“La meta de las psicoterapias es el bienestar, la de la consejería es la santidad”, Pr. David Barceló

Este pastor, que pasó de practicar la psicología a ejercer la consejería bíblica, reflexiona sobre el choque entre la psicoterapia y el Consejo de Dios. Nos habló del peligro de exponernos a demasiada información, de las olas migratorias en España y de las implicaciones de vivir un “cristianismo” sin iglesia local.

Imagen: BITE

Europa atraviesa una de las transformaciones culturales más profundas de su historia reciente. En ciudades como Barcelona, el panorama espiritual ha dejado de estar definido por las viejas catedrales para dar paso a un laicismo militante donde la fe cristiana ha sido prácticamente erradicada del debate público y las iglesias históricas terminan convertidas en museos o restaurantes. Al mismo tiempo, el vacío dejado por la religión tradicional no ha traído paz; las grandes metrópolis europeas registran niveles inéditos de ansiedad, depresión e incertidumbre existencial. Frente a esta crisis de salud mental, la sociedad posmoderna ha coronado a la psicoterapia secular como la nueva redentora, desplazando por completo el cuidado pastoral.

Es precisamente en este complejo escenario donde se mueve David Barceló Martínez. Licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona, Barceló ingresó en su juventud a las aulas universitarias con el deseo genuino de encontrar herramientas para ayudar a los demás. Sin embargo, su interinaje en el ámbito hospitalario clínico lo enfrentó a un choque de trenes: la incompatibilidad entre las metas humanistas que buscan el bienestar temporal y la suficiencia de las Escrituras, orientadas a la santidad. Esta tensión lo llevó a profundizar en la teología, cursando un Máster en Teología Bíblica en el Seminario Westminster de California y, posteriormente, un Doctorado en Consejería Bíblica en Westminster, Filadelfia.

David Barceló / Créditos: Cortesía de David Barceló

Desde mayo de 2005, este pastor originario de Palma de Mallorca, España, lidera la Iglesia Evangélica de la Gracia en Barcelona. En una región donde el cristianismo nominal se extingue, este miembro certificado de la Association of Certified Biblical Counselors (ACBC) y colaborador de ministerios como 9Marks defiende que la respuesta profunda para el corazón humano no se encuentra en un diván clínico ni en el menú de opiniones “a la carta” que los jóvenes consumen en Internet, sino en el diseño bíblico de la comunidad local.

En esta entrevista, Barceló analiza el intrusismo de las terapias seculares en la labor pastoral, advierte sobre los peligros del anonimato digital y desglosa el desafío de pastorear una comunidad multicultural que ya cuenta con más de 25 nacionalidades debido a la migración. Sus reflexiones apuntan hacia una verdad: en una sociedad que ha decidido darle la espalda a Dios, la iglesia local, con su llamado al discipulado real y la rendición de cuentas, sigue siendo el único refugio inquebrantable.

Sabemos que eres licenciado en Psicología, pero en Internet se te conoce por tus fuertes críticas a la terapia convencional. ¿Cómo fue tu proceso de pasar de esa disciplina a convertirte en un defensor de la consejería bíblica? 

Me considero un psicólogo no practicante, ya que esa es mi formación inicial. Llegué a hacer un cargo interino en un hospital, pero la experiencia no me convenció. Al contrario, a medida que avanzaba en mis estudios, notaba con mayor claridad un choque de trenes: se trataba de dos cosmovisiones completamente diferentes.

Quiero matizar que nunca debemos poner en tela de juicio la buena voluntad de las personas. Yo comencé a estudiar psicología convencido de que era algo bueno para ayudar al prójimo y para la Iglesia del Señor. Sin embargo, al adentrarme en la materia, descubrí que la meta, los recursos y el proceso son completamente distintos. El cristianismo y la psicología son dos filosofías de vida que no casan; el grandísimo esfuerzo que se ha hecho históricamente por intentar integrarlas es, en sí mismo, un síntoma de que no encajan de forma natural. Si lo hicieran, no haría falta tal empeño.

David Barceló es pastor de la Iglesia Evangélica de la Gracia, en Barcelona. / Créditos: Cortesía de David Barceló

Las diferencias son profundas. La meta de las psicoterapias es el bienestar; la de la consejería bíblica es la santidad y la conformidad a la ley de Dios. El proceso secular es terapéutico; el nuestro se llama santificación y consiste en parecernos cada vez más al Señor Jesucristo. Además, aquello que la psicología etiqueta como enfermedad, nosotros lo entendemos como un síntoma, porque no basta con suavizar el malestar; es indispensable llegar a la raíz profunda que se esconde en el corazón humano.

Fue un proceso teológico, filosófico y existencial. Primero me adentré en el integracionismo y, posteriormente, comencé a leer sobre la consejería bíblica propiamente dicha. El famoso psicólogo humanista Carl Rogers hizo el viaje inverso: asistió a un seminario, la teología lo decepcionó y se trasladó a la facultad de Psicología. Yo caminé en la dirección opuesta hasta llegar a un seminario para aprender teología, profundizar en la Palabra del Señor y descubrir cómo aplicar la consejería bíblica. Así fue como abandoné una disciplina para abrazar la otra.

Para que nuestra audiencia comprenda mejor, cuando hablas de descartar la psicología, ¿debemos incluir también los esfuerzos científicos que estudian el cerebro, la memoria o la química cerebral?

El gran problema al evaluar la psicología es que no es una disciplina homogénea; es sumamente heterogénea y cuenta con múltiples campos de aplicación. Prácticamente cualquier análisis de la conducta humana lleva ese apellido. Existen ramas fisiológicas, estudios de la memoria y subdivisiones muy cercanas a la medicina, como la psiquiatría o las investigaciones sobre el alzhéimer.

Podemos atender a la psicología en su aspecto descriptivo, así como a la biología, una ciencia que estudia la vida animal o humana, pero que a menudo llega a conclusiones equivocadas debido a sus parámetros evolucionistas. Con la psicología ocurre lo mismo: puede realizar observaciones muy correctas, pero equivocarse por completo en sus conclusiones. En todo caso, existen áreas como la psicología de la educación, los recursos humanos o el deporte donde no se produce un solapamiento directo con la fe.

La psicología abarca múltiples enfoques y campos de aplicación, por lo que requiere un discernimiento cuidadoso al ser evaluada. / Foto: Unsplash

Nuestra crítica se dirige específicamente a lo que el mundo denomina “psicoterapias”, con las que se pretende tratar los mismos asuntos de los que ya habla la Palabra de Dios: la angustia, la ansiedad, la depresión, la tristeza, la paternidad, el hogar cristiano y la resolución de conflictos. Las Escrituras nos ofrecen respuestas para todas esas realidades, pero la psicología ha venido a usurpar el lugar que le pertenece al ministerio pastoral. Hoy se habla mucho de intrusismo profesional, como si los pastores invadieran un terreno ajeno al abordar estos temas, pero ellos estaban allí antes. El verdadero intrusismo proviene de la psicología, pues creemos firmemente que el Consejo de Dios es el único que ofrece las respuestas profundas que el corazón humano necesita.

Hablemos de un caso específico. Si una persona está sufriendo profundamente y un psiquiatra bienintencionado le prescribe un medicamento para tratar su dolor emocional, ¿en qué punto es válido? ¿Dónde termina la consejería bíblica y dónde empieza la psiquiatría?

Es muy difícil distinguirlas porque, antropológicamente, somos cuerpo y alma; ambas dimensiones van de la mano. Cuando Dios hizo al hombre en el Edén, utilizó dos componentes: el polvo de la tierra y sopló aliento de vida. No es que yo sea un cuerpo y tenga un alma encerrada dentro, pues esa es una visión muy gnóstica. Yo soy cuerpo y alma en un dúplex inseparable; tan estrecha es esa unión que, cuando se separan, sobreviene la muerte.

Por lo tanto, todo dolor físico tiene un eco espiritual, y todo asunto espiritual se manifiesta con un componente físico. El problema de la psiquiatría secular y de la perspectiva monista del mundo actual es que su explicación inmediata para todo es que el origen es netamente biológico.

Cuerpo y alma forman una unidad inseparable, por lo que el sufrimiento humano no puede comprenderse reduciéndolo únicamente a una explicación biológica. / Foto: Unsplash

No estamos en contra de la medicación, sino de depender de ella y de asumir erróneamente que, como el fármaco produce cierto bienestar, el problema es puramente físico y ya no se necesita orientación espiritual. Un buen médico te dirá que si solamente quitas el dolor o la fiebre, produces alivio, pero enmascaras los síntomas de lo que realmente está provocando ese malestar. Esa es nuestra perspectiva desde el ministerio pastoral. En el mundo hedonista en el que vivimos el bienestar por sí solo es la meta, pero nuestro objetivo es tratar el corazón y ayudar al individuo a acercarse más al Señor.

Hace 200 años, un creyente común en Europa o Estados Unidos consumía información estrictamente relacionada con su fe: el sermón dominical, la lectura bíblica semanal y algún devocional ocasional. Hoy la realidad es opuesta debido a la ‘infoxicación’ (intoxicarse de tanta información). ¿Cómo se ve afectado un cristiano contemporáneo por este fenómeno?

Las personas acuden a internet (a los youtubers, a los influencers o al gurú de moda) ante la gran cantidad de información y la ansiedad existencial que produce el deseo de hallar respuestas a las grandes preguntas de la vida. Allí se saturan de datos y, al final, no encuentran una solución real. O bien, impulsadas por la misma prisa, se topan con respuestas que les ofrecen pautas inmediatas, lo cual suele conducir a una mayor desesperación. Soy de España, la tierra de Don Quijote, y ya sabemos lo que le ocurrió a él por leer demasiados libros de caballerías. Leer en exceso o acumular información no necesariamente ayuda; lo importante es saber hacia dónde encaminamos nuestros pasos. En este escenario, la Sola Escritura brilla con todo su fulgor.

Debemos actuar como los de Berea: analizar y examinar absolutamente todo bajo el tamiz de la Palabra, y depositar una mayor confianza en aquellos líderes locales que el Señor ha puesto cerca de nosotros, quienes nos aman y conocen nuestra realidad. Mi invitación no es a satanizar las redes; Internet no es malo en sí mismo, y de hecho lo estamos utilizando para sostener esta conversación. Sin embargo, su uso debe estar supeditado a las autoridades que Dios ha establecido en nuestras vidas —como los padres y los pastores—, que son quienes verdaderamente conocen nuestras luchas, quehaceres y ansiedades, y pueden brindarnos un consejo sabio.

Como los bereanos, examinemos todo a la luz de la Palabra de Dios. / Créditos: Lightstock

A veces, esa búsqueda desmedida en la red delata un descontento con la vida o incluso una sutil rebeldía. Se rastrean contenidos digitales con el único fin de encontrar a alguien que nos dé la razón y confirme los pasos que ya hemos decidido tomar autónomamente. A la luz de la Palabra, debemos contrarrestar esa tendencia y otorgar el peso correcto a la rendición de cuentas ante quienes cuidan de nuestras almas.

Además de la ‘infoxicación’ digital, vivimos en una época de fe “a la carta”. Es decir, las personas quieren tener una espiritualidad personalizada y original, muchos cristianos consumen una enorme cantidad de prédicas y contenido digital, y terminan siendo “guiados” por líderes a través de Internet. Asisten a reuniones virtuales o físicas solo cuando tienen ganas, pero en realidad no se someten a una congregación local. ¿Cuál es su perspectiva respecto a este problema?

Hay varias razones por las que alguien decide no identificarse ni sujetarse al liderazgo de una iglesia local. Puede haber raíces de rebeldía y orgullo, piensan que ninguna congregación ni pastor está a la altura para pastorearle. Esa falta de compromiso se materializa en la adicción a Internet, usan a un predicador virtual como una alternativa o escudo para justificar su desvinculación eclesial. 

Debemos huir de eso. Las plataformas digitales deben ser siempre un recurso al servicio de los pastores y de la misión local, pero lo que Dios inventó y estableció es la iglesia local. En el libro de los Hechos observamos que la Iglesia crece y los cristianos se desarrollan precisamente en el seno de una comunidad local. Nada puede sustituir ese diseño divino.

Las plataformas digitales deben ser siempre un recurso al servicio de los pastores y de la misión local. / Créditos: Lightstock

Es en la iglesia local donde se ejercen los dones espirituales. Allí servimos a nuestros hermanos y les damos la oportunidad de que nos sirvan; es donde, espiritualmente, nos lavamos los pies los unos a los otros. En la comunidad local somos pastoreados y conocidos en profundidad. Algunos prefieren el anonimato, pero este es altamente peligroso para la vida cristiana. De hecho, hay quienes buscan macroiglesias por esa misma razón: entran y salen sin que nadie se inmiscuya en sus vidas ni los conozca. En cambio, al formar parte de una congregación pequeña, nos vinculamos de forma intencional con otros hermanos en la fe y les otorgamos el permiso de entrar en nuestra vida, porque todos necesitamos ser pastoreados y rendir cuentas.

Este escenario es especialmente crítico en el caso de los jóvenes, porque están atravesando una etapa en la que deben tomar las decisiones más trascendentales (estudios, profesión, cónyuge, la ciudad donde vivirán y la iglesia a la que van a pertenecer). Son dilemas vinculados a su propia identidad. Esa presión puede detonar una mayor ansiedad y, por consecuencia, una búsqueda desesperada de respuestas que los vuelve más vulnerables a la adicción informativa de las redes.

En la labor pastoral nos ocurre con frecuencia que, cuando le damos un consejo a un joven, este ya tiene una enorme cantidad de argumentos listos. Al indagar de dónde los sacó, descubres que ha consumido decenas de videos de algún filósofo o gurú de moda. Internet puede estar boicoteando nuestro trabajo pastoral, porque los jóvenes no están recibiendo una guía real, sino un menú de opiniones externas y a la medida de sus deseos. 

Por eso el énfasis debe regresar a los vínculos reales: ¿quiénes te conocen y te aman de verdad? ¿Quién es tu mentor o pastor? ¿Cuál es la guía y el consejo que recibes de tus padres, especialmente si son creyentes? En lugar de construir una vida autónoma a la carta —una falsa independencia que nos conduce por derroteros peligrosos e inciertos—, debiera haber más humildad en la juventud. Se necesita una mayor sujeción a ese liderazgo que el Señor ha establecido, el cual está para ayudarles a tomar las decisiones correctas.

La sabiduría crece en la guía de quienes nos conocen y aman, no en la acumulación de opiniones de internet. / Créditos: Lightstock

Como iglesia, ¿cómo hacen evangelismo en una sociedad tan altamente secularizada y poscatólica como la europea?

La influencia del catolicismo es cada vez menor. El país y el continente entero avanzan por un camino de profunda secularización. La Europa de los grandes debates teológicos y los concilios ya quedó atrás; hoy la fe no forma parte de la conversación cotidiana. El interés se ha desplazado hacia la política, que ha pasado a ser el opio del pueblo. En este entorno posmoderno, el discurso teológico o apologético queda en un segundo plano debido a un relativismo que sostiene que no existen valores absolutos y que cada quien debe vivir su propia verdad.

Por lo tanto, estamos más necesitados que nunca de seguir las palabras del apóstol Pablo y recordar que nuestras vidas son cartas abiertas y biblias legibles para el mundo. Debemos encarnar el mensaje del Evangelio. Ese es el énfasis que transmitimos a nuestra congregación al hablar de compartir las Buenas Nuevas: debemos proclamar el mensaje de salvación, pero también respaldarlo con la realidad de matrimonios y vidas cambiadas, y una crianza distinta para nuestros hijos. El Evangelio debe aterrizar en el corazón y aplicarse a la cotidianidad.

Esta obra encuentra su máxima expresión en el cuerpo, que es la Iglesia: si una vida renovada es poderosa, el testimonio de muchas vidas alcanzadas por el Evangelio resulta arrollador. Cuando las personas se acercan a la comunidad y observan el día a día de la fe cristiana, el impacto llega a ser profundamente conmovedor. Es ahí donde descubren que el Evangelio es mucho más que palabras: es poder real para transformar al ser humano.

Nuestras vidas deben reflejar el Evangelio como cartas abiertas y legibles para el mundo. / Créditos: Lightstock

En las últimas décadas, millones de personas han migrado desde América Latina hacia países europeos, como España, y han querido integrarse en congregaciones locales por su trasfondo evangélico. Sin embargo, no todos en el entorno eclesial ven este fenómeno con optimismo. ¿Cuál es tu perspectiva respecto a esta migración masiva?

Al evaluar estos movimientos migratorios, debemos confiar plenamente en la soberanía del Señor; nada escapa de Sus manos. Fue Dios quien sacó a Israel de Egipto y quien permitió el cautiverio en Babilonia. Todos los desplazamientos humanos están bajo Su control y responden a un propósito dentro de Sus planes. Por lo tanto, es posible hacer una lectura sumamente positiva de la inmigración latinoamericana, ya que creyentes con un trasfondo cristiano buscan sumarse de inmediato a la obra. 

En el caso de España, la cercanía lingüística y cultural ha facilitado que este flujo nutra y fortalezca de manera significativa a las iglesias evangélicas: han incrementado tanto su asistencia como su membresía. Barcelona es una ciudad cosmopolita y nuestra congregación refleja esa misma realidad: contamos con más de 25 nacionalidades representadas, muchas de ellas de origen latinoamericano. Para nosotros, la migración constituye una bendición y una extraordinaria oportunidad misionera.

En las grandes ciudades europeas también convivimos con personas de todas las naciones, en una dinámica muy similar a la de Pentecostés. Si alguien desea evangelizar a pakistaníes, chinos, rusos o nigerianos, solo debe venir a Barcelona; todos ellos son nuestros vecinos y se convertirán en los canales para llevar el mensaje a sus compatriotas y a sus países de origen. Las naciones han venido a nosotros y el Señor nos está entregando un campo misionero en casa.

En España, la migración constituye una bendición y una extraordinaria oportunidad misionera. / Créditos: Unsplash

No obstante, también existe una lectura menos favorable, dado que la mayor parte de la inmigración que ingresa a Europa procede de países musulmanes, un sector donde la capacidad de diálogo, escucha y adaptación cultural es prácticamente nula en términos humanos. Sin pretender ser profeta, percibo esto como un juicio de Dios sobre un continente que corre el riesgo de convertirse, en 50 o 60 años, en un conjunto de repúblicas islámicas. Europa ha decidido dar la espalda a Dios, borrando el cristianismo de su constitución y transformando templos históricos en museos, restaurantes y, eventualmente, en mezquitas. Es la misma actitud del hijo pródigo cuando le dijo a su padre que para él había muerto y se marchó con la herencia.

A pesar de este sombrío panorama, el Señor sigue siendo soberano. Confiamos en que, aun en los escenarios más adversos —tal como ocurrió bajo el Imperio romano o frente a cualquier otra opresión histórica—, la verdadera Iglesia del Señor resplandecerá con más fuerza que nunca.

Existe cierta tendencia dentro de la Iglesia evangélica española a pensar que, si se integran demasiados migrantes, se perderá el alcance hacia los españoles nativos. ¿Cómo conviven personas de trasfondos tan diversos, como un español, un latinoamericano, un africano o un exmusulmán convertido?

Si alguien tiene problemas para sentarse a la mesa a comer o cenar con un extranjero, debe empezar a reparar ese prejuicio en su corazón, porque de lo contrario lo va a pasar muy mal en el cielo. Allí nos reuniremos personas de todas las naciones, lenguas y pueblos. De algún modo, la Iglesia se convierte literalmente en la antesala del cielo cuando somos capaces de romper la pared de separación. En el Nuevo Testamento, esa barrera existía entre judíos y gentiles; hoy tenemos otros retos culturales que superar y vencer, pero la meta sigue siendo que la comunidad eclesial funcione como una sala de espera del ámbito celestial.

La iglesia se convierte en la antesala del cielo cuando derriba las barreras que nos separan. / Créditos: Lightstock

Esta misma diversidad ha permitido que la iglesia que pastoreas en Barcelona se convierta en un polo del Evangelio y en un epicentro de envío para plantar en otros lugares, emulando lo que en su momento fueron ciudades clave como Roma, Jerusalén o Éfeso. ¿Cómo ha sido esa experiencia?

El énfasis fundamental debe estar siempre en la iglesia local. Históricamente, en el devenir del cristianismo, vemos que Dios la inventó y unió como un rebaño y una nación santa. Ella es la unidad básica de combate en el reto de alcanzar a todas las naciones para Cristo. Este no es un argumento en contra de los seminarios; yo mismo me formé en uno y colaboro con varios en lo que puedo. Son herramientas útiles, siempre y cuando permanezcan al servicio de la congregación. 

Sin embargo, no forman pastores; la iglesia local es la que lo hace. Como mucho, una institución académica formará teólogos y, si es un buen lugar, formará buenos teólogos. Pero la responsabilidad delante del Señor de identificar los dones, hacerlos trabajar y multiplicarlos para que nuevos hombres asuman nuevas responsabilidades recae exclusivamente en la iglesia local.

Como pastores, nos tomamos muy en serio este desafío y mentoreamos activamente el ministerio de los varones en quienes observamos estos dones. Les brindamos oportunidades de servir predicando, enseñando y aconsejando tanto en la comunidad matriz como en nuestras plantaciones y puntos de misión. Al final, es la iglesia local la que verdaderamente conoce el carácter, el hogar, el matrimonio y el testimonio de un creyente. Esas son las cualificaciones que exigen las Escrituras, y es algo que un seminario jamás podrá evaluar. Solo lo sabe la congregación que ha convivido y pastoreado a esas personas y a sus hogares.

 La iglesia local es la que lo hace. / Créditos: Lightstock

Para cerrar, ¿cómo te imaginas a la Iglesia en España dentro de unas décadas, tanto en el peor como en el mejor de los escenarios?

Por un lado, el avance de la descristianización y la secularización va a representar un desafío enorme para España y para toda Europa. En el escenario más complejo, veremos cómo se erradica cualquier referente cultural cristiano de la sociedad —incluidos los templos católicos, luteranos y anglicanos—. Esto implicará una profunda transformación social y una pérdida drástica de la identidad espiritual del continente.

Por otro lado, podemos hacer una lectura sumamente optimista de esa misma realidad: será como el que borra una pizarra por completo para volver a escribir en ella. Con la desaparición de los referentes culturales del cristianismo, el nominalismo se extinguirá y el ser cristiano volverá a ser un acto de verdadera autenticidad. Regresaremos a las condiciones de antaño y nos encontraremos con una Iglesia fresca, viva, sana y real, tal como la que describe el libro de los Hechos. En los años por venir, el colapso de la religión cultural nos obligará a levantar una Iglesia mucho más fiel, viva y verdadera.


Referencias y bibliografía

David Barceló | IEG – Barcelona

David Barceló Sermons, Series & Articles | SermonAudio

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Autor

Giovanny Gómez Pérez

Cofundador y director de BITE

Director de proyectos en Flyax, una agencia de marketing de contenidos. También es teólogo y miembro de la Iglesia Bautista Renacer, en Bogotá, Colombia. Casado con Pilar y padre de Sarah.

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