios estaba dando los primeros frutos de la misión, luego de casi 10 años de trabajo. En 1899, dos jóvenes nativos, conocidos como Philip y James, fueron admitidos para el primer bautismo de la misión, que se realizó en la base-puerto del riacho Negro, frente a la ciudad de Concepción. Grubb se sentía entusiasmado con lo que estaba sucediendo, por lo que volvió a Gran Bretaña a contarlo, a recaudar más fondos y a sumar nuevos reclutas al equipo. 

Philip y James fueron los primeros nativos en recibir el bautismo dentro de la misión, un testimonio de los primeros frutos de la obra. / Crédito: BITE (Grok)

Regresó a Paraguay en julio de 1900 con siete voluntarios y dos ideas que había gestado para el futuro de la misión. Primero, tenía la intención de penetrar en el Gran Chaco desde otros lugares para comenzar nuevas obras. Segundo, quería que los nativos se integraran a la “vida civilizada”, trabajando los recursos naturales de sus tierras y comerciando, de tal forma que pudieran vivir autónomamente. Su objetivo era imprimirle una faceta más agraria e industriosa a la obra, tratando de evitar que los nativos fueran sometidos a trabajar por estancieros y empresarios que también estaban penetrando en el territorio.

1901 era el año para iniciar este giro en la misión, pero por soberanía divina, nada salió según lo planeado. Algunos misioneros que llevaban años trabajando allí decidieron devolverse a su país a causa del desgaste natural de la tarea, mientras que muchos nuevos reclutas desertaron de la misión por las duras condiciones. Varias estaciones misioneras tuvieron que cerrarse por falta de equipo, así que se perdió el contacto con varias aldeas nativas. Así, luego de unos buenos años de cosecha, Dios decidió poner a prueba a los misioneros y frenar el crecimiento.

Las colonias cristianas del Chaco

En 1901, Barbrooke Grubb y Mary Bridges —hija del famoso misionero anglicano de la SAMS, Thomas Bridges— pudieron casarse después de 13 años de compromiso que cada uno atravesó en la obra misionera. Tras la unión, Mary vivió los primeros meses en la base-puerto del riacho Negro, mientras Grubb viajaba constantemente hacia la Estación central y otras estaciones misioneras en el interior. En 1902, finalmente se mudaron a una que llamaban “El paso”, pues Grubb consideraba que era la más agradable para vivir y formar familia.

En agosto de ese año sucedió otro hito para la obra misionera y la iglesia autóctona, que ya contaba con varios miembros nativos desde su primer bautismo, tres años atrás. Esta vez había 20 candidatos al bautismo y el equipo misionero tomó la decisión de incluir a los líderes de la iglesia para evaluar a los candidatos. La intención era comprometer a los nativos con el cuidado y gobierno de su propia congregación, para que dependieran cada vez menos de los misioneros y se desarrollaran líderes locales. De alguna manera, este resultó siendo su primer concilio, pues se establecieron los parámetros para admitir personas a la membresía y se definió qué significa ser un cristiano.

La evaluación de los candidatos al bautismo marcó el inicio del liderazgo local y la consolidación de la iglesia autóctona. / Crédito: BITE (Grok)

En 1903, una epidemia de viruela azotó la zona; el brote obligó a Grubb a clausurar algunas estaciones misioneras más al oeste de la región e hizo regresar a algunos misioneros a la Estación central para evitar el contagio de más indígenas. Debido a este y a otros contratiempos en el avance hacia el interior, Grubb pensó en refundar la Estación central. A pocos kilómetros inició una colonia donde vivirían jóvenes nativos para aprender oficios y alejarse de las viejas costumbres animistas. Cada familia tendría su casa y huerta, con calles bien demarcadas y edificios civiles. Grubb buscaba desarrollar una colonia agrícola protestante, donde familias nativas aprendieran la vida sedentaria y se integraran a la sociedad occidental. Ningún misionero viviría allí, aunque habría visitas constantes.

Para 1906, la Colonia contaba con más de 150 habitantes; los jóvenes se habían trasladado allí y los más viejos volvieron a sus clanes o aldeas originales, así que la Estación central tuvo que cerrarse. Con el paso del tiempo y a medida que crecía el comercio en el territorio, la Colonia sirvió como atractivo para colonos paraguayos. Se abrió un camino estable hacia Concepción y finalmente se trazó el primer recorrido para la actual ruta 5, Gral. Bernardino Caballero.

En 1909, Grubb entró en contacto con una empresa estadounidense que tenía campos en el norte argentino y estaba dispuesta a permitir una obra misionera dentro de sus tierras. Viajó hasta San Pedro de Jujuy y desde allí por Yacuiba, en el límite con Bolivia, hasta llegar a Santa Cruz de las Sierras. Su intención era reconocer la zona y encontrar el mejor lugar para fundar una base misionera desde la cual adentrarse al Gran Chaco.

Finalmente recibió el permiso de instalar una base en la zona de Urundeles, al norte de San Pedro de Jujuy, donde vivió junto a los tobas y matacos que se dedicaban a la zafra (cosecha de los campos de azúcar). Se instaló junto a un equipo de seis personas, tratando de aprender el idioma y congeniar con los trabajadores, pero la mayoría eran hombres que trabajaban de sol a sol y, cuando se cumplía el tiempo de la zafra, regresaban a sus familias y tribus en el interior del Chaco. Aquel lugar no había sido la mejor elección. Si los misioneros realmente querían obtener frutos, debían ir más adentro y vivir entre ellos.

W. B. Grubb junto a un indígena del Chaco. / Crédito: Latin America at the British Museum

En 1912, volvió a Inglaterra para proponer un nuevo plan ante la SAMS: comenzar una nueva obra a orillas del Río Bermejo y seguir su curso hasta su desembocadura en Paraguay. El plan era peligroso, pues la zona entre el Pilcomayo y el Bermejo era conocida por la muerte de quienes se animaban a explorarla. Sin embargo, gracias a que existía un plan del gobierno argentino de construir una vía de tren en ese mismo recorrido, Grubb logró el apoyo que estaba buscando e incluso consiguió voluntarios dispuestos a sumarse. La misión se encargaría de ir evangelizando a medida que se fuera extendiendo el ferrocarril.

En los años siguientes, Grubb se dedicó mayormente a viajar, alternando entre las dos misiones en el Chaco y Gran Bretaña. En 1921, dio por terminada su labor misionera y regresó a Escocia junto a su familia. La obra misionera en el Chaco tuvo gran crecimiento en los siguientes años, con una gran cantidad de iglesias rurales que aún hoy permanecen, bajo el liderazgo de líderes locales.

Apenas un año después de su regreso definitivo, falleció su esposa Mary, quedando él junto a dos hijas. Grubb se convirtió en una figura reconocida y respetada por su trabajo pionero en Sudamérica, por lo cual terminó haciendo parte del comité de la Sociedad Misionera de Inglaterra. Pasó sus últimos años junto a su familia en Escocia, hasta su muerte en 1930, a los 65 años de edad.

Wilfrid Barbrooke Grubb falleció en 1930. / Crédito: Ken Deighton

El dilema del progreso y la herencia de una fe

En las últimas décadas, muchas críticas se han hecho a las misiones del siglo XIX, especialmente a aquellas dirigidas al interior de cualquier territorio. Mientras los misioneros de aquella época buscaban llevar el Evangelio por amor a los perdidos, también le abrían camino a la explotación comercial que pretendía llegar a nuevos recursos naturales, lo cual terminó sucediendo con el paso de los años. Grubb era consciente de eso. Sabía que el avance de los grandes intereses económicos llegaría a las tribus del Gran Chaco y por eso buscaba llegar primero y enseñarles a integrarse con dignidad al sistema económico. Su convicción era: si la Iglesia no lo hace, los empresarios inescrupulosos lo harán.

Con todos sus errores y efectos no deseados, la misión en el Chaco paraguayo-argentino tuvo una clara intención de evangelizar y mejorar la forma de vida de los habitantes nativos, teniendo mucho cuidado de no imponer por la fuerza o crear una dependencia hacia el equipo misionero. Prueba de ello es la “iglesia protestante nativa” que aún se mantiene en las provincias argentinas de Salta y Formosa y goza de bastante independencia. Grubb nunca fue ingenuo sobre las transformaciones que se producirían; sabía que confrontar costumbres como el infanticidio, los médicos-chamanes y otros rituales nativos significaba desafiar directamente la cosmovisión y las profundas creencias que sostenían ese estilo de vida.

Las misiones podrán ser blanco de críticas para muchos historiadores, antropólogos y académicos, pero Dios, que conoce los corazones y las intenciones, será quién se levante a juzgar al final de los tiempos. Pero Su Palabra hoy nos permite anticiparnos a ese momento y tener la certeza de que siervos entregados como W. Barbrooke Grubb entrarán en el gozo de su Señor y recibirán su recompensa.


Referencias y bibliografía

An Unknown People in an Unknown Land: An Account of the Life and Costumes of the Lengua Indians of the Paraguayan Chaco, with Adventures and Experiences During Twenty Years’ Pioneering and Exploration Amongst Them (1925) de W. B. Grubb. 4.ª ed. Seeley, Service & Co. Limited, Londres.

The Livingstone of South America: The Life and Adventures of W. Barbrooke Grubb Among the Wild Tribes of the Gran Chaco in Paraguay, Bolivia, Argentina, the Falkland Islands and Tierra del Fuego (1932) de R. J. Hunt. Seeley, Service & Co. Limited, Londres.

W. Barbrooke Grubb | History of Missiology

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Autor

Matías Peletay

Matías Peletay vive, trabaja, y estudia en Córdoba, Argentina. Se congrega en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer, donde también sirve y cursa una pasantía ministerial. Puedes escucharlo en el podcast Bosquejos y seguirlo en Twitter.

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