Los grandes avances surgen a partir de hallazgos inesperados, especialmente en los estudios bíblicos e históricos. Uno de los mayores descubrimientos del siglo XX fue el de los Manuscritos del Mar Muerto, localizados en Qumrán. Un accidente y la curiosidad de un joven permitieron dar con este gran tesoro de la arqueología y la literatura antiguas. El hallazgo transformó profundamente estos campos del saber al ofrecer un acceso excepcional al judaísmo del Segundo Templo y a la historia de la transmisión de los textos bíblicos. Los manuscritos permiten comprender con mayor precisión el mundo religioso en el que surgieron Jesús, Sus primeros seguidores y el cristianismo primitivo.
En este artículo exploraremos su descubrimiento, sus principales características y su importancia para los estudios bíblicos.
Un hallazgo imprevisto
Alrededor de diciembre de 1946 —aunque algunos lo datan en 1947—, tres primos beduinos, Eran Khalil Musa, Jum’a y Muhammad, se encontraban cuidando un grupo de cabras. Uno de ellos, Jum’a, salió en busca de una cabra extraviada entre los rocosos acantilados al noroeste del mar Muerto. Mientras la buscaba, encontró en lo alto una cueva que llamó su atención. Estaba localizada en lo que desde hace algunas décadas se conoce como Qumrán. Movido por la curiosidad, arrojó una piedra hacia la grieta de la cueva y escuchó el sonido de una vasija al romperse. Al explorar posteriormente su interior, los jóvenes encontraron varias vasijas de barro, la mayoría vacías, y algunos rollos antiguos que llegarían a conocerse como los manuscritos del mar Muerto.

Los jóvenes tomaron algunos de los textos antiguos en un zurrón (una bolsa grande que regularmente usan los pastores) y los llevaron al campamento de su tribu en Belén. El investigador J. Vázquez Allegue explica al respecto:
Hoy creemos que en aquel zurrón estaban el libro de Isaías y la Regla de la Comunidad [un manuscrito de los judíos asociados con Qumrán]. Entretanto, los dos jóvenes acompañados por otros beduinos volvieron a la zona del hallazgo y se introdujeron en la cueva. De ella extrajeron nuevos fragmentos de cuero y varios rollos como los que habían encontrado la vez anterior. Creemos que en esta segunda expedición, los beduinos se hicieron con otros cinco grandes rollos de la que posteriormente se identificó como la cueva 1.

Desde aquel momento, los manuscritos empezaron a pasar por las manos de anticuarios, religiosos e investigadores, sobre todo israelíes. Con todo, el hallazgo no debe confundirse con otro descubrimiento anterior: el de la biblioteca de Nag Hammadi, en 1945. Las diferencias entre ambos son múltiples: el lugar de origen, la datación, el contenido, el idioma y, sobre todo, el periodo histórico que abarcan.
Para aclarar esta distinción, podemos decir que en Qumrán se encontraron fuentes judías que iluminan el judaísmo anterior a Jesús, el contemporáneo a Él y el de Sus primeros seguidores. En cambio, en Nag Hammadi se hallaron fuentes que van más allá del siglo I d. C., cuyo contenido es de carácter gnóstico-cristiano de los siglos II y III d. C., es decir, posterior al judaísmo del Segundo Templo, a Jesús y a las comunidades cristianas primitivas.

Excavaciones y el descubrimiento de una comunidad
Los beduinos de la región desconocían el valor histórico de los manuscritos, pero se dieron cuenta de que podían obtener dinero de ellos, por lo que siguieron explorando en busca de otros documentos que pudieran vender. Así, lo que comenzó como el hallazgo de una cueva terminó siendo “media docena de lugares arqueológicos […] en una estrecha franja de desierto, de 18 km de largo y de pocos kilómetros de ancho”, según dijo el arqueólogo e historiador israelí Magen Broshi. Además, tras algunos análisis, se hizo evidente que poseían una antigüedad extraordinaria y que, por tanto, suponían un descubrimiento sin precedentes.
Entre los primeros estudiosos que reconocieron la importancia de este gran tesoro histórico, destacó Eleazar Lipa Sukenik, arqueólogo israelí y profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, quien adquirió varios manuscritos a finales de 1947. Él mismo relató su impresión al interactuar con algunos de estos textos:
Me temblaban las manos al empezar a desenvolver uno de ellos. Leí unas pocas frases. Estaba escrito en un hermoso hebreo bíblico. El lenguaje era similar al de los Salmos, pero el texto me era desconocido. Miré y miré, y de repente tuve la sensación de que el destino me había concedido el privilegio de contemplar un rollo hebreo que no se había leído en más de 2000 años.

Poco después, el religioso sirio Atanasio Yeshue Samuel llevó algunos rollos a Estados Unidos con la intención de venderlos. Finalmente, fueron adquiridos por el Estado de Israel en 1954.
Ahora bien, entre 1949 y 1956, arqueólogos como Roland de Vaux y Gerald Lankester Harding llevaron a cabo investigaciones sistemáticas en la zona. Recuperaron textos y fragmentos en un total de once cuevas. A partir de 1951, De Vaux dirigió varias campañas arqueológicas centradas en un asentamiento cercano a las cuevas llamado Khirbet Qumrán, el cual está ubicado aproximadamente a 1 km del lugar donde habían aparecido los primeros manuscritos.

Allí se hallaron edificios comunitarios, un complejo sistema de cisternas y piscinas rituales de inmersión, salas de reunión, depósitos de alimentos, hornos y talleres de trabajo, especialmente uno de alfarería con jarras idénticas a las de las cuevas. Además, se descubrió un cementerio con más de 1100 tumbas, de las cuales se excavaron aproximadamente 50 —en su mayoría se encontraron esqueletos masculinos—, así como una sala equipada con tinteros y mesas de mampostería, que al parecer fue un espacio de escritura (scriptorium). Todo esto sugirió la existencia de una comunidad religiosa, separatista y bien organizada.
Las excavaciones permitieron establecer que el antiguo asentamiento estuvo ocupado aproximadamente desde mediados del siglo II a. C. hasta el año 68 d. C., cuando fue destruido por los ejércitos romanos durante la primera guerra judeo–romana o Gran revuelta judía. La hipótesis tradicional, que todavía es objeto de debate, identifica Qumrán como un asentamiento de propiedad esenia, una de las principales corrientes del judaísmo, de carácter monástico y descrita por diversos autores antiguos. Todo apunta a que esta comunidad era sectaria y separatista con relación al judaísmo palestino tradicional, el cual estaba centralizado en Jerusalén y el Templo, y poseía una fuerte conciencia escatológica.

Los textos: su estado, caracterización y clase
En total, se hallaron aproximadamente 1000 manuscritos en la zona de Qumrán en hebreo, arameo y griego. Su datación se extiende desde mediados del siglo III a. C. hasta la segunda mitad del siglo I d. C.; es decir, aproximadamente entre los años 250 a. C. y 68 d. C. Algunos rollos se encontraron en tan buen estado que pueden considerarse casi completos, pero otros solo había fragmentos pequeños y aislados. Su estado de conservación varió debido a diversos factores, entre ellos las condiciones ambientales de las cuevas, el material de los manuscritos y la forma en que algunos de ellos fueron almacenados.
La literatura de Qumrán fue valorada, sobre todo, por la luz que arrojó respecto a la naturaleza del judaísmo antiguo. Lejos de mostrarlo como uniforme, presentó sus diversos grupos, su contexto complejo, su variado cuerpo de creencias, intereses, prácticas y escritos. En ese sentido, no es una exageración afirmar que gracias a este descubrimiento el conocimiento acerca de la Antigüedad, y especialmente de la comunidad judía en ese entonces, experimentó un vuelco positivo sin precedentes.

Además, los textos de Qumrán han sido identificados mediante un elaborado sistema de referencia que, si bien es bastante técnico, permite especificar los textos con gran precisión y confiabilidad. Martin Rosel explica la forma en que se especifican los rollos:
Primero, se nombra la cueva de donde procede el manuscrito, seguido de una ‘Q’ de Qumrán como lugar de hallazgo, y luego una breve descripción del contenido o el número de hallazgo. Un número romano puede designar la columna, un número arábigo la línea. Así, 1QpHab VIII,1 se refiere [leído de derecha a izquierda] a la primera línea (1) de la octava columna (VIII) del manuscrito päschär Habakuk (pHab), que se originó en la Cueva 1 (1Q).

Por su contenido y su relación con las Escrituras, los manuscritos de Qumrán pueden agruparse en distintas categorías. Una clasificación habitual distingue entre textos bíblicos, parabíblicos y otros escritos no bíblicos, entre ellos obras propias de la comunidad de Qumrán. Según la valoración porcentual de Laurence Schiffman, en la colección se encuentran un 25% de manuscritos bíblicos (unos 230), un 27% de literatura apócrifa y judía (unos 250), un 37% de textos propios de la comunidad o grupo de Qumrán (350 aproximadamente), y un 11% de manuscritos indefinidos (alrededor de 100). Esto implica que contiene múltiples temas.
Si se tiene en cuenta que la tradición hebrea considera Esdras y Nehemías como una sola obra, en Qumrán se encontraron manuscritos de todos los libros de la Biblia hebrea excepto de Ester; son los testimonios bíblicos más antiguos que se conocen, muy anteriores a los conservados desde la época medieval. En ellos se aprecia el gran valor que la comunidad daba a ciertos libros del Antiguo Testamento, como Isaías, Génesis o Salmos, y se pueden observar distintas variantes textuales: algunos presentan una forma cercana al texto hebreo masorético, mientras que otros se aproximan a la tradición textual reflejada en la Septuaginta (LXX). Es posible concluir que ambas circulaban en aquella época.

Entre los textos parabíblicos y no bíblicos se hallaron copias de la literatura deuterocanónica tradicional, como Tobit, Sirácida y la Carta de Jeremías (obras ya conocidas entre los eruditos), pero también se descubrieron libros desconocidos hasta entonces que ampliaron considerablemente el conocimiento de la literatura judía del Segundo Templo. Esta diversidad permite apreciar la complejidad de la relación que los judíos de aquella época mantenían con las Escrituras y con otros textos religiosos.
La literatura apócrifa forma parte de diversos intentos de reescritura, reinterpretación y contextualización de los textos bíblicos ante nuevas situaciones históricas. Este no era un fenómeno extraño en el judaísmo de la época. Algunas de estas obras reelaboraban y ampliaban las Escrituras de Israel a partir de nuevos contextos. Entre ellas se encuentran el Libro de los jubileos, el Libro de los gigantes y escritos relacionados con patriarcas como Leví y Neftalí. Junto a esta literatura aparecen también obras que reformulan o explican textos bíblicos, entre ellas la Paráfrasis del Pentateuco.

En cuanto a los textos extrabíblicos o sectarios, se encuentra toda una literatura característica de la constitución de una comunidad u organización de un grupo. Son de tipo apocalíptico, legal y cúltico; describen la vida de la comunidad, sus esperanzas y creencias. Entre ellos se encuentran el Documento de Damasco, el Libro de la guerra y el Rollo del Templo, entre otros.
Qumrán, Jesús y el Nuevo Testamento
El movimiento de Jesús no bajó del cielo como un meteorito. Por el contrario, nació dentro de un contexto histórico y religioso definido por múltiples factores. ¿Cuál fue?
Para responder a esa pregunta, conviene evitar dos extremos. El primero consiste en interpretar a Jesús y a Su movimiento en términos esencialmente esenios o directamente vinculados con Qumrán, como si esa comunidad y su fe representaran por sí solas el judaísmo del siglo I. El segundo extremo consiste en desligar a Jesús del judaísmo de Su tiempo y de Su propia tierra, hasta presentarlo como una figura helenista o moderna, ajena a su contexto histórico y distante de Su identidad como judío escatológico.

Resulta históricamente más sostenible reconocer que Jesús desarrolló un movimiento propiamente judío y escatológico de renovación. Su enseñanza compartía ideas presentes en el entorno religioso de Su tiempo, muchas de las cuales pueden identificarse tanto en la literatura del Antiguo Testamento como en la de Qumrán. Esto significa que numerosas ideas y actitudes que los Evangelios le atribuyen a Él ya estaban presentes, de distintas maneras, en grupos judíos contemporáneos, sin que por ello deba establecerse una relación de dependencia absoluta.
Como señala el biblista e historiador italiano Paolo Sacchi, la actuación y el mensaje de Jesús deben estudiarse a partir de las cuestiones planteadas por la sociedad en la que vivió y de sus propias categorías de pensamiento. Este procedimiento no disminuye su peculiaridad histórica; por el contrario, permite apreciarla con mayor exactitud. Los manuscritos del mar Muerto arrojan así una importante luz sobre la diversidad y complejidad teológica del judaísmo de la época de Jesús. En palabras del teólogo y especialista en el Nuevo Testamento, Klaus Berger, más que reflejar únicamente ideas sectarias, Qumrán y su literatura permiten percibir los latidos y las palpitaciones del judaísmo contemporáneo de Jesús y del Nuevo Testamento.

Muchas de las ideas de Jesús no fueron una completa novedad. Conceptos relacionados con el Espíritu, la restauración de Israel, el juicio escatológico, la Ley, la tradición, la resurrección, la profecía, la llegada del agente mesiánico de Dios y, sobre todo, el Reino de Dios, formaban parte del horizonte de expectativas del judaísmo de su tiempo.
Sin embargo, Sus actos y enseñanzas no se pueden reducir a una simple repetición de la fe judía de su época o de una corriente específicamente esenia. Aunque Él no partió de cero, sino que retomó diversas tradiciones conocidas dentro del judaísmo, también les otorgó un significado nuevo, acorde con la singularidad de Su identidad y misión mesiánicas. Del mismo modo, varias ideas presentes en Qumrán no aparecen en Su mensaje e incluso chocan con él.
Dentro de Su contexto, el Jesús histórico representó tanto continuidad como discontinuidad, similitudes evidentes y diferencias notorias. Como señala el biblista británico George J. Brooke, aunque reconocer ambas dimensiones implique un análisis más complejo, permite una aproximación histórica mucho más fructífera.
Qumrán ayuda, por tanto, a situar el caminar de Jesús en la Tierra en el contexto que le corresponde. Sus textos permiten comprender mejor Su trasfondo, iluminar algunas de Sus ideas y establecer contrastes significativos con otras corrientes del judaísmo de Su tiempo. Sin embargo, desde una perspectiva cristiana, tampoco hay que reducir a Jesús a ese contexto: Qumrán y su literatura son superados por la singularidad de Su persona y de Su misión escatológica, tal como las presentan el Nuevo Testamento y el cristianismo primitivo.
Referencias y bibliografía
Para comprender los Manuscritos del Mar Muerto (2012) de Jaime Vázquez Allegue (coord.). Estella: Editorial Verbo Divino.
Qumran: Die Texte vom Toten Meer und das antike Judentum (2016) de Daniel Stökl Ben Ezra. Tubinga: Mohr Siebeck.
The Dead Sea Scrolls and the New Testament (2005) de George J. Brooke. Minneapolis: Fortress Press.
Qumran und Jesus: Wahrheit unter Verschluss? (1993) de Klaus Berger. Stuttgart: Quell Verlag.
Historia del judaísmo de la época del Segundo Templo (2004) de Paolo Sacchi. Madrid: Editorial Trotta.
Qué se sabe de los Manuscritos del Mar Muerto (2014) de Jaime Vázquez Allegue. Estella: Editorial Verbo Divino.
Textos de Qumrán (2009) de Florentino García Martínez. Madrid: Editorial Trotta.
Bibelkunde des Alten Testaments (2021) de Martin Rösel. Gotinga: Vandenhoeck & Ruprecht.
El significado de los Rollos del Mar Muerto (2002) de James VanderKam y Peter Flint. Madrid: Editorial Trotta.
Los Manuscritos del Mar Muerto (1960) de Lea Scazzocchio. Montevideo: Ediciones Albe.
