“Bienvenidos a nuestro templo” fue lo primero que nos dijo la guía argentina vestida de azul y amarillo, los colores más característicos de uno de los equipos más importantes de América y del mundo: el Boca Juniors. Mi esposa y yo estábamos en la ciudad de Buenos Aires, donde parece que el antiguo barrio de La Boca es una visita obligada. Sus calles y casas tienen un estilo muy particular, propio de los inmigrantes italianos —especialmente de la región de Génova— que lo construyeron. Lo cierto es que es imposible caminar por allí y pasar por alto el gran Estadio Alberto J. Armando, más conocido como La Bombonera.
Todo el barrio tiene tantas alusiones al equipo, que es casi imposible conformarse solo con darle una mirada al estadio. Afortunadamente, la mayoría de instalaciones en las que juegan equipos reconocidos ofrecen visitas guiadas, que generalmente incluyen un recorrido por las gradas, la cancha, los camerinos, los túneles y, en su mayoría, un museo en el que se exhiben los trofeos, las camisetas de grandes jugadores, balones y demás objetos significativos del club. El estadio del Boca Juniors no es la excepción, así que no dudamos en adquirir nuestras entradas.

Para mi esposa, que es organizadora de eventos, y para mí, que soy un fan del fútbol, entrar a la Bombonera fue una experiencia más que emocionante. Desde niño seguía con pasión a Millonarios, un club de fútbol colombiano. Pasaba horas escuchando comentarios deportivos en la radio o viendo partidos en televisión. Mis fines de semana giraban alrededor del horario de los partidos. Y cuando la selección Colombia jugó los mundiales que me tocó vivir, la emoción me consumía por completo: los nervios antes del himno, los gritos con cada gol, el silencio pesado después de las derrotas y las eliminaciones. Esa mezcla de alegría, sufrimiento y esperanza se me quedó grabada en el cuerpo. Por eso, a la Bombonera no entró solo un turista, sino alguien que ha dejado muchas tristezas y sonrisas en varias tribunas, incluso aquellas que se ven a través de radios o pantallas.
Pero, durante todo el recorrido, me quedé pensando en por qué para la gran mayoría de los hinchas de Boca Juniors este lugar es “su templo”, como lo mencionó la guía. Por el lugar que ocupa en el barrio y por cómo la economía, la gastronomía y la identidad de la zona giran alrededor del equipo y el estadio, tal vez la afirmación no es una exageración. Reflexioné que, para muchos, el fútbol es un sustituto de la religión, una pasión que les ofrece comunidad, identidad, propósito y trascendencia.

En este artículo quiero analizar por qué somos tan amantes del fútbol. No pretendo proclamar una condena simplista, ni tampoco hacer una invitación a la retirada. Más bien, quiero responder a la pregunta: ¿qué verdades acerca de la naturaleza fundamental del ser humano (el “ser que adora” y el “ser que desea”) revelan los estadios? Creo que el fútbol moderno, y en particular la cultura de clubes como el Real Madrid, Barcelona, Manchester City, París Saint-Germain, Bayern Múnich, River Plate o Boca Juniors, no es solo un entretenimiento de masas, sino una especie de “religión secular” funcional que ocupa vacíos litúrgicos, afectivos y comunitarios que la secularización ha dejado abiertos, especialmente en la sociedad occidental. El estadio funciona como un tipo de espejo que refleja nuestros anhelos más íntimos y profundos.
Durkheim y la efervescencia colectiva: el alma social del fútbol
Aunque quise escribir este artículo a partir de mi curiosidad como aficionado al fútbol, supe que para empezar a comprender la magnitud de la devoción que genera este deporte, tenía que recurrir a lo propuesto por Émile Durkheim, un humanista francés considerado como uno de los padres de la sociología moderna. En su obra fundamental, Las formas elementales de la vida religiosa, Durkheim logra identificar que la religión es, en su raíz, una actividad eminentemente social. Y este es un concepto clave para entender la muy famosa y poderosa “efervescencia colectiva” que se da en La Bombonera. Durkheim llega a describir estos momentos como instantes de intensa unidad social y de reafirmación de ideales grupales que irrumpen en el transcurrir material, anónimo y cotidiano de la vida.

Si bien nunca he estado en un partido del Boca Juniors, sí he probado algo de esa “efervescencia”. La sentí en el relato de la guía en La Bombonera, en la actitud del personal y en la arquitectura del estadio y en otros lugares. Por ejemplo, tuve la oportunidad de ver junto a mi esposa un partido de la Premier League, del Leeds United, el equipo inglés al que sigo. El estadio estaba lleno, el clima era gris y frío, y aún así la gente cantaba como si la vida dependiera del resultado. Y aunque Leeds perdió ese partido, lo que más recuerdo no es el marcador, sino el momento en que toda la hinchada se puso de pie para cantar. Por unos minutos, sentí que no era un extranjero, sino que hacía parte de un grupo, de una comunidad.
Este fenómeno es muy notable y verificable empíricamente en el fútbol. El simple acto de reunirse con otros actúa como un estimulante excepcionalmente poderoso. Cuando los fans están congregados, su proximidad física genera una especie de “electricidad” que transporta a los hinchas a un grado extraordinario de emoción. Los gritos, los saltos al unísono y los cánticos son mecanismos rituales que forjan una conciencia común.

Lo fascinante es que, en la tribuna, el individuo puede sentirse disuelto en la masa, liberándose de las cargas de su identidad individual, sus fracasos personales, su clase social o su profesión, para asumir una identidad corporativa unificada. Esta “electricidad” se manifiesta en el fútbol como una experiencia de trascendencia horizontal y terrenal: el individuo trasciende su “yo” individual no hacia lo divino vertical, sino hacia el “nosotros” colectivo del equipo.
Desde Grecia hasta hoy: rito y cohesión en el deporte
El investigador Mark Doidge, experto en sociología del deporte de la Universidad de Loughborough en Inglaterra, dice que el fútbol es “más que una religión secular”; es un mecanismo esencial de socialización que ayuda a estructurar nuestra percepción del mundo. Entonces, tengo la idea de que la separación que hacemos entre “deporte secular” y “religión sagrada” es, en muchos sentidos, una distinción bastante moderna. A lo largo de la historia, el deporte y el rito han estado íntimamente entrelazados.
Un ejemplo de esto son los juegos fúnebres griegos, que eran la manera apropiada de honrar la muerte de héroes, o en los Juegos Olímpicos antiguos, que se celebraban en honor a Zeus en Olimpia, un complejo tanto de santuarios como de instalaciones deportivas. Incluso el ōllamaliztli, el juego de pelota mesoamericano, tenía profundas implicaciones cosmológicas, ligadas a los mitos de creación. El mismo apóstol Pablo usa alusiones constantes al deporte para hablar de enfoque, determinación o perseverancia (1 Co 9:24, Fil 3:12 o 2 Ti 4:7-8). Entonces, de alguna manera, el fútbol moderno ha heredado esta función de cohesión social.

Durkheim ya había identificado que los componentes sociales clave de la religión —el espacio sagrado, la congregación regular, el ritual colectivo— son de hecho los cimientos de la sociedad misma. Al participar en el ritual del fútbol, nos convertimos en parte de una comunidad mucho más grande que nosotros mismos. En consecuencia, la temporada de partidos se convierte en una especie de “calendario litúrgico”, pues estructura el tiempo. Además, el estadio viene a ser un espacio sagrado, y los colores del club establecen una identidad visual.
Pero hay otro aspecto sociológico que me parece muy interesante: lo que Norbert Elias y Eric Dunning llaman el “descontrol controlado de las emociones”. La sociedad de hoy nos exige un alto grado de autocontrol emocional en la vida pública. El estadio, sin embargo, se transforma en un “enclave” socialmente permitido para la catarsis. Allí, la furia, el llanto y el abrazo con extraños están, curiosamente, legitimados por la comunidad. Por eso creo que el ser humano tiene esa necesidad innata de expresión emocional apasionada que el racionalismo moderno secularizante e individualista ha intentado suprimir. En un sentido, el estadio es una válvula de escape para esta presión.

Boca Juniors: identidad, liturgia y un “templo” secular
Si queremos entender estos conceptos de manera tangible, el caso de Boca Juniors es paradigmático. Su identidad está profundamente ligada a la experiencia de los inmigrantes genoveses pobres en la Buenos Aires de finales del siglo XIX y principios del XX. Fueron ellos quienes fundaron el club, que se convirtió en un vehículo de afirmación social y de integración para una clase trabajadora marginada. De hecho, la palabra “Xeneize”, con la que se designa también al club, proviene del dialecto ligur y significa “genovés”.
En ese sentido, el origen del club se convierte en el “mito fundacional”: un pueblo humilde que encuentra su dignidad y voz a través de los colores azul y oro. Hay hasta episodios de autonomía simbólica, como la declaración de la “República de La Boca” de 1876, que generaron —y aún hoy lo hacen— un sentido de pertenencia tribal tan fuerte que se suele decir que uno “nace” de Boca. Es más una cuestión de sangre y tierra que de preferencias.

Ahora bien, La Bombonera es mucho más que una estructura de hormigón o un contenedor pasivo de encuentros futbolísticos. Se trata más de un elemento esencial y activo en la liturgia boquense. Su forma compacta y vertical está diseñada —aunque quizá no de manera intencional— para favorecer una acústica y una proximidad que amplifica esa efervescencia colectiva a niveles extremos. De hecho, la terminología usada por la guía no era irónica: los aficionados no solo van a ver un partido, sino a “la misa”, y el estadio es “El Templo”. Para el hincha, este recinto es una especie de axis mundi (centro del mundo), donde el cielo y la tierra se tocan de manera, si se quiere, profano-sagrada. Estar allí, con el temblor del concreto, el olor característico y el ruido ensordecedor ha de ser una experiencia religiosa propia de un ambiente sagrado-secular.
Dentro de ese “templo”, la barra brava —conocida como “La 12”— es una especie de administradora de la liturgia: dirige los cánticos y establece el ritmo emocional. Y aquí vale la pena mencionar un concepto sociológico clave del fútbol argentino: la “cultura del aguante”, una forma de capital simbólico que se acumula no necesariamente ganando partidos o títulos, sino demostrando una fidelidad inquebrantable en la adversidad.

En contraste con la lógica deportiva pragmatista, donde lo que importa es el triunfo, en la lógica del aguante el valor reside en estar ahí, siempre. Se trata de resistir la derrota, la crisis económica, la lluvia, el sol, el día, la noche y la represión policial, sin dejar de alentar. “Canten más fuerte, con más pasión, esto es Boca”, es el imperativo permanente ante un resultado adverso. No puedo dejar de pensar que el “aguante” podría ser una parodia secular de la perseverancia. Es una fidelidad pactada que proclama que el vínculo con el objeto de adoración, en este caso el club, es inquebrantable, pase lo que pase.
También los cánticos, que vendrían a ser los himnos de esta religión secular, revelan una teología implícita muy profunda. Me parece particularmente inquietante cómo, desde la fe, es claro que hay cierta naturaleza idolátrica en algunas letras. Por ejemplo, cuando se canta: “Boca es la alegría de mi corazón. Vos sos mi vida, vos sos la pasión”, el club provee el propósito existencial y la alegría emocional. La teología nos enseña que este es un lenguaje de adoración exclusivo y que, bíblicamente, solo Dios es la “alegría del corazón” y la “vida”. Esto es, como se dice, adoración mal dirigida.
Otro ejemplo impactante es la proyección de la identidad hacia la eternidad: “Ni la muerte nos va a separar, desde el cielo te voy a alentar”. Esto es una escatología secularizada, una distorsión que reemplaza la promesa cristiana de la vida eterna (Ro 8:38) con el club como el objeto de unión eterna.

Liturgias que forman el corazón
El uso de terminología sacra —como “santuario”, “templo” y “misa”— e incluso la necesidad de la trascendencia para sacralizar un espacio profano, son pruebas de que el ser humano tiene, por naturaleza, una tendencia a la adoración. No podemos evitar usar categorías religiosas porque estamos diseñados intrínsecamente para habitar espacios sagrados y vivir vidas con un significado profundo y trascendente.
Aquí la perspectiva del filósofo cristiano James K.A. Smith me resulta indispensable. Él argumenta que los seres humanos no somos principalmente “cosas pensantes”, sino “agentes deseantes”. Somos lo que amamos, y nuestros afectos y amores nos definen de manera mucho más profunda que nuestras propias ideas intelectuales. Smith postula que nuestros deseos no son estáticos; son formados y dirigidos por prácticas habituales y corporales. Lugares como el centro comercial, la universidad y, de forma crucial, el estadio, funcionan como verdaderas “liturgias culturales”. No son espacios neutrales, sino lugares de formación pedagógica que “apuntan” nuestro corazón hacia una visión específica de lo que significa “la buena vida”.

El estadio, en este sentido, tiene una liturgia tan rigurosa y formativa como la de cualquier catedral, pues nos entrena los afectos mediante la participación corporal y la repetición. Pensemos en la procesión de los fieles hacia el recinto sagrado (el introito), los cánticos iniciales que establecen la identidad (el canto Bostero soy como la invocación) o la adoración corporal: el levantamiento de manos, el ponerse de pie al unísono, la reverencia ante los trofeos y banderas. Smith enfatiza que esto se aprende de forma “kinesiológica”, es decir, con el cuerpo antes que con la mente. También se ven reflejados el sacrificio, en la entrega de tiempo, dinero y emoción, y la comunión, esa experiencia compartida de la victoria o la derrota que une a extraños como si fueran una familia —aunque esta sea temporal—.
Como señala el teólogo Jeremy Treat, es muy fácil imaginar una religión en la que una imagen (el trofeo) es adorada, en la que la gente se reúne regularmente en un santuario (estadio) y en la que un sacerdote (entrenador) preside la reunión. Smith nos advierte que el peligro no es que el fútbol sea malo en sí mismo, sino que estas liturgias no son precisamente benignas ni neutrales. Nos reclutan de forma encubierta para ser ciudadanos de reinos rivales; nos entrenan para amar la identidad tribal, la dominación sobre el otro y el éxito. Este filósofo lanza una advertencia incómoda a la Iglesia: si no reconocemos el poder formativo de estas liturgias seculares, corremos el riesgo de perder la batalla por los corazones de nuestros feligreses, quienes serán “cristianos” en su intelecto, pero “hinchas” en sus amores más profundos.

Gracia común y anhelo eterno: cuando la alegría del estadio no basta
La liturgia del estadio es potente porque es visceral y ofrece una experiencia inmersiva, estética y comunitaria. Cuando comparamos la estructura del partido con la de un servicio de adoración, los paralelismos son realmente sorprendentes. La hinchada es una congregación ruidosa, activa y apasionada, que desafía la distinción entre “espectador/participante”, creyendo que su aliento afecta el resultado. El “aguante” que se ve en los estadios, donde la gente soporta el mal clima y está allí a pesar de los altos costos, revela una capacidad de sacrificio que la Iglesia moderna a menudo tiene dificultades para inspirar. La diferencia radical no está en la estructura, que es sorprendemente parecida, sino en el objeto de adoración: el equipo, la tribu y la victoria, en lugar del Dios Trino. En el fútbol, la adoración está, ineludiblemente, mal dirigida.
Ante esta realidad sociológica, creo que la teología tiene que evitar dos extremos: el rechazo legalista del deporte, que lo ve como una distracción carnal, y la asimilación acrítica, que ve a Dios sin discernimiento en cualquier manifestación. Entonces, prefiero abordar este tema a través de la gracia común, la teología del juego y el concepto de Sehnsucht.

La doctrina de la gracia común enseña que Dios otorga dones de belleza, habilidad y alegría a toda la humanidad, independientemente de su estado. En esencia, el deporte es un regalo de Dios, una manifestación de Su bondad en la creación. El teólogo Robert Ellis argumenta que Dios es un Deus Ludens (un Dios que juega). La creación no fue un acto de necesidad utilitaria, sino de libertad, de alegría superabundante y de amor creativo. Así que cuando un atleta despliega su habilidad física y táctica o cuando se celebra un gol con arte, están, si se orienta correctamente, reflejando la Imago Dei (Imagen de Dios) y participando en esa alegría divina de la creación. Admirar una jugada perfecta es un acto de alabanza al Diseñador de la anatomía humana.
El teólogo Lincoln Harvey añade una capa más de reflexión: el deporte es una “celebración litúrgica de la contingencia”. Vivimos en un mundo que busca control y seguridad, pero el deporte nos fascina precisamente porque es innecesario y su resultado es incierto. Nos recuerda que somos criaturas circunstanciales, no creadores. Harvey piensa que disfrutar del deporte no debería ser visto como un fin en sí mismo, sino como una parte buena de la creación de Dios.

Pero volvamos a la euforia y la melancolía del hincha. Recuerdo, por ejemplo, la final del último Mundial en la que jugó Argentina. Yo soy colombiano, pero me encontré a mí mismo viviendo ese partido como si se tratara de la selección de mi propio país. Grité los goles, sufrí cada ataque de Francia y, cuando finalmente Argentina se coronó campeón, me emocioné de manera dramática. Abracé a seres queridos, envié mensajes llenos de alegría, revisé una y otra vez los resúmenes del partido. Sin embargo, pasado el ruido, vino algo muy curioso: una especie de resaca emocional. La alegría se fue desinflando lentamente, como un globo que pierde aire, y me encontré preguntándome por qué algo que no cambiaba en absoluto mi vida diaria me había afectado tanto.
Aquí tiene cabida lo que dijo C.S. Lewis, el autor de Las crónicas de Narnia respecto al Sehnsucht, un término alemán que expresa un anhelo profundo, doloroso e inconsolable de alegría que ninguna experiencia terrenal puede satisfacer plenamente. En su reflexión, Lewis argumentaba que los placeres terrenales no son el objeto final de nuestro deseo, sino más bien “ecos” o punteros que nos señalan hacia una realidad mucho mayor.

El rugido de la multitud en La Bombonera, que es tan embriagador, promete una gloria, una trascendencia y una aceptación definitivas. Es, como sugiere Jerram Barrs, un “eco del Edén”. Sin embargo, Lewis nos advierte que si confundimos el eco con la voz original, la desilusión es inevitable. Pienso en el hincha que, a pesar de ganar un partido, o incluso un campeonato, siente que la sed se sacia sólo por un momento, pero más pronto que tarde regresa.
En un diálogo respetuoso con un hincha, un teólogo podría validar esa pasión: “Ese deseo de fundirte con la multitud en un grito de victoria, esa pasión es real y es válida. Pero el fútbol es, en última instancia, demasiado pequeño para contenerla. Tu corazón está diseñado para un estadio más grande y una victoria que sea duradera”. El deporte es un “rumor de gloria”, un simple aperitivo que despierta el apetito por el banquete final.
La alternativa cristiana al “nosotros contra ellos”
A pesar de la bondad del juego como gracia común, mi fe me recuerda que el corazón humano es, siguiendo las palabras de Calvino, una “fábrica de ídolos”. El pecado raramente consiste en amar cosas malas, sino en amar cosas buenas, como el fútbol, con un amor supremo, desordenado o último.
Timothy Keller, en su famoso libro Dioses que fallan, define un ídolo como cualquier cosa que para nosotros es más importante que Dios. Es aquello que absorbe nuestra imaginación y nuestro corazón más que Él, cualquier cosa que busquemos para que nos proporcione lo que solo el Señor puede dar: seguridad, valor, o sentido. El fútbol se convierte en ídolo en el momento en que deja de ser un simple “entretenimiento” o un regalo para convertirse en la fuente de mi validación o de mi justicia personal. Si mi identidad depende totalmente de que mi equipo gane, entonces he colocado al equipo en el lugar que solo Cristo puede ocupar.
Keller nos invita a una introspección profunda cuando experimentamos una ira o amargura incontrolable tras una derrota: “¿Qué estoy defendiendo? ¿Qué es tan importante que no puedo vivir sin ello?”. Me parece útil enfocarlo como adoración mal dirigida. El hincha que llora, canta, grita y muestra sus emociones con el cuerpo, está ejerciendo una capacidad que Dios le dio: la de adorar emocional y corporalmente. El hardware de la adoración funciona; el error está en el software, en la dirección.

San Agustín nos enseñó que el pecado es amor desordenado. El hincha ama la victoria, la gloria y la comunidad, que son cosas que Dios ama y promete, pero las busca en “cisternas rotas que no retienen el agua” (Jer 2:13). Mi tarea, y la de cualquier creyente, no es extinguir esa pasión, sino reorientarla hacia quien puede satisfacerla. Como señala Matt Heard, la adoración verdadera es reconocer la soberanía de Dios en todos los aspectos; la adoración mal dirigida es el núcleo de todos nuestros anhelos fallidos.
El fútbol, en su esencia, es tribal; se basa en la distinción binaria de “nosotros vs. ellos”. La identidad de Boca se construye en oposición a River Plate, la del Real Madrid en contra del Barcelona, y la cultura enseña que para amar a uno, se debe odiar al otro. El Evangelio nos ofrece una perspectiva radicalmente distinta: la catolicidad o universalidad. El Reino de Dios no es una tribu que excluye, sino una nación santa que integra a todas las tribus. La liturgia cristiana transgrede las fronteras que la liturgia del fútbol refuerza. En Cristo, “no hay judío ni griego” (Ga 3:28). La victoria vicaria de Cristo no es un juego de suma cero (yo gano, tú pierdes); es el gozo que se comparte con todos los que nos rendimos a Él.
Cuando pienso en todo esto, y en cómo el fútbol es un poderoso “rumor de gloria”, recuerdo el final de mi recorrido por el estadio de Boca. Si La Bombonera es la imagen terrenal, poderosa pero distorsionada, de la búsqueda humana de gloria y efervescencia colectiva, la Biblia nos da la imagen de su cumplimiento perfecto. El apóstol Juan describió algo muy parecido en el esperanzador último libro de la Biblia. En Apocalipsis 7:9-10, encontramos una descripción que retumba poderosamente con la imaginería del estadio, pero que está purificada de pecado y elevada a su máxima potencia:
Después de esto miré, y vi una gran multitud, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos. Y clamaban a gran voz, diciendo: “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero”.

Para nosotros, y completamente por gracia, la victoria será definitiva. Es imposible dejar de ver en esta imagen la satisfacción plena de los anhelos que el fútbol solo estimula. El deseo humano de pertenencia masiva se realiza en “una gran multitud que nadie podía contar”. Ningún estadio humano podría albergar jamás esta asamblea. Además, a diferencia del tribalismo del club que segrega, esta multitud incluye a “todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas”. Es la Copa Mundial definitiva, donde la diversidad no se borra, sino que se armoniza en una adoración común.
Y el ruido, ese factor clave de la efervescencia, se da a la perfección. El texto griego de Apocalipsis 7:10 enfatiza el volumen (fonia megale); se trata de un culto ruidoso, público y físico. Apocalipsis 19:6 describe a la voz de esta multitud como “el estruendo de muchas aguas” o “el rugido del mar”. Esta metáfora acústica es muy parecida a la experiencia sensorial del “rugido de la multitud” tras un gol en la cancha. Me consuela pensar que ese ruido que me emociona en el estadio es un eco sónico del cielo.
En esta visión final, la liturgia del cielo corrige a la liturgia del estadio. Las “camisetas” de club son reemplazadas por túnicas blancas, un símbolo de la victoria y la pureza, lavadas no por el sudor del esfuerzo humano o el aguante, sino por la sangre del Cordero. La “salvación” que se celebra allí no es un campeonato local temporal, sino la redención eterna del pecado y la muerte. En la cancha, los fans se sacrifican por el equipo; en el cielo, el Cordero (el capitán) se sacrificó por Sus seguidores. En el estadio, la victoria implica cierta ansiedad por la siguiente temporada; en el cielo, la victoria es eterna. Y sobre todo, en el cielo, la identidad es inclusiva para todos los que están en Cristo, trascendiendo el “nosotros, no ellos”.
Para mí, la emoción profunda que puedo sentir al gritar un gol en una tribuna junto a miles de extraños funciona como un recordatorio. Me recuerda que fui diseñado para la adoración corporativa. Dios no nos hizo para ser estoicos solitarios, sino para ser un coro apasionado.
Definitivamente, no creo que los seguidores de Cristo debamos abandonar el fútbol —cualquiera que sea nuestro rol en él—, sino que debemos despojarlo de su estatus divino. Cuando el fútbol deja de ser un dios, puede ser disfrutado de manera verdadera y transparente como lo que es: una gracia común, un juego glorioso, un destello fugaz de alegría en un mundo caído. Cuando estoy en cualquier estadio, sintiendo esa electricidad colectiva, cantando con pasión, creo que puedo, en medio de ese rugido, susurrar una oración de gratitud y de esperanza superior: “Señor, gracias por este eco. Esto me recuerda que mi corazón espera el día en que me uniré a la verdadera multitud, donde el canto nunca terminará, y donde Tú eres el trofeo que me satisface para siempre”. Ese será el momento de la victoria definitiva.
Nota del editor: este artículo fue redactado por Giovanny Gómez Pérez y las ideas le pertenecen (a menos que se especifique explícitamente lo contrario). Para la elaboración del texto, ha utilizado herramientas de IA como apoyo. El autor ha revisado toda la participación de la IA en la construcción de su texto, y es el responsable final del contenido y la veracidad de este.
Referencias y bibliografía
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Football Is More Than A Secular Religion | Aga Khan Centre
The collective effervescence of sport's congregation | Seen & Unseen
Re-conceptualizing sport as a sacred phenomenon | White Rose Research Online
La Boca | Turismo - Buenos Aires ciudad
De Boca se nace | Caras y Caretas
«Ni la muerte nos va a separar» – La 12 – Boca Juniors | Primera División
Desiring the Kingdom: Which do you want? | Calvin Institute of Christian Worship
Quotes by James K.A. Smith (Author of You Are What You Love) | Goodreads
Why Go to Church If You Already Know It All? Here’s Why | Nick Cady
In Praise of God: Sport as Worship in the Practice and Self-Understanding of Elite Athletes | MDPI
Stadium spirituality | Premier Christianity Magazine
James K A Smith – FaithinIreland | WordPress
Of football games and church; the worship mis-analogy | The Reformed Mind
Compare and Contrast: Super Bowl and the Mass | Archdiocese of Washington Blog
A Theology of Sports | The Village Church
‘Let’s not throw in the towel: cautiously celebrating the gift of sport’ en Time Out | Christian Focus Publications
Robert Ellis, The Games People Play: Theology, Religion, and Sport | Research Gate
A Little Theology of Exercise Enjoying Christ in Body and Soul | The Gospel Coalition Store
Physical Formation: Health Stewardship and Embodied Realities | Research Gate
A Brief Theology of Sport | SCM Press
Book Review: A Brief Theology of Sport | Thomas Creedy’s Blog
Longing in Lewis's Life and Writing | Desiring God
Argument from Desire | C. S. Lewis Institute
Themelios Volume 38 Issue 3 | The Gospel Coalition
3 Questions to Detect Sports Idolatry | The Gospel Coalition
When sports becomes your god | Southern Equip
Pride, Despair, and Sovereign Grace | Desiring God
Sport and Spirituality (Jim Parry) | Research Gate
Themelios Volume 39 Issue 2 | The Gospel Coalition
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