Nota del editor: El siguiente texto es la traducción de una entrevista que Tony Reinke, profesor de Desiring God y presentador del podcast Ask Pastor John, le hizo a Rosaria Champagne Butterfield para el podcast Authors on the Line de Desiring God (2012). Lo hemos ajustado de tal manera que sea de fácil lectura, pero respetando su tono original.
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Rosaria Champagne Butterfield es exprofesora titular de literatura inglesa de la Universidad de Syracuse. Es exescéptica de todo lo cristiano y es exlesbiana. De hecho, se le podría describir con muchas cosas que ya no es. Pero hoy la doctora Butterfield es cristiana, madre de cuatro hijos, ama de casa y esposa de un pastor presbiteriano llamado Kent. Viven en Durham, Carolina del Norte.
En medio de una entrevista que el profesor Tony Reinke le hizo a Butterfield para el podcast Authors on the Line, ella contó su historia y afirmó que el Evangelio ofrece perdón, redención y fuerza en luchas personales. Además, invitó a la Iglesia cristiana a ejercer hospitalidad y a rendirse realmente a la voluntad de Dios que podemos encontrar tan claramente en Su Palabra. Lee la entrevista a continuación.
Lo que ocurrió en la conversión de la doctora Butterfield, quien inesperadamente terminó siendo cristiana, es una historia fascinante que vale la pena compartir aquí, en Desiring God. En 2012, ella contó su historia en el libro The Secret Thoughts of an Unlikely Convert [Los pensamientos secretos de una conversa improbable]. Rosaria, ¿podrías contarnos una versión abreviada de tu conversión que parecía ser tan improbable?
Mi historia viene con una advertencia: es mi historia, no es necesariamente un diagnóstico ni es necesariamente representativa. Lo que comparto aquí con ustedes es mi corazón.
En aquel entonces la palabra “Jesús” se me atoraba en la garganta como un colmillo de elefante. Por más que me atragantaba, no lograba sacarla tosiendo. Estaba en guerra contra lo estúpido, y quienes profesaban el nombre de Jesús despertaban tanto mi lástima como mi ira. Como profesora universitaria, me cansaban los estudiantes que parecían creer que “conocer a Jesús” significaba no conocer nada más. Y los cristianos en particular me parecían malos lectores, vulgares en el sentido marxista, que siempre aprovechaban cualquier oportunidad para meter un versículo bíblico en la conversación con la misma función que un signo de puntuación: terminar la conversación en lugar de profundizarla. Todo aquello me parecía estúpido, absurdo y amenazante.
Como profesora de literatura inglesa y de estudios de la mujer, en camino de convertirme en una radical con plaza fija, me importaban profundamente la moralidad, la justicia y la compasión. Era una ferviente defensora de las cosmovisiones de Freud, Hegel, Marx y Darwin, y me esforzaba por ponerme del lado de los que no tienen poder. Valoraba la moralidad y probablemente habría podido tolerar a Jesús y a Su pequeña banda de guerreros de no ser por la forma en que otras fuerzas culturales apuntalaban el feroz triángulo de Dios, patriarcado y política.
La ocurrencia de Pat Robertson en la Convención Nacional Republicana de 1992 me sacó de quicio. “El feminismo”, dijo con desprecio, “anima a las mujeres a dejar a sus maridos, matar a sus hijos, practicar la brujería, destruir el capitalismo y hacerse lesbianas”. El sonido envolvente del dogma cristiano mezclado con la política republicana sencillamente exigía mi atención.

En esa época mi vida era feliz, plena y llena de sentido. No buscaba al Señor en absoluto. Mi pareja y yo compartíamos muchos intereses vitales: el sida, el activismo contra el sida, la salud y la alfabetización infantil, el rescate de perros golden retriever y nuestra iglesia unitaria universalista, por nombrar solo algunos. Y aunque alguien creyera los cuentos de terror que Robertson y los de su calaña difundían sobre la gente gay, era difícil argumentar que mi pareja y yo fuéramos otra cosa que buenas ciudadanas y cuidadoras. La comunidad LGBT valora la hospitalidad y la practica con destreza, sacrificio e integridad, y fue en mi comunidad queer donde pulí los dones de hospitalidad que hoy uso como esposa de pastor.
Empecé a investigar a la derecha religiosa y su política de odio contra los queer como yo, y para eso comencé a leer la Biblia mientras buscaba a algún experto que me ayudara a desentrañar este libro tan complejo. Incluso antes de quedar prendada de ella, noté que era un hermoso despliegue literario de todo género, todo tropo y todo tipo. Tenía poesía provocadora, filosofía profunda y compleja, y relatos cautivadores. También tenía una cosmovisión que yo odiaba. Pecado, arrepentimiento, Sodoma y Gomorra. ¿Cómo podía la gente tragarse todo eso? Hasta Job, tan masoquista.
La primera vez que leí la Biblia completa, en realidad solo buscaba ejemplos de cosas de las que reírme.
Por esa época llegaron a la ciudad los Promise Keepers (un movimiento cristiano evangélico para hombres) y estacionaron su circo en la universidad. En mi guerra contra lo estúpido, escribí un artículo que salió en el periódico local. Era 1997. El artículo provocó muchas réplicas, y una carta que recibí me dejó sin saber qué hacer con ella. No era una carta de odio ni de admiradores, sino del pastor de la Iglesia Presbiteriana Reformada de Syracuse. Era amable e inquisitivo; me animaba a explorar el tipo de preguntas que admiro.

Su autor, Ken Smith, no discutía mi artículo, sino que me pedía que defendiera las presuposiciones en que se apoyaba. Y en la carta describía a Jesús como alguien que entró en la historia, no como alguien que surgió de ella. De verdad pensé que eso era una locura. Sencillamente no sabía cómo responder a la carta, así que la tiré a la basura.
Más tarde, esa noche, la saqué del contenedor de reciclaje del departamento de la universidad y la volví a poner sobre mi escritorio, donde pasó una semana mirándome y enfrentándome al abismo entre dos cosmovisiones, un abismo que exigía mi respuesta. Como intelectual posmoderna, operaba desde una cosmovisión materialista histórica, pero el cristianismo es sobrenatural. La carta de Ken perforó la integridad de mi investigación sin que él siquiera lo supiera.
Si iba a entender este libro, pensé que tal vez necesitaría que Ken me ayudara a desentrañarlo. De hecho, me había invitado a cenar, así que tomé el teléfono y lo llamé. Pensé que le vendría bien a mi investigación. Pero lo que pasó fue un poco distinto. Ken y yo nos hicimos amigos. Tomó la iniciativa y durante dos años fue él quien me trajo la iglesia a mí.
Ya había visto una buena dosis de versículos bíblicos e interpretaciones disparatadas en las pancartas de las marchas del Orgullo Gay. Estaba tan claro como el azul del cielo que los cristianos que se burlaban de mí el Día del Orgullo Gay estaban felices de que todos los que yo amaba y yo misma fuéramos a parar al infierno. Pero la carta de Ken no se burlaba, y Ken, como persona y como vecino, no se burlaba. Nos hicimos amigos. Intercambiábamos libros. Hablábamos con franqueza y sin rodeos. Él no actuaba como si hablar de política y de sexualidad fuera a contaminarlo de alguna manera.

Así que durante dos años leí, me reuní con Ken y reflexioné sobre todo aquello. Y leía como un glotón devora una bolsa de galletas. La leí muchas veces; me refiero a la Biblia. Ese primer año leí la Biblia completa muchas veces, en varias traducciones. Y el texto empezó a cobrar una vida y un significado que me sobresaltaron. Algunos de mis argumentos más gastados ya no se sostenían.
Había dado por sentado que la Biblia era simplemente historia oral, un pequeño y extraño revoltijo de fobias y ansiedades culturales. Pero cuando empecé a leer sobre hermenéutica bíblica y a pensar en lo que significaba la inspiración bíblica, de verdad tuve que detenerme a pensarlo. Y mientras leía, por supuesto, también trabajaba en la universidad y seguía siendo activista en mi comunidad LGBT. En una cena que mi pareja y yo ofrecíamos en casa, una amiga transgénero me acorraló en la cocina, puso su mano grande sobre la mía y me dijo: “Rosaria, esta lectura de la Biblia te está cambiando”.
Me sentí expuesta. Y le respondí: “Jay, ¿y si es verdad? ¿Y si Jesús es real y ha resucitado, y si estamos todos en problemas?”. Soltó un suspiro hondo y se sentó en la silla frente a mí. Tenía una mirada sabia, aunque, por primera vez, el maquillaje que llevaba la hacía verse un poco distorsionada. Y entonces me contó que había sido ministra presbiteriana durante quince años y que había orado para que Dios la sanara, pero Él no lo hizo. Y añadió: “Si quieres, oraré por ti”.
Al día siguiente, cuando volví a casa del trabajo, encontré dos cajas de leche grandes llenas de libros de teología que ella me había regalado. Y al hojear uno de los libros, que providencialmente resultó ser la Institución de la religión cristiana de Calvino, llegué a un pasaje relacionado con Romanos 1 y encontré una nota en una esquina con la letra de Jay: “Ojo con Romanos 1. Aquí es donde voy a caer”.

Metí los libros en casa, abrí la Biblia y, de repente, Romanos 1 parecía el índice de mi vida. Me horrorizó lo que vi. Soy profesora de literatura inglesa, así que simplemente me fijé en las cláusulas verbales de Romanos 1:21-27, y la verdad es que me hicieron detenerme a pensar. No honré a Dios. Eso lo sabía. No le di gracias a Dios. Eso lo sabía. Me había enredado en vanos razonamientos, sin duda. ¿Me había vuelto necia? No lo sé. Posiblemente. ¿Había cambiado lo incorruptible por lo corruptible? Para un posmodernista, la sola categoría de lo incorruptible era algo ajeno. ¿Me había entregado Dios a mis lujurias? ¿Cuáles son mis lujurias? ¿Para qué estaba hecho mi cuerpo, después de todo? Llevaba tiempo leyendo y releyendo la Biblia, así que sabía adónde iba a llegar este pasaje.
Ahí me quedé un buen rato. Sin duda, me frenó en seco. Traté de tirar a la basura la Biblia y todas sus enseñanzas. De verdad lo intenté, pero seguía leyéndola. Y no solo por placer, sino porque estaba metida en un programa de investigación que intentaba refutar a la derecha religiosa desde una perspectiva feminista lesbiana. Así que, en cierto modo, me daba ánimos diciéndome: “Todo esto es investigación”.
Pero era una investigación que me estaba cambiando. Me estaba cambiando por completo. Luchaba contra la idea de que la Biblia fuera inspirada e inerrante, de que su significado y su propósito tuvieran una autoridad santa y sobrenatural que se había protegido a lo largo de los años, de que su canonicidad y su lógica interna encerraran algún tipo de depósito de verdad. Era posmodernista. Ni siquiera creía en la verdad. Básicamente me quedé mirando este libro y dije: “¿Cómo rayos va a abrazar esto una chica tan lista como yo?”.
Así que me quedé atascada ahí un tiempo. De vez en cuando le llevaba estos problemas a Ken y los hablaba con él, y él simplemente me animaba a seguir leyendo. En un momento me hizo notar que Jesús es el Verbo hecho carne, y que conocer a Jesús exigía abrazar al Jesús de la Biblia, no al Jesús de la imaginación de alguien. Es decir, el Jesús de toda la Biblia. Bueno, eso daba un poco de miedo porque significaba que no podía tener a Jesús y a mi novia al mismo tiempo. Eso estaba claro.

Después de la segunda o la tercera lectura —quizá la cuarta— de toda la Biblia, algo empezó a suceder. La Biblia llegó a ser, dentro de mí, más grande que yo misma, y se desbordó por completo sobre mi mundo. De verdad luché contra ella. Y entonces, un domingo por la mañana, igual a cualquier otro domingo por la mañana, me levanté de la cama de mi amante lesbiana y, una hora después, estaba sentada en un banco de la Iglesia Presbiteriana Reformada de Syracuse. Así fue. Allí fui muy consciente de que desentonaba, pero de verdad tenía que enfrentarme a este Dios que repentinamente había dejado de ser un simple producto de mi imaginación o de la de otro.
La tuya es una historia fascinante de gracia y la cuentas muy bien en tu libro. Hay gracia suficiente para todos nosotros, incluso para un pecador como yo, y ese es el tema tan alentador de tu testimonio: la gracia de Dios es suficiente para todo. Doctora Butterfield, ¿cómo les explicarías a los oyentes el Evangelio salvador de Jesucristo?
Jesús vino a este mundo, entró en la historia. Nació como cualquier otro ser humano, solo que Él era Dios, no únicamente humano. Sufrió una terrible humillación al nacer como ser humano, pero precisamente por eso podía identificarse con todos mis sentimientos e inquietudes, incluida mi confusión sobre la sexualidad. ¿Quién soy yo? La Biblia dice que esto es pecado. ¿Cómo podríamos estar en pecado yo y todos los que conozco? ¿Cómo es que permanezco en el pecado?
Luego, Jesús vivió en la tierra 33 años y durante ese tiempo hizo actos asombrosos de sanidad, ministerio y enseñanza. Su amor nunca se vio menoscabado por la verdad ni Su verdad por el amor, y vino al mundo para que muchos fueran salvos, no para juzgar al mundo. Sufrió en la cruz una muerte humillante, dolorosa y horrenda, y ahora está sentado a la diestra de Dios Padre, donde intercede por nuestras necesidades, escucha cada oración que hacemos, nos ama, conoce nuestra debilidad y fragilidad. Las misericordias que Él nos da se renuevan cada día.
Hay dolor, angustia y confusión, incluida la confusión de orar día tras día para que se nos quiten los pecados que nos asedian y, aun así, ahí estamos, ahí están ellos, una y otra vez, haciendo guerra con nosotros. Pero Él promete que atravesará todo eso con nosotros, que seremos apartados para el Evangelio, y este concepto de la redención me dice que lo verdadero determinará lo que es bello y lo que se valora.

En toda promesa y en toda tentación hay que considerar tres cosas:
1. La fidelidad de Dios Padre que nos creó.
2. La gracia de Jesús, quien es siempre el contenido de la promesa porque nació como un bebé en un pesebre. Eso es humillante, fue pensado para despertar tu compasión. Vivió entre la gente, fue tentado en todo, lo cual significa, por cierto, que entiende por completo la lucha que supone la homosexualidad. Fue tentado en todo, pero sin pecado. Así que siempre podemos saber que la gracia de Jesús está ahí.
3. El poder del Espíritu Santo, que pone por obra esa promesa de liberación. Porque Jesús sí murió en esa cruz y sí cargó sobre Sí todo el castigo, lo cual significa que Su gracia es suficiente y que podemos dejar de castigarnos. Aun cuando luchamos, no luchamos con vergüenza; es totalmente distinto que Dios mismo te convenza de un pecado. No hay vergüenza en nuestra lucha contra el pecado ni en el arrepentimiento. De hecho, la Biblia menciona dos veces que el arrepentimiento es un fruto de la vida cristiana, que Dios ama nuestro arrepentimiento, lo cual no tiene ningún sentido para mí. ¿No resulta sorprendente? Si Él no ama el pecado, ¿cómo puede amar el arrepentimiento? Él sabe que somos débiles y nos ama en nuestra debilidad y, por medio de la fe en la gracia, Él nos da fuerza.
Amén. Gracias por eso, doctora Butterfield. ¿Qué le dirías a alguien de la comunidad gay y lesbiana que quiere saber más del cristianismo, pero que se pone muy nervioso ante la idea de entrar en una iglesia local? Tú luchaste con esa tensión.
Ah, sí que luché. Yo era una especie de acechadora de iglesias. Pasaba en auto frente a una iglesia, estacionaba mi camioneta al otro lado de la calle y desde ahí miraba a esa gente cruzar la puerta. Todos se veían tan arreglados y perfectos, y pensaba: “Señor, ¿cómo voy a poder hablar alguna vez con esta gente?”.
Mientras leía la Biblia, me llamó la atención que Dios dice con toda claridad que cualquier cristiano tiene que renunciar a todo, no solo a lo fácil. El cristianismo no es solo para la gente a la que le gusta verse un poco arreglada por fuera. Por eso creo que es importante (no sé cómo lo verán mis amigos cristianos) que cualquiera que esté fuera de la iglesia se sienta invitado y bien recibido, con libertad para hacerle cualquier pregunta a cualquiera que diga conocer a Cristo y que ningún cristiano remilgue. Creo que eso es importante.

También creo que es muy importante que la iglesia le tienda la mano a la comunidad gay y lesbiana. Creo que nosotros, la Iglesia, vivimos engañados: pensamos que hemos dado testimonio fielmente durante años, que la comunidad gay y lesbiana no ha respondido, y que, por lo tanto, ese pecado muestra algo de endurecimiento; que simplemente tenemos que pasar a otra cosa.
La realidad es que la iglesia cristiana evangélica que cree en la Biblia sí ha pecado contra la comunidad LGBT al no compartir el Evangelio con amor y, en cierto modo, al no hacer lo que Smith hizo conmigo. Él practicaba la hospitalidad. Mi esposo, que es pastor de la Primera Iglesia Presbiteriana Reformada de Durham, predica estos días una serie sobre ese tema, y la semana pasada nos explicó que la hospitalidad no es compañerismo. Compañerismo es recibir en casa a tus amigos de la iglesia, y eso es estupendo, pero hospitalidad es abrirle la puerta al extraño.
Sí, es un punto muy importante. Pero, para cerrar este podcast, terminemos hablando de la Biblia. Ya has hablado bastante de la Escritura, pero quiero que expliques qué tan pertinente es la Biblia para las necesidades, preguntas y desafíos que enfrenta una persona de la comunidad gay y lesbiana.
La Biblia es pertinente para todo ser humano. Dios nos creó a todos y no podemos prescindir de ella. De hecho, le hablo al amigo de la comunidad gay y lesbiana: si hay cristianos que se te han acercado y la han usado para humillarte, tienes derecho a tomarla y leerla por ti mismo. La Biblia es un texto inspirado. La escribieron hombres elegidos a quienes inspiró el Espíritu Santo. Tiene una unidad interna y una autoridad con las que todos tenemos que lidiar.
Todos sentimos siempre la tentación de tomar nuestra experiencia personal y usarla como la vara o la medida de cuán pertinente será la Biblia. Pero hay un versículo de la Biblia que me golpeó de lleno, justo entre los ojos. Es Juan 7:17, que dice: “Si alguno está dispuesto a hacer la voluntad de Dios, sabrá si Mi enseñanza es de Dios”. Ese versículo me dijo con toda claridad que, si quería saber por qué la homosexualidad era pecado (y de verdad quería discutir con Dios ese punto, de verdad que sí), primero necesitaba hacer la voluntad de Dios. Es más, incluso antes de eso, necesitaba estar dispuesta a hacer la voluntad de Dios, y me quedó muy claro que no estaba dispuesta. Pero la Biblia le da vuelta a eso. Me pagaban por pensar y yo creía que uno piensa antes de actuar. La Biblia deja claro que necesitamos estar dispuestos a hacer la voluntad de Dios antes de poder pensar.
Ahora bien, si rechazamos la idea de un autor santo de esta Biblia… Y creo que ese es parte del problema aquí, ¿verdad? Que la hemos rechazado. Hemos dicho: “Bueno, la Biblia es verdad en algunas partes, pero no en otras. Esto es cultural, aquí hay un problema y acá también”. Dios promete hacernos completos y sanos; lo dice Él en el Salmo 41. También promete darnos los deseos de nuestro corazón si concuerdan con Su mandato y con Su voluntad para nosotros.
La Biblia ha estado bajo el cuidado especial de Dios, que la ha preservado como a ningún otro escrito en la tierra, pero si rechazamos esta idea de un autor santo, de una revelación bíblica autoritativa y unificada, rompemos la línea de comunicación con Dios. Así de serio es. Hay muchísimo en juego.
Este artículo fue traducido y ajustado por el equipo de redacción BITE. El original fue publicado por Tony Reinke en Desiring God.
