¿Será que la Iglesia de hoy está reorganizando los muebles en la cubierta del Titanic? Me explico: mientras muchas almas allá afuera se hunden en la perdición, las congregaciones trabajan para redistribuir a los mismos creyentes. Unos miembros salen de una iglesia molestos tras un proceso de disciplina y terminan sentados en otra. Así, una congregación celebra que sus bancas se llenaron mientras la vecina lamenta la falta de asistencia, cuando en realidad solo hemos cambiado a la gente de lugar. Y mientras nos esforzamos en este movimiento de personas, casi ningún inconverso está entrando por la puerta.
Pero este problema no solo se ha dado en nuestra época. En su autobiografía, el conocido predicador del siglo XIX, Peter Cartwright, contó que pasó semanas enteras predicando y trabajando hasta el cansancio en un lugar llamado Stockton Valley. Después de mucho esfuerzo, vio cómo un buen grupo de personas creía en Cristo. Sin embargo, al tener que continuar su circuito de predicación hacia otro pueblo, un grupo de predicadores bautistas que llevaba años sin ir por allí se presentó ante los nuevos conversos para convencerlos de que debían unirse a su denominación.
Pero, a diferencia del caso narrado por Cartwright (un ejemplo de proselitismo abierto entre denominaciones), lo que ocurre hoy suele ser más sutil. Rara vez vemos a un pastor tratando de llevarse a los miembros de otra iglesia de forma tan directa. Hoy el cambio es voluntario. Son los mismos creyentes quienes deciden ir de una congregación a otra buscando un estilo de música que les guste más, instalaciones más cómodas o programas más entretenidos para sus hijos. Y el mayor peligro de esta migración constante es que es engañosa; les da a las iglesias una falsa ilusión de éxito.

En este artículo quiero explorar brevemente este fenómeno. ¿Por qué tantos creyentes viven saltando de una iglesia a otra? ¿Qué sucede con el evangelismo a los inconversos? Y al final, traeré sobre la mesa algo de sabiduría pastoral del pasado que nos ayude a recordar cuál es nuestra verdadera misión, para no quedarnos solamente acomodando sillas.
Crecimiento por transferencia
El así llamado “crecimiento por transferencia” es un asunto que la sociología de la religión ha analizado detenidamente durante décadas. De hecho, autores como William Chadwick, en su conocido libro Stealing Sheep: The Church’s Hidden Problems of Transfer Growth (Robando ovejas: el problema eclesial escondido del crecimiento por transferencia), han advertido de forma clara sobre los peligros de medir el éxito eclesial a partir de la reubicación de cristianos que cambian de bancas.
Sin embargo, el amplio estudio de este tema se sale de los límites de este artículo. Aquí basta con señalar que se trata de algo que está ocurriendo justo ahora. Un informe publicado el mes pasado por Lifeway Research nos ofrece una radiografía muy reciente de este fenómeno. Para este análisis, se encuestó a pastores de congregaciones protestantes sobre sus promedios de asistencia presencial y las métricas de evangelismo en sus comunidades, comparando la evolución de sus congregaciones a lo largo de los últimos dos años.
A primera vista, las cifras parecen bastante alentadoras. Un 54% de los pastores protestantes afirma que la asistencia promedio a sus cultos principales ha aumentado en los últimos dos años, mientras que un 30% señala que se ha mantenido estable y solo un 16% reporta un descenso. En promedio, la asistencia creció un 16% en ese período. Los lugares de reunión, en apariencia, están recibiendo más gente. Sin embargo, al examinar de cerca quiénes integran ese flujo de personas, la investigación revela de dónde proviene realmente ese público.

El estudio muestra que la inmensa mayoría de quienes llegan por primera vez a una congregación no son personas que acaban de conocer a Cristo, sino creyentes que simplemente migraron desde otra iglesia. En la iglesia promedio, apenas el 20% de los nuevos asistentes corresponde a personas que anteriormente no iban a ningún templo. Esto significa que el 80% restante son miembros que vienen de otras congregaciones.
La tendencia, además, va en claro deterioro: en 2016, los no creyentes representaban el 27% de los nuevos integrantes, lo que demuestra que las iglesias dependen cada vez más de la migración interna para mostrar números positivos. Es más, un 12% de los pastores encuestados reconoció que absolutamente ninguna de las personas que comenzó a asistir a su iglesia en los últimos dos años era ajena a la fe.

El panorama de las conversiones confirma este estancamiento evangelístico. Aunque la asistencia general ha subido, la proporción de nuevos conversos respecto al total de asistentes ha disminuido significativamente. En 2016, las iglesias registraban en promedio 16 decisiones de fe por cada 100 asistentes; en el estudio actual, esa cifra cayó a 11 por cada 100. Además, un 9% de las congregaciones afirmó no haber visto ni un solo nuevo creyente en todo el año anterior.
Sobre la urgencia que este escenario plantea para el pueblo de Dios, Aaron Earls, escritor senior de Lifeway, añade:
Estos datos no significan automáticamente que el Evangelio se esté compartiendo menos que hace una década, pero sí muestran que menos personas están respondiendo al mensaje del Evangelio (…). Esta triste realidad debería motivar a las iglesias a orar por la salvación de quienes están en sus comunidades y a redoblar esfuerzos para equipar y movilizar a sus congregaciones para compartir las buenas nuevas de Jesucristo.
Aunque estas mediciones provienen de Estados Unidos, la lección es plenamente aplicable a la Iglesia en todo el mundo. Con frecuencia celebramos que una congregación se llene como si fuera un triunfo del Reino o un síntoma de avivamiento, cuando en realidad estamos presenciando un simple crecimiento por transferencia. Estamos reorganizando a los mismos creyentes, mientras la población que no conoce a Cristo sigue creciendo fuera de nuestros edificios sin ser alcanzada.

¿Por qué circulan los santos?
Ahora, hagamos un alto. ¿Siempre está mal recibir creyentes antiguos en la congregación? Según las reflexiones del pastor Erik Raymond, en su artículo titulado Is Transfer Growth Bad? (¿Es el crecimiento por transferencia algo malo?), la respuesta corta es no. Él nos recuerda que existen situaciones perfectamente legítimas, e incluso necesarias, en las que un creyente debe asistir a otra iglesia. La razón más obvia es un cambio geográfico: cuando alguien debe trasladarse de ciudad por motivos laborales, familiares o de estudio, lo más saludable e indispensable es que busque una nueva comunidad local donde congregarse.
Sin embargo, hay otra razón igual de válida y profunda: la salud espiritual. Hay creyentes sinceros que, por diversas circunstancias, llegaron a congregaciones donde, más allá de la denominación a la que pertenezcan o de lo atractivos que sean sus programas, la Palabra de Dios no se enseña ni se aplica con fidelidad. Cuando en una iglesia la doctrina bíblica se toma a la ligera, el liderazgo tolera el pecado sin arrepentimiento o comete algún tipo de abuso, o la predicación sustituye el Evangelio por simple entretenimiento, el creyente no encuentra alimento ni espacio para crecer. En estos casos, buscar una comunidad bíblicamente sana donde se proclame la verdad y se viva el discipulado real es una decisión responsable de fidelidad a Dios.
Ahora bien, aunque estos casos justifican la reubicación individual, el crecimiento por transferencia jamás podrá ser la fuerza motriz ni el objetivo de la misión eclesial. La Gran Comisión de Mateo 28 no fue dada para que reorganicemos a los creyentes que ya existen, sino para que la Iglesia vaya y haga discípulos en todas las naciones, bautizando y enseñando a aquellos que estaban lejos de Dios. El corazón del mandato de Cristo exige la conversión de personas que no lo conocen.

Entonces, ¿por qué hoy predomina tanto la circulación de cristianos entre iglesias? La respuesta de fondo apunta a un problema de convicciones: hemos abrazado una comprensión distorsionada de lo que es la iglesia, tanto hacia adentro como hacia afuera.
Mala eclesiología hacia adentro
Hacia el interior de nuestras comunidades, el problema radica en que hemos comenzado a ver la iglesia como consumidores y no como miembros de un cuerpo. En su libro Descubre de nuevo la iglesia (Rediscover Church), Jonathan Leeman y Collin Hansen nos recuerdan una verdad fundamental: Dios no nos da la iglesia que nosotros queremos, sino la que necesitamos.
Cuando un creyente asume una postura de consumidor, evalúa a su congregación como evaluaría un supermercado o un servicio de televisión. Espera que la música se ajuste exactamente a sus gustos, que los sermones sean entretenidos y que nada de lo que ocurra confronte su estilo de vida. Si algo no le agrada o si surge un roce interpersonal, la solución más fácil que encuentra la cultura actual no es resolver el conflicto con paciencia y perdón, sino cancelar la “suscripción” e irse a la iglesia del otro lado de la calle. Esta rotación constante demuestra que se ha perdido de vista la verdadera naturaleza de la comunidad cristiana, la cual nos llama a comprometernos mutuamente, soportarnos en amor y madurar juntos.
El ejemplo más doloroso de esta eclesiología defectuosa se ve en la disciplina eclesial. Cuando un creyente cae en un patrón de pecado no arrepentido y el liderazgo de su iglesia intenta confrontarlo con amor pastoral para buscar su restauración, la práctica del church hopping (saltar de iglesia en iglesia) le ofrece una salida fácil. En lugar de someterse al proceso bíblico de corrección y arrepentimiento, la persona simplemente se retira y se suma a otra congregación el domingo siguiente. Para colmo, ¡muchas veces es recibida con los brazos abiertos por líderes que no indagan sobre su pasado!

Así, el crecimiento por transferencia termina convirtiéndose en un refugio para la falta de arrepentimiento y en una burla a la santidad de la iglesia.
Mala eclesiología hacia afuera
Hacia el exterior, la falla eclesiológica consiste en haber confundido el aumento de público con el verdadero crecimiento del Reino. El pastor Justin Burkholder, en su libro Sobre la roca, lo afirma así: “Llenar un salón con gente que canta, aplaude y escucha una predicación no significa que la iglesia ha crecido; solo significa que la asistencia ha aumentado”.
Cuando el éxito de una congregación se mide únicamente por la cantidad de personas sentadas en las bancas, los esfuerzos pastorales se inclinan hacia lo que resulta atractivo para quienes ya son cristianos. Se invierte tiempo y recursos en mejorar la comodidad y las experiencias de fin de semana para competir con la iglesia vecina, en lugar de capacitar a los creyentes para salir al mundo a proclamar el Evangelio a los perdidos.
Entonces, ¿cómo es que están creciendo nuestras iglesias? Si las bancas se llenan a costa del vaciamiento de otras congregaciones mientras los barrios y ciudades que nos rodean siguen sumidos en la ignorancia de Cristo, solo estamos cambiando de lugar las sillas del Titanic. Aquí vale la pena citar el ya mencionado libro de Chadwick, Stealing Sheep (Robando ovejas):
La forma en que la iglesia crece toca los valores fundamentales de la fe cristiana. La incapacidad para abordar el crecimiento por transferencia debilita la verdadera medida de nuestra productividad, tanto en la vida de las personas que hemos sido llamados a pastorear como en nuestra contribución real al bienestar del cuerpo de Cristo. El robo de ovejas ha prosperado durante demasiado tiempo bajo la apariencia de crecimiento. Debe ser visto por lo que realmente es.

Eclesiología al estilo Spurgeon
En la actualidad, hay muchos pastores, teólogos y líderes eclesiales trabajando arduamente para disminuir esta rotación de creyentes entre iglesias. Cada vez hay más voces alzándose para recordarnos la urgencia de impulsar el evangelismo real; están gritándonos, en cierto sentido, que dejemos de reorganizar los muebles del Titanic. Por lo tanto, aquí no hay mucho de novedoso o revolucionario que podamos añadir a esa conversación moderna.
Quizás nuestro mejor aporte sea volver la mirada atrás y rescatar la sabiduría pastoral del pasado. Al fin y al cabo, algunos pastores ya atravesaron (con éxito) las mismas dificultades que enfrenta nuestra Iglesia contemporánea. Uno de los mayores ejemplos de esta solidez es el predicador bautista Charles H. Spurgeon.
A lo largo de sus 38 años de ministerio en el Tabernáculo Metropolitano de Londres durante el siglo XIX, Spurgeon lideró una iglesia que experimentó un crecimiento monumental. Se estima que, durante su pastorado, más de 14.000 personas se unieron a la congregación, dejando a su muerte una iglesia con más de 5300 miembros activos. Pero esos números gigantescos no fueron producto de un simple traslado de creyentes. Claramente fueron el resultado de una iglesia que ejemplificó un celo extraordinario tanto por el cuidado hacia adentro (membresía) como por la responsabilidad hacia afuera (evangelismo).
Ya que hemos abordado cómo una eclesiología distorsionada fomenta el problema del crecimiento por transferencia, vale la pena conocer cómo Spurgeon trató ambos frentes de manera bíblica.

Membresía: una entrega total
Si la eclesiología moderna del “consumidor” fomenta iglesias llenas de asistentes que no rinden cuentas, la respuesta de Spurgeon era un llamado innegociable a la membresía formal. En su conocido sermón Joining the Church (Uniéndose a la iglesia), él dejó claro que el deber de todo cristiano no es simplemente “ir” a los cultos, sino entregarse por completo a una congregación local y a sus hermanos.
Spurgeon conocía bien las excusas de su época (exactamente las mismas de hoy) para evitar este compromiso. El fenómeno de rotar continuamente entre congregaciones suele alimentarse de un idealismo irreal: la búsqueda de una iglesia sin fallas, con un liderazgo intachable, una música impecable y hermanos que jamás defrauden. Spurgeon confrontó directamente a quienes justificaban su falta de compromiso o su constante peregrinaje eclesial señalando los defectos de los demás:
Entonces, tú eres perfecto, por supuesto. Si es así, te aconsejo que vayas al cielo y te unas a la iglesia allí, porque ciertamente no eres apto para unirte a ella en la tierra, y estarías bastante fuera de lugar. ¡Supongo que no hay nada malo en ti! (…). Sentí, cuando me uní a la iglesia, que obtendría mucho más bien del que probablemente aportaría, y con todos los defectos que he visto viviendo estos 20 años o más en la Iglesia cristiana, puedo decir, como un hombre honesto, que los miembros de la Iglesia son lo excelente de la tierra.

En estas palabras, Spurgeon desarma la actitud del creyente flotante mediante tres reflexiones pastorales profundas que vale la pena desglosar.
En primer lugar, pone al descubierto la falta de humildad. Quien abandona una iglesia o se niega a echar raíces en ella exigiendo perfección, actúa bajo la premisa implícita de que él mismo es perfecto. Spurgeon señala la ironía: si existiera una iglesia terrenal absolutamente pura y sin manchas, el primer excluido tendría que ser ese mismo creyente crítico, pues su propia imperfección arruinaría la pureza de la congregación. La búsqueda de una iglesia ideal suele ser, en el fondo, una máscara del orgullo espiritual.
En segundo lugar, redefine la naturaleza de las iglesias. La comunidad de creyentes no es un museo para exhibir santos impecables ni un centro de entretenimiento para clientes exigentes. Las iglesias son familias de redimidos en proceso de santificación y un hospital donde los pecadores perdonados aprenden a convivir. Pretender que no tengan defectos es ignorar la realidad del Evangelio: Dios nos salva en nuestra debilidad y nos coloca intencionalmente al lado de personas imperfectas para que aprendamos a ejercitar el perdón, la paciencia y el soporte mutuo. Quien huye en cuanto ve una falla, huye precisamente del terreno donde Dios quiere moldear su carácter.
En tercer lugar, cambia la perspectiva del beneficio. Spurgeon confiesa que, al unirse a la iglesia, no lo hizo pensando en lo mucho que él iba a aportar o en lo que la iglesia debía ofrecerle, sino reconociendo su propia necesidad de ser pastoreado y cuidado por sus hermanos. A pesar de haber visto de cerca las debilidades humanas tras décadas de ministerio pastoral, su conclusión no fue el desencanto ni la apatía, sino la afirmación honesta de que, con todas sus fallas, el pueblo de Dios sigue siendo lo mejor que hay sobre la tierra.

Entender la iglesia desde esta perspectiva destruye el church hopping (saltar de iglesia en iglesia). Cuando un cristiano comprende que no está llamado a encontrar un club a la medida de sus gustos, sino a entregarse a un cuerpo local, deja de actuar como un evaluador insatisfecho.
Evangelismo: trabajar en la cantera
Spurgeon afirmaba que cuando una congregación mide su efectividad únicamente por el volumen de asistencia, cae fácilmente en la tentación de reclutar creyentes descontentos de otras iglesias o de fabricar “conversos” para inflar los reportes. Para corregir esta distorsión, Spurgeon dedica el capítulo inicial de su obra The Soul Winner (El ganador de almas) a definir qué significa realmente ganar un alma para Cristo. Spurgeon comienza abordando lo que muchos equivocadamente confunden con el evangelismo:
No consideramos que ganar almas consista en robar miembros de iglesias ya establecidas y entrenarlos para que pronuncien nuestro santo y seña particular: nuestro objetivo es más bien llevar almas a Cristo que hacer conversos para nuestra sinagoga. (…) Consideramos una absoluta bajeza edificar nuestra propia casa con las ruinas de las mansiones de nuestros vecinos; preferimos infinitamente trabajar nosotros mismos en la cantera.
Frente a esta falsificación, Spurgeon recuerda que ganar un alma es una obra profunda, sobrenatural y transformadora en la que Dios utiliza al creyente como un instrumento. Este proceso bíblico abarca la instrucción clara de la mente, la impresión profunda en la conciencia y la regeneración por el Espíritu Santo. No se puede ganar un alma gritando a la gente que crea sin antes enseñarles qué deben creer; se debe instruir a la persona en las verdades centrales del Evangelio, como la santidad de Dios, la gravedad de la caída humana, la justicia de la ley, la sustitución penal de Cristo en la cruz y la necesidad de la gracia.
Cuando la iglesia comprende el evangelismo de esta manera, deja de gastar sus energías compitiendo por los cristianos de la zona o montando espectáculos para atraer público. Entiende que su llamado es ir a la cantera del mundo desacralizado, picar la piedra dura de los corazones no conversos mediante la proclamación fiel de la Palabra y confiar en que el Espíritu Santo obre el milagro de la salvación.
Referencias y bibliografía
Autobiography of Peter Cartwright : the backwoods preacher | Archive
Peter Cartwright: The Work of an Evangelist | IGRC
Book Review: Stealing Sheep, by William Chadwick | 9Marks
Stealing Sheep: The Church’s Hidden Problems of Transfer Growth | Amazon
Pastors Report Growing Attendance, but Fewer Unchurched Newcomers | Lifeway Research
Is Transfer Growth Bad? | The Gospel Coalition
You Don’t Get the Church You Want, but the One You Need | Crossway
Rediscover Church: Why the Body of Christ Is Essential | Crossway
¿Cómo crece la iglesia? | Coalición por el Evangelio
Sobre la roca: Un modelo para iglesias que plantan iglesias | Amazon.com
