Un trillón de dólares. Ese parece ser el valor de una gran empresa de tecnología en Silicon Valley. Pero, en realidad, corresponde al patrimonio de una iglesia.
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (IJSUD), también conocida como los “Mormones”, se perfila hoy como la organización religiosa con el crecimiento financiero más agresivo de la historia moderna. Según las proyecciones publicadas en su propio ecosistema digital, se estima que esta institución alcanzará un valor neto de un trillón de dólares para el año 2040. Esta cifra la posiciona como un actor económico de peso global, cuya capacidad de inversión compite con los fondos de capital más grandes del mundo, superando en términos de activos a denominaciones cristianas con milenios de antigüedad.
La estructura mormona presenta anomalías doctrinales y prácticas que la califican como una secta: la figura de un profeta norteamericano del siglo XIX presentado como restaurador de la fe, normas de vestimenta específicas, el uso de templos cerrados al público coronados por un ángel de oro y la inclusión del Libro de Mormón como revelación divina de un Evangelio diferente al de las Escrituras. Sin embargo, más allá de los conflictos doctrinales, su presencia e impacto son un hecho innegable. Su estrategia de propaganda es de carácter masivo y ha logrado penetrar prácticamente en cada rincón del globo en un tiempo récord. Según su prensa, hoy cuentan con más de 84.000 misioneros que enseñan en más de 60 idiomas y tienen presencia en más de 180 países y territorios.
Como cristianos, vale la pena que reflexionemos —con el objetivo de cuidarnos, por supuesto— en cómo una religión que apenas supera los 200 años de historia se ha convertido, en términos de activos y organización, en la fe más rica de la actualidad. Así pues, es importante que nos planteemos algunos interrogantes respecto a un fenómeno de tal magnitud: ¿quiénes son los mormones y cuál es su origen exacto? ¿Bajo qué mecanismos han logrado un alcance tan vasto y una influencia cultural tan desproporcionada en comparación con su tiempo de existencia?

Joseph Smith: profeta de la “iglesia verdadera”
Para comprender el ascenso de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es necesario observar el noreste de Estados Unidos a principios del siglo XIX. La región atravesaba un periodo de efervescencia espiritual conocido como el Segundo Gran Despertar, una época marcada por el surgimiento de nuevos movimientos religiosos y una fascinación popular por el ocultismo. En este entorno creció Joseph Smith, un joven cuya familia participaba de la obsesión de la época por la búsqueda de tesoros enterrados y el uso de piedras videntes para localizar objetos valiosos.
Aunque Smith no era un joven particularmente religioso en el sentido institucional, desarrolló una curiosidad profunda y conflictiva por el destino de su alma. Durante su adolescencia, asistió a diversas reuniones de metodistas, presbiterianos y bautistas, intentando discernir cuál de todas estas denominaciones poseía la verdad. Sin embargo, el clima de competencia y las contradicciones entre los clérigos de la zona lo sumieron en una confusión. Smith relató que, en medio de esta búsqueda y motivado por la lectura de la epístola de Santiago (la cual insta a pedir sabiduría a Dios), decidió retirarse a un bosque cerca de su casa en 1820 para orar. Según su testimonio, allí experimentó una visión en la que se le aparecieron Dios el Padre y Jesucristo, quienes le indicaron que no debía unirse a ninguna de las iglesias existentes, pues todas habían corrompido el verdadero Evangelio.

Tres años después, en 1823, Smith relató una segunda intervención sobrenatural: la visita de un ángel llamado Moroni, que le informó sobre la existencia de un registro antiguo grabado en planchas de oro, enterrado en la colina de Cumorah. Este libro contenía la historia de los antiguos habitantes de América, descendientes de una rama de Israel que había emigrado al continente siglos antes de Cristo. Tras cuatro años de preparación, Smith afirmó haber recibido las planchas y los medios para traducirlas —el Urim y el Tumim, además de sus piedras videntes—. El resultado fue la publicación en 1830 del Libro de Mormón, un texto que ofrecía una nueva historia sagrada, un “testamento adicional” que completaba la Biblia.

El Libro de Mormón se presenta formalmente como un registro histórico y doctrinal que comparte similitudes estructurales con la Biblia, utilizando un lenguaje que imita la versión inglesa del Rey Jacobo (King James Version) y reafirmando a Jesucristo como Salvador. Sin embargo, las diferencias son sustanciales: el texto narra la migración de familias israelitas a las Américas en el año 600 a.C. y una supuesta visita de Cristo al continente tras Su resurrección. Estos hechos hacían posible, según lo relatado por Smith, que las planchas estuvieran escondidas en Estados Unidos.
Aunque se presenta como un registro antiguo, el libro evidencia que fue una construcción de su tiempo. Incluye capítulos enteros de la Biblia (específicamente de la versión KJV disponible en la época de Smith) y aborda debates teológicos propios del siglo XIX estadounidense, como el bautismo de niños o el origen de los nativos americanos. En otras palabras, este escrito no es una traducción genuina de un registro antiguo, sino una amalgama de textos bíblicos preexistentes, anacronismos históricos y añadidos de Smith vinculados a sus preocupaciones religiosas. Aun así, hubo muchos que le creyeron, y eso llevó al nacimiento de la iglesia mormona.

Los cimientos del mormonismo: la construcción de Sión
Tras la publicación del Libro de Mormón, el movimiento pasó de ser una agrupación informal de creyentes a convertirse en una institución legal. En abril de 1830, Joseph Smith convocó a un pequeño grupo en Fayette, Nueva York, para organizar formalmente lo que llamaron la “Iglesia de Cristo”. Cumpliendo con las leyes de incorporación del estado, él y otros cinco hombres establecieron la estructura inicial de la organización. En este evento, Smith fue designado oficialmente como “vidente, traductor, profeta y apóstol”, estableciendo una jerarquía administrativa que permitiría que sus visiones se transformaran en un proyecto social y político coordinado.
A partir de esta formalización, la iglesia se movió bajo una premisa central: la preparación para el fin de los tiempos. Smith enseñó que los seguidores debían construir Sión, una ubicación física y geográfica en los Estados Unidos que serviría como la “Nueva Jerusalén”. Según él, esta enseñanza era una restauración de conocimientos antiguos que le habían sido revelados directamente por Jesucristo. Estas revelaciones, registradas posteriormente en Doctrina y convenios, establecían que el Milenio —un período de mil años de paz bajo el reinado físico de Cristo— comenzaría únicamente cuando los “santos” se hubieran congregado en un lugar específico del continente americano.

La determinación de ese lugar exacto ocurrió en 1831. Tras establecerse primero en Kirtland, Ohio, Smith envió misioneros hacia la frontera occidental para predicar a los pueblos nativos (o como se les llama en el Libro del Mormón, los “lamanitas”). Poco después, el propio Smith viajó a Missouri y, según su relato, recibió una revelación que señalaba al condado de Jackson como el “lugar central” de Sión y el sitio donde debía construirse el templo principal. Para los mormones, iba a ser el Edén recuperado donde se cumplirían las profecías bíblicas.
Sin embargo, el intento de establecer esta ciudad celestial provocó conflictos violentos. Los colonos locales rechazaban la llegada masiva de un grupo que compraba tierras de forma colectiva, votaba en bloque siguiendo a su profeta y afirmaba que Dios les había entregado esa región como herencia exclusiva. La tensión escaló hasta que el gobernador del estado emitió una “orden de exterminio”, forzando a los mormones a huir. Según una revelación que recibió uno de sus escribas (y apoyados por Abraham Lincoln), ahora debían dirigirse hacia Illinois. Allí fundaron Nauvoo, una ciudad que Smith convirtió en una teocracia autónoma con su propia milicia. Mediante misiones en Europa, atrajo a miles de inmigrantes que llegaron para fortalecer la ciudad y prepararse para el Milenio.

En Nauvoo, el poder de Smith y sus doctrinas más polémicas alcanzaron su punto crítico. Ante la negativa del gobierno federal de compensar a los mormones por las tierras perdidas en Missouri, Smith decidió postularse a la presidencia de los Estados Unidos en 1844, promoviendo una plataforma de “teodemocracia”. Al mismo tiempo, el círculo íntimo del liderazgo comenzó a practicar la poligamia, una doctrina que Smith presentaba como un mandato divino restaurado de los tiempos patriarcales. En solo 3 años, Smith llegó a tener 40 esposas.
Esta acumulación de poder político y la naturaleza secreta de la poligamia generaron disidencia interna. Un grupo de antiguos miembros fundó el periódico Nauvoo Expositor para denunciar públicamente a Smith como un dictador y exponer sus prácticas matrimoniales. Como alcalde de la ciudad, Smith respondió declarando el periódico una “molestia pública” y ordenando la destrucción de su imprenta. Este acto fue visto por la sociedad estadounidense como una violación a la libertad de prensa y un abuso de autoridad, lo que llevó a su arresto bajo cargos de incitar a un motín y traición.
Smith se entregó a las autoridades en la prisión de Carthage, Illinois, junto a su hermano Hyrum. El 27 de junio de 1844, una turba de hombres con las caras pintadas asaltó la cárcel sin que la guardia hiciera una resistencia efectiva. Los atacantes dispararon a través de la puerta de la celda, matando a Hyrum primero. Smith intentó defenderse y saltar por la ventana, pero fue alcanzado por múltiples disparos y cayó al suelo, donde fue rematado por la multitud. Y así terminó la historia fundacional de la iglesia mormona: Joseph Smith se volvió un mártir, pero sus seguidores continúan con la misión de construir Sión.

De “polígamos” a “patriotas”
Tras el asesinato de Joseph Smith, los creyentes se vieron obligados a buscar un nuevo lugar para construir Sión, alejados de la jurisdicción de los Estados Unidos. Bajo el liderazgo de Brigham Young, el segundo presidente de la iglesia, pusieron sus ojos en el valle de Salt Lake, que en aquel momento formaba parte del territorio mexicano.
Young dirigió una migración masiva y, en medio del desierto, los mormones levantaron una sociedad altamente organizada. Este desarrollo fue impulsado por misiones constantes a Europa, desde donde llegaban oleadas de nuevos conversos para poblar la nueva Sión. Bajo el mando de Young, el grupo dejó de ser una simple denominación religiosa para convertirse en una teocracia funcional, con una moneda y un alfabeto propios (el Deseret), y con un sistema de irrigación avanzado. El símbolo de esta sociedad fue el beehive (la colmena), representando una laboriosidad colectiva extrema y un orden jerárquico absoluto.
La ambición de Young era la creación del Estado de Deseret, un territorio autónomo bajo control mormón. La propuesta original contemplaba una extensión territorial masiva que buscaba el control total de la Gran Cuenca y la cuenca alta del río Colorado. Este mapa integraba la totalidad de los actuales estados de Utah y Nevada, junto con la mayor parte de Arizona. La ambición geográfica de Young también se extendía a las zonas occidentales de Colorado, gran parte de Nuevo México, la mitad sur de Wyoming y porciones del sur de Idaho y el sureste de Oregón.

Sin embargo, la región de Salt Lake fue anexada a Estados Unidos tras la guerra con México de 1846-1848, así que los mormones nuevamente tuvieron que entenderse con el gobierno estadounidense. El Congreso rechazó la propuesta de Young por la magnitud del proyecto y el carácter teocrático de la sociedad que pretendía instaurar. Con todo, debemos recordar que, para mitad del siglo XIX, el gobierno estaba promoviendo el desarrollo del país y la expulsión de los pueblos nativos, y en ambas cuestiones los mormones eran mucho más eficaces que otros asentamientos coloniales de la época. Por eso, en 1850, se les concedió el territorio de lo que actualmente es el estado de Utah.
Pero, a pesar del éxito económico del territorio, la laboriosidad de los mormones no pudo ocultar el centro de una tensión política que escalaba rápidamente: la poligamia. Aunque se practicó de forma privada desde los tiempos de Nauvoo, Brigham Young ordenó su anuncio público en 1852, presentándola no como una opción, sino como un mandato divino y un principio esencial para alcanzar la exaltación en el más allá. Ese mismo año, Young consolidó otra doctrina divisiva al institucionalizar la exclusión racial: argumentando una supuesta inferioridad espiritual vinculada a la “marca de Caín”, prohibió que las personas de ascendencia africana accedieran al sacerdocio o a las ceremonias del templo. Este marco teológico y social transformó la estructura de Utah y colocó a la iglesia en una ruta de colisión directa con la moral victoriana y el sistema legal de los Estados Unidos.
A nivel nacional, la práctica fue denunciada como una de las “dos reliquias de la barbarie” (siendo la otra la esclavitud), una analogía que cobraba fuerza ante la defensa de Young de la servidumbre en el territorio y su visión sobre la supremacía blanca. Esta percepción impulsó al Congreso a iniciar una ofensiva legislativa sin precedentes. La respuesta comenzó con la Ley Morrill de 1862, que prohibía el matrimonio múltiple, pero su aplicación fue limitada debido a la falta de cooperación de los tribunales locales. Ante esta resistencia, el gobierno federal endureció su postura con la Ley Edmunds de 1882, que no solo encarcelaba a los polígamos, sino que les retiraba el derecho al voto. La situación alcanzó su punto más crítico con la Ley Edmunds-Tucker de 1887, la cual autorizaba la confiscación de los bienes de la iglesia y amenazaba con disolverla como entidad corporativa.

Durante este periodo, conocido como “The Underground”, la sociedad mormona vivió en un estado de sitio interno. Para evitar la captura por parte de los alguaciles federales, muchos líderes —incluyendo a los niveles más altos de la jerarquía— se vieron obligados a vivir en la clandestinidad. Las prisiones de Utah se llenaron de hombres condenados por “cohabitación ilícita”, y la supervivencia misma de la organización estaba en riesgo.
Finalmente, al ver sus templos tomados por el gobierno y su estructura financiera desmantelada, el profeta Wilford Woodruff emitió en 1890 el “Manifiesto”, una declaración basada en una nueva revelación que ordenaba a los mormones someterse a las leyes del país y abandonar la práctica del matrimonio plural. Esta concesión fue el requisito indispensable para que el gobierno federal pusiera fin a las hostilidades y permitiera que Utah, tras décadas de intentos fallidos, fuera admitido como el estado número 45 de la Unión en 1896.
Este periodo marcó el inicio de un proceso de americanización profunda. Para continuar la construcción de Sión en el nuevo siglo, los mormones pasaron de buscar la distinción radical a buscar la asimilación; se dieron cuenta de que alcanzar su objetivo sería más fácil si tenían el apoyo del gobierno y la sociedad. El objetivo era transformar su imagen de “rebeldes polígamos” a la de ciudadanos ejemplares. Así, comenzaron a enfatizar valores tradicionales estadounidenses como el trabajo duro y la estructura familiar tradicional monógama, volviéndose incluso más estrictos en su cumplimiento que el ciudadano promedio. Adoptaron con entusiasmo los símbolos patrios, celebrando el 4 de julio, donando fondos durante las guerras mundiales y promoviendo activamente las leyes de prohibición de alcohol.

Correlación y disciplina financiera: los pilares del imperio mormón
Hacia la década de 1930, el mormonismo enfrentó una crisis de credibilidad que amenazó su supervivencia intelectual. Los avances en la arqueología y la lingüística comenzaron a señalar que el Libro de Mormón no coincidía con la evidencia científica de las civilizaciones americanas, sugiriendo que el texto era una construcción de Joseph Smith y no un registro antiguo.
Ante este desafío, la respuesta del liderazgo no fue el debate, sino la unificación absoluta del mensaje. Bajo la dirección de J. Reuben Clark, la iglesia decidió que la “piedra angular” de su fe debía protegerse mediante una única verdad oficial. Se prohibió el simbolismo y el debate teológico que caracterizaron los inicios de la religión, obligando a los académicos de la Universidad Brigham Young (BYU), que es propiedad de los mormones, a sostener firmemente la línea establecida por la jerarquía.
Esta búsqueda de control se materializó a través de la “Correlación”, un proceso de reestructuración burocrática masiva diseñado para centralizar cada aspecto de la fe bajo un mando jerárquico absoluto. Este sistema eliminó cualquier rastro de autonomía o espontaneidad en las comunidades locales, transformando la religión en una estructura de manuales idénticos distribuidos globalmente. Se reescribió todo el currículo educativo para asegurar que un servicio dominical fuera exactamente igual en cualquier país, sin importar las profundas diferencias culturales.

La Correlación no se limitó a las palabras, sino que estandarizó la experiencia física y visual del mormonismo a través de varios pilares:
- ‘Manualización’ del discurso: se establecieron guiones precisos sobre qué decir y en qué momento exacto de la reunión debía decirse, eliminando la interpretación personal.
- Franquicia arquitectónica: la iglesia comenzó a utilizar planos de construcción estandarizados. Un centro de reuniones en una aldea de África o en una ciudad de Europa debía lucir y sentirse igual a uno en Utah.
- Uniformidad visual: se impuso un código de vestimenta estricto —camisas blancas, corbatas y la eliminación de la barba—, proyectando una imagen de empresarios modernos y ordenados que facilitaría su aceptación social.
- Centralización del poder: el clímax de este sistema se consolidó con la Conferencia General en Salt Lake City, donde cada seis meses se reafirma la línea oficial ante toda la membresía mundial.
Para proteger este capital de imagen y la lealtad de sus miembros, la institución inició una campaña sistemática de estigmatización contra cualquier investigación o cuestionamiento. Prácticamente cualquier crítica histórica, análisis financiero o desacuerdo con la línea oficial fue etiquetado como material “antimormón”. Este blindaje psicológico permitió a la iglesia mantener el control sobre sus fieles frente a la creciente disponibilidad de información pública, asegurando que la única fuente de verdad permitida era la que provenía desde el centro administrativo en Utah.

Con esta nueva identidad de “ciudadanos ejemplares”, la iglesia inició una expansión misionera agresiva a mediados del siglo XX. Bajo la presidencia de David O. McKay, se construyeron miles de capillas y escuelas en todo el mundo para asentar a los nuevos conversos. Sin embargo, este crecimiento no estuvo acompañado de una gestión financiera técnica. Los líderes espirituales gastaron masivamente en infraestructura, llevando a la organización a un déficit alarmante. La iglesia estaba creciendo, pero se encontraba al borde de la insolvencia económica por el costo de su propia expansión.
Para evitar la bancarrota, la jerarquía decidió dejar de traer a sus filas de líderes a hombres expertos en su teología y, en cambio, incluyó hombres con una experiencia técnica, especialistas en el mundo corporativo y legal. El arquitecto principal de este rescate fue N. Eldon Tanner. A diferencia de los líderes mormones tradicionales, Tanner era un político y empresario canadiense que había dirigido la construcción de gasoductos masivos y ocupado cargos ministeriales en Alberta. Al ser llamado a la Primera Presidencia (el máximo órgano de gobierno de la IJSUD) en los años 60, Tanner aplicó una lógica empresarial estricta a la fe. Su misión fue profesionalizar el manejo del diezmo, el pilar económico que sostiene al mormonismo.
Aquí es necesario entender que, para los mormones, el diezmo no es una simple ofrenda voluntaria; es una ley mandatoria que exige a cada miembro entregar el 10% de sus ingresos anuales a la iglesia. El cumplimiento de esta norma es un requisito indispensable para que un fiel pueda entrar al templo, el lugar donde se realizan las ceremonias necesarias para la salvación eterna. Este flujo constante de capital proveniente de millones de miembros generó una riqueza que Tanner decidió gestionar bajo un nuevo modelo de disciplina presupuestaria.

Antes de Tanner, la iglesia solía gastar prácticamente todo lo que recibía en sus operaciones inmediatas. Él instauró la política de no gastar nunca más de lo que se ingresaba y, lo más importante, de separar una porción de cada dólar recibido para crear un fondo de reserva. Lo que comenzó como un “fondo para días lluviosos” se transformó, con las décadas, en una maquinaria de inversión masiva.
Durante la década de 1970, este sistema se perfeccionó. La iglesia dejó de ser solo una organización que administraba capillas para convertirse en un fondo de inversión global. Mientras que los miembros veían cómo sus aportes se utilizaban en la construcción de edificios y ayuda humanitaria —gastos que hoy representan una fracción menor del capital total—, la cúpula en Salt Lake City comenzaba a mover el excedente hacia la bolsa de valores y bienes raíces comerciales.
En 1997, este brazo financiero se formalizó bajo el nombre de Ensign Peak Advisors, una entidad que hoy gestiona activos por más de 100 billones de dólares. Este fondo invierte en las empresas más grandes del mundo, desde Apple hasta Google, operando con una opacidad que ha generado controversias legales sobre su estatus de organización sin fines de lucro. La selección de los líderes de la iglesia refleja hoy este cambio: la jerarquía superior está compuesta frecuentemente por abogados y ejecutivos que priorizan la estabilidad financiera y el crecimiento del patrimonio por encima del debate teológico.

La amenaza del mormonismo
Ya hemos recorrido la historia de la iglesia mormona hasta el día de hoy, viendo cómo pasaron de la persecución a convertirse en un gigante económico. Ahora vale la pena concluir analizando cómo han logrado obtener tan grandes riquezas y por qué su caso ilustra los peligros de usar la fe como herramienta de control.
Como ya lo dijimos, todo comienza con la historia que ellos cuentan sobre el mundo, la cual fue “registrada” por Joseph Smith en el Libro del mormón. A los fragmentos de la Biblia, él sumó ideas de los predicadores de su época y hasta cuentos populares y leyendas sobre tesoros escondidos que la gente contaba en los campos de Estados Unidos. Con esos elementos, Smith formó un gran rompecabezas que hoy los mormones enseñan: dicen que los verdaderos antepasados de los indígenas americanos no vinieron de Asia, sino que eran grupos de judíos que viajaron en barcos desde Israel cientos de años antes de Cristo.
Según ellos, el propio Jesús, después de resucitar en Jerusalén, bajó del cielo al continente americano para visitar a estas personas. Incluso llegan a decir que Dios permitió que los europeos conquistaran Norteamérica y desplazaran a los pueblos nativos solo para preparar el terreno y que la “iglesia verdadera” pudiera establecerse allí. Esta idea de que Estados Unidos es una tierra sagrada y elegida por Dios es lo que les dio a sus seguidores un orgullo y una fuerza enorme para trabajar y acumular posesiones, pensando que estaban construyendo el reino de Dios en la tierra.
Pero detrás de este relato hay enseñanzas que cambian por completo lo que la mayoría de las personas entienden sobre Dios (y por eso resultaron tan atractivas para los seguidores de ese entonces). Smith enseñó que Dios no es un espíritu invisible, sino que tiene un cuerpo físico de carne y hueso, igual que nosotros, y que vive en el espacio cerca de una estrella lejana que llaman Kolob. Allí, según él, Dios vive con Sus varias esposas celestiales y todos nosotros fuimos primero “hijos espirituales” nacidos de ellos en ese mundo antes de venir a la tierra.

El objetivo de la vida, para un mormón, es obedecer a Dios tan perfectamente que, al morir, ellos mismos puedan convertirse en dioses. Así es: ellos creen que existen millones de dioses y que cada mormón fiel podrá tener su propio mundo y sus propios hijos espirituales por toda la eternidad. Esta idea de “llegar a ser dioses” es lo que empuja a los miembros a dar todo su esfuerzo y su dinero a la organización.
Para que este sistema funcione, la iglesia enseña que la verdad solo llega a través de profetas. Dicen que a lo largo del tiempo Dios envió a hombres como Adán, Moisés o Jesús, pero que después de ellos la gente siempre corrompía el mensaje, por lo que era necesario un nuevo profeta para “restaurar” la fe. Por eso, en los primeros años, Smith convenció a sus seguidores de que debían comprar tierras muy rápido porque el fin del mundo estaba cerca y debían construir una ciudad llamada Sión.
Fue en ese ambiente de secretos y urgencia que Smith empezó a introducir doctrinas como la poligamia, que mencionamos anteriormente, diciendo que eran ordenadas por Dios. Lo que esto nos enseña es que la organización ha usado la “revelación” a su conveniencia: cuando la poligamia les servía, era un mandamiento eterno, pero cuando el gobierno de Estados Unidos amenazó con quitarles sus riquezas y sus templos, entonces “recibieron” una nueva orden de Dios que la prohibía.
Esa capacidad de inventar o cambiar reglas según les convenga es lo que convierte a la fe en un sistema de explotación. A través de la “correlación” que ya explicamos, la iglesia se aseguró de que nadie pudiera cuestionar estos cambios. Todo se estandarizó, como si fuera una franquicia de comida rápida: en cualquier parte del mundo se dice lo mismo, se usan los mismos manuales y se obedece a la misma jerarquía en Utah. Esta eficiencia les da a los miembros un sentido de pertenencia, pero también los deja sin espacio para pensar por sí mismos. Se les enseña que la duda es un pecado y que la única forma de salvarse es seguir el registro de bautismos y las reglas de la conferencia general.

El punto más alto de este control ocurre en sus templos. Como ya vimos, estos edificios no son para el público, sino que son lugares cerrados donde se realizan los rituales que ellos consideran necesarios para alcanzar el nivel más alto del cielo, el cual dividen en varios reinos. Para ellos, si no te casas en el templo, no puedes ser un dios. Pero para poder entrar, el miembro debe portar una tarjeta que solo recibe si demuestra que ha pagado su diezmo completo, ese 10% de sus ingresos que ha hecho tan rica a la iglesia. Si un fiel tiene dudas, si comete un error o si deja de dar su dinero, los líderes le quitan la tarjeta y, con ella, le quitan la esperanza de vivir con su familia para siempre, experimentando el rechazo social.
Es aquí donde vemos el peligro más grande: usar el amor por la familia y el miedo al castigo eterno para obligar a las personas a entregar su dinero y su voluntad a una corporación. Al final, el mormonismo nos muestra cómo una religión puede volverse la más rica del mundo por su capacidad de convertir la fe en una maquinaria de obediencia absoluta.
Esta realidad debe ser un llamado de alerta para nosotros como cristianos. Nos enseña que debemos tener mucho cuidado cuando el éxito de una iglesia comienza a medirse por la cantidad de dinero en sus cuentas o por la perfección de su organización empresarial. El ejemplo de los mormones nos recuerda que la fe nunca debe usarse para poner condiciones a la salvación o para controlar la vida privada de las personas a través del miedo. Además, cuando una iglesia pone su confianza en “nuevas revelaciones” que contradicen la Biblia o cuando le da un poder absoluto a un líder humano, se corre el riesgo de alejarse de la gracia de Dios para convertirse en una institución que solo busca el poder terrenal.
Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen (a menos que se especifique explícitamente lo contrario). Para elaborarlo, ha utilizado herramientas de IA como apoyo. El autor ha revisado toda la participación de la IA en la construcción de su texto, y es el responsable final del contenido y la veracidad de este.
Referencias y bibliografía
The REAL Story of the Mormon Church | Johnny Harris - YouTube
The WILD Story of How the Mormons Created Utah | Johnny Harris - YouTube
How the Mormon Church Made $293 How the Mormon Church Made $293 Billion | Johnny Harris - YouTube
American Religions | Desiring God
Joseph Smith de Robert V. Remini. Penguin Publishing Group. Kindle Edition.
Joseph Smith de Richard L. Bushman. Knopf Doubleday Publishing Group. Kindle Edition.
Terror In Jackson County | Religious Studies Center
New Age, Old Revelation | BYU Studies
Nauvoo National Historic District | U.S. National Park Service
How Joseph Smith and the Early Mormons Challenged American Democracy | The New Yorker
Anti-Mormon Violence | American Experience - PBS
It’s Official: Mormon Founder Had Up to 40 Wives | The New York Times
Mormon Pioneer Emigration Facts | The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints
A Brief Introduction To Mormon Urbanism | Forbes
Brigham Young’s Ideal Society | BYU Studies
Early Missionaries | The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints
The Sweet Monopoly That Enriched the Mormon Church | Atlas Obscura
Brigham Young and the Defense of Mormon Polygamy | JSTOR Daily
The Word of Wisdom | The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints
Latter-day Saints at War: The Church During WWI | Saints Unscripted
Franklin S. Harris | BYU Speeches
Joseph F. Smith's Beard and the Public Image of the Latter-day Saints | BYU
Exploring “For the Strength of Youth” from 1990-2022 | Latter-day Labia
Church Magazines and Newspapers | The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints
2024 Update | The Widow's Mite
Mormon church has $100bn ‘clandestine hedge fund’, says whistleblower | The Guardian
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