Soy bogotano de nacimiento, así que crecí creyendo que pasar horas en el tráfico era algo normal. “Hay que salir a estudiar y trabajar”, pensaba, y por eso era necesario salir mucho tiempo antes de una cita y volver a casa bastante después, atrapado en trancones interminables causados por un sistema de transporte colapsado.
Esta es una realidad compartida con millones. Hace algunos años, el informe global de World of Statistics determinó que mi país, Colombia, es el lugar del mundo en donde la gente se despierta más temprano, y una de las principales razones era la movilidad. Adicionalmente, en 2023, la BBC publicó un documental que, a través de testimonios, cuenta lo difícil que es para muchos capitalinos llegar a sus puestos laborales.
Sin embargo, ¿es natural afrontar desplazamientos cotidianos de horas para cumplir con los deberes y retornar tarde a casa? Honestamente, esta rutina estaba tan normalizada en mi mente, que me tomó un buen tiempo darme cuenta de que puede entrar en choque con algunas enseñanzas de la Escritura.
Por ejemplo, si un hombre que es esposo y padre está llamado no solo a trabajar, sino también a dedicar espacios de calidad a su familia, ¿en qué momento lo hace si la mayor parte del día está por fuera? Este no es un asunto de motivación, sino una simple realidad matemática: si su jornada comienza a las 8:00 a. m. y termina a las 5:00 p. m., pero el trayecto de ida y vuelta le toma horas, entonces la gran mayoría de la semana estará lejos de su hogar. Siendo que probablemente no tiene otra opción, creo que puede ser algo bastante frustrante.
Y estoy seguro de que no ocurre solo en Colombia, sino en muchos lugares del mundo; hemos naturalizado el vivir mucho tiempo ausentes de nuestra casa. Pero ¿así han funcionado las familias desde siempre? Al investigar la historia, nos damos cuenta de que no siempre fue de esta manera. De hecho, más allá de la congestión vial, hay razones económicas y sociales profundas por las cuales las rutinas cotidianas parecen expulsarnos de nuestra casa. Y fue un evento el que lo transformó todo: la Revolución Industrial.

La gran transformación
La Revolución Industrial, surgida en la Inglaterra del siglo XVIII, suele enseñarse en las escuelas como un simple catálogo de inventos tecnológicos, como la máquina de vapor o el telar mecánico. Sin embargo, desde una perspectiva económica y sociológica, fue mucho más que eso: se trató de un sismo social que transformó las estructuras más profundas de la convivencia humana.
Antes de este periodo, la vida humana funcionaba bajo una lógica completamente diferente. No es que las sociedades antiguas fueran perfectas o idílicas, pero la economía estaba totalmente integrada dentro de las relaciones familiares y comunitarias. La mayoría de las personas trabajaba en sus propios campos o en talleres artesanales que formaban parte de su misma vivienda. El trabajo, la educación de los hijos, la producción y el descanso ocurrían en el mismo espacio geográfico. La Revolución Industrial llegó para romper ese diseño de manera drástica. Al introducir maquinaria pesada, compleja y costosa, la producción ya no podía realizarse de forma fragmentada en las casas; requería que los cuerpos de los trabajadores fueran desplazados hacia un centro común: la fábrica.
Este desplazamiento físico alteró la estructura misma de la convivencia humana. Para comprender este sismo desde la sociología, resulta de gran utilidad recurrir al pensador alemán Ferdinand Tönnies. En su obra clásica Comunidad y sociedad, publicada originalmente en 1887, Tönnies acuñó una distinción fundamental que nos ayuda a entender este cambio de época. Explica que las voluntades humanas se relacionan bajo dos formas organizativas: la “comunidad” (Gemeinschaft) y la “sociedad” (Gesellschaft).

Para Tönnies, la comunidad representa lo antiguo, la vida real y orgánica. Es un entorno íntimo donde las personas están unidas de forma natural por lazos de sangre, vecindad o un espíritu compartido. Como bien lo señala en su libro, “Comunidad es la vida en común duradera y auténtica; sociedad es sólo una vida en común pasajera y aparente”. En la comunidad, el trabajo y la vida no están separados; la familia trabaja unida para su propio sustento y el hogar es el núcleo de la existencia.
La Revolución Industrial empujó a la humanidad a transicionar de forma acelerada hacia el polo opuesto, la “sociedad”. En este nuevo modelo, los individuos ya no están unidos de forma orgánica, sino que pasan a ser unidades independientes y aisladas que coexisten de manera artificial. En la sociedad, las personas no interactúan por un sentido de pertenencia o afecto mutuo, sino por mero interés personal, competencia y cálculo económico. La vida deja de organizarse en torno al hogar y pasa a organizarse en torno al mercado. En palabras de Tönnies: “en la sociedad permanecen separados a pesar de todas las uniones”.
Esta transición no fue una evolución natural y espontánea, sino un quiebre estructural profundo. El economista e historiador Karl Polanyi lo denominó una “gran transformación” en su obra homónima. Polanyi explica que la llegada de la industrialización trajo consigo un proyecto utópico: el intento de crear un mercado autorregulador que subordinara toda la vida social a las leyes de la oferta y la demanda. Por primera vez en la historia de la humanidad, la sociedad pasó a ser una simple función del sistema económico. En los modelos antiguos, los mercados existían, pero eran secundarios. La Revolución Industrial invirtió los papeles por completo.

Polanyi describe de manera muy gráfica este impacto al referirse a las fábricas como “el molino del diablo” (Satanic Mill), un engranaje que trituró el viejo tejido social. Como advierte en su libro: “La idea de un mercado que se regula a sí mismo era una idea puramente utópica. Una institución como ésta no podía existir de forma duradera sin aniquilar la sustancia humana y la naturaleza de la sociedad”.
Para que las nuevas y costosas máquinas de las fábricas fueran rentables, los industriales necesitaban asegurar un suministro ininterrumpido de mano de obra. Esto exigió transformar la vida misma de las personas en una mercancía que pudiera comprarse y venderse por horas bajo el tictac de un reloj. Los trabajadores tuvieron que ser arrancados de sus entornos comunitarios rurales para ser hacinados en las nacientes ciudades industriales. El hogar, que durante milenios había sido el centro de la vida, fue despojado de sus funciones principales y la familia se vio amenazada por la desorganización.
Visto de esta manera, entendemos que el hecho de pasar doce horas al día fuera de casa, atrapados en el tráfico de las grandes ciudades, no es un problema exclusivo de planeación urbana moderna. En realidad, es el síntoma actual de un cambio estructural que comenzó hace más de dos siglos. Fuimos expulsados de nuestros hogares porque la economía industrial exigió que la vida real ocurriera en las fábricas y en las oficinas, dejando la casa reducida a un dormitorio. La Revolución Industrial fue la reconfiguración total de la existencia humana, el momento en que la eficiencia económica se convirtió en la ley suprema.

La fractura del hogar y la mercantilización del tiempo
Es fundamental aclarar que analizar críticamente los efectos de la Revolución Industrial no equivale a adoptar una postura en contra del consumo responsable, del libre mercado ni mucho menos a abrazar ideas comunistas. Desde una perspectiva bíblica, el esforzarse diariamente, ejercer un oficio para ganar el sustento y ofrecer bienes o servicios que sirvan al bienestar de la sociedad forma parte del diseño y del plan de Dios para el trabajo humano.
El verdadero problema que trajo consigo la Revolución Industrial no radica en la producción de riqueza, sino en un quiebre sociológico: desplazó el centro de gravedad del ser humano desde la comunidad del hogar hacia la fábrica y la oficina, elevando la eficiencia económica como el ideal supremo de la existencia. Este sismo cultural se puede evidenciar con claridad en dos grandes consecuencias que reconfiguraron Occidente: el fin del hogar productor y la mercantilización del tiempo.

El fin del hogar productor
Para comprender la magnitud de este cambio, primero debemos entender qué era el hogar productor. En las sociedades preindustriales, el hogar funcionaba como una unidad integrada donde la producción económica, la vivienda, la vida espiritual, la recreación y la educación de los hijos ocurrían en un mismo espacio físico. Siguiendo las reflexiones de la escritora y profesora Nancy Pearcey, la idea contemporánea de que existe un distanciamiento intrínseco del padre varón no nació en las revoluciones culturales de la década de 1960, sino que tiene raíces mucho más profundas que se remontan precisamente a la Revolución Industrial.
Antes de este quiebre, el padre trabajaba codo a codo con su esposa y sus hijos en la granja familiar o en el taller artesanal. El varón era una presencia constante y visible en el santuario doméstico, que se encargaba de moldear activamente el carácter y la formación de sus hijos en el día a día. Sin embargo, el traslado de la productividad económica desde el hogar hacia el suelo de las fábricas rompió físicamente esta dinámica. Al arrancar al padre de su entorno familiar para insertarlo en jornadas extenuantes lejos de casa, el hombre se vio obligado a adoptar en su entorno laboral valores regidos por la competencia descarnada y la eficiencia mecánica, los cuales se encontraban a un mundo de distancia de las virtudes afectivas requeridas para la crianza.
Como consecuencia, el varón fue relegado gradualmente al rol de un mero proveedor económico externo, convirtiéndose en un “padre secundario” cuya interacción familiar quedó limitada a los escasos momentos de descanso. Pero esta fuerza no solo afectó al hombre. Con el paso de los años, estas mismas presiones económicas terminaron succionando también a las mujeres y a los niños hacia el engranaje de la producción industrial.

Esta fractura histórica es analizada por el sociólogo Christopher Lasch en su libro Haven in a Heartless World (Un refugio en un mundo desalmado). Lasch detalla cómo la industrialización privatizó y despojó al hogar de su antigua función productiva; la casa dejó de ser un centro de producción colectiva y se transformó en una institución volcada casi exclusivamente al consumo y al cuidado emocional de los hijos. Sin embargo, este supuesto santuario o “refugio” doméstico pronto comenzó a ser asediado desde el exterior.
Lasch explica que, a medida que la familia extendida y las redes de apoyo multigeneracionales de las antiguas comunidades agrícolas se debilitaban debido a la migración hacia las ciudades, el Estado y las corporaciones asumieron el control de las funciones que antes le pertenecían al hogar. A través de la expansión de las escuelas públicas, los tribunales infantiles y las llamadas “profesiones de ayuda” (psicólogos, trabajadores sociales y educadores estatales), se llevó a cabo una verdadera “socialización de la reproducción”, donde el conocimiento técnico y la autoridad moral fueron expropiados a los padres.
El mercado laboral urbano ya no requería familias cohesionadas y arraigadas a la tierra, sino una familia nuclear aislada, pequeña y sumamente móvil, capaz de trasladarse con flexibilidad según los vaivenes de la oferta y la demanda. Las intensas presiones estructurales que nacieron en el siglo XIX son las mismas que, en la actualidad, siguen dictando las crisis cotidianas de las familias. Así, el delegar el cuidado y la formación de los hijos a las pantallas y agencias externas es una herencia de la Revolución Industrial, que ha forzado a los padres a estar fuera del hogar.

La mercantilización del tiempo
A la par de la pérdida del espacio físico del hogar, la Revolución Industrial operó una redefinición radical en la forma en que el ser humano percibe la vida: convirtió el tiempo en una mercancía. En su célebre ensayo Time, Work-Discipline, and Industrial Capitalism (Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial), el historiador E. P. Thompson describe de qué manera la industrialización destruyó la concepción del tiempo como un ritmo natural o un regalo divino, imponiendo la famosa ecuación de que el tiempo es dinero.
Thompson explica que las sociedades preindustriales vivían bajo una lógica de “orientación a la tarea” (task-orientation). Las rutinas de trabajo de un campesino, un pescador o un artesano textil se adaptaban a las necesidades del entorno y a los ciclos biológicos: atender el ganado, ordeñar las vacas o esperar a que la marea fuera propicia. En este diseño, no existía una separación tajante entre el “trabajo de 8-5” y la “vida familiar”; las tareas cotidianas se entrelazaban de manera natural con las relaciones personales, la convivencia comunitaria, la oración familiar y el discipulado de los hijos. El tiempo se medía por acontecimientos humanos o sagrados.
Sin embargo, con la llegada del capitalismo industrial, el tiempo se transformó en una divisa que el empleador compra y gasta bajo el tictac del reloj. Al introducirse las máquinas y los sistemas de fábricas, el trabajo pasó a estar estrictamente “orientado al tiempo” (time-oriented). Los minutos se convirtieron en factores de ganancia económica, lo que dio origen a una disciplina severa impuesta a través de relojes de fábrica manipulados por los capataces, multas por impuntualidad y hojas de asistencia al minuto. Incluso las escuelas adoptaron estructuras pseudomilitares, utilizando campanas y órdenes estrictas para habituar a los niños desde su infancia a la puntualidad exacta requerida por el engranaje industrial.

Esta tiranía del reloj acabó con los ritmos naturales y espontáneos de la vida compartida en el hogar. Thompson analiza cómo esta enorme presión económica modificó drásticamente el papel de las mujeres y la dinámica de la vivienda. Mientras que el trabajo fuera de casa se volvió rígidamente cronometrado y lineal, las labores domésticas y la crianza de los niños continuaron perteneciendo inevitablemente a los flujos incalculables de la necesidad natural, los cuales no entienden de horarios de oficina.
Esto generó una fractura en el seno del hogar: el tiempo, que antes se experimentaba como un regalo sagrado para cultivar la fe y los vínculos comunitarios, quedó supeditado a las exigencias de la productividad exterior. El descanso, la adoración familiar y el simple hecho de compartir la vida en el hogar dejaron de ser el centro de la existencia para convertirse en simples “pausas” permitidas únicamente para reponer las energías necesarias para volver a trabajar al día siguiente.
La familia: el corazón de la sociedad
Toda la reflexión histórica y sociológica que hemos trazado hasta este punto no tiene, bajo ninguna circunstancia, el objetivo de concluir de manera romántica que las sociedades agrícolas del pasado eran mejores, que salir a trabajar está mal o que enviar a los niños al colegio es una dinámica antinatural. Caer en ese tipo de afirmaciones sería adoptar una postura legalista, simplista y completamente desconectada de la realidad. El problema de fondo no se soluciona destruyendo las escuelas ni satanizando el empleo fuera de casa; el desafío es mucho más íntimo y profundo.

En 2023, el Washington Post publicó un artículo cuyo titular aseguraba con optimismo que “el trabajo remoto llegó para quedarse”. Sin embargo, apenas un año después, en 2024, el New York Times registraba un panorama completamente opuesto en una nota titulada: “El Washington Post ordena a sus empleados volver a sus oficinas 5 días a la semana”. Incluso las organizaciones puramente seculares admiten hoy que el trabajo desde casa acarrea serios desafíos, entre los que destaca la falta de conexión humana.
A nivel familiar, el panorama del teletrabajo puede ser igual de desolador: alguien que labora desde su sala puede terminar estando aún más aislado de su esposa y de sus hijos a pesar de la aparente flexibilidad geográfica de la que goza. Al estar completamente absorbido por los estándares de eficiencia e inmediatez que los clientes y las empresas le exigen, el profesional corre el riesgo de olvidarse por completo de las personas de carne y hueso que se mueven a su alrededor, concentrando toda su energía en la pantalla.
Así, el núcleo del asunto no radica en el espacio físico que ocupamos durante el día, sino en comprender el verdadero paradigma que nos ha expulsado del hogar: una cosmovisión cultural donde la eficiencia económica ha sido entronizada como la ley suprema. Cuando la productividad dicta el ritmo de la casa, cualquier herramienta se pervierte. Acciones aisladas como adoptar el homeschooling o buscar un empleo virtual pierden por completo el punto si se implementan con la misma mentalidad utilitaria de la fábrica.

Lo verdaderamente importante es recuperar la visión teológica del hogar como el centro y el motor de la sociedad, ya sea que el trabajo nos obligue a salir al caótico tráfico bogotano o a sentarnos frente a una pantalla todo el día de un cuarto de la casa. Puedo afirmar, como alguien que ha trabajado tanto en la “oficina de 8-5” como desde su casa, que ningún modelo soluciona el problema en sí mismo. El punto es que la eficiencia económica no puede seguir marcando nuestro ritmo de vida; ese lugar le corresponde únicamente a la Palabra de Dios, la cual exalta la importancia de la familia.
Herman Bavinck capturó con una lucidez asombrosa el papel insustituible que el entorno doméstico ejerce en la formación de los seres humanos:
En la familia llegamos a conocer el secreto de la vida, a saber, el secreto de que no el egoísmo, sino la abnegación y el sacrificio propio, la dedicación y el amor, constituyen el rico contenido del vivir humano. Y desde la familia llevamos esas relaciones morales a la sociedad (…). La familia es el semillero del amor e inocula a la sociedad con dicho amor. Necesitamos ese amor si va a haber alguna reforma dentro de la sociedad (…). Quien destruye la familia está socavando los fundamentos morales sobre los cuales la sociedad se ha establecido como una institución moral.

Entonces, en esta época, marcada por el auge de la inteligencia artificial, el trabajo híbrido y la automatización, los creyentes estamos llamados a un desafío frontal: rechazar la “eficiencia económica” como el propósito principal del hogar cristiano. Desarmar los efectos de la maquinaria industrial en nuestras rutinas requiere acciones intencionales que devuelvan a la familia su rol como una unidad cohesionada donde se crece espiritualmente.
¿Y cómo se hace eso después de pasar horas en el tráfico bogotano y volver a casa cansados? Esa respuesta se la dejo al lector; solo sé que el Señor nos capacitará para ello.
Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen, a menos que se especifique explícitamente lo contrario. Para elaborar el texto, el autor ha utilizado herramientas de IA como apoyo, sin embargo, lo ha revisado en su totalidad y es el responsable final del contenido publicado y de la veracidad de este.
Referencias y bibliografía
The country with earliest wake-up time in the world | BBC
Comunidad y Sociedad – Ferdinand Tonnies | Archive
La gran transformación – Karl Polanyi | CEPECE
Toxic Masculinity–and the Power of a Great Dad: Nancy Pearcey | FamilyLife Today®
Is Love Enough? Recreating the Economic Base of the Family de Nancy Pearcey | ARN.org
Time, Work-Discipline and Industrial Capitalism de E. P. Thompson | libcom.org
Lasch, C. (1995). Haven in a Heartless World: The Family Besieged. W. W. Norton & Company, Inc. (Trabajo original publicado en 1783).
Thompson, E. P. (1967). Time, Work-Discipline, and Industrial Capitalism. Past & Present, (38), 56–97.
Coding for Christ: Is Remote Work Righteous? | The Washington Institute
Remote work appears here to stay, especially for American women | The Washington Post
Washington Post Employees Ordered Back to Office 5 Days a Week | The New York Times
Herman Bavinck on love, economics, and the reformation of society | ACTON Institute
