Cuidar al vulnerable: el paso que la Iglesia debe dar más allá de reunirse

Una iglesia en Chile ha hecho del cuidado de niños vulnerables una parte central de su vida comunitaria. Mientras enseña la Biblia, pone en práctica la misericordia al acompañar y ayudar a niños en riesgo y a familias adoptivas y de acogida.

Imagen: Envato Elements

En la Iglesia Unión Cristiana, ubicada en Viña del Mar, Chile, el cuidado de las personas vulnerables es una parte integral de la vida congregacional. Convencida de que la religión pura y sin mancha es visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, esta congregación ha buscado un equilibrio entre la enseñanza bíblica y el servicio práctico.

Al servir allí como pastor, y tras haber sido miembro durante tres décadas, Claudio Fuentes conoce de cerca esta labor. Junto a su esposa Daniella, con quien lleva 18 años de matrimonio, decidió vivir de primera mano el sistema de acogimiento familiar. Hoy tienen cuatro hijos: dos biológicos y dos de acogida. Su hijo mayor de acogida está en proceso de adopción, mientras que su hija menor de acogida ya partió a su familia definitiva a través de la adopción.

Claudio y Daniella Fuentes / Crédito: Cortesía de la familia Fuentes

Esta experiencia personal, marcada por los retos del trauma infantil y el dolor de despedir a una menor que partió con su familia adoptiva, moldeó su comprensión de la misericordia. Actualmente, su iglesia lleva a cabo diferentes ministerios para servir al vulnerable: acompañan a muchas familias que han optado por la adopción y el acogimiento, mentorean a quienes están en riesgo de que sus niños les sean quitados por el Estado chileno y trabajan en múltiples iniciativas comunitarias.

En esta entrevista, David Riaño conversó con Claudio Fuentes sobre cómo su familia y su congregación llegaron a comprometerse con la infancia vulnerada. También abordaron la eclesiología detrás de sus ministerios, los desafíos prácticos del acogimiento, el rol de los pastores al guiar a la iglesia y los efectos del activismo eclesiástico en América Latina.

Para comenzar, cuéntanos qué los llevó a nivel personal a involucrarse tan profundamente en el cuidado de la infancia vulnerada.

La convicción sobre la necesidad de la misericordia, del cuidado al extranjero, a la viuda y al huérfano, debe ser una convicción teológica y doctrinal en todo cristiano. Pero en mi caso específico, la decisión personal sobre el cuidado de la infancia vulnerada comenzó aquí en casa, cuando empezamos a considerar con mi esposa la importancia de acoger niños. Yo tenía bastantes dudas de si hacerlo o no, y finalmente el Señor me convenció. Si bien implicaba dolor para mí y para mi familia, no se comparaba con el dolor de los niños que crecían sin familia.

Varias situaciones personales hace años (que no alcanzo a relatar aquí) fueron utilizadas por el Señor para prepararnos para acoger, y una vez que recibimos a nuestro primer niño, entre el año 2020 y 2021, eso nos llevó a comprender más profundamente el corazón de Dios respecto al cuidado de la infancia vulnerada. Así, si bien hay una convicción doctrinal, bíblica y teológica, el cambio profundo sucedió una vez que ya nos lanzamos como matrimonio a servir.

Familia Fuentes / Crédito: Claudio y Daniella Fuentes 

¿Cuál es el fundamento bíblico que ha llevado a la iglesia a estructurar todas estas labores de misericordia a la par de la enseñanza?

Creemos que la Biblia expresa el foco central que debe tener toda congregación local. Al ver la primera iglesia del libro de los Hechos, aprendemos que los cristianos glorifican a Dios a través de dos cosas: palabras y obras. Estas constituyen el “mínimo irreductible” para cualquier iglesia local moderna, no importando su tamaño.

En los primeros capítulos del libro de Hechos vemos que, además de congregarse en sus reuniones generales, los primeros cristianos perseveraban en las casas enseñando la doctrina de los apóstoles y compartiendo sus bienes con los necesitados (capítulos 2 y 4). Más adelante, Hechos 6 registra la primera crisis en la atención a los vulnerables, la cual motivó la institución del diaconado, y Hechos 15 expone la resolución de la primera gran controversia doctrinal de la época. Claramente la vida de la iglesia primitiva giraba en torno a estos dos ejes: la Palabra y el amor; la verdad y la gracia.

Así, a la luz de este principio bíblico, en nuestra congregación estructuramos el trabajo en dos pilares: discipulado bíblico y misericordia. El primero comprende diversos ministerios de enseñanza en grupos pequeños y medianos, distribuidos por hogares o rangos de edad. El segundo, que el Señor nos ha permitido fortalecer cada vez más, abarca tanto la atención interna como la externa.

Ambos pilares son indispensables, pues se sostienen mutuamente. Si una comunidad no discipula ni enseña las Escrituras, el servicio al necesitado se reduce a mera acción social desprovista del verdadero amor a Cristo. Pero si únicamente se enfoca en la doctrina y descuida el amor práctico, corre el riesgo de caer en el envanecimiento y el endurecimiento del corazón, tal como Jesús le advirtió a la iglesia de Éfeso en Apocalipsis 2.

Hechos muestra a los primeros cristianos perseverando en la doctrina, la comunión y el cuidado de los necesitados, también desde sus casas. / Crédito: Unsplash

Mencionas que la iglesia también se ha involucrado en esta labor. ¿Cómo funciona en la práctica este ministerio hacia la orfandad dentro de la congregación?

Actualmente tenemos un ministerio llamado “Voz del vulnerable”, que tiene como foco educar y promover en la iglesia local el cumplimiento de nuestro rol de embajadores de Cristo en el cuidado de la infancia vulnerable. Este ministerio tiene áreas de trabajo internas y externas.

Dentro de nuestra comunidad, acompañamos y capacitamos a las familias que han adoptado o acogido niños a través de consejerías individuales o de desayunos mensuales en conjunto. También realizamos cursos y capacitaciones para la congregación, enseñando temas como el trauma complejo y la historia eclesiástica del cuidado de la orfandad; y capacitamos en el Evangelio y crianza a madres que están en extrema vulnerabilidad y en riesgo de perder a sus hijos. Incluso hermanos de la iglesia se inscriben para ayudar a construir viviendas básicas para estas familias en riesgo. Además, contamos con la entrega de canastas de alimentos para familias en dificultad económica y la visita a enfermos y adultos mayores.

Ahora, fuera de la iglesia, Voz del vulnerable apoya y hace seguimiento a un centro infantil y a un centro de adolescentes que tenemos en Chimoio, una ciudad en el país africano de Mozambique, donde actualmente tenemos dos misioneras sirviendo en el campo. El ministerio también efectúa mentoreo y evangelismo en las residencias infantiles de Viña del Mar y visita mensualmente una población en riesgo para hacer escuelas bíblicas. Adicionalmente, sostenemos un comedor semanal y una escuela de alfabetización y escolarización para personas en situación de calle.

Como te darás cuenta, es mucha actividad. Por supuesto, esto no lo hace solo un puñado de personas. Son muchos los hermanos que están sirviendo en estas áreas diversas, según la multiforme gracia de Dios moviliza a cada cual a servir.

Dentro de la comunidad, Claudio y Daniella acompañan y capacitan a las familias que han adoptado o acogido niños. / Crédito: Familia Fuentes

El trabajo con el trauma y la vulnerabilidad está lleno de dificultades prácticas. ¿Cuál ha sido el mayor desafío que has atravesado en este ministerio, tanto a nivel eclesial como familiar?

Los desafíos al llevar a cabo un ministerio así son innumerables. En primer lugar están los desafíos eclesiásticos, porque al trabajar con gente vulnerable hay que tener bastante flexibilidad: hay malos olores, malas costumbres, griteríos y peleas. Mucha gente vulnerable recibe muy bien el Evangelio, pero otros no. Hay quienes tienen serios trastornos psiquiátricos, personas agresivas o que se van a aprovechar de la situación. Hemos atravesado por manipulación e incluso por juicios ante jueces; ante todo esto, la congregación muchas veces se cansa.

También existe un desafío educacional: enseñar a la iglesia a mirar con misericordia a adultos que crecieron con trauma complejo por haber sido niños vulnerados en residencias del Estado. Se trata de educar a la congregación en esa mirada compasiva y, al mismo tiempo, en cómo poner límites saludables. Son muchos los retos para la iglesia, pero asimismo es grande la recompensa. Hay una riqueza inmensa para los creyentes, porque no solo estudian la Palabra y crecen en conocimiento, sino que la aplican en la práctica y en obras.

Por otro lado, están los desafíos familiares, que considero los más complejos y profundos de mi vida. El propio desafío de acoger: lo que significa cuidar a un niño con trauma complejo y desregulaciones; lo que implicó acoger y amar a mi hija —a la que siempre voy a considerar mi hija— pero que ya se fue en adopción, y el duelo profundo de entregarla. Son procesos familiares que provocan cambios profundos y hacen que uno ya no vuelva a ser el mismo.

Pero, así como hay desafíos, hay grandes bendiciones familiares. Mis hijos actualmente ven el cuidado al vulnerable y al huérfano como algo normal en la vida: ya están esperando que acojamos al siguiente niño e incluso mi hija me ha dicho que, cuando sea mayor, quiere cuidar a muchos huérfanos. Ellos están creciendo no solo escuchando el Evangelio, sino viviéndolo continuamente, y la riqueza de eso es invaluable.

Los hijos del matrimonio Fuentes, ven el cuidado al vulnerable y al huérfano como algo normal en la vida. / Crédito: Claudio y Daniella Fuentes

Involucrar a tantas personas en procesos que traen dolor y bendición a la vez no es fácil. Pastoralmente, ¿cómo es que tantas familias de la iglesia están sirviendo de manera tan activa en el acogimiento?

En primer lugar, debo reconocer que esto es un absoluto milagro de Dios. Actualmente tenemos unos 30 niños entre adoptados y acogidos en las familias de la congregación, algo que no se puede presionar, manipular ni convencer; es una obra del Espíritu Santo en los corazones. Lo que sí nos corresponde es visibilizar la necesidad, porque “¿cómo irán si nadie los envía?”.

En segundo lugar, nunca proyectamos ser una “iglesia misericordiosa”, sino que simplemente discipulamos en la Palabra y la membresía empezó a madurar y a dar un fruto natural de amor. No es algo que se fuerce, sino un milagro de Dios que se manifiesta en Sus hijos cuando crecen sanos en Él.

Como pastores, recordamos que solo somos jardineros que regamos. Nuestro trabajo no es intentar que un limonero sea manzano ni que un manzano sea un naranjo, sino regar y poner tutores a los arbolitos más pequeños para que crezcan derechos y fuertes. El plan del jardín es de Dios. Entender esto trae mucho gozo pastoral, mientras que no comprenderlo es la causa de la gran frustración de muchos.

Claudio Fuentes / Crédito: Familia Fuentes

Es frustrante ver una necesidad —supongamos, la visitación a cárceles— y que nadie se levante para ello. Pero Dios es quien llama. Nosotros visibilizamos la necesidad, pero es Él quien moviliza los corazones. En ese sentido, hay que mantener una mirada amplia para distinguir dónde está obrando el Espíritu en misericordia y no frenar esa obra porque no estaba en nuestros planes, sino fortalecerla y regarla con la Palabra.

El Buen Pastor es Jesús, no nosotros; Él es quien ha puesto dones, capacidades y llamados en cada persona. Nuestra labor no es hacer que ellos cumplan lo que nosotros creemos que deben hacer, sino darles agua, discipularlos y ayudarlos a crecer en el área específica que Dios puso en sus corazones.

Cuán distinto es amar a 100 ovejitas, alimentarlas y preguntarle a Jesús cuál es Su plan para cada una, en lugar de intentar forzarlas a ir hacia donde nosotros queremos y frustrarnos porque solo unas pocas lo hacen. Dios preparó de antemano un camino de buenas obras para cada creyente, y nuestra tarea es ayudarlos a transitar por él. Ese camino no es nuestro plan ni el fruto de nuestros estudios en el seminario o de nuestras capacidades; es el diseño de Dios.

Algunos miembros de la iglesia se inscriben para ayudar a construir viviendas básicas para las familias en riesgo. / Crédito: Familia Fuentes

¿Consideras que este tipo de ministerios enfocados en la vulnerabilidad son comunes en las iglesias de América Latina?

Lamentablemente, no es común que las iglesias latinoamericanas tengan ministerios dedicados a cuidar vulnerables, en gran parte debido a la falta de discipulado. La mayoría de la Iglesia en la región se ha dedicado al activismo eclesiástico centrado en los cultos —multiplicando reuniones, retiros y actividades—, descuidando el escudriñar la Palabra y la comprensión de la misericordia como un ministerio de igual relevancia que la asistencia a una reunión.

A las familias creyentes que van madurando en la fe se las desgasta asistiendo todos los días a la iglesia, en vez de decirles: “asiste una o dos veces a la semana y el resto del tiempo dedícalo a cuidar a un niño huérfano”. Ese activismo centrado en las reuniones ha consumido a la Iglesia y le ha restado fuerza para realizar lo que es prioritario a los ojos del Señor y que tanto se enfatiza en las Escrituras.

Para aquellas congregaciones que tal vez no han considerado este llamado, ¿qué les dirías respecto a la urgencia bíblica de involucrarse en el cuidado de los huérfanos?

La doctrina del bautismo es fundamental en la fe cristiana, y la Biblia hace unas 20 referencias a ella. En ese sentido, es muy interesante que ¡el cuidado a los huérfanos aparezca unas 40 veces! Si algo tan fundamental como el bautismo se menciona con esa frecuencia, pensemos en lo qué significa que el cuidado del huérfano aparezca el doble?. Incluso, si contamos en conjunto cuánto menciona la Escritura el tridente de la vulnerabilidad (huérfanos, viudas y extranjeros), ¡el número asciende a unas 200 veces! El énfasis es evidente. Basta con recordar las palabras que dirá el Rey de reyes cuando vuelva y divida a la humanidad en dos grupos (ovejas y cabras):

Entonces el Rey dirá a los de Su derecha: “Vengan, benditos de Mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui extranjero, y me recibieron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a Mí”. Entonces los justos le responderán, diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos como extranjero y te recibimos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a Ti?”. El Rey les responderá: “En verdad les digo que en cuanto lo hicieron a uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños, a Mí lo hicieron” (Mt 25:34-40).

La doctrina del bautismo es fundamental en la fe cristiana, y la Biblia hace unas 20 referencias a ella. / Crédito: Lightstock

Nuestras iglesias suelen inventarse otros ministerios que son de mucha bendición, como el de música o el de jóvenes, pero a diferencia de esos, el de misericordia para ayudar a los más vulnerables es explícitamente mencionado en el Nuevo Testamento. El tridente está presente en toda la Escritura, es un tema central y, por lo mismo, creo firmemente que no hay congregación en el mundo donde Dios no ponga esta carga en el corazón de más de un creyente.

Por eso insisto en la necesidad de dar espacio a la expresión del corazón misericordioso que Dios pone en la membresía. Pensemos en una iglesia de 100 personas: viendo el énfasis que la Biblia pone en este tema, es muy probable que Dios ponga esa disposición de servir fuertemente en al menos diez de ellas, porque Él es quien produce el querer como el hacer. Esto no significa que los demás no puedan colaborar, pero funciona igual que en las misiones: no todos salen al campo misionero, pero todos debemos dar, orar y enviar. Y este principio aplica para todo tipo de servicio eclesial.

Lo mismo ocurre con la orfandad: no todos adoptaremos o acogeremos niños, pero todos podemos orar, apoyar, aportar a estas familias y enviarlas. La clave está en reconocer cuáles son; no las fabricamos, sino que las encontramos porque Dios ya las puso en la congregación y nuestro deber es discipularlas.

Por tanto, cuando detectemos ese corazón de misericordia, estemos atentos para no desgastarlos en un activismo de miles de reuniones y cultos, sino guiémoslos por el camino de buenas obras que Dios preparó para ellos. Así crecerán con gozo, firmes como álamos, y no oprimidos ni forzados a ser cerezos, pues no lo son. Dios movilizará en nuestras iglesias a personas y matrimonios a disponerse para esta área específica de adoptar o acoger niños. No podemos forzarlo, pues el fruto es del Espíritu Santo; pero sí es nuestro deber predicarlo, observar qué personas levanta el Señor y apoyarles.

No todos adoptaremos o acogeremos niños, pero todos podemos orar, apoyar, aportar a estas familias y enviarlas. / Crédito: Lightstock

¿Cómo apoyarlos? Si una familia decide adoptar, acoger o trabajar en un hogar de huérfanos, debemos “adoptarla” como iglesia, orando por quienes la conforman, animándolos y aportando los recursos que podamos, tal como hacemos con los misioneros. También debemos conectarlas con organizaciones externas que las puedan respaldar y, si son tres o más familias, reunirlas entre sí, pues tal vez el Señor quiera levantar algo especial en la congregación.

Para concluir, ¿qué pensamiento o exhortación final te gustaría dejarle a la Iglesia sobre este llamado a la misericordia?

Estamos llamados como Iglesia universal a glorificar a Dios con palabras y obras; con verdad y gracia. Toda congregación debería tener grupos de discipulado y, asimismo, una columna fuerte de misericordia.

Y en esta área, no estamos llamados solo a tener un departamento de ayuda a los huérfanos, sino a forjar en la congregación una cultura de amor y compasión. Que sea un tópico recurrente en las prédicas, reflexiones y conversaciones, y que sea vivido por los hermanos e idealmente por el pastor mismo. Amar a los huérfanos, adultos mayores y necesitados no es solo un mandato, sino que refleja el núcleo mismo del corazón del Evangelio: que Dios nos adoptó a nosotros en Su propio núcleo familiar.

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Autor

David Riaño

Editor general de BITE Project

Es pastor de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Está casado con Laura y es padre de Catalina.

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