Llevo más de una década trabajando en el mundo de la publicidad, en donde se aplica una regla fundamental: las grandes marcas, más que productos, venden experiencias. Apple no ofrece solo aparatos electrónicos, sino innovación; en vez de vender una gaseosa, Coca-Cola brinda felicidad compartida y conexión. Así, reforzamos constantemente la idea de que consumir no solo satisface un deseo, sino que tiene el poder de transformarnos y darnos una versión de nosotros mismos mucho más plena. Al hacer esto, apelamos a la necesidad de las personas de llenar un vacío.
El asunto es que, si aceptamos que podemos “ser” alguien diferente simplemente adquiriendo el producto adecuado, el paso siguiente es creer que nuestra esencia misma es maleable y que nuestra verdadera identidad se encuentra en nuestros apetitos y deseos internos. Y así ha sucedido. Esta lógica de transformación a través del consumo no se limita a nuestras tarjetas de crédito y a las pantallas de nuestros teléfonos. Se ha filtrado en lo más profundo de nuestra cultura, convirtiéndose en el motor que ha impulsado la revolución sexual y la forma en que entendemos la identidad hoy. La importancia actual de la política de identidad y la popularidad de conceptos como el transgenerismo nacen de esta misma raíz: la convicción de que el individuo tiene el derecho soberano de moldear su realidad exterior para que coincida con su voluntad psicológica.
En nuestra cultura, esta creencia se acepta de manera casi instintiva. Es natural que todos creamos que tenemos la soberanía absoluta para definir nuestra propia esencia. Pero, ¿cómo llegamos hasta aquí? ¿Las generaciones anteriores pensaban igual? Para entender este cambio, recurriremos al análisis que hace Carl Trueman en su libro El origen y el triunfo del ego moderno. Siguiendo su pensamiento, realizaremos una arqueología de las ideas para comprender cómo surgieron las que él denomina “personas plásticas”: individuos que están convencidos de que pueden hacer y rehacer su identidad personal según su propia voluntad.

La autocreación humana
La noción de “personas plásticas” sugiere que el ser humano ya no posee una esencia fija o una naturaleza trascendente que deba ser respetada o descubierta. Por el contrario, nos percibimos como figuras capaces de hacer y rehacer nuestra identidad personal según los dictados de nuestra voluntad interna. En este nuevo paradigma, se ha eliminado la idea de que la naturaleza humana tenga algún tipo de autoridad sobre nosotros.
Sin embargo, en la práctica cotidiana, esta libertad de invención se enfrenta a límites insalvables que a menudo ignoramos en nuestra retórica cultural. Un ejemplo extremo ilustra bien esta tensión: una persona podría decidir hoy autoidentificarse como María Antonieta, la última reina de Francia. No obstante, factores biológicos, geográficos y cronológicos —como poseer un cuerpo masculino, vivir en el siglo XXI y residir en una geografía distinta— invalidan esa opción en la realidad práctica. El cuerpo y la ubicación histórica tienen la última palabra sobre si se puede ser una reina fallecida hace siglos.

Pero, aunque no podemos superar el abismo del tiempo para ser María Antonieta, nuestra cultura sí considera plausible que un individuo niegue, por ejemplo, la palabra decisiva que sus cromosomas tienen sobre su sexo. Carlos ahora puede ser Carla, y Fernanda puede convertirse en Fernando; la plasticidad moderna permite que la voluntad psicológica se sobreponga a la biología si así lo desea el individuo.

La causas por las que la autocreación se ha vuelto aceptable en nuestro mundo son tanto intelectuales como materiales. Por un lado, los cambios en nuestras circunstancias económicas y el auge del consumismo han alimentado la idea de que somos los soberanos de nuestra identidad y que podemos transformarnos mediante el uso de una tarjeta de crédito. Por otro lado, diversos desarrollos intelectuales han debilitado sistemáticamente el concepto de una naturaleza humana fija, el cual fue esencial para los pensadores de muchas generaciones anteriores.
Todas estas corrientes confluyen en un mismo punto: el rechazo a la idea de que los seres humanos tenemos una identidad fija fundada en una esencia intrínseca e innegociable. Y para que esta forma de pensar se convirtiera en la norma, fue necesaria la influencia de tres grandes arquitectos intelectuales, cuyas ideas fundamentaron este nuevo paradigma: Friedrich Nietzsche, Karl Marx y Charles Darwin. En las siguientes secciones, revisaremos cómo cada uno de ellos ayudó a moldear la visión que tenemos de nosotros mismos hoy en día.

1. Friedrich Nietzsche: la demolición de la naturaleza humana
Friedrich Nietzsche es el pensador que, con mayor crudeza, exigió a la humanidad enfrentar las consecuencias de haber abandonado el cristianismo. Su aporte principal no fue simplemente un ataque a la religión, sino una embestida contra los fundamentos de la metafísica, es decir, la creencia de que existe un orden, una verdad o una realidad universal que está más allá de lo que vemos. Al adoptar esta postura “antimetafísica”, él rechazó cualquier realidad absoluta que estuviera fuera del mundo físico, sosteniendo que todo lo que llamamos “bueno” o “verdadero” no es más que una invención humana.
Nietzsche sostuvo que la moral tradicional no es el descubrimiento de una verdad eterna, sino una construcción psicológica utilizada para manipular a las personas y adaptar el mundo a intereses particulares. Al declarar que “Dios ha muerto”, Nietzsche fue más allá de hacer una simple observación atea, para señalar una intencionalidad consciente de la modernidad por ahogar la influencia de Dios en la cultura. La Ilustración quitó a Dios para tener una vida más cómoda, pero no tuvo el coraje de admitir que, al hacerlo, también arrancó los cimientos sobre los que se construyó el orden moral.
Este quiebre queda ilustrado en su famoso pasaje del loco, en la La gaya ciencia. Un loco llega a la mitad de una plaza y les habla a todos, diciendo:
“¿A dónde se ha ido Dios?”, gritó el loco: “¡Te lo diré! ¡Lo hemos matado nosotros, tú y yo! Todos nosotros somos sus asesinos (...). ¿Qué hacíamos cuando desatamos esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros? (...). ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia atrás, hacia los lados, hacia adelante, hacia todos los lados? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita?”.

A partir de la Ilustración, entonces, el hombre ha desatado la tierra del sol; ha desconectado el mundo físico de cualquier existencia elevada trascendente. Y al hacerlo, ha quedado a la deriva en una nada infinita donde ya no existe un “arriba” o un “abajo” objetivo. La consecuencia es que ahora el hombre debe asumir la responsabilidad de convertirse en su propio “dios” para ser digno de tal acción. Bajo esta lógica, no existe un fundamento para determinar qué es bueno o malo por naturaleza; la moralidad deja de ser una ley universal para convertirse en lo que cada individuo decide crear para su propia cosmovisión.
Nietzsche identificó lo que llamó el “instinto teólogo”: la tendencia de las personas a utilizar términos como “Dios”, “redención” o “eternidad” para otorgar una falsa autoridad objetiva a sus propios gustos y deseos personales. Por esta razón, el filósofo Alasdair MacIntyre señaló que Nietzsche no se limitó a proponer una nueva teoría moral para competir con las anteriores, sino que directamente “se deshizo de la teoría” misma. Esto significa que dejó de participar en el debate sobre qué reglas morales son las “correctas” para pasar a tratar la moralidad como un síntoma psicológico. Para él, ya no tenía sentido preguntar si una acción era buena en un sentido absoluto; la verdadera pregunta era qué motivación oculta, qué miedo o qué “odio a la vida” estaba impulsando a una persona a defender esa idea como si fuera una verdad universal.

Este desmantelamiento de la moral desembocó en un ataque frontal contra la idea de que los seres humanos poseemos un orden especial o una “dignidad intrínseca”. Según Nietzsche, la creencia en nuestra propia dignidad es una de las ficciones más grandes que hemos inventado para sentirnos superiores al resto del mundo natural. En La gaya ciencia, argumentó que si dejamos de aferrarnos al error de tener una esencia eterna o un alma fija, la idea de la “dignidad humana” simplemente se desvanece. Sin un orden metafísico o un Creador que nos otorgue un estatus sagrado, el hombre queda relativizado; deja de ser la “corona de la creación” para convertirse en un producto más del azar y la necesidad biológica.
Aunque esta demolición de los valores absolutos podría parecer una invitación al vacío, es fundamental entender que Nietzsche no era un nihilista que considerara que la vida carecía de valor. Al contrario, su intención era que el individuo afirmara su existencia en el “aquí y ahora”, viviendo cada instante con tal intensidad como si cada acción poseyera un significado eterno.
Sin embargo, aquí surge la gran paradoja de su legado: al destruir todo fundamento trascendente que servía de guía y límite para la conducta humana, su pensamiento terminó allanando el camino para la obsesión contemporánea con el placer inmediato. Nietzsche despreciaría el hedonismo perezoso de nuestra época; para él, la verdadera satisfacción no era fácil ni barata, sino que se obtenía a través del esfuerzo y la superación de grandes obstáculos, como el placer que siente un escalador al alcanzar la cima de una montaña tras una lucha agotadora. Pero, al haber eliminado cualquier criterio de “arriba” o “abajo” en la naturaleza humana, su llamado a la autocreación se ha degradado en nuestra cultura hacia una búsqueda de gratificación instantánea y superficial, visible en fenómenos como la pornografía.

2. Carl Marx: la religión como el opio de los pueblos
Mientras Nietzsche atacaba la metafísica desde la psicología, Karl Marx lo hacía desde el materialismo económico. Para Marx, la naturaleza humana no es una esencia estática o inmutable, sino una realidad plástica sujeta a los cambios históricos y económicos de la sociedad.
Para entender el pensamiento de Marx, es necesario mencionar su ruptura con la visión predominante de su época, representada por pensadores como Hegel. En términos sencillos, la idea central en ese entonces era que el mundo físico y nuestra identidad eran una proyección de nuestro espíritu interior o de nuestras ideas. Pero Marx decidió poner esta lógica de cabeza. Como explicó más tarde en el epílogo de El Capital, su método dialéctico era el opuesto directo al de Hegel: no son las ideas las que dan forma al mundo, sino que las condiciones materiales y las relaciones de producción son las que moldean nuestra mente y nuestra identidad. Desde este punto de vista, la persona es una proyección del mundo exterior; si la estructura económica de la sociedad cambia, la naturaleza del individuo también se transforma.

Bajo esta premisa, Marx analizó la religión como un producto de la alienación que genera el sistema capitalista. En su obra Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, explica que en un sistema donde los trabajadores están alienados —es decir, separados del fruto de su propio esfuerzo y reducidos a simples instrumentos—, surge un sufrimiento muy real. Marx lo explica con una cita sustancial:
El fundamento de la crítica irreligiosa es: el hombre hace la religión, la religión no hace al hombre (...). El sufrimiento religioso es al mismo tiempo la expresión del sufrimiento real y una protesta contra el sufrimiento real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el alma de las condiciones sin alma. Es el opio del pueblo.
Comúnmente se interpreta la frase del “opio del pueblo” como si la religión fuera una simple herramienta de las élites para drogar a las masas y mantenerlas pasivas. Sin embargo, su significado es más profundo: la humanidad busca en la religión una “felicidad ilusoria” para apaciguar el dolor que el mundo material le produce. Según Marx, derribar la religión era el primer paso necesario para exigir una felicidad verdadera, lo cual solo se lograría transformando el sistema económico que causa ese dolor en primer lugar.

Ahora, ¿Marx negaba que en el ser humano hubiera una esencia fundamental? Si bien en sus escritos reconocía que el hombre tiene necesidades biológicas innegables, como comer o dormir, no creía que todos nuestros deseos fueran universales. En El Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels exploran cómo la industria moderna y la constante revolución de la producción disuelven todas las relaciones fijas y los prejuicios antiguos, obligando al hombre a enfrentar sus condiciones reales de vida.
Él observó que muchos impulsos que consideramos “naturales” son, en realidad, productos de un contexto histórico particular. Un ejemplo claro es el deseo de acumular dinero. Hoy nos parece un instinto humano básico, pero Marx señalaba que este deseo solo puede existir en una sociedad donde el dinero ya está presente; antes de su invención, no formaba parte de lo que significaba ser humano. Para Trueman, esta visión implica que la naturaleza humana siempre está en un estado de flujo potencial. A medida que las relaciones económicas y la tecnología revolucionan la forma en que vivimos, también se redefine la identidad de las personas, convirtiendo al ser humano en una criatura plástica cuya esencia se moldea según el entorno material que habita.

3. Charles Darwin: el fin de la teleología
El tercer pilar de esta transformación es la obra de Charles Darwin. Aunque Darwin no fue filósofo ni economista, su teoría sobre el origen de las especies asestó un golpe decisivo a la idea de que la humanidad posee un estatus especial o un destino otorgado por un Creador. Al proponer la selección natural como el mecanismo que explica la vida, eliminó la necesidad de una divinidad para justificar la complejidad y la belleza del mundo natural.
Antes de Darwin, la mayoría de las teorías asumían que existía un plan o un progreso inherente en la naturaleza. Pero él le dio la vuelta a esta concepción al proponer que la organización de los seres vivos es el resultado de variaciones accidentales y adaptaciones ambientales a lo largo de millones de años. Al explicar la vida como un proceso puramente biológico e inmanente, cualquier afirmación metafísica o teológica sobre los orígenes humanos se volvió irrelevante para el estudio de la realidad.
El genetista Francis Ayala resume de la siguiente manera el gran logro del naturalista inglés:
Fue el mayor logro de Darwin mostrar que la compleja organización y funcionalidad de los seres vivos puede explicarse como el resultado de un proceso natural, la selección natural, sin necesidad de recurrir a un Creador u otro agente externo.

El impacto fundamental de este pensamiento fue el fin de la teleología, es decir, la idea de que existe un propósito final o un objetivo hacia el cual se mueve la existencia. Al despachar el propósito de la naturaleza, Darwin inevitablemente también lo eliminó de los seres humanos. Si descendemos de especies anteriores a través de un proceso ciego de selección, dejamos de ser la “corona de la creación”.
Sin un destino dado por Dios, ya no hay normas éticas trascendentes, leyes naturales o virtudes fijas a las que el ser humano deba conformarse por obligación. El hombre queda relativizado frente al resto de las criaturas: deja de ser un ser con una esencia intrínseca y sagrada para convertirse en un producto del azar y la necesidad. Esta visión científica proporcionó la justificación final para el materialismo que Nietzsche y Marx ya habían propuesto desde otros ángulos, consolidando la idea de que la naturaleza humana no tiene un plan inherente.

El legado de la “persona plástica”
Para entender el impacto de Nietzsche, Marx y Darwin en nuestra forma de ver el mundo, basta recordar las palabras con las que el propio Nietzsche cerró su autobiografía, Ecce Homo:
Conozco mi destino. Un día mi nombre se asociará con el recuerdo de algo tremendo: una crisis sin igual en la tierra (...). No soy hombre, soy dinamita.

Esa “dinamita” intelectual cumplió su cometido al desmantelar los cimientos de la civilización occidental, dejándonos en un mundo sin un “arriba” o un “abajo” objetivo donde la humanidad ha perdido sus fundamentos originales. Las consecuencias de este estallido moldean nuestra vida actual a través de estas cinco realidades que Trueman nota en su libro:
- Antiguamente, la humanidad vivía bajo la idea de la mímesis, que es la creencia de que el mundo tiene un significado propio y un orden que nosotros simplemente “recibimos” o descubrimos, como quien observa una obra para entender el mensaje del autor. Sin embargo, hoy hemos pasado a la era de la poiesis: el mundo se percibe ahora como una materia prima sin sentido intrínseco que nosotros debemos moldear según nuestra propia voluntad. Ya no buscamos nuestro propósito en la naturaleza o en un orden sagrado, sino que creemos que el significado es algo que nosotros mismos fabricamos; el mundo en sí mismo no tiene sentido y, por lo tanto, la relevancia solo puede ser otorgada por las acciones y deseos de los seres humanos.
- Este cambio de visión dio paso al “individualismo expresivo”, una mentalidad donde la búsqueda de la satisfacción personal y el bienestar psicológico en el “aquí y ahora” se han convertido en la prioridad absoluta de la existencia. Bajo este enfoque, la identidad ya no depende de factores externos como la familia o la fe, sino de la capacidad de mirar hacia adentro para ser “fiel a uno mismo” y alcanzar una sensación de autenticidad. Esta perspectiva nos dice que si nuestro interior dicta una identidad que no encaja con nuestro cuerpo o nuestra realidad física, tenemos el derecho soberano de transformar esa realidad externa para que se rinda ante nuestra voluntad psicológica.
- La influencia de estos pensadores también nos ha heredado una profunda sospecha frente a la autoridad y la idea de que la historia es, esencialmente, una historia de la opresión. Hoy tendemos a ver cualquier reclamo de “verdad absoluta” como un intento cínico de un grupo poderoso para subyugar y silenciar a otros, siguiendo la lógica de que el poder es la categoría central de todas las relaciones humanas. Esto explica la desconfianza moderna hacia instituciones tradicionales como la Iglesia o la familia, las cuales son vistas con sospecha y analizadas como herramientas diseñadas para mantener un sistema de dominio en lugar de como fuentes de verdad o virtud.
- Otra consecuencia fundamental es la abolición de lo que antes se conocía como el ámbito “prepolítico”, es decir, la noción de que existen organizaciones sociales que están fuera de las luchas de poder del Estado. Para el pensamiento moderno, todo se ha politizado, desde la religión hasta la estructura de la familia, porque se considera que todas estas instituciones existen para reforzar y perpetuar los valores de quienes tienen el control. En este escenario, no hay espacios neutrales ni sagrados; todo, desde lo que consumimos hasta cómo nos relacionamos con los demás, se convierte en un campo de batalla político donde se busca desestabilizar las visiones del mundo tradicionales para ganar poder social.
- Finalmente, al haber eliminado la teleología —es decir, la idea de que nuestra vida tiene una meta o propósito final—, nos hemos quedado atrapados en la necesidad de vivir exclusivamente para el presente. Si no descendemos de una creación especial con un destino eterno, la única clave de la vida es el placer y la satisfacción que podamos obtener en el momento exacto que estamos habitando. Esta obsesión con el “ahora” y la gratificación inmediata ha desplazado la búsqueda de la virtud a largo plazo, convirtiendo la satisfacción personal instantánea en el único sello de una vida que, al carecer de un fundamento trascendente, intenta desesperadamente crear su propio sentido antes de que el tiempo se agote.
Este es, pues, el legado de la aparición de la persona plástica.

En medio de este mundo de cambio constante y libertad absoluta, se vuelve vital reconocer que no somos el resultado del azar ni arquitectos de nuestra propia esencia, sino que fuimos creados con una naturaleza intencional a imagen de Dios. La gran guerra que enfrenta la Iglesia hoy no es simplemente cultural o política, sino una batalla de la memoria: recordar quiénes somos de manera original para no perdernos en la ilusión de la autocreación. Nuestra verdadera identidad no se fabrica a través de la voluntad ni se compra en el mercado, sino que se recibe del Creador, quien nos otorgó una dignidad y un propósito que trascienden cualquier deseo pasajero o transformación material.
Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen (a menos que se especifique explícitamente lo contrario). Para elaborarlo, ha utilizado herramientas de IA como apoyo. El autor ha revisado toda la participación de la IA en la construcción de su texto, y es el responsable final del contenido y la veracidad de este.
Referencias y bibliografía
El origen y el triunfo del ego moderno, por Carl R. Trueman. Editorial B&H.
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