La influencia del cristianismo en nuestra idea de progreso y justicia

Creemos que la historia debería avanzar hacia la justicia, pero el progreso también ha servido para justificar atrocidades. En esa esperanza hay raíces profundamente cristianas, y hay un terrible peligro en perder sus fundamentos.

Imagen: BITE

Solemos pensar que, a estas alturas de la historia, la humanidad debería haber superado las injusticias. Nos sorprende que ciertas formas de discriminación, violencia y opresión sigan existiendo, como si el paso del tiempo debiera conducirnos inevitablemente hacia una sociedad mejor. Pero la historia no siempre se entendió de esta manera. ¿De dónde proviene nuestra convicción de que debe haber un progreso moral? ¿Y qué sucede cuando se usa “el progreso” como una fachada o justificación para cometer nuevas injusticias?

El pastor anglicano, escritor y comunicador Glen Scrivener es quien plantea y analiza esta cuestión en El aire que respiramos, un libro en el que explora la influencia que el cristianismo ha ejercido sobre siete valores fundamentales de la sociedad occidental: igualdad, compasión, consentimiento, ilustración, ciencia, libertad y progreso. Su propósito es mostrar cómo las enseñanzas de Jesús han moldeado nuestra manera de pensar, incluso entre quienes no profesan la fe cristiana, e invitarnos a reconocer una herencia cultural y moral que, por haberse vuelto tan familiar, muchas veces pasa inadvertida.

En el capítulo 8, Scrivener explora los orígenes de nuestra confianza en el progreso moral y sostiene que esta manera de entender la historia tiene profundas raíces bíblicas. A partir de esa premisa, examina tanto las conquistas de la justicia como las atrocidades de los siglos XIX y XX, mostrando las posibilidades y los peligros de creer que la humanidad puede avanzar por sí misma hacia un futuro mejor. Su reflexión plantea una pregunta: ¿qué nos permite distinguir el verdadero progreso de los hechos que, en nombre del progreso, terminan promoviendo la injusticia?

A continuación, presentamos el capítulo “Progreso”, tomado del libro El aire que respiramos, de Glen Scrivener, publicado en español por Andamio.

Portada en español de “El aire que respiramos”, de Glen Scrivener / Crédito: BITE

Progreso

“El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”, Theodore Parker (1853).

Esta afirmación del activista contra la esclavitud, el reverendo Theodore Parker (1810-1860), era la favorita de otro predicador: el reverendo Martin Luther King Jr. (1929–1968). En sus respectivas luchas, por la abolición del comercio de esclavos (siglo XIX) y por los derechos civiles (siglo XX), estos hombres se enfrentaron a una terrible injusticia con una profunda esperanza. Ambos hombres se mantuvieron firmes en una tradición de fe que les decía: “Mañana puede ser mejor que ayer, aunque no sin que hoy tengas que pagar un alto coste”. El éxito definitivo (pero mezclado) de ambas luchas ha aportado esperanza a millones de personas alrededor del mundo. Nos ha hecho creer a todos que quizás el universo sea moral y que quizás esté progresando.

La creencia en dicho arco está por todas partes: está en la opinión de Keir Starmer de que la estatua de Edward Colston no puede permanecer en “el Reino Unido del siglo XXI”. Está en la desesperación de cada comentador social que dice “aún estamos manteniendo esta conversación en [inserta el año actual aquí]”. Está en la acusación de que un punto de vista se halla “en el lado equivocado de la historia”. Aparentemente, la historia se dirige a un lugar: un lugar que podemos conocer de antemano. Un lugar mejor.

Tal creencia en el progreso no se trata para nada de un universal humano. En otras culturas previas, se consideraba que el pasado era mejor que el presente. Después de todo, el pasado había sido el momento en el que habían estado los héroes y los dioses. Las cosas han sido mucho más tranquilas desde entonces. El poeta griego Hesíodo (aprox. 700 a. C.) presentó cinco períodos de la historia humana, que van desde la Edad de Oro hasta la Edad de Hierro. El único camino era hacia abajo (aunque tal vez se trate de un ciclo en el que experimentamos este desmoronamiento una y otra vez). Fue la Biblia la que proclamó una visión única de la historia: no un ciclo sino una flecha que apunta hacia adelante y hacia arriba. Los israelitas habían salido de la esclavitud, sí, pero se dirigían a “la tierra prometida”. El Mesías vendría como Príncipe de paz. Aunque sufriría, arreglaría el mundo.

Los profetas del Antiguo Testamento tenían estas mismas expectativas: después de un tiempo de sombra profunda, una luz brillaría; los valles se levantarían y las montañas se allanarían; las espadas se usarían como arados (instrumentos de muerte convertidos en instrumentos de vida); se declararía el jubileo (el momento en que las deudas se cancelarían y los esclavos se liberarían); y, al final, fluiría “el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable” (Am 5:24).

Si algunas de estas frases te resultan conocidas, quizás hayas escuchado algunas de ellas por primera vez en el impactante discurso Yo tengo un sueño de Martin Luther King. Búscalo en internet y velo si quieres escuchar a los profetas hebreos aplicados al mundo moderno. Estos 17 minutos suponen la defensa más poderosa que se haya hecho nunca a favor del progreso y contienen más pasajes bíblicos que muchos sermones en la iglesia. De hecho, la visión y el enfoque de King serían incomprensibles sin el marco de referencia cristiano.

Sin embargo, aunque la creencia de King en el arco de la historia es profunda y particularmente cristiana, millones de personas con diferentes sistemas de fe y con ninguno ahora la comparten con él. Esto se debe, en gran parte, al éxito del movimiento de los derechos humanos. La perspectiva moral de la historia también ha impactado en la historia y ha provisto más pruebas a favor de esta creencia. Ahora es común para todos. Barack Obama bordó la cita del “arco moral” en una alfombra y la colocó en el despacho oval.

Steven Pinker, profesor de psicología en Harvard, se sintió tan cautivado por estas ideas que volvió a ellas una y otra vez en su libro En defensa de la Ilustración (2018). Con el fin de alabar el progreso, Pinker publicó 75 gráficos sobre la esperanza de vida, la mortalidad infantil, la salud, la riqueza, la paz, los derechos, la educación y mucho más. Todas las flechas van en la dirección correcta. Sin embargo, al describir este fenómeno, Pinker, ateo y humanista, no pudo evitar recurrir a frases bíblicas.

Mostrando un gran entusiasmo ante nuestra habilidad para crear energía limpia a partir de armas nucleares desmanteladas, Pinker lo llama “la conversión definitiva de las espadas en rejas de arado”.

Cuando explica cómo se ha reducido la pena de muerte en todo el mundo, confiesa que “invita a pensar que existe realmente un arco misterioso que se inclina hacia la justicia”. Justo después se aleja de lo “misterioso” para explicar que: “En términos más prosaicos, vemos cómo un principio moral (la vida es sagrada, por lo que la muerte es onerosa) llega a impregnar las convicciones de una amplia gama de actores e instituciones”. Pinker declara que no es un misterio. Es que el concepto de la vida como sagrada (un concepto desconocido para el mundo antiguo) está afectando a los distintos aspectos de la política internacional.

Cuando habla de la igualdad, Pinker quiere “penetrar en las profundidades de la corriente que arrastra hacia la igualdad de derechos”. Plantea la pregunta haciendo alusión de manera evidente a la Biblia: “¿O fluye la justicia como un río y avanza la rectitud como una corriente poderosa?”. El resto del capítulo responde con un enérgico “sí”.

Cuando aborda “el progreso mundial en contra del racismo, el sexismo y la homofobia”, Pinker tiene la impresión de que es “una tendencia global”. Cita de nuevo la idea del “arco moral” y promete que, aunque Theodore Parker “era incapaz de completar el arco con la vista, pero podía ‘adivinarlo mediante la conciencia’”, Pinker puede ofrecer una “manera más objetiva de determinar si existe un arco histórico hacia la justicia”. Quiere que sepamos que el progreso moral de la historia no es simplemente una cuestión de fe, sino que los datos pueden demostrarlo. Sin embargo, ya sea que te convenza una gran oratoria o seis docenas de gráficos, Pinker, Parker y King estaban de acuerdo en un punto: el arco existe. El progreso es real.

No obstante, a medida que abordamos el tema del progreso, deberíamos escuchar varios pitidos de aviso ensordecedores. Hay grandes peligros con la idea del progreso.

Problemas con el progreso

En el siglo XIX, la idea de “progreso” estaba de moda. La Revolución Industrial iba afianzándose, provocando transformaciones sin precedentes. Aquí es cuando muchos de los gráficos de Pinker comienzan a doblarse hacia arriba como un palo de hockey. El optimismo cautivó a los grandes pensadores de la época. Estaba Charles Darwin proclamando el progreso biológico; Georg Hegel proclamando el progreso histórico; Sigmund Freud proclamando el progreso psicológico; y Karl Marx proclamando el progreso económico y político. Estos fueron solo algunos de los líderes y promotores que creían que el progreso se podía impulsar.

Sin embargo, no todas sus ideas eran nuevas. Si elegimos a Marx como ejemplo, cabe destacar la fuerza con la que resuenan en él los otros valores que hemos abordado en los seis capítulos anteriores: sobre todo la igualdad, la compasión, la ilustración y la ciencia. Su comunismo, aunque totalmente opuesto a la iglesia, era impensable sin ella. En cierto sentido, fue un intento de convertir el Estado en la Iglesia, en un lugar en el que, como se dijo de la comunidad cristiana primitiva: “todos los creyentes eran de un solo sentir y pensar. Nadie consideraba suya ninguna de sus posesiones, sino que las compartían” (Hch 4:32).

“De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”, dice el eslogan marxista. No resulta sorprendente que haya adquirido relevancia en una sociedad cristianizada. Las Escrituras enseñan que Dios exalta a los débiles mientras que derriba a los príncipes de sus tronos. Pero esa es la diferencia entre el comunismo y el cristianismo: en la Biblia, Dios es el que iguala. Si los seres humanos asumen ese rol, el resultado normalmente es una revolución sangrienta. El número de muertes del siglo XX lo confirma. El problema con el “poder para el pueblo” es… el pueblo.

Este es el problema de todos los que creen en el progreso y no creen en el Dios de justicia y misericordia en lo alto. Ya seamos de izquierdas o de derechas, comunistas o fascistas, si solo estamos trabajando en el plano horizontal, entonces “creer en el progreso” puede convertirse en una licencia para hacer de la historia lo que queramos. Sin un referente que esté sobre nosotros, tomaremos las riendas forjando nuestro propio camino y llamándolo “inevitabilidad histórica”. Esta es una de las muchas razones por las que después de un siglo de progreso llegó un siglo de violencia sin precedentes.

Las atrocidades del siglo XX nos dejan con un nudo en la garganta tan grande que ahoga cualquier intento de elogiar el “progreso humano”. 20 millones de personas murieron en “la Gran Guerra” (1914-1918); 75 millones murieron en la secuela (1939-1945). Ya hemos mencionado los millones que murieron en la revolución marxista de Lenin en Rusia. Stalin mató a decenas de millones más. Durante los tres años de su gran purga (1934-1936), el dictador ruso ejecutó a tantas personas cada semana como la Inquisición española mató en tres siglos y medio. (Eso es 750.000 ejecuciones en tres años frente a las 5000 de la Inquisición en 350 años). En China, entre 1958 y 1962, “por lo menos 45 millones de personas trabajaron, pasaron hambre o fueron maltratados hasta la muerte”. El hecho de que el presidente Mao lo denominase el “gran paso adelante” debería hacernos dudar para siempre de sus reivindicaciones de progreso.

Después del “siglo del asesinato”, muchos se han preocupado en gran manera por encontrar de nuevo un referente: un punto fijo de cordura y certidumbre moral. Cuando echamos la vista atrás a las maldades que han tenido lugar en el siglo XX, vemos algo bastante distinto. Descubrimos una especie de certidumbre, pero no es tanto una estrella que nos guía sino un abismo que debemos evitar. Ese abismo se llama Auschwitz.

¿Jesús nazi?

¿Cuál creemos que es el mayor golpe que ha recibido la humanidad? Si pensamos en el siglo XX, quizás respondamos “Adolf Hitler”. Hitler mismo respondió: “Este sucio reptil [el cristianismo] saca la cabeza cada vez que hay una muestra de debilidad por parte del Estado y, por lo tanto, debe aplastarse. No tenemos necesidad de un cuento de hadas inventado por los judíos”.

Hitler creía que el cristianismo, en concreto el judío Pablo, había introducido en el mundo “la mentira deliberada”. Esta mentira tiene que ver con los valores de la igualdad y la compasión que hemos abordado en este libro. Hitler, por el contrario, creía que “Toda la naturaleza es una lucha violenta entre la fuerza y la debilidad, una victoria eterna de los fuertes sobre los débiles”. Por sorprendente que parezca, fue el mensaje de Navidad que incluyó en un artículo propagandístico llamado “La guerra alemana de Navidad”. En realidad, esta visión suponía una guerra en contra de la Navidad: una festividad que celebra que el mesías judío nació en debilidad y pobreza.

20 años antes, cuando un joven Hitler estaba intentando ganarse el favor de una audiencia que en la mayor parte se identificaba como cristiana, habló de sí mismo como cristiano. Sin embargo, el “cristianismo” que mantenía incluso en ese sentido era lo contrario de la historia que se había contado durante 2000 años:

Mi sentimiento como cristiano me lleva a ver a mi Señor y Salvador como un luchador. Me lleva hasta el hombre que en una ocasión en la que estaba solo, rodeado únicamente por algunos de sus seguidores, reconoció a los judíos por lo que eran y llamó a sus hombres a luchar en contra de ellos y quien, en verdad, fue el mayor no sufriendo sino luchando.

Con un amor inmensurable como cristiano y como hombre, leo el pasaje que nos dice cómo el Señor al final se levantó en poder y tomó el látigo para echar fuera del Templo a la camada de víboras y culebras. Qué magnífica fue su lucha en contra del veneno judío.

Nos podríamos reír de lo absurda que es la idea de un “Jesús nazi” si no estuviera también tan llena de odio, si no supiéramos a dónde lleva todo y si no fuera por las maneras en las que muchos cristianos alemanes siguieron el mismo camino, proclamando un cristianismo nazificado.

El año en el que Hitler llegó al poder, el presidente de los cristianos alemanes (un movimiento protestante leal a los nazis) presentó la visión para la Iglesia en Alemania. Lo que los cristianos necesitaban, según ellos creían, era “liberarse del Antiguo Testamento con la ética de la recompensa judía”. Y, mientras tanto, “debían renunciar a toda la teología del chivo expiatorio y de inferioridad del rabino Pablo”. En otras palabras, el primer paso para nazificar el cristianismo implicó rechazar el Antiguo Testamento (tres cuartos de la Biblia), seguido de la mitad del Nuevo Testamento (las cartas de Pablo). Eso los dejó, básicamente, con las biografías de un tal “Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mt 1:1). Lo que demuestra que la tarea era imposible, aunque eso no les impidió intentarlo.

En 1939, el obispo del Reich predicó sobre el corazón que impulsa la ética cristiana: el amor. Pero aseguró a sus oyentes que el verdadero amor cristiano “tiene un rostro duro, como el de un guerrero. Odia todo lo blando y lo débil porque sabe que cualquier vida solo puede permanecer sana y apta para vivir cuando se elimina y se destruye todo lo antagónico a la vida, lo podrido y lo indecente”. En 1942 (por cierto, el año que ahora sabemos que fue el más mortífero del Holocausto, en el que, solo en Auschwitz, murieron 2 millones de personas), el movimiento cristiano alemán declaró: “No desconocemos el amor cristiano y la obligación hacia los desamparados, pero exigimos que la nación sea protegida de los irresponsables y los inferiores”. Nietzsche se habría sentido orgulloso.

Sin embargo, no solo se basaron en la herencia de la filosofía alemana. Por desgracia, dentro de la historia de la Iglesia ha existido un terrible antisemitismo. Desde el inicio ha habido cristianos que han acusado a los judíos de ser “asesinos de Cristo”, sin importar el hecho de que Jesús mismo era judío y que los que lo ejecutaron eran romanos. En la época medieval incluso se alegó que a los judíos les gustaba beber la sangre de los niños cristianos (el llamado “libelo de sangre”). Si un niño desaparecía o moría, se convertía en un pretexto para represalias aterradoras, asesinatos y, en el caso de la Gran Bretaña medieval, la expulsión de judíos entre 1290 y 1657.

No obstante, Martín Lutero, el líder de la Reforma protestante 400 años antes y un héroe alemán, fue muy relevante para el antisemitismo nazi. Al final de su vida escribió un panfleto despreciable, Sobre los judíos y sus mentiras. El historiador Alec Ryrie señala que “lo mejor que se puede decir [del panfleto] es que no llama de manera abierta al genocidio”. Todo lo cual quiere decir, una vez más, que los cristianos no son los héroes de esta historia. A menudo se encuentran entre los principales responsables del mal. Esta historia no trata sobre la virtud de los cristianos; trata de Jesús, el mesías judío, que juzga la maldad, incluida la maldad del antisemitismo, como el terrible mal que es.

Por otro lado, podríamos contar la historia de cristianos en Alemania cuya fe los llevó a proteger a los judíos. Podríamos hablar de los valientes que se opusieron a la maldad nazi. Tales personas existieron. Pero la cuestión no es tanto que hubo cristianos que se opusieron al nazismo (algunos lo hicieron, millones no lo hicieron). La cuestión no es que nos sintamos superiores a esa mayoría en silencio. Siendo sinceros, si hubiéramos vivido durante el Tercer Reich, la probabilidad de que hubiésemos resistido de forma heroica habría sido dolorosamente pequeña. La cuestión es que aquellos que querían estar en consonancia con el nazismo tenían que oponerse al cristianismo, incluso si lo hacían llevando puesta la mitra de un obispo. No existe tal cosa como el “Jesús nazi”. El “Jesús nazi” simplemente no es Jesús. Adolf Hitler había puesto al cristianismo en contra de su cabeza. En 2000 años, nadie había logrado invertir el mensaje de Jesús como lo hizo Hitler. Era, de una manera muy literal, el anticristo.

Entonces, ¿cómo llamas a la lucha para detenerlo? En la mentalidad occidental, ¿qué otra cosa podría ser la Segunda Guerra Mundial sino una batalla legendaria contra el mal?

La “humanidad” al rescate

En 1941, Winston Churchill y Franklin Roosevelt firmaron la Carta del Atlántico para exponer su visión de cómo debería ser el mundo después de Hitler. Expresaron su “fe en la vida, la libertad, la independencia y la libertad religiosa y en la preservación de los derechos humanos y la justicia”. Roosevelt se basó de forma consciente en la Declaración de Independencia, pero con una actualización importante: donde Jefferson habló de derechos “evidentes”, Roosevelt admite que son una cuestión de “fe”. Sin embargo, incluso en esta etapa inicial, la razón por la cual los Aliados lucharon se hizo explícita: la fe en los derechos humanos.

Esto no quiere decir que los soldados viesen la guerra del mismo modo. El soldado estadounidense Paul Fussell cuenta cómo sus compañeros GI “se burlaban o reían ante la idea de que formaban parte de una especie de ‘cruzada’ moral”. Las burlas se terminaron cuando liberaron a la gente de los campos de concentración y la magnitud de la maldad nazi salió a la luz. EL historiador Alec Ryrie, autor de What Would Jesus Do? Christian Culture Wars in the Modern West (¿Qué haría Jesús? Las guerras de cultura cristiana en el Occidente moderno), dijo:

Habían visto y olido los campos de exterminio, y ahora podían darse cuenta de que todo el tiempo habían estado […] luchando por algo positivo, por el valor de la vida como algo sagrado […]. Después de los campos, todos tenían una actitud moral generalizada […]. Después de todo, el breve y explosivo tour de los chicos en Francia había sido una cruzada.

Es una verdad terrible que tanto Génesis 1 como el Holocausto puedan enseñarte “que la vida es sagrada”. Uno enseña esta verdad de manera positiva, el otro de manera negativa. Desde la Segunda Guerra Mundial, la lección negativa a menudo ha tenido más fuerza. Puede que no sepamos lo que pasa, pero hemos visto lo que ha pasado. No estamos seguros de lo que es bueno, pero estamos seguros de lo que es malo. Como dice Ryrie: “El gran filósofo Indiana Jones resumió el consenso ético moderno: ‘¡Nazis! Odio a esos tipos’”.

Cuando juzgaron a los principales artífices y ejecutores del Holocausto en Núremberg (1945-1946), fue esencial juzgarlos respecto a un estándar justo. Hubiese sido inimaginable que los Aliados hubiesen dicho del Tercer Reich: “Cada uno a lo suyo; ¿quiénes somos nosotros para juzgar?”. También hubiese sido impensable que los Aliados hubiesen declarado: “La fuerza da la razón; os estamos juzgando simplemente porque os hemos ganado”. Si se iba a hacer justicia, tenían que juzgar esos crímenes de guerra por un estándar que estuviese tanto por encima de los nazis como de los Aliados. ¿Qué estándar estaría a la altura?

Sin duda, en el pasado, el estándar había sido “Dios”. En la Edad Media, los abogados de la iglesia hablaban de una “ley natural”. Un pensador de la Ilustración como Jefferson hubiese hecho referencia a las verdades morales “evidentes”. Sin embargo, en 1945 estos estándares se consideraron demasiado arrogantes o controvertidos. Los abogados en Núremberg trajeron el estándar a la Tierra. Acusaron a los responsables nazis de “crímenes en contra de la humanidad” (expresión que se utilizó en primer lugar para hablar de la esclavitud 100 años antes).

Fíjate en el cambio con el paso del tiempo. La “humanidad” ocupa ahora el lugar que una vez fue de “Dios”. Pero, ¿está la “humanidad” a la altura? En este punto, abundan los problemas.

¿A qué nos referimos con “humanidad” cuando la “humanidad” incluye tanto a las víctimas como a los responsables del mal? Algunos humanos escondieron de manera desinteresada a judíos durante la guerra y otros los mataron sin piedad en las cámaras de gas. Ambos son ejemplos de lo que la “humanidad” es capaz de hacer. Hay bondad en la humanidad, pero también hay tendencias asesinas.

Así que, ¿cómo llegamos a la conclusión de que la “humanidad” es por naturaleza antifascista? Los líderes principales del partido nazi no lo creían. Heinrich Himmler tenía claro que no somos “más que una parte de este mundo”. Los judíos son seres humanos también, admitió Joseph Goebbels, pero de igual modo, las pulgas son animales también, continuó. Si el fuerte se come al débil en la naturaleza, ¿por qué no en la sociedad? ¿Y por qué no debería ser la norma, incluso una virtud, que la raza de los amos domine sobre la raza de los esclavos? El propio Pinker realizó un experimento mental: si la virtud se equipara con “los sacrificios que benefician a tu propio grupo en comparación con otros grupos, […] entonces el fascismo [es] la ideología más virtuosa y el compromiso con los derechos humanos la mayor forma de egoísmo”.

Ni Pinker ni yo sentimos la más mínima simpatía por el fascismo. Pero el punto es averiguar por qué. Y, si somos sinceros, no se debe a ninguna obviedad sobre la “humanidad” (o, para el caso, “la ciencia”). Como observó el escritor T. S. Eliot: “Si eliminas de la palabra ‘humano’ todo lo que la creencia en lo sobrenatural le ha dado al hombre, es posible que al final lo veas como un pequeño animal extremadamente inteligente, adaptable y travieso”. Esto es un problema.

Si todos somos simios peleones, entonces no hay una justicia trascendente para condenar el nazismo. Lo que hemos hecho (en gran parte sin darnos cuenta) ha sido subirnos a una pila de biblias y pronunciar el veredicto con toda la seriedad de dos milenios de historia cristiana. Pero si alguien nos pregunta sobre qué nos basamos, ocultamos los cimientos, hacemos afirmaciones trascendentes sobre la “humanidad” y (esta se ha convertido en la táctica principal) señalamos de nuevo la evidente maldad de quienes se oponen a los derechos humanos. Después de Auschwitz, es imposible negar esa maldad.

Cuando se formó la Organización de las Naciones Unidas (1945) y se elaboró la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), se hizo de manera explícita “a la sombra del mal”. Para enfrentarse a tal mal, la declaración usa la misma palabra que usaron Roosevelt y Churchill, expresando la “fe” común que tienen los pueblos de las Naciones Unidas “en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres”. Reconoce la “dignidad intrínseca y […] los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”, pero cuando aborda el fundamento de tal fe, el preámbulo básicamente señala de nuevo a la sombra del mal. Argumenta que “el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad”. En realidad, no nos aporta la base de los derechos que defendemos; por el contrario, nos señala el abismo infernal que está ahí. La declaración dice que es mucho mejor estar aquí. Lo cual es cierto. Pero también debemos preguntarnos: ¿cuál es el origen del aquí? ¿Cómo conseguimos el aquí? ¿En base a qué podemos permanecer?

Una crítica común que recibe la declaración es que acierta con el “qué” de los derechos humanos, pero falla en el “por qué”. Proclama una visión del valor y la dignidad humanos que es completamente admirable y, en gran medida, injustificada. Sin embargo, esta realidad refleja a la perfección la postura de cualquier persona hoy en día:

—¿Crees en los derechos humanos?

—Naturalmente.

—¿Por qué?

—[…] ¿Quién eres? ¿Una especie de nazi?

Huir del abismo y perder el rumbo

Bien se ha dicho que Jesús y Hitler son las dos figuras que más han impactado el pensamiento moral de Occidente. Durante diecinueve siglos hemos tenido una visión pro-Jesús, ahora tenemos una visión anti-Hitler. Tom Holland ha resumido la nueva visión: “Ya no necesitábamos al diablo porque teníamos a Hitler. Ya no necesitábamos el infierno porque teníamos Auschwitz”.

No está muy claro qué es lo positivo que tenemos, pero la “nueva” moralidad es un caso de inversión del nazismo (que en sí mismo fue una inversión del cristianismo). Si los nazis buscaron la supremacía racial, buscaremos la igualdad racial. Si los nazis mataron a los débiles, los cuidaremos con los estados de bienestar. (A menudo se bromea con que el National Health Service [Servicio Nacional de Salud] es la verdadera religión estatal del Reino Unido). 

Los mayores pecados de la era de la posguerra se han convertido en la violación de la igualdad y de la compasión. Según el psicólogo Jonathan Haidt, los dos fundamentos morales que los liberales modernos más valoran son la “justicia” y el “cuidado” (mientras que otros valores como la lealtad, la autoridad, la santidad y la libertad se consideran menos importantes o incluso ininteligibles). Los pecados que, en realidad, nos importan son los “ismos”, sobre todo el racismo y el maltrato a las minorías. Los insultos que más abundan son los que terminan en “intolerante” o “-fobo/-foba” y la predictibilidad de los argumentos morales que usan la comparación con los nazis es tan segura que la consideramos una regla.

Este es el tipo de acuerdo moral al que hemos llegado: una mezcla entre un cristianismo secularizado y un antifascismo de posguerra (que es en sí mismo el resultado de la sensibilidad cristiana). La compasión y la igualdad reinan de manera soberana como ideales (a menudo bajo los títulos de “diversidad” e “inclusión”). Estas creencias son valiosas en sí mismas, pero ya no se basan en la historia cristiana que primero les dio significado.

En resumen, la respuesta puramente secular al siglo XX ha logrado huir de ese gran abismo y, sin embargo, ha perdido el rumbo en el proceso. Da la vuelta al nazismo, pero no por ello restaura la visión original. Trata de alcanzar valores abstractos (como “humanidad”, “derechos”, “libertad”, “progreso”), pero, separados de su origen, estos valores están inconexos, y nosotros también.

No obstante, al mismo tiempo, el siglo XX nos dio una visión diferente. A la vez que tenía lugar la historia secular había otro ejemplo moral muy diferente y muy cristiano. Terminemos con la esperanza que Martin Luther King proclamó.

“He estado en la cima de la montaña”

El 3 de abril de 1968, Martin Luther King dio el discurso La cima de la montaña. Se comparó con Moisés, quien guio a los israelitas a través del desierto, pero que murió antes de entrar en la tierra prometida. Justo antes de morir, Moisés ascendió a la cima del monte Nebo donde Dios le mostró “la tierra donde abundaba la leche y la miel”. King consideraba que estaba en esa situación, liderando una labor que no terminaría en vida, pero que no fracasaría porque era de Dios:

Como cualquier persona, me gustaría tener una larga vida; la longevidad tiene su lugar. Pero eso no me preocupa ahora. ¡Yo solo quiero hacer la voluntad de Dios! Y Él me ha permitido subir a la montaña. Y he mirado y he visto la Tierra Prometida. Puede que no llegue allí con vosotros, pero quiero que sepáis esta noche, que nosotros, como pueblo, llegaremos a la Tierra Prometida.

Aquí encontramos una fe inquebrantable en el progreso. Sin embargo, es diferente al optimismo de Pinker. Y es lo contrario a los violentos “grandes pasos adelante” de Mao y similares. El día después de que King pronunciase este discurso, le dispararon. En su historia vemos una vida dedicada al amor sacrificial y una esperanza superior y, como tal, vemos un destello de la vida de Jesús. Hay un arco en nuestra existencia. Pero resulta que el arco no se eleva como un arcoíris antes de posarse en la distancia. El arco tiene una forma de u alargada y dolorosa, que se sumerge en grandes profundidades de sufrimiento antes de elevarse hacia la justicia y la paz.

La visión de King es una visión manifiestamente bíblica con un llamamiento que, sin duda, es parecido al de Cristo. Predica sin preocuparse de suavizar o secularizar el lenguaje. Y la ironía es que esta mentalidad celestial no restó valor al gran atractivo de King: fue su origen. En verdad, todo lo que decimos acerca de los derechos humanos tiene un origen cristiano (lo mencionemos o no). King simplemente estaba hablando la lengua materna de la igualdad e impactó los corazones cristianizados de sus oyentes con una fuerza antinatural. Todavía habla si tenemos oídos para escucharlo. Y necesitamos escucharlo.

La sociedad occidental se ha dividido incluso en grupos de identidad más reducidos, con una narrativa cada vez menos compartida que nos una. Cuando surge el conflicto, tenemos menos recursos sociales y espirituales que nos ayuden a perdonar y reconciliarnos. El río secular se está secando. Sin embargo, hay esperanza. Es irónico que podemos encontrar el progreso al volver: al volver atrás al origen.


Este artículo ha sido tomado del libro El aire que respiramos, escrito por Glen Scrivener. El texto corresponde al capítulo 8, titulado “Progreso”; allí se encuentran las notas y referencias. Puedes adquirir este libro a través de Andamio.

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En Cristo,

Giovanny Gómez
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Autor

Glen Scrivener

Glen Scrivener es un ministro y evangelista ordenado de la Iglesia de Inglaterra que predica a Cristo a través de la escritura, la expresión oral y los medios en línea. Él dirige el ministerio evangelístico Speak Life. Glen es originario de Australia y ahora él y su esposa, Emma, viven con sus dos hijos en Inglaterra. Pertenecen a All Souls Eastbourne. Es autor de varios libros, incluyendo The Air We Breathe: How We All Came to Believe in Freedom, Kindness, Progress, and Equality y 3-2-1: The Story of God, the World, and You.

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