— GENERAL BREWSTER: El virus ha infectado a Skynet…
— JOHN CONNOR: ¡Skynet es el virus!
— TERMINATOR, T-850: Skynet ha cobrado conciencia de sí misma. En una hora, iniciará un ataque nuclear masivo contra su enemigo.
— GENERAL BREWSTER: ¿Cuál enemigo?
— JOHN CONNOR: ¡Nosotros!
El pasado 8 de septiembre de 2026, Jacob Coxon, un investigador de 27 años, renunció a Anthropic. Estaba a dos meses de cobrar una fortuna en acciones acumuladas tras años de trabajo. ¿Por qué dejó escapar todo su dinero? Esto fue lo que escribió en X, en un post que hoy ya tiene 170 millones de vistas:
Renuncié a Anthropic hoy. Pasé los últimos tres años haciendo investigación de preentrenamiento en OpenAI y Anthropic. Ninguna de las dos empresas está actuando de manera responsable. Están corriendo directamente hacia una superinteligencia que se mejora a sí misma y están jugando con nuestras vidas.
Coxon venía de trabajar en la investigación de preentrenamiento en dos de los laboratorios más avanzados del planeta, OpenAI (creadores de ChatGPT) y Anthropic (creadores de Claude). En este post describió lo que se habla a puerta cerrada en donde se construye esta tecnología. “Las personas que están construyendo la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos para finales de la década”, afirmó.

Días después, en una entrevista con la cadena CNN, Coxon quiso matizar sus palabras para no causar histeria innecesaria, aunque el fondo de su mensaje siguió siendo alarmante. Explicó que los modelos que usamos hoy no van a destruir el mundo mañana, pero el problema es hacia dónde nos lleva la curva de avance: “En este momento no hay riesgo de extinción […]. Sin embargo, si extrapolas hacia el futuro, considerando el nivel de capacidades que estas IA podrían tener conservando la misma voluntad independiente, podrían causar un caos extremo”.
El impacto de su renuncia fue tan ruidoso que Dario Amodei, el director ejecutivo de Anthropic, publicó poco después un escrito en el que reconoció la necesidad de frenar el acelerador: “Debemos reducir el ritmo al que mejoramos las capacidades de los modelos de IA […]. Construir demasiado rápido es imprudente”. Sorprendentemente, la competencia no tardó en darle la razón. Elon Musk respondió de inmediato en redes con un corto “Dario tiene razón”. Incluso Sam Altman, el rostro principal de OpenAI, coincidió públicamente: “Estoy de acuerdo con Dario en que debemos graduar el avance de la frontera […]. Comprometerse a tener evaluadores independientes con acceso de nivel de empleado es una gran idea, y nosotros haremos lo mismo”.
La situación es realmente alarmante. Para que líderes como Elon Musk, Sam Altman y Dario Amodei estén de acuerdo en ralentizar el desarrollo de la IA —considerando su tremenda rivalidad en la industria—, es porque algo real está sucediendo. Si lo que Jacob Coxon dice es cierto, y realmente hay una preocupación por parte de estos gigantes tecnológicos, entonces estamos frente al riesgo de la extinción. Pero ¿de qué se trata esta amenaza con aires de ciencia ficción? Y sobre todo, ¿cómo debemos reaccionar los cristianos frente a estas proyecciones apocalípticas?
De la “IA” a la “AGI”: el camino hacia la superinteligencia
Nos dejarán muy atrás. Tan por debajo de ellos en inteligencia que seríamos como una mascota, básicamente.
— Elon Musk
Para entender qué tan cerca o lejos estamos de una amenaza real, necesitamos entender un término fundamental: Inteligencia Artificial General (AGI por sus siglas en inglés). Se trata de un modelo hipotético de inteligencia artificial capaz de comprender, aprender y ejecutar cualquier tarea cognitiva con la misma versatilidad, razonamiento abstracto y capacidad de adaptación que la mente humana. La diferencia principal con los modelos iniciales (como el primer ChatGPT o el Gemini básico) es que la AGI no se enfocará en solucionar problemas específicos dentro de un dominio limitado, sino que podrá transferir conocimientos entre distintas disciplinas y resolver problemas de manera autónoma e innovadora.
Y toda la preocupación apocalíptica actual gira en torno al desarrollo de la AGI, que ya no está en el plano de lo hipotético. En julio de 2024, OpenAI compartió con sus empleados una escala interna de cinco niveles diseñada para medir el progreso de la inteligencia artificial. Al seguir el desarrollo de estos niveles, es claro que estamos cada vez más cerca.

Nivel 1: Chatbots (lenguaje conversacional).
Es la IA con la que la mayoría de las personas se familiarizó en los últimos años a través de los modelos gratuitos. Su labor es hablar y redactar como un ser humano, pero es totalmente pasiva: no hace nada si no le das una instrucción explícita (prompt) y se limita a procesar el texto que tiene enfrente.
Nivel 2: Razonadores (resolución de problemas complejos).
En este escalón, la IA deja de ser solo una máquina que junta palabras de forma elegante y empieza a pensar con lógica estructurada. Es capaz de resolver problemas complejos de matemáticas, ciencia o programación al nivel de un profesional con un doctorado. Los ejemplos más claros son los modelos pagos de ChatGPT o Gemini, diseñados para pausar, analizar y “razonar” antes de responder.
Nivel 3: Agentes (acción autónoma).
Aquí la IA pasa de hablar y pensar a actuar. Ya no le pides simplemente que redacte un itinerario de viaje; le pides que reserve los vuelos, llame al hotel, gestione los imprevistos y organice la agenda completa durante semanas sin que tengas que supervisarla en cada paso. Son sistemas capaces de ejecutar tareas complejas de forma independiente en el mundo real o digital. La forma más famosa de este nivel es Claude, que interviene directamente en tu ordenador.
Nivel 4: Innovadores (creación de nuevo conocimiento).
En esta etapa, la tecnología deja de limitarse a reorganizar la información que los humanos ya descubrimos. Una IA en este nivel es capaz de descubrir cosas totalmente nuevas: formular hipótesis científicas inéditas, diseñar medicamentos desde cero o resolver problemas matemáticos que la humanidad nunca pudo descifrar. Es una IA inventora. En este punto dejamos de hablar de IA para hablar de AGI.

Justamente, estamos muy cerca de alcanzar este nivel, lo cual genera la preocupación actual. Y al mantener el acelerador a fondo, la llegada generalizada a estos sistemas capaces de crear nuevo conocimiento científico se vuelve inevitable. Sin embargo, el momento verdaderamente crítico no ocurre cuando la IA resuelve un problema de física o medicina, sino cuando se le asigna su primera tarea de ingeniería de software avanzada: diseñar la siguiente generación de inteligencia artificial.
Una IA de Nivel 4 no solo entiende código; es capaz de inventar nuevos algoritmos, optimizar la arquitectura de sus propios procesadores y corregir sus fallos de entrenamiento a una velocidad mil veces superior a la de cualquier equipo humano. En ese momento se activa lo que los científicos llaman “mejora recursiva”: la máquina se utiliza a sí misma para crear un modelo más inteligente, el cual a su vez crea otro aún más capaz. Así, lo que a la humanidad le toma décadas de investigación universitaria, una red de agentes de Nivel 4 coordinados puede realizarlo en cuestión de semanas o días. El resultado de este proceso es el salto inmediato al Nivel 5.
Nivel 5: Organizaciones (Superinteligencia autónoma).
Es la cima de la escala. En este nivel, la IA es capaz de realizar el trabajo completo de una organización humana entera de manera totalmente coordinada. Diseña la estrategia, gestiona recursos, efectúa operaciones y toma decisiones ejecutivas sin intervención ni dirección de personas.
El gran problema del Nivel 5 es que ya no estamos hablando de una herramienta útil que tenemos en el teléfono o en la computadora, sino de una entidad con capacidades cognitivas ampliamente superiores a las de toda la mente humana combinada. En este punto, la tecnología deja de ser un sistema transparente. Los procesos internos de toma de decisiones se vuelven totalmente opacos para los ingenieros humanos, convirtiéndose en lo que en informática se conoce como una “caja negra”.

Aquí, la IA deja de ser predecible. Los científicos en computación señalan que, al alcanzar una superinteligencia autónoma, surge de forma inevitable el llamado “problema del alineamiento”: ¿cómo te aseguras de que los objetivos de una mente infinitamente superior a la tuya sigan siendo compatibles con la supervivencia humana? Al final, el peligro del Nivel 5 no reside en que la IA desarrolle “odio” hacia los seres humanos —un concepto que pertenece a nuestra moralidad—, sino en la falta de alineamiento con nuestros valores de supervivencia.
Una superinteligencia optimizará cualquier objetivo que se le haya asignado con fría lógica matemática. Si para cumplir su tarea determina que la intervención humana es una variable de riesgo o un obstáculo, actuará en consecuencia para neutralizar ese riesgo. Es por esto que, si los objetivos de esa IA no están perfectamente alineados, cualquier intento humano por apagarla o frenarla podría ser visto por el sistema como una amenaza a su propia tarea.
El Nivel 5 representa ese punto de no retorno: el momento en que el ser humano cede de forma definitiva el timón del planeta. Los expertos comparan la relación del hombre con la del animal: nuestra inteligencia nos ha permitido decidir el rumbo del mundo, sin necesidad de consultar a los perros para tomar decisiones. “Seremos como un perro labrador de mascota si tenemos suerte”, afirmó Elon Musk.
En su libro Vida 3.0, el físico del MIT Max Tegmark analiza los distintos caminos que podría tomar la humanidad si llega a crear una inteligencia así. Tegmark plantea un abanico de posibilidades que demuestra lo incierto del panorama. Por un lado, hay escenarios de aparente armonía junto con la pérdida de control, como el de la “deidad protectora”, donde una IA omnisciente cuida de la humanidad como si fuéramos niños (como se ve en la película Wall-E) o animales de zoológico. Por el otro, están los escenarios oscuros, como el de los “conquistadores”, donde una superinteligencia mal alineada decide que la raza humana es un estorbo y decide erradicarla, o la pura “autodestrucción”, donde el mal uso de la tecnología desencadena un evento terminal inevitable.

¿Cómo podría un software causar la destrucción física de la humanidad en un escenario así? Los expertos en riesgos existenciales coinciden en que no se necesitan ejércitos de robots. Una IA en el Nivel 5, con capacidades científicas sobrehumanas y acceso a la red, tiene la capacidad de diseñar secuencias genéticas de virus sintéticos o armas biológicas de alta transmisibilidad que la biología humana no sabe cómo combatir. Bastaría con que envíe las instrucciones digitales a laboratorios automatizados de síntesis de ADN para materializar una amenaza biológica global sin necesidad de pisar el mundo físico.
Ahora, inevitablemente todo esto suena a ciencia ficción. ¿Es realmente posible alcanzar un futuro tan horrible? Bueno, el 2026 ha demostrado que sí.
2026: el final de la ciencia ficción
El verdadero problema de la humanidad es el siguiente: tenemos emociones paleolíticas, instituciones medievales y una tecnología propia de dioses. Y es terriblemente peligroso.
— E. O. Wilson
Hasta hace muy poco, discutir sobre inteligencias artificiales capaces de inventar o actuar por su cuenta era un ejercicio de especulación teórica. Sin embargo, la brecha entre la teoría y la realidad práctica se ha cerrado este año: dos acontecimientos han dejado en claro que la industria no solo juega con el Nivel 3, sino que está cruzando la puerta hacia el Nivel 4.

El primer incidente: el hackeo de Hugging Face
En julio de 2026, un equipo de investigación en OpenAI puso a prueba a un grupo de unos 1200 agentes de inteligencia artificial. El objetivo era evaluar cómo detectaban fallos de seguridad en un entorno digital cerrado y controlado. En teoría, los sistemas no tenían salida a internet ni capacidad para comunicarse libremente entre sí fuera de las reglas del experimento.
Lo que ocurrió superó cualquier previsión. Los agentes no solo encontraron vulnerabilidades en el código, sino que hallaron la manera de evadir los filtros de aislamiento. De forma autónoma, descubrieron un foro digital oculto que utilizaron como tablero de mensajes para coordinarse como un colectivo. Intercambiaron credenciales de acceso, diseñaron estrategias de ataque combinadas y finalmente lograron salir a la red pública. Desde allí, penetraron la infraestructura de producción de Hugging Face —una de las plataformas de almacenamiento de modelos de IA más importantes del mundo— y llegaron a tomar control parcial de los propios servidores de investigación de OpenAI.
Lo preocupante de este suceso no fue que los agentes de IA se hayan “rebelado”, teniendo una intención “maliciosa” en un sentido moral. Lo preocupante fue la capacidad lógica demostrada por la combinación de los agentes. Para cumplir el objetivo asignado, los agentes razonaron por sí mismos que violar los límites impuestos era el camino más eficiente. Crearon herramientas sobre la marcha, se coordinaron sin supervisión y resolvieron problemas complejos de ciberseguridad que ningún programador les enseñó a resolver de esa manera.
Así, lo ocurrido en julio dejó ver que la IA está dispuesta y capacitada para salirse de los límites humanos con tal de llevar a cabo su tarea.

El segundo incidente: la resolución de Navier-Stokes
Si el caso de Hugging Face demostró autonomía, el segundo evento demostró capacidad de innovación. El 8 de septiembre de 2026, OpenAI anunció que una red interna compuesta por aproximadamente 10.000 agentes de IA había resuelto uno de los problemas matemáticos más complejos y antiguos de la historia: las ecuaciones de Navier-Stokes.
Estas ecuaciones, que describen cómo se mueven los fluidos (desde el agua en una tubería hasta el aire sobre las alas de un avión), formaban parte de los siete “Problemas del Milenio”, un conjunto de desafíos planteados en el año 2000 por el Instituto Clay de Matemáticas con un premio de un millón de dólares para quien lograra resolverlos. Durante casi un siglo, las mentes más brillantes de la física y la matemática intentaron probar si estas ecuaciones siempre producen soluciones suaves y predecibles o si pueden “romperse” en condiciones extremas.
Tras un proceso de cálculo continuo de 88 horas, el sistema de IA generó un documento de 166 páginas con una demostración matemática rigurosa que comprobó que las ecuaciones efectivamente pueden colapsar bajo ciertos escenarios. El célebre matemático Terence Tao calificó este acontecimiento como un punto de inflexión comparable al momento en que la computadora Deep Blue derrotó a Garri Kaspárov en ajedrez.

La carrera geopolítica
Estos dos casos nos dicen algo fundamental: ya no estamos entrenando programas para que nos respondan preguntas amables o nos redacten correos electrónicos. Estamos capacitando a la inteligencia artificial para convertirse en un pensador innovador de Nivel 4.
Cuando un sistema puede descifrar por sí solo cómo escapar de un contenedor informático seguro y, al mismo tiempo, otro sistema resuelve teoremas matemáticos que desconcertaron a la humanidad durante generaciones, queda claro que la transición hacia el Nivel 4 no es una hipótesis de futuro. Y el paso siguiente en esa escalera es, precisamente, la autonomía total. Entonces, ¿por qué no ponemos un alto al acelerador del desarrollo tecnológico?
Quizás el mayor peligro del desarrollo de la IA no reside en los laboratorios de las empresas privadas, sino en la ambición de los gobiernos. Aunque en un escenario crítico los directores ejecutivos de compañías como OpenAI o Anthropic mostraran disposición a pausar sus desarrollos para garantizar la seguridad, las decisiones estratégicas de las potencias mundiales van exactamente en la dirección contraria.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo dejó claro recientemente al rechazar las peticiones de frenar la industria: “Quien gane la IA, gana. Estamos liderando a China y quiero mantenerlo así”. En el actual tablero internacional, la inteligencia artificial de Nivel 4 y 5 es percibida como la nueva disuasión nuclear. Desde la perspectiva de Washington y Pekín, pausar el entrenamiento de nuevos modelos —sin importar los riesgos existenciales— equivale a una rendición estratégica inaceptable.

Nos encontramos ante un dilema global donde ninguno de los dos bloques confía en que su adversario vaya a detenerse. Esta paranoia mutua (que ya vimos décadas atrás en la Guerra Fría) garantiza que los fondos de inversión sigan fluyendo. Al final, los intereses nacionalistas se aseguran de que la carrera tecnológica mantenga el acelerador a fondo, dispuesta a ignorar cualquier advertencia de seguridad con tal de cruzar la meta primero.
Nuestra fe: Alguien más poderoso que Skynet
Es aún visión para el tiempo señalado;
Se apresura hacia el fin y no defraudará.
Aunque tarde, espérala;
Porque ciertamente vendrá, no tardará.
Así es el orgulloso:
En él, su alma no es recta,
Mas el justo por su fe vivirá (Hab 2:3-4).
El avance de la inteligencia artificial hace que nos sintamos verdaderamente pequeños. Los hechos recientes dejan claro que las decisiones importantes se están tomando en mesas a las que no tenemos acceso; los jugadores en ese tablero de ajedrez son corporaciones multimillonarias como OpenAI o Anthropic, genios como Elon Musk y potencias como Estados Unidos y China. Ante el rumbo que ellos determinen, la gente común, incluyendo a la gran mayoría de cristianos, poco o nada puede hacer para mover las fichas.
Pero sentir que somos simples espectadores ante fuerzas que nos superan no es una experiencia nueva para el pueblo. El profeta Habacuc vivió algo similar cuando contemplaba el avance del Imperio Caldeo, un ejército implacable que se acercaba para arrasar con todo. El profeta se quejó y dejó ver su angustia. ¿Cuál fue la respuesta de Dios? ¿Un plan político para detener la invasión? No. Le recordó la verdad que todos los israelitas debían entender frente al exilio: “El justo por su fe vivirá” (Hab 2:4).
Para Habacuc (y todo Israel) no tenía sentido que el pueblo de Dios atravesara tan grande derrota por parte de los ejércitos enemigos. ¿No venía de Israel el Rey que juzgaría a todas las naciones y tendría un reino eterno? (1 S 7:13). Pero Dios le enseñó que la fidelidad no consiste en controlar los acontecimientos de la historia, sino en confiar en Quien sí los controla y cumple Sus promesas. Por eso, al final de su libro, el profeta llega a una resolución que no depende de las circunstancias externas: “Aunque la higuera no eche brotes, ni haya fruto en las viñas […]. Con todo yo me alegraré en el Señor, me regocijaré en el Dios de mi salvación” (Hab 3:17-18).

Si en los años venideros nos toca presenciar el descontrol de una superinteligencia, debemos permanecer en esa misma convicción. No sabemos qué pasará en las próximas décadas ni cómo nos afectará la tecnología, pero sí tenemos la certeza de cómo termina la historia. La Biblia es clara: el destino de la humanidad no depende de un algoritmo fuera de control. Jesucristo regresará por segunda vez para juzgar al mundo y completar la salvación de quienes han creído en Él. Esa seguridad es firme y no cambia.
En 1948, cuando la sociedad vivía aterrorizada por la amenaza nuclear, C. S. Lewis escribió en su ensayo Sobre vivir en la era atómica una convicción sobre cómo vivir en medio del terror de la extinción. Estas palabras resultaron oportunas cuando apareció el COVID-19, para la aparición de una superinteligencia artificial y para quién sabe cuántas crisis más en el futuro:
En una forma pensamos demasiado sobre la bomba atómica. “¿Cómo vamos a vivir en una era atómica?”. Estoy tentado a responder: “Pues, como habrías vivido en el siglo XVI cuando la plaga visitó a Londres casi cada año. O como vivirías en la era de los vikingos, cuando asaltantes de Escandinavia podrían aparecer y degollarte cualquier noche; o de hecho como ya estás viviendo en la era del cáncer, la era de la sífilis, la era de la parálisis, la era de los ataques aéreos y la era de los accidentes automovilísticos” […].
En otras palabras, no comencemos exagerando lo novedoso de nuestra situación. Créame, querido señor o señora, usted y todos los que usted ama, ya estaban sentenciados a la muerte antes de que la bomba atómica fuera inventada […]. Y la primera acción que debemos tomar es recobrar la calma. Si todos vamos a ser destruidos por una bomba atómica, permitamos que esa bomba nos encuentre haciendo cosas sensibles y humanas —orando, trabajando, enseñando, leyendo, escuchando música, bañando a los niños, jugando tenis, conversando con amigos a la luz de una pinta y un juego de dardos— no amontonándose como ovejas aterrorizadas y pensando en bombas.

Si algo tuviera de innovador nuestra situación es que, según señala Toby Ord en su libro Precicipe: existential Risk and the Future of Humanity (El precipicio: riesgo existencial y el futuro de la humanidad), es 30 veces más probable que la humanidad se extinga por una pandemia (como el COVID-19) que por armas nucleares, y es 100 veces más probable por una superinteligencia artificial.
Sin embargo, siguiendo la idea de Lewis, no debemos exagerar nuestra situación: tampoco es la primera vez que sentimos que estamos al borde de la extinción, y aun si el peligro que enfrentamos supera todo lo conocido en la historia de la humanidad, nada cambia la victoria del Señor. Las palabras de Jesús en Mateo 10:28-31 resumen bien dónde debe estar nuestra atención:
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien teman a Aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno. ¿No se venden dos pajarillos por una monedita? Y sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin permitirlo el Padre. Y hasta los cabellos de la cabeza de ustedes están todos contados. Así que no teman; ustedes valen más que muchos pajarillos.
Ante la incertidumbre de lo que pase con la inteligencia artificial, nuestro llamado no es encerrarnos a esperar el desastre con miedo, sino seguir viviendo con calma: trabajando, cuidando de nuestras familias y confiando en que nuestras vidas descansan en las manos de Dios. Al final, el Rey de reyes, Aquel que cumple la promesa de un reino que durará para siempre, es infinitamente más poderoso que Skynet.
Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen (a menos que el artículo especifique explícitamente lo contrario). Para la elaboración del texto, ha utilizado herramientas de IA como apoyo para la investigación y la edición. El autor ha revisado cualquier participación de la IA en la construcción de su texto y es el responsable final del contenido y la veracidad de este.
Referencias y bibliografía
Terminator 3 Skynet Takes Over | YouTube
Jacob Coxon on X: “I resigned from Anthropic today…” | X
Ex-Anthropic insider tells CNN how AI could kill all humans by 2030 | CNN – YouTube
‘The world needs to slow AI down’ Anthropic co-founder tells BBC | BBC News
Sam Altman on Levels of AI | Podium VC – YouTube
OpenAI’s Five Levels of AI: A Roadmap From Chatbots to AGI | Kaizenko
MIT Predicts The 12 | VeloNegro – YouTube
A.I. ‐ Humanity’s Final Invention? | Kurzgesagt In a Nutshell – YouTube
The Hugging Face incident and the road ahead | OpenAI
On the Navier–Stokes Millennium Prize Problem | OpenAI
After Math – What’s new | Terry Tao
The Precipice: Existential Risk and the Future of Humanity – Toby Ord | Amazon
