En un artículo de The New York Times de agosto de 2010, Paul Vitello describe las graves dificultades que enfrentan hoy muchos ministros cristianos en los Estados Unidos.
Los miembros del clero sufren ahora de obesidad, hipertensión y depresión en tasas más altas que la mayoría de los estadounidenses. En la última década, su uso de antidepresivos ha aumentado, mientras que su esperanza de vida ha disminuido. Muchos cambiarían de trabajo si pudieran. Los expertos en salud pública advierten que no existe una explicación sencilla de por qué tantos miembros de una profesión, antes asociada con una longevidad saludable, se han vuelto tan infelices y han desarrollado tan mala salud.

Durante la última década, los investigadores han analizado diversos factores que contribuyen a la mala salud mental y física del clero profesional en Estados Unidos. Algunos factores identificados comúnmente incluyen la falta de alineación entre el pastor y la iglesia, la falta de resiliencia y de autoconocimiento, conflictos no resueltos, pesadas cargas de trabajo, expectativas poco razonables, presión financiera y soledad o aislamiento. Aunque ningún aspecto suele ser decisivo por sí solo, el efecto acumulativo de estas tensiones y problemas produce con frecuencia niveles altos de estrés que obligan a los pastores a cuestionar su vocación, o los llevan a abandonar el ministerio por completo. El trabajo pastoral a menudo se convierte en una “muerte por mil cortes de papel”.
Por fortuna, ahora existe una variedad de recursos útiles para apoyar y animar a los pastores que están agotados, desanimados o abrumados por el ministerio congregacional. Sin embargo, un recurso importante para la salud y el florecimiento pastoral que suele pasarse por alto en las discusiones contemporáneas es la historia del oficio pastoral: las prácticas, convicciones e instituciones que los cristianos del pasado adoptaron para nutrir y fortalecer a los ministros del Evangelio.

Como veremos, tener una conciencia histórica sobre el oficio pastoral puede brindarnos una perspectiva más amplia y un soplo refrescante de sabiduría mientras los ministros cristianos modernos viven sus vocaciones de formas que agraden a Dios y sean sostenibles para toda una vida de ministerio fiel y fructífero. Este artículo ofrece un estudio de caso del modelo de ministerio creado por Juan Calvino en Ginebra entre 1536 y 1564. Como veremos, Calvino reconoció los desafíos únicos que enfrentan los ministros fieles del Evangelio y creó prácticas e instituciones para promover la colegialidad pastoral, la rendición de cuentas y la vitalidad espiritual.
Proclamación de la Palabra
Cuando Juan Calvino (1509-1564) llegó por primera vez a Ginebra en el verano de 1536, la ciudad-república apenas llevaba dos meses siendo protestante y enfrentaba un futuro incierto. Como recordó Calvino más tarde: “Cuando llegué por primera vez a esta iglesia no había casi nada. Predicaban y eso era todo. Eran buenos buscando ídolos y quemándolos, pero no había Reforma. Todo era un caos”. Durante los siguientes 28 años (con un paréntesis de tres años entre 1538 y 1541), él surgió como el principal arquitecto humano responsable de construir un nuevo orden religioso en Ginebra que priorizaba la predicación de la Palabra de Dios, el ministerio cuádruple (pastor, anciano, diácono, profesor), la disciplina eclesiástica y la visitación pastoral intensiva.

La visión de Calvino para una Iglesia reformada en doctrina y práctica se articuló en las Ordenanzas eclesiásticas de Ginebra (1541), en el catecismo y la liturgia de la ciudad (1542), y en sus extensos comentarios bíblicos y sermones. Para el reformador ginebrino, la exposición fiel y la proclamación de la Palabra de Dios era una de las marcas de una verdadera Iglesia, situándose en el centro del ministerio del Evangelio. Como señaló una vez, la Palabra es el “medio de nuestra salvación, es toda nuestra vida, son todas nuestras riquezas, es la semilla por la cual somos engendrados como hijos de Dios; es el alimento de nuestras almas”.
Uno de los primeros pasos que tomó Calvino al llegar a Ginebra fue reestructurar los límites de las parroquias para dar prioridad a la predicación de la Palabra de Dios. Él y su colega Guillermo Farel consolidaron casi una docena de iglesias católicas y capillas en tres iglesias parroquiales dentro de las murallas de la ciudad —St. Pierre, la Madeleine y St. Gervais— y reclutaron a seis o siete ministros reformados para servir a estas tres congregaciones urbanas. Calvino también consolidó las parroquias rurales de Ginebra y nombró a cerca de doce pastores para servir en estas iglesias del campo.

La proclamación de la Palabra de Dios ocupaba el centro de la vida religiosa en la Ginebra de Calvino. En la ciudad, los servicios de predicación incluían sermones los días de semana a las 8:00 a. m., sermones temprano por la mañana a las 4:00 a. m. para los sirvientes domésticos, sermones dominicales a las 8:00 a. m. y 3:00 p. m., y un sermón de catequesis los domingos al mediodía para los niños. Para 1561, se predicaban 33 sermones cada semana dentro de las murallas de la ciudad. Calvino y sus colegas compartían la carga de la predicación y rotaban por los púlpitos de la metrópoli. “El predicador no era el dueño de un púlpito ni el capitán de su congregación: era Cristo quien presidía Su Iglesia a través de la Palabra”. Aun así, una responsabilidad desproporcionada recaía en Calvino y sus colegas más dotados, como Teodoro de Beza y Michel Cop, quienes regularmente predicaban más de 150 sermones al año.
Calvino y los ministros de Ginebra priorizaron la Palabra de Dios de otras formas también. La liturgia ginebrina, escrita por Calvino en 1542, estaba llena de alusiones bíblicas y un rico lenguaje de las Escrituras. El canto del Salterio hugonote era una característica estándar tanto en el culto público como en el privado en Ginebra. Se requería que los niños asistieran a clases de catecismo donde aprendían el Credo de los Apóstoles, los Diez Mandamientos y el Padre Nuestro, una base fundamental para la fe, la conducta y la adoración cristiana.

En 1555, los ministros, junto con los ancianos de la Iglesia, también comenzaron a realizar visitas anuales a los hogares para asegurar que todos los residentes de Ginebra tuvieran conocimiento de la doctrina bíblica básica tal como se articulaba en el catecismo y que vivieran de acuerdo con la Palabra de Dios. Finalmente, durante el siglo XVI, la ciudad se convirtió en un centro de publicaciones protestantes, y las prensas allí ubicadas imprimieron no menos de 80 ediciones de la Biblia en francés, así como traducciones de las Escrituras al inglés, italiano, español y latín. Para Calvino y los ministros de aquella urbe, leer, escuchar y obedecer la Palabra de Dios era esencial para la vida de la Iglesia y la salud espiritual del pueblo de Dios.
Colegialidad y rendición de cuentas pastoral
Además de priorizar la proclamación de la Palabra de Dios, Calvino también creó instituciones pastorales en Ginebra para fomentar la colegialidad, la rendición de cuentas y la salud espiritual de los ministros protestantes que servían en las iglesias de la ciudad. Estas instituciones incluyeron la Compañía de pastores, la Congrégation, la Censura ordinaria y el Consistorio, cuatro organismos pastorales que moldearon profundamente la cultura religiosa en Ginebra y preservaron el legado teológico de Calvino por generaciones.
Compañía de pastores
A mediados de la década de 1540, Calvino comenzó a convocar a los ministros de la ciudad y el campo todos los viernes por la mañana para discutir los asuntos de la Iglesia. Esta institución, conocida como la “Compañía de pastores”, se convirtió en un pilar de la vida religiosa en Ginebra desde entonces. Tenía una membresía de unos 15 o 18 pastores y varios profesores; era responsable de supervisar el culto público en la ciudad, reclutar y examinar a nuevos pastores, supervisar la educación teológica en la Academia, vigilar el trabajo de los diáconos y la beneficencia pública, y ofrecer consejos piadosos a los magistrados de la ciudad.

Debido a la estatura teológica de Calvino y varios de sus colegas, la Compañía pronto desarrolló una vasta correspondencia con iglesias reformadas en toda Europa, convirtiéndose en una especie de centro del calvinismo internacional. Como tal, esta servía como una junta asesora para congregaciones extranjeras en temas doctrinales y prácticos, solicitaba apoyo financiero y político para protestantes perseguidos y enviaba pastores estudiantes a iglesias extranjeras. Además, comenzó en 1555 un programa secreto donde reclutaba y entrenaba a ministros reformados para enviarlos como pastores misioneros a la Francia católica.
Calvino construyó la Compañía basándose en la convicción primordial de la igualdad del ministerio: todos los ministros cristianos poseían la misma autoridad bajo la Palabra de Dios para proclamar el Evangelio, administrar los sacramentos y gobernar la Iglesia. Aunque, como moderador, poseía una autoridad moral especial entre sus colegas, rechazaba cualquier noción de jerarquía espiritual dentro del oficio pastoral; todos los ministros de Ginebra eran considerados compañeros iguales en el Evangelio. Como tal, la Compañía brindaba un espacio regular donde ellos podían reunirse, discutir teología, aprender unos de otros y apoyarse mutuamente en su vocación común.

Este tipo de apoyo era especialmente importante para los pastores rurales de Ginebra, quienes a menudo enfrentaban desafíos y peligros especiales. Uno de ellos, Jean Gervais, vivió el azote de la guerra, de vigilantes errantes y de misioneros católicos agresivos durante 18 años de ministerio en su pequeña parroquia de Bossy-Neydens. En una ocasión, incluso fue secuestrado y retenido para pedir un rescate. En medio de estos peligros persistentes, la Compañía apoyó a Gervais y a su familia brindándoles apoyo regular en oración, ánimo y consejos; los ministros también pidieron a los magistrados de la ciudad mejores salarios y protección física para su asediado colega.
Congrégation
Una segunda institución que Calvino creó en Ginebra para promover la colegialidad y la rendición de cuentas pastoral fue la Congrégation (en español, Congregación), una asamblea semanal inspirada en la Prophetzei (en español, Profecía) de Zuinglio en Zúrich, donde los pastores de la ciudad, los estudiantes de teología y los laicos interesados se reunían para un estudio intenso de las Escrituras.
Cada semana, se nombraba a diferentes pastores para dirigir la discusión mientras la Congrégation trabajaba sistemáticamente a través de los libros de la Biblia. Después de una oración inicial, el pastor designado leía el pasaje elegido en voz alta en francés y luego ofrecía una explicación cuidadosa del pasaje basada en su conocimiento de los textos originales en griego o hebreo. Después de esta exposición, el resto de los pastores de Ginebra añadían sus ideas y correcciones, contribuyendo a una discusión extendida sobre los temas exegéticos y teológicos relevantes para el pasaje bíblico que se estaba estudiando. De esta manera, la Congrégation funcionaba como una clínica para predicadores, un campo de entrenamiento para jóvenes predicadores y una tutoría donde los laicos aprendían principios básicos de interpretación bíblica. La Congrégation también era un lugar donde Calvino y sus colegas ponían a prueba su exégesis mientras preparaban sermones o escribían comentarios bíblicos.

Desde la perspectiva de Calvino, el estudio colegiado de las Escrituras era de vital importancia para preservar la pureza doctrinal de la Iglesia, forjar la unidad entre los ministros y animarlos a seguir creciendo como intérpretes fieles de la Palabra de Dios. Las Escrituras debían ser estudiadas e interpretadas en comunidad. Calvino expresó esta convicción en una carta a un colega en Berna: “Cuanto menos discutamos la doctrina juntos, mayor será el peligro de opiniones dañinas”, señaló. De hecho, “la soledad conduce a grandes abusos”. La Congrégation ayudó a los ministros de Ginebra a madurar como intérpretes de la Palabra de Dios y a permanecer sumisos a Su enseñanza.
Censura ordinaria
La Censura ordinaria fue una tercera institución que Calvino estableció en Ginebra para promover la colegialidad y la rendición de cuentas pastoral. Cuatro veces al año —el viernes anterior al servicio de comunión trimestral de Ginebra— los ministros de la ciudad y el campo se reunían a puerta cerrada para abordar quejas personales entre ellos, exhortarse mutuamente a la piedad y ofrecer correcciones fraternas. El objetivo de esta censura era preservar la pureza espiritual del oficio pastoral, corregir pecados públicos y privados y lograr la reconciliación entre los miembros de la compañía pastoral. Al concluir estas reuniones, los ministros compartían juntos una comida de sopa caliente como una muestra visual de su unidad espiritual en Cristo.
Aunque las actas de la Censura ordinaria eran estrictamente confidenciales, la evidencia anecdótica indica que estas reuniones podían ser tensas y conflictivas. Durante el siglo XVI, los ministros fueron censurados por una variedad de pecados y fallas morales como la arrogancia, la calumnia, la negligencia en el estudio personal, conflictos con colegas pastorales, predicación incendiaria y enseñanza de doctrinas cuestionables. En un caso notable, un ministro fue censurado por sus colegas por atacar y golpear a un miembro de su congregación que llegó tarde al servicio de adoración.

Aún más explosivo fue el caso de Jean Ferron, quien compareció ante la Censura ordinaria en 1549 bajo sospecha de haber manoseado a una sirvienta en su hogar y haberle dicho palabras lascivas. Ferron admitió haberlo hecho “para probar si ella era una buena chica”. Los ministros reprendieron severamente a Ferron y ordenaron que fuera trasladado a una parroquia diferente. Indignado, Ferron lanzó un ataque feroz contra Calvino y sus compañeros ministros. En respuesta, los pastores de Ginebra se reunieron nuevamente a puerta cerrada, exoneraron a Calvino y suspendieron a Ferron de forma permanente del ministerio.
Como sugieren estos ejemplos, Calvino creía que los pastores necesitaban no solo apoyo colegial y ánimo, sino también estructuras formales que los hicieran responsables ante la Palabra de Dios, promovieran la piedad y abordaran áreas de debilidad y pecado recurrente.
Consistorio
Este compromiso de responsabilizar a los ministros dentro de la Iglesia también se vio en el Consistorio, la institución eclesiástica más famosa que Calvino estableció en Ginebra. A partir de 1542, los pastores de la ciudad y doce ancianos laicos se reunían cada jueves al mediodía para abordar casos de mal comportamiento y creencias erróneas entre los residentes de Ginebra. Durante las décadas que siguieron, este tribunal disciplinario abordó cientos de infracciones morales cada año, que iban desde el adulterio hasta la embriaguez pública, desde el juego hasta la blasfemia, y desde el fraude comercial hasta el abuso conyugal. Con frecuencia, el Consistorio servía como un “servicio de consejería” informal, donde los pastores y ancianos abordaban las quejas de familiares o vecinos enfrentados con la esperanza de fomentar el arrepentimiento y la reconciliación.
La disciplina eclesiástica en la Ginebra de Calvino tomó diversas formas, que iban desde el consejo pastoral, la amonestación personal, la reprensión pública, la suspensión temporal de la Cena del Señor o (en casos raros) la exclusión de la Iglesia. Para Calvino, la disciplina eclesiástica era una forma de medicina espiritual, ordenada por las Escrituras, para lograr el arrepentimiento de los pecadores, preservar la pureza de la Iglesia de Cristo y proteger a los cristianos de los malos ejemplos de los impíos.

Como tal, la disciplina eclesiástica era indispensable para la salud de cualquier comunidad cristiana. “Todos los que deseen eliminar la disciplina o impedir su restauración (...) seguramente están contribuyendo a la disolución final de la Iglesia”, afirmó Calvino. Sin duda, la disciplina del Consistorio podía ser intrusiva, dura y paternalista, pero en su mejor expresión, era una manifestación del cuidado pastoral que Dios usó para lograr el arrepentimiento, la reconciliación y el crecimiento espiritual.
Es digno de notar que los ministros que formaban parte del Consistorio a veces también se convertían en objeto de su disciplina. Durante el siglo XVI, más de una docena de ministros fueron llamados a las cámaras del Consistorio por diversas infracciones morales, incluyendo fornicación, codicia, rebelión contra los magistrados, usura, negarse a predicar y peleas domésticas. Algunos de estos ministros fueron reprendidos; otros fueron suspendidos de la Mesa; y otros más fueron depuestos de sus cargos.
En un caso memorable, el Consistorio confrontó al ministro rural Jean de Serres por abandonar su cargo pastoral sin previo aviso debido a preocupaciones familiares y con la esperanza de asegurar un puesto eclesiástico más lucrativo en Francia. El Consistorio reprendió severamente a Serres, lo suspendió temporalmente de la Cena del Señor y recomendó su retiro del ministerio. Los pastores y ancianos le recordaron a Serres que la vocación pastoral era un “cargo sumamente sagrado y honroso”; de hecho, “su ministerio debería ser 100 veces más precioso para él que todas estas cosas”.

Lecciones y sugerencias contemporáneas
Como hemos visto, Calvino creía que los ministros del Evangelio necesitaban relaciones colegiales de apoyo y rendición de cuentas si querían florecer en sus ministerios. Los estudios modernos confirman regularmente esta conclusión: “El aislamiento y la soledad del ministerio a menudo convierten las dificultades en experiencias dañinas en lugar de experiencias de crecimiento”. De hecho, como dicen Burns, Chapman y Guthrie en Ministerio resiliente, “las relaciones íntimas son necesarias para el crecimiento espiritual”.
En Ginebra, Calvino abordó estas preocupaciones creando cuatro instituciones —la Compañía de Pastores, la Congrégation, la Censura ordinaria y el Consistorio— que buscaban facilitar relaciones pastorales que fueran transparentes, de apoyo, de desarrollo y colaborativas. No sería prudente, por supuesto, importar sin crítica el modelo de ministerio de Calvino a la vida de la Iglesia contemporánea (las prácticas ministeriales más antiguas no son necesariamente mejores). Pero aun así, la construcción que Calvino hizo del oficio pastoral en Ginebra ofrece un valioso estudio de caso que puede alertarnos sobre peligros, guiarnos con sabiduría bíblica y estimular nuestra imaginación mientras buscamos la salud espiritual de la Iglesia y sus líderes ministeriales. Tres puntos de aplicación parecen pertinentes en este sentido.
Primero, Dios puede usar las instituciones para preservar la verdad cristiana y promover el bienestar pastoral. Los cristianos evangélicos suelen sospechar de la creación de instituciones por temor a que se vuelvan inactivas y se aparten de su misión original del Evangelio. Tales preocupaciones no carecen totalmente de base.

Sin embargo, al mismo tiempo, James K.A. Smith tiene razón al advertirnos contra un antinstitucionalismo cínico, porque “las instituciones son formas de amar a nuestros prójimos”. Son “estructuras duraderas y concretas que —cuando funcionan bien— cultivan todo el potencial de la creación hacia lo que Dios desea: shalom, paz, bondad, justicia, florecimiento, deleite”. Como hemos visto, Calvino reconoció la importancia de crear instituciones para preservar su legado teológico y promover el bienestar de los pastores que servían en la iglesia de Ginebra. ¿Qué instituciones podríamos crear —o replicar— para contribuir al florecimiento de los ministros cristianos?
Segundo, los pastores que prosperan en el ministerio tienen relaciones saludables con otros líderes cristianos que están centradas en la Palabra de Dios. Calvino integró en el ADN de la Iglesia ginebrina reuniones semanales donde los pastores de la ciudad se encontraban cara a cara, estudiaban las Escrituras juntos, participaban en discusiones teológicas, oraban unos por otros y se animaban mutuamente a perseverar en sus vocaciones cristianas. Incluso ocasionalmente compartían comidas juntos.

Para los pastores de hoy, las relaciones colegiales de confianza y apoyo podrían fomentarse entre los líderes de una iglesia con múltiples miembros en el personal, en una asociación de ministros de la comunidad, a través de redes denominacionales o mediante reuniones regulares de antiguos amigos del seminario. Durante la última década, grupos de pastores en los Estados Unidos incluso han expresado esta visión formando sus propias versiones de la Compañía de Pastores. Estos grupos tienen más éxito cuando están atentos a la Palabra de Dios, dedicados a la oración y comprometidos con un intercambio mutuo que sea auténtico y se mantenga en confidencialidad. Si actualmente nos sentimos aislados y solos en el ministerio cristiano, esta pregunta merece una reflexión seria: ¿qué relaciones colegiales podría estar llamándonos Dios a cultivar para nuestra salud espiritual y emocional?
Finalmente, los pastores que prosperan en el ministerio rinden cuentas a otros y están abiertos a los consejos y a la crítica constructiva. Calvino reconoció que la colegialidad y la rendición de cuentas eran dos caras de la misma moneda. En consecuencia, al mismo tiempo que los ministros de Ginebra eran acogidos en una compañía pastoral que brindaba apoyo emocional y espiritual, también eran responsabilizados por sus colegas por su doctrina, su predicación y su comportamiento personal.
La Congrégation proporcionaba un lugar donde los ministros podían recibir comentarios honestos sobre sus habilidades como intérpretes y expositores de la Palabra de Dios, con miras al crecimiento y la mejora personal. Del mismo modo, la Censura ordinaria permitía a los ministros abordar con sus colegas aquellos hábitos, pecados y conflictos que socavaban la santidad personal y perturbaban la unidad de la Iglesia. En Ginebra, ningún ministro era un “llanero solitario” que estuviera por encima de la corrección. Por lo tanto, vale la pena preguntarse: ¿quién nos está haciendo las preguntas difíciles que necesitamos escuchar? ¿Tenemos colegas que nos hablen regularmente la verdad de Dios? Si no es así, ¿cómo podríamos invitar a tales personas a nuestra vida y ministerio?
Para Calvino, el llamado a ser un pastor cristiano era una vocación alta y santa, pero también era una labor sumamente desafiante que no debía vivirse en aislamiento. Los ministros del Evangelio florecían al experimentar la comunión con Cristo a través de Su Palabra, eran empoderados por el Espíritu Santo y disfrutaban del precioso regalo de colegas piadosos en el ministerio.
Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por Scott Manetsch en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie originales.
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