No seremos capaces de gobernar bien nuestro país, criar a los hijos, enseñar a los estudiantes o instruir a los feligreses mientras no podamos determinar quiénes y qué somos como seres humanos. Esa tarea, difícil en cualquier época, se ha vuelto cada vez más ardua en una era que afirma que el hombre, la mujer, la sexualidad y el matrimonio son conceptos fluidos; que las personas se definen por los grupos a los que pertenecen; que no existen códigos morales fijos y trascendentes; que ”verdad” es solo otro nombre para el “poder”; y que los estándares de belleza son necesariamente relativos y subjetivos.
Muchos en la Iglesia actual creen que estos problemas se resuelven restaurando una visión tradicional de la filosofía, la teología, la ética, la sociología, la pedagogía y la estética. Aunque apoyo estos objetivos, sostengo que no seremos capaces de lograrlos sin reivindicar también una antropología tradicional. Hasta que tengamos el valor y la sabiduría para volver a una visión bíblica del hombre, no podremos resistirnos a aquellos que pretenden gobernarnos, moldearnos, educarnos y dirigirnos espiritualmente de una manera tan autodestructiva como antihumanista.
En el núcleo de la antropología bíblica se encuentran dos puntos no negociables. Primero, no somos producto de fuerzas evolutivas impersonales y azarosas, sino criaturas hechas a la imagen de Dios (imago Dei) que poseen un valor e inherente dignidad. Segundo, aunque fuimos creados buenos, estamos caídos y depravados, y necesitamos no solo la salvación en Cristo sino también cultivar nuestras virtudes, entrenar nuestros afectos y ordenar nuestros deseos de acuerdo con estándares objetivos y absolutos de bondad, verdad y belleza que, lejos de ser meros constructos sociales, son universalmente válidos y vinculantes.

Compañeros para la causa
Los cristianos que están comprometidos hoy con restaurar una visión correcta del hombre tienen un aliado en el mayor apologista del siglo XX, C. S. Lewis (1898–1963). Aunque Lewis es de gran ayuda en sus obras de apologética más conocidas (Mero cristianismo, El problema del dolor, Cartas del diablo a su sobrino, El gran divorcio) y en sus amadas Crónicas de Narnia, haríamos bien en ampliar nuestras lecturas para incluir su mordaz crítica a la educación moderna (La abolición del hombre) y sus incisivas novelas de ciencia ficción de trasfondo antropológico: la Trilogía Cósmica: Más allá del planeta silencioso, Perelandra y Esa horrible fortaleza.
La abolición del hombre (1943) nació como una serie de tres conferencias que Lewis impartió en la Universidad de Durham dentro de las Riddell Memorial Lectures. En ellas, muestra qué sucede con la educación y la sociedad cuando los valores morales objetivos se reducen a sentimientos subjetivos y el hombre mismo pasa a ser una herramienta o un engranaje manipulable y condicionado.

La Trilogía Cósmica relata los viajes cósmicos y la transformación personal de un filólogo materialista llamado Ransom. En Más allá del planeta silencioso (1938), el científico loco Weston secuestra a Ransom y lo lleva a Marte, donde este convive con criaturas racionales y no caídas que habitan una sociedad justa, estructurada al modo de La República de Platón. Allí se le abren los ojos a realidades espirituales más profundas y a la verdadera naturaleza de la virtud. En Perelandra (1943), Ransom es llevado a Venus para evitar que la Eva de ese mundo ceda ante las tentaciones de un Weston poseído por un demonio. En Esa horrible fortaleza: un cuento de hadas moderno para adultos (1945), una pareja burguesa, Mark y Jane Studdock, se ven envueltos en la lucha entre una organización totalitaria y distópica, controlada por demonios, y una comunidad mística y acogedora dirigida por Ransom.

A continuación, extraeré algunas perspectivas fundamentales de los tres breves capítulos de La abolición del hombre (“Hombres sin pecho”, “El camino” y “La abolición del hombre”) e ilustraré esas ideas con pasajes de las tres novelas, para analizar y proponer soluciones a nuestro actual desorden antropológico.
“Hombres sin pecho”
Lewis inicia su exposición sobre los peligros del subjetivismo citando un pasaje de un libro de texto de secundaria cuya identidad oculta bajo el seudónimo de El libro verde. En él, los autores (a quienes Lewis llama Gayo y Ticio) relatan una anécdota en la que el poeta romántico Samuel Taylor Coleridge oye a dos turistas reaccionar ante una cascada. Coleridge concuerda con quien la califica de “sublime”, pero desprecia a quien solo la llama “bonita”. En vez de usar el relato para enseñar a los jóvenes que las cascadas son objetivamente sublimes y deberían suscitar asombro, los autores rechazan el juicio de Coleridge e insisten en que no son ni sublimes ni bonitas. La sublimidad, al igual que la belleza, está solo en los ojos del espectador.

“El estudiante de colegio que lea este pasaje en El libro verde”, sostiene Lewis, “aceptará dos premisas: primero, que toda oración con un predicado de valor es una declaración sobre el estado emocional del hablante; y, segundo, que tales afirmaciones carecen de importancia”. Si solo se tratara de determinar si un paisaje es sublime o bonito, el asunto no sería tan grave. Lamentablemente, lo que Lewis denomina “oraciones con un predicado de valor” pronto abarcan cualquier afirmación sobre religión (sagrado o blasfemo), filosofía (verdadero o falso), moralidad (bueno o malo), virtud (valiente o cobarde), y artes (bello o feo).
En la cosmovisión subjetivista que Gayo y Ticio inculcan sutilmente, las cosas y las acciones carecen de una naturaleza esencial o intrínsecamente sublime o sagrada. Al contrario, son nuestras percepciones y nuestros sentimientos los que les adjudican estos valores emocionales. Tal visión —que dan por sentado la mayoría de los educadores modernos (y posmodernos)— se opone directamente a la tradición grecorromana y judeocristiana. La bondad, la verdad y la belleza absolutas están tan integradas en el tejido del cosmos como las leyes de la naturaleza o las tablas de multiplicar. Como poseemos razón y virtud gracias a la imago Dei, podemos descubrir y discernir esos principios a priori; pero, al vivir en un estado de fragmentación, nuestra razón y virtud deben ser entrenadas adecuadamente para percibirlos y obedecerlos.
“San Agustín”, escribe Lewis, “define la virtud como el ordo amoris, el estado ordenado de los afectos en el que a cada objeto se le otorga el tipo y grado de amor que le corresponde”. Antes de la Ilustración y del auge del progresismo y el utopismo, en todo el Occidente cristiano se entendía que el fin primordial de la educación era ordenar rectamente los deseos de los jóvenes. Solo así podrían convertirse en ciudadanos virtuosos, capaces de autorregularse moralmente y de reaccionar como es debido ante el bien y el mal, la valentía y la cobardía, la belleza y la fealdad.

Lo mismo sucedía en el pensamiento de aquellos paganos más nobles a quienes la Iglesia primitiva respetaba y de quienes aprendía. Lewis añade:
Aristóteles afirma que el objetivo de la educación es lograr que al alumno le agrade y le desagrade lo que es debido. Al llegar a la edad de la reflexión, el alumno que ha sido educado en “afectos ordenados” o “sentimientos justos” hallará con facilidad los primeros principios de la ética; pero para el hombre corrupto, estos jamás serán visibles y no podrá progresar en esa ciencia. Platón ya había expresado lo mismo. El pequeño animal humano no nace con las respuestas correctas. Hay que entrenarlo para que sienta placer, agrado, desagrado y odio ante lo que realmente es placentero, agradable, repugnante y aborrecible.
Para que la educación recupere su verdadera función, debemos volver a vernos como criaturas hechas para conectar con la bondad, la verdad y la belleza de nuestro mundo, en vez de ser meros subproductos azarosos de fuerzas materiales que solo proyectan su propio significado sobre un mundo sin sentido. Si logramos restaurar esa visión, entonces podremos recuperar lo que Lewis llama “la doctrina del valor objetivo: la creencia de que ciertas actitudes son realmente verdaderas y otras falsas, según la naturaleza del universo y nuestra propia naturaleza”.
¿Cómo alcanzamos esta restauración? Recuperando y atendiendo a lo que Lewis llama el Tao: el código ético-moral universal inscrito en nuestra conciencia que nos indica qué debemos hacer y cómo comportarnos, incluso —y sobre todo— cuando no queremos hacerlo. Al emplear un término del taoísmo, Lewis subraya su carácter trascendente y transcultural, tan válido para judíos y cristianos occidentales como para hindúes y budistas orientales. “Quienes conocen el Tao”, sostiene Lewis frente al subjetivismo de Gayo y Ticio, “pueden afirmar que llamar encantadores a los niños o venerables a los ancianos no es un simple registro de un hecho psicológico sobre nuestras propias emociones del momento, sino el reconocimiento de una cualidad que exige una respuesta específica de nuestra parte, la demos o no”.

Educar adecuadamente a los alumnos para reconocer el Tao y responder a él no es solo indispensable para formar ciudadanos virtuosos; es necesario para preservar una sociedad libre. Haciendo uso de una metáfora de Platón, Lewis sostiene que la única forma en que nuestra cabeza (sede de la razón) puede gobernar nuestro vientre (sede de los apetitos egoístas y destructivos) es mediante la mediación de nuestro pecho (sede de la virtud y el sentimiento). Lamentablemente, el subjetivismo de Gayo y Ticio, al enseñar que nuestro deseo de alinearnos con el bien, la verdad y la belleza es solo un valor personal ajeno a “la realidad”, carcome el pecho hasta que este se marchita y se atrofia.
Esta atrofia del pecho nos conduce a la triste ironía de la educación moderna (progresista). En el preciso momento en que nuestra sociedad clama por ciudadanos con coraje y abnegación, cierra la única fuente de la que estos pueden brotar. “Con una especie de espantosa simplicidad”, escribe Lewis en el párrafo final, “extirpamos el órgano y exigimos la función. Hacemos hombres sin pecho y esperamos de ellos virtud y emprendimiento. Nos burlamos del honor y nos sorprendemos de encontrar traidores entre nosotros. Castramos y ordenamos a los castrados que sean fértiles”.
Restaurar el pecho de Ransom
Ransom, héroe de Más allá del planeta silencioso, comienza la novela siendo un escéptico moderno, instruido para confiar únicamente en lo que le dictan los sentidos y para descartar por sentimentales y supersticiosos todos aquellos valores que no pueden cuantificarse materialmente. Cuando conoce a los habitantes de Marte, los menosprecia tildándolos de primitivos al carecer de tecnología y vivir bajo un sistema aristocrático. A medida que avanza la novela, se encuentra y caza junto a una raza de guerreros similares a castores que le ayudan a forjar un pecho, pues empieza a valorar sus virtudes medievales de valentía, caballerosidad, justicia y jerarquía.
La educación de Ransom le revela la bondad, la verdad y la belleza de Marte, sus tres especies racionales y su espíritu guardián. Weston, su compañero de viaje, sigue un camino muy distinto que lo deja ciego y sordo ante las maravillas que lo rodean. En lugar de reconocer que los marcianos honran el mismo Tao que conocemos en la Tierra, Weston toma solo un aspecto del Tao —el llamado a garantizar la supervivencia de la raza humana— y lo usa como excusa para erradicar la vida nativa marciana, abriendo así paso a la colonización humana en medio de la lucha incesante por preservar la especie.

Al justificar por qué tiene derecho a hacer esto, Weston evoca esa “moralidad” que resta cuando el Tao se deconstruye y se deja que el pecho se marchite: “La vida está por encima de cualquier sistema moral; sus exigencias son absolutas. No es por tabúes tribales o máximas de manual que esta ha proseguido su marcha implacable desde la ameba hasta el hombre, y desde este hasta la civilización” (capítulo 20). Por el contrario, es justamente mediante esos “tabúes tribales” y “máximas de manual” que cada generación ha legado la sabiduría y la virtud a la siguiente, garantizando así que el ser humano siga siéndolo.
Ransom y Weston ilustran que la diferencia entre una educación tradicional en el Tao y la educación progresista que propugna El libro verde radica en cómo se percibe al estudiante y, por ende, cómo se le trata:
La antigua trataba a sus alumnos como las aves adultas hacen con sus polluelos al enseñarles a volar; la nueva los trata más bien como un criador de aves, moldeándolos de un modo u otro para fines que estos ignoran por completo. En pocas palabras, la antigua era una suerte de propagación, hombres que transmitían la hombría a otros; la nueva es mera propaganda.

El camino
En el segundo capítulo de La abolición del hombre, Lewis profundiza en la naturaleza del Tao (que significa “el camino”). Como vimos con Weston, hoy en día muchos tienen la irónica costumbre de descartar las partes del Tao que no les gustan —como las costumbres sexuales, el respeto a los padres o los roles conyugales tradicionales— para luego justificar sus creencias apelando a algo que solo puede hallarse en el Tao. El escepticismo de Gayo y Titio respecto a los valores, explica Lewis, “es superficial”. Lewis prosigue:
Solo sirve para atacar los valores ajenos; en relación con los valores vigentes en su propio círculo, estos autores no son, ni de lejos, lo bastante escépticos. Y este fenómeno es muy frecuente. Muchos de quienes “desacreditan” los valores tradicionales o (como ellos dirían) “sentimentales”, se reservan unos valores propios que consideran inmunes al proceso de desmitificación. Aseguran estar eliminando la maleza parásita de la emoción, la sanción religiosa y los tabúes heredados para que puedan surgir valores “reales” o “básicos”.
El problema, sin embargo, es que no pueden precisar de dónde vienen esos valores fundamentales. ¡Ciertamente no pueden haber surgido de la selección natural darwiniana! Muchos se complacen al descartar como supersticiosas o medievales aquellas virtudes que no les agradan, mientras santifican como bondad absoluta conceptos como la diversidad, la igualdad y la tolerancia. Pero estos tres “valores” están enraizados en una creencia del Tao sobre el valor inherente de todo ser humano, lo que a su vez se fundamenta en la imago Dei. Incluso la confianza en la ciencia se basa, en última instancia, en dos premisas que no pueden deducirse de los “hechos” empíricos: (1) existe un orden y una armonía en el cosmos que son independientes de nosotros, y (2) podemos confiar en que los sentidos perciben ese orden.

Es muy posible que Lewis tuviera presente a Weston cuando escribió que la proposición “‘esto preservará la sociedad’ no puede conducir a ‘haz esto’ salvo por la mediación de ‘la sociedad debe ser preservada’”. Pero la convicción de que “la sociedad debe ser preservada” emana del Tao, no de observaciones fácticas del mundo “real”. Lewis concluye: “Nunca ha habido y jamás habrá un juicio de valor radicalmente nuevo en la historia del mundo”. Al profundizar, añade:
Lo que se presentan como nuevos sistemas o (como se les llama ahora) “ideologías”, todos consisten en fragmentos del Tao mismo, arrancados arbitrariamente de su contexto original y luego inflados hasta el delirio en su aislamiento, pero toda su validez emana todavía del Tao y solo de él. Si mi deber hacia mis padres es una superstición, entonces también lo es mi deber hacia la posteridad. Si la justicia es una superstición, entonces también lo es mi deber hacia mi país o mi raza. Si la búsqueda de conocimiento científico es un valor real, entonces también lo es la fidelidad conyugal. La rebelión de las nuevas ideologías contra el Tao es una rebelión de las ramas contra el árbol: si los rebeldes pudieran triunfar, descubrirían que se habían destruido a sí mismos.
El Tao es un todo indivisible; no podemos sacrificar el deber hacia los padres en aras del deber hacia la posteridad, ni viceversa. Si queremos conservar la humanidad, debemos abrazar íntegramente el Tao. El intento de liberarnos del Tao no nos conduce a la liberación, sino a la destrucción. Solo podemos funcionar adecuadamente si sabemos para qué fuimos creados, lo que Aristóteles llamaba nuestro telos o fin trascendental. Pero es el Tao el que nos vincula con nuestro telos y así nos mantiene humanos. Como Lewis sostuvo en “Hombres sin pecho”, es mediante el pecho —el lugar donde habita el Tao— que somos plenamente humanos; pues por la cabeza somos como ángeles, mientras que por el vientre somos como bestias.

Liberados para la destrucción
En Perelandra, Ransom viaja a un mundo recién creado (Venus), similar al Edén en sus albores. Weston también está allí. Él tienta a la Eva venusiana en tres ocasiones con el fin de que, en esencia, se separe del Tao y se convierta en un individuo autónomo que no reconoce límites a sus deseos y que se reserva el derecho a reconstruirse como mejor le parezca, al margen del telos “impuesto” por su Creador (Maleldil) y del Tao.
Weston inicia la tentación de “Eva” mostrando ante su mente imágenes de mujeres modernas liberadas para infundirle resentimiento contra Maleldil por lo que Él le ha negado. Estas mujeres audaces, afirma Weston:
…siempre extienden las manos hacia el bien nuevo e inesperado, y descubren que es bueno mucho antes de que los hombres puedan entenderlo. Su mente se anticipa a lo que Maleldil les ha dicho. No tienen que esperar a que Él les diga qué es bueno, sino que lo saben por sí mismas, tal como Él lo sabe. Son, por así decirlo, pequeñas Maleldils (capítulo 8).
Al igual que la serpiente bíblica, Weston tienta a Eva con la promesa de que será “como Dios” (Gn 3:5). Lamentablemente, quienes intentan elevarse por encima de su condición de criaturas (apartándose del Tao) para ser como ángeles, terminan cayendo por debajo de su naturaleza hasta convertirse en bestias. Lo que nos hace más humanos es el pecho; ¡ni la cabeza ni el vientre!

Tras fracasar en el intento de que Eva busque ser como Dios, Weston la tienta con la insidiosa mentira de que Maleldil quiere que ella desobedezca.
[Maleldil] anhela —¡oh, cuánto lo desea Él!— ver que Su criatura llega a ser plenamente ella misma, que se apoya en su propia razón y su propia valentía incluso contra Él. Pero ¿cómo puede Él ordenarle que haga eso? Eso lo echaría a perder todo. Cualquier acto que ella realizara tras esa orden no sería más que un paso más a Su lado. Esta es la única cosa de entre cuanto Él anhela en la que Él no debe intervenir. ¿Crees que Él no está cansado de no ver nada más que a Sí mismo en todo lo que ha creado? Si eso le satisficiera, ¿para qué habría de crear? Encontrar al Otro —aquel cuya voluntad ya no es la Suya— ese es el deseo de Maleldil.
No puedo pensar en una mejor síntesis del deseo moderno de alcanzar una autosuficiencia radical al despojarse de todos los límites que no sean autogenerados. El Tao se interpone en el camino de ese deseo y, por lo tanto, el Tao debe desaparecer, incluso si el programa utópico propuesto para la liberación humana total no puede justificarse fuera de él.

“La abolición del hombre”
En su capítulo final, Lewis considera qué le sucederá a una sociedad que va más allá del aula y se adentra en el ámbito político para promulgar una utopía desvinculada del Tao. El objetivo de esa sociedad será elevar al hombre por encima de la naturaleza, purificándolo y perfeccionándolo de tal manera que ya no dependa de nada ajeno a sí mismo. Desafortunadamente, lo que pretende ser poder sobre la naturaleza resulta ser un “poder ejercido por unos hombres sobre otros hombres con la naturaleza como su instrumento”.
Cuando los pocos que están al mando —Lewis los llama los “condicionadores”— aprendan a alterar y manipular los genes de millones de personas para producir el tipo de seres que necesitan para su mundo feliz, las personas así condicionadas habrán perdido la capacidad de tomar decisiones importantes por sí mismas. Sin una norma establecida derivada del Tao para determinar la verdadera naturaleza y el telos de los seres humanos, las alteraciones no solo serán permitidas, sino obligatorias. Nada se interpondrá en el camino de perfeccionar la especie; ¡de que el hombre termine lo que la naturaleza empezó!
A este futuro distópico, Lewis le añade un giro oscuro. Sus condicionadores serán diferentes a los maestros, tiranos e inquisidores de antaño:
En los sistemas antiguos, tanto el tipo de hombre que los maestros querían producir como sus motivos para hacerlo estaban prescritos por el Tao: una norma a la que los maestros mismos estaban sujetos y de la que no podían apartarse. No moldeaban a los hombres según algún patrón que hubieran elegido. Solo entregaban lo que habían recibido (...). Esto cambiará. Los valores son ahora meros fenómenos naturales. Los juicios de valor deben producirse en el alumno como parte del condicionamiento. Cualquier Tao que exista será el resultado, no el motivo, de la educación.

Y entonces un segundo giro más oscuro. “Liberados” del Tao, los condicionadores no tendrán normas con las cuales juzgar sus propias acciones. ¿Quién (o qué) los controlará entonces? Estarán controlados, sostiene Lewis, por impulsos azarosos. Pero el azar no es sino otro nombre para la naturaleza.
Los motivos de los condicionadores surgirán de la herencia, la digestión, el clima y la asociación de ideas (...). En el momento, pues, del triunfo del Hombre sobre la naturaleza, encontramos a toda la raza humana sometida a unos pocos individuos, y a esos individuos sometidos a aquello que en ellos mismos es puramente “natural”: sus impulsos irracionales. La naturaleza, sin el freno de los valores, gobierna a los condicionadores y, a través de ellos, a toda la humanidad. La conquista de la naturaleza por el hombre resulta ser, en el momento de su consumación, la conquista del hombre por la naturaleza.
Irónicamente, al intentar liberarnos del control de la naturaleza, le entregamos a esta el control total sobre nosotros, aboliendo al final no a la naturaleza, sino al hombre. Si hubiéramos recordado la imago Dei, habríamos salvaguardado todo lo que nos hace humanos al permanecer dentro de los límites protectores del Tao. Si hubiéramos recordado que somos seres caídos, nos habríamos dado cuenta de la insensatez y futilidad de intentar perfeccionarnos en nuestro estado actual.

Hombres crueles del N.I.C.E.
Para recalcar la advertencia profética de La abolición del hombre, Lewis culminó la Trilogía de Ransom con una tercera novela que narra en clave de ficción lo que podría suceder si un grupo de “moldeadores” ajenos al Tao intentara poner en marcha sus planes utópicos y antihumanos. En su relato, el Instituto Nacional de Experimentos Coordinados —cuyo nombre original en inglés es National Institute of Co-ordinated Experiments, formando así las siglas N.I.C.E.— busca utilizar la ciencia para establecer un estado eficiente, tecnocrático y omnicompetente. Lewis utiliza estas siglas como un juego de palabras deliberado y provocativo, ya que en inglés la palabra nice significa “amable” o “agradable”.
Esta fachada terminológica oculta una realidad perversa: bajo un nombre que evoca benevolencia, se esconde un sistema dispuesto a aniquilar la esencia humana. Como símbolo de sus aspiraciones, encuentran la manera de preservar la cabeza decapitada de un criminal. Llaman a su creación “la Cabeza” y reciben órdenes de ella, ignorando que esta no está controlada por el cerebro muerto del criminal, sino por demonios.
En el capítulo 3 de La abolición del hombre, Lewis recuerda a los lectores que el auge de la magia durante el Renacimiento no fue compañero de la Iglesia, sino del surgimiento simultáneo de la ciencia. Ambos empeños, argumenta Lewis, nacieron del mismo deseo de controlar la naturaleza y someterla a la voluntad del hombre, sin importar el costo. En Esa horrible fortaleza, los esfuerzos del N.I.C.E. por controlar y reconstruir al hombre lo sitúan fuera del Tao y lo dejan expuesto a fuerzas demoníacas.
En la historia, el protagonista, Mark, recibe una oferta profesional de esta insidiosa institución. A medida que se adentra en el N.I.C.E., se percata de que, para ser un moldeador, deberá inclinarse ante la Cabeza. Con el fin de librarlo de cualquier escrúpulo supersticioso que pudiera tener sobre jurar lealtad a un ídolo científico-demoníaco, lo arrojan a una habitación asimétrica con elementos arquitectónicos y obras de arte deliberadamente retorcidas, engañosas y nihilistas. La intención es que Mark renuncie a cualquier criterio moral, filosófico o estético fijo y trascendente que pudiera fortalecerlo ante el sacrificio de su verdadera naturaleza frente a la fealdad blasfema y malvada de la Cabeza.
Pero cuando lo obligan a enfrentarse a la habitación, sucede algo que los líderes del N.I.C.E. no previeron.
La perversidad construida y plasmada en esta habitación hizo que Mark tomara conciencia, como nunca antes lo había hecho, de todo lo opuesto a aquel lugar. Tal como el desierto enseña antes que nada a amar el agua, o como la ausencia revela el afecto, ante este trasfondo de lo agrio y lo torcido surgió una especie de visión de lo dulce y lo recto. Algo más —algo a lo que él llamó vagamente lo “Normal” — al parecer existía. Nunca antes se había detenido a pensar en ello. Pero allí estaba: sólido, masivo, con una forma propia, casi tangible, comestible o digno de enamorarse de ello (capítulo 14).
En el último momento, recuerda quién es: no solo Mark Studdock, sino un ser humano creado a la imagen de Dios, en cuyo ser el Creador ha inscrito una conciencia capaz de discernir el bien del mal, la virtud del vicio, lo íntegro de lo perverso. Como consecuencia, su humanidad se preserva mediante una reconexión con el Tao, evitando ser abolida por un rechazo desafiante a todas aquellas reglas, códigos y normas destinadas a protegerlo de la rebelión autodestructiva de su naturaleza pecaminosa.
Ver a través de la habitación asimétrica
Prácticamente cada vez que alguien enciende Netflix, ve una película de Hollywood, recorre Facebook sin cesar, mira un video de TikTok o cursa su primer semestre en Harvard, Columbia o Stanford, corre el riesgo de ser absorbido por la habitación asimétrica de Lewis: de que su decencia basada en el Tao y su sentido común se vean trastocados por completo. Agradezcamos que La abolición del hombre y la Trilogía Cósmica de Lewis nos brinden un vocabulario y una narrativa para exponer las mentiras y la locura de un mundo que, con una mano, nos ensalza hasta el nivel de los dioses y luego, con la otra, nos reduce a animales.
No debemos renunciar a nuestra herencia como individuos con valor y dignidad intrínsecos, ni olvidar que estamos quebrantados y que es fácil descarriarnos. El futuro de nuestra sociedad, de nuestras escuelas y de nuestras propias almas depende de ello.
Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por Louis Markos en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.
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