El 5 de agosto de 2010 se registró uno de los episodios más conmovedores e impactantes de la minería contemporánea: el colapso de la mina San José, situada a 30 km de Caldera, en la Región de Atacama, Chile. A raíz de este siniestro, 33 mineros quedaron atrapados a más de 700 metros de profundidad, bajo una masa inestable de más de 700.000 toneladas de roca. No obstante, en medio de la oscuridad y de la falta casi absoluta de certezas, emergió una fuerza espiritual impensada que no solo sostuvo la esperanza del grupo, sino que conmovió al mundo entero.
Un entorno marcado por la advertencia y el riesgo
La minería del cobre es el principal pilar de la economía chilena. De acuerdo con la Comisión Chilena del Cobre (COCHILCO), este metal representa más del 80% de las exportaciones mineras y más del 50% de las exportaciones totales de Chile, y genera entre un 8% y un 10% del PIB nacional de forma directa. Pero su impacto es aún mayor si se consideran sus encadenamientos productivos en proveedores, empleo e infraestructura. Por eso se intenta maximizar la explotación de cada yacimiento que pueda proveer tan preciado mineral.
A unos 30 km al noroeste de la ciudad de Copiapó y aproximadamente a 33 km al este del puerto de Caldera, se encuentra la mina San José. La superficie del yacimiento se halla a unos 700 u 800 metros sobre el nivel del mar, mientras que sus galerías subterráneas alcanzan más de 600 metros bajo la superficie. Aunque a mediados del siglo XIX comenzó como un yacimiento de plata, con el tiempo su explotación se concentró principalmente en el cobre y el oro.
Hacia mediados de la década de 1980, la mina pasó a manos de la Compañía Minera San Esteban Primera S. A., fundada por Jorge Kemeny, que desarrolló allí la producción de concentrados de cobre y oro. El método que se empleó fue el sublevel stoping (hundimiento por subniveles o caserones) a través de un túnel de acceso helicoidal (rampa) que se fue profundizando progresivamente hasta superar los 600 metros de profundidad.
Ahora bien, la mina presentaba antecedentes laborales sumamente complejos. Entre 2003 y 2010, los registros contabilizaban trabajadores fallecidos, mutilados y decenas de heridos debido a desprendimientos de rocas, conocidos en la minería chilena como “planchoneos”. En 2007, luego del fallecimiento de un trabajador, el Servicio Nacional de Geología y Minería (SERNAGEOMIN) clausuró el yacimiento debido a deficiencias estructurales, falta de ventilación y ausencia de vías de escape adecuadas, pues las chimeneas de ventilación no contaban con las escaleras necesarias para una eventual evacuación. Sin embargo, en 2008 se autorizó la reapertura de la mina con el compromiso de que la empresa implementara un plan de mejoras en seguridad, que nunca llegó a cumplirse en su totalidad.

Frente a este panorama, los trabajadores se dirigieron en numerosas ocasiones a las autoridades para expresar sus preocupaciones. Sin embargo, no encontraron la acogida requerida por parte de los organismos fiscalizadores ni de la mutualidad correspondiente. El portal de investigación chileno CIPER recogió un grave testimonio sobre el nivel de inseguridad de la mina San José a través de Evelyn Nicole Olmos Munizaga, quien se desempeñaba como técnica paramédica:
El problema de la inseguridad en la mina no era nuevo para nosotros. Desde 2004 esta mina presentaba problemas serios. Un mes antes del derrumbe, a partir del 3 de julio de 2010, día del accidente de Gino Cortés, a quien una loza le cortó una pierna, empezamos a ser más majaderos. Incluso fuimos a hablar con el gerente de la Asociación Chilena de Seguridad (ACHS) en Copiapó y le advertimos que lo de Gino no iba a ser el único accidente si no se tomaban medidas serias.
Aquel poco auspicioso panorama tuvo un inesperado y trágico giro el 5 de agosto de 2010, cuando, aproximadamente a las 2:00 p. m., un colapso masivo en el interior de la montaña hizo ceder un bloque de roca que bloqueó la rampa principal y dejó atrapados a 33 mineros.
Al recordar los momentos previos al colapso, los mineros experimentados afirmaron haber percibido señales de la creciente presión sobre la estructura de la mina. Uno de ellos fue José Henríquez, quien dijo: “la mina habla”; y en aquella ocasión no se quedó muda. Hacia las 2:51 p. m., se sintió un estruendo ensordecedor y una brutal onda expansiva cubrió el lugar con una densa nube de polvo que tardó horas en disiparse. Como consecuencia de este fallo masivo, la vía principal quedó bloqueada y el grupo de hombres que componía ese turno quedó sepultado en el corazón del desierto.

Fe, esperanza y comunidad en medio de la incertidumbre
Para Henríquez, la Providencia divina se hizo presente desde el primer instante. Él operaba una maquinaria conocida como “Jumbo”, pero una avería en una de sus ruedas le había impedido llegar al que fue el epicentro del desprendimiento más severo, lo que terminó salvaguardando su vida.
Cuando los familiares de los mineros se enteraron de que ellos habían quedado atrapados, corrieron a la mina San José y exigieron a los grupos de rescate que los buscaran. Algunos intentaron romper el cerco y entrar a la mina para liberar con sus propias manos a sus seres queridos. Por su parte, la abuela del minero Ariel Ticona lidió con el dolor y la angustia de una manera diferente: compuso música y cantó.
El entonces presidente de la República de Chile, Sebastián Piñera, se encontraba en una gira internacional. El periodista Andrew Chernin, en su libro Rescate, la historia de los 33, destacó un episodio que da cuenta de su reacción: mientras se encontraba en Bogotá, el presidente pidió un minuto de oración por los mineros, pues ya era evidente que se trataba de una situación de gran complejidad.
Las labores iniciales de ingreso por las chimeneas de ventilación fracasaron debido a la falta de escaleras de emergencia y a un segundo colapso ocurrido el 7 de agosto. Mientras las familias reaccionaban con desesperación, angustia y, en algunos casos, con una fe activa, los equipos de rescate avanzaban en medio de la incertidumbre. El Gobierno designó al ingeniero André Sougarret para liderar los trabajos de perforación. Así, con el paso de los días, múltiples máquinas perforadoras de exploración minera comenzaron a operar sin descanso.

Alrededor se formó lo que más tarde se conoció como el Campamento Esperanza, fue el refugio improvisado por las familias de los mineros. Bajo las carpas de nylon, la angustia predominaba en los primeros días; las familias enfrentaban la aridez extrema, los días abrasadores y las noches heladas. Con el paso de las semanas, aquel asentamiento rústico evolucionó hasta convertirse en una verdadera ciudadela que vibraba al ritmo incesante de las perforadoras.
Entre el estruendo de la maquinaria convivían familiares, rescatistas, autoridades y cientos de periodistas internacionales que transmitían cada avance al mundo. Se organizaron comedores comunitarios, altares llenos de velas y fotos, e incluso espacios de juego para los niños, creando una rutina diaria marcada por la fraternidad, las vigilias y la expectativa compartida. Luego de varios días de búsqueda sin señales de vida de los mineros, Piñera, ordenó que se levantara una cruz en su memoria, “por si acaso”. Actualmente, la enorme cruz da la bienvenida a los visitantes de la mina y marca el sitio donde ocurrieron los hechos.
La presencia de creyentes evangélicos fue uno de los pilares espirituales más visibles y constantes en el campamento, pues brindó un fervoroso sostén emocional a muchas de las familias. Entre carpas de oración y cultos nocturnos, pastores y voluntarios organizaron vigilias de canto y oración que, además de fortalecer el ánimo colectivo, brindaron consuelo durante la larga espera.

El surgimiento de un líder espiritual a 700 metros bajo tierra
Durante los 17 días que permanecieron incomunicados, los mineros lograron sobrevivir mediante un estricto racionamiento de los escasos recursos del refugio. Cada 48 horas, abrían apenas dos latas de atún o macarela para repartir dos cucharadas con media galleta a cada uno de los 33 hombres. También tomaban medio vaso de leche. Para subsistir a la deshidratación, consumieron el agua potable del lugar y, tras agotarse, recurrieron al agua industrial de la maquinaria de perforación.
Este régimen aseguró la supervivencia de todo el grupo a pesar de las extremas condiciones del encierro, con temperaturas de hasta 35°C y un 90% de humedad. En Milagro en la mina, una historia de fortaleza, supervivencia y victoria en las minas de Chile, su libro de memorias, Henríquez señaló que le rogaron a Dios que les quitara el apetito, multiplicara la comida y le añadiera más nutrientes.
Ante el aislamiento total y la escasez crítica de insumos, la figura de este cristiano evangélico de profunda convicción cobró una relevancia fundamental. Su carácter había sido moldeado durante su juventud por el testimonio de su abuelo, un virtuoso pastor y músico de la sureña localidad de Lota, que predicaba con paciencia y entrega: “Muchas veces vi a mi abuelo atravesar situaciones difíciles debido al Evangelio. Él experimentó muchos tiempos de necesidad. Con todo, continuaba predicando el Evangelio con gran amor”.

Otro punto clave en su formación fue su experiencia laboral en las minas de carbón del sur de Chile, cuyas localidades estaban marcadas por una fuerte presencia de evangélicos. Allí había aprendido el valor de iniciar sus labores con cánticos, lectura bíblica y oración:
…Lota fue el único sitio donde he trabajado en el que los obreros alababan a Dios antes de entrar a la mina. Abordábamos un tren para recorrer el túnel de acceso, que tenía una longitud de 9 km debajo del mar. Esa era la distancia que teníamos que transitar simplemente para llegar al lugar de trabajo, y debido a que todos éramos cristianos, le cantábamos al Señor durante el camino. Cada día, antes de empezar nuestras labores, celebrábamos un culto en honor al Señor en el que entonábamos cantos de alabanza, leíamos las Escrituras y orábamos, dirigiéndonos más tarde a nuestros lugares de trabajo específicos a fin de comenzar nuestra faena.
Durante su juventud, también fue un miembro activo de su iglesia local y dedicó mucho tiempo y esfuerzo a la formación de su familia, tanto en el ámbito material como en el espiritual. Por consiguiente, cuando sus compañeros reconocieron sus principios y su testimonio de vida, lo designaron de manera natural como guía espiritual del grupo. Lejos de imponerse, Henríquez asumió la tarea bajo una condición clara y formal: orar a un Dios vivo, con fe y reverencia. De este modo, se establecieron reuniones diarias de oración a las 12:00 y a las 6:00 p. m. para clamar unánimemente por su rescate.
Sobre aquellos días y su rutina, Henríquez señaló: “En los días que siguieron empezamos a orar juntos y les hablé de la Palabra de Dios. En mi predicación presentaba a Cristo y luego, sin apelar a credos o afiliaciones religiosas, orábamos con la esperanza de recibir una respuesta del Señor”. Para el asombro de Henriquez, a pesar de que no contaron con biblias impresas durante los primeros 17 días, los pasajes bíblicos y las enseñanzas que había aprendido en su infancia acudían con nitidez a su memoria.

El hallazgo y la respuesta divina
La mañana del 22 de agosto, en el día 17 de búsqueda, la sonda Schramm T130 logró penetrar en el taller de la mina, a 688 metros de profundidad. Al retirar los tubos de la broca, emergió un papel escrito con letras rojas: “Estamos bien en el refugio los 33”.
A partir de ese hito, equipos de ingenieros, socorristas y profesionales de la salud organizaron un complejo sistema de soporte vital mediante dispositivos denominados “palomas”, utilizados para suministrar alimentos, medicinas, agua y medios de comunicación a las profundidades del yacimiento. Paralelamente, se ejecutaron tres planes de perforación (planes A, B y C) para abrir un pozo de evacuación con un diámetro suficiente para efectuar el rescate.
A partir de la apertura del ducto de comunicación, la asistencia material y espiritual se multiplicó. Por intermedio de la Sociedad Bíblica Chilena, se enviaron biblias personalizadas con el nombre de cada minero y la dedicatoria “Los libros buenos tienen que estar en buenas manos”, acompañadas de audios dramatizados de las Escrituras. Este suministro fortaleció los estudios bíblicos en las profundidades de la Tierra. Asimismo, la coordinación de la oración cruzó la barrera de la tierra: los mineros estructuraron cadenas de intercesión en conjunto con las familias y los técnicos del Campamento Esperanza. Como lo expresó Roberto Ríos, uno de los rescatistas: “Dios siempre estuvo presente, en todo”, en referencia a los sondajes y a cada detalle logístico de la operación.
Alfred Cooper, el entonces obispo anglicano y capellán evangélico del Palacio de la Moneda, también desempeñó un rol crucial como punto de conexión entre el Gobierno, las familias del Campamento Esperanza y el liderazgo religioso dentro y fuera del yacimiento. Fue él quien promovió el envío de material espiritual hacia las profundidades, apoyando así la labor del minero Henríquez, quien posteriormente relató que 22 de los 33 mineros profesaron su fe en Cristo. El último domingo antes del rescate hicieron juntos un compromiso de fe y pidieron a un pastor en la superficie que orara con ellos.

Tras semanas de perforación, finalmente se logró completar el ducto de rescate, lo que permitió iniciar la fase de extracción entre el 12 y el 13 de octubre de 2010. Luego de 69 días de encierro y ante una audiencia global que superó los mil millones de espectadores, todos los trabajadores fueron sacados con vida mediante la cápsula Fénix 2. La operación recibió el nombre “San Lorenzo”, conocido en la cultura popular católica del norte de Chile como el santo patrono de los mineros; algunos se encomiendan a él para regresar a casa sanos y salvos. Sin embargo, la experiencia espiritual vivida por los 33 mineros durante el encierro estuvo marcada principalmente por prácticas evangélicas.
En ese contexto surgió también la imagen del “minero 34”. Tras salir a la superficie y encabezados por Henríquez, los mineros coincidían en una afirmación que Cooper ayudó a difundir internacionalmente: “En realidad no éramos 33, éramos 34, porque Jesucristo estuvo allí abajo con nosotros”. Otro momento encabezado por el minero evangélico fue este, según sus memorias:
…el Señor me otorgó el privilegio de ejercer el liderazgo espiritual del grupo. Y así fue hasta el último momento. Antes de salir, me dirigí al grupo diciéndole: ‘Dios ha respondido nuestra oración, de modo que nadie sale de aquí si no oramos antes, dándole gracias al Señor y bendiciendo este trabajo’. Entonces estuvimos orando durante algunos momentos y le pedimos a Dios la protección de Sus ángeles, y así sucedió. Dos de los rescatistas que bajaron para ayudarnos eran también cristianos y se unieron a nosotros en la oración.

Al emerger, vistieron camisetas con la leyenda del Salmo 95:4 en la parte posterior: “Son Suyas las profundidades de la tierra, son Suyas las cumbres de los montes. A Él la gloria y el honor”. Blanca Hettiz, esposa de Henríquez, también relató una evidencia de cómo su fe la ayudó a afrontar aquellos momentos, incluso ante figuras de gran relevancia pública:
La esposa del presidente, la señora Cecilia, me fue a buscar. Ella me acompañó al sitio por donde llegaría la cápsula y me comentó que hasta ese momento era la única persona que se mostraba tan tranquila e irradiaba tanta paz.
—¿Cómo se siente? —me preguntó.
—Estoy muy feliz y quiero ver a mi esposo.
—Usted transmite alegría, tranquilidad, serenidad —dijo.
—Sí, eso es algo que solo el Señor puede dar por medio del ayuno y la oración —le aseguré.
La vida y la fe tras el rescate
Años después de aquella hazaña ingenieril e hito mediático, la vida de los 33 ha transitado por realidades diversas. La mina San José se ha convertido en un espacio de memoria turística, mientras persisten demandas legales e inquietudes sobre la situación a largo plazo de sus protagonistas. Allí se encuentran diversos hitos relacionados con la tragedia y el posterior rescate, y uno de los 33 mineros acompaña a los visitantes para explicarles en primera persona los hechos ocurridos. Según el portal Chile Travel, el lugar cuenta con una sala de fotografías y un documental que relata los esfuerzos realizados para sacar con vida a los trabajadores.

Sin embargo, para Henríquez y su familia, el verdadero legado de este acontecimiento trasciende el aspecto material y el reconocimiento terrenal:
El rescate milagroso de nuestra odisea no era el fin, sino el principio de nuevas oportunidades […]. Dios no consideró ningún costo demasiado grande con el objetivo de liberarnos. En lo personal, estoy convencido de que este evento sucedió para otorgarle dignidad al minero y, sobre todo, para dar testimonio de que hay un Dios vivo que escucha la oración en las circunstancias más imposibles.
Por otro lado, años después, el rescatista Ríos señaló con convicción:
Independiente de los esfuerzos humanos, de la excelencia que se pueda poner, de los recursos humanos o financieros, con la mano de Dios todo saldrá mejor. Desde el mismo presidente de la República, todos rezaron u oraron —como quieran llamarle—, encomendándose a Dios, quien estuvo siempre presente en todo. Recordemos que en la sonda, en la paloma, en el sondaje inicial, después en el ducto final que anduvo desviándose un poco y luego se encauzó, en todo estuvo Dios. En cuanto a la paloma blanca, esa que vio Mario Sepúlveda volando en la mina, lo creo absolutamente, ya que la paloma siempre ha simbolizado al Espíritu Santo de Dios.

En una entrevista con Marcus Jones, de Premier Radio, el obispo Cooper destacó el aspecto espiritual de la misión incluso entre las autoridades políticas, cuyas creencias incluían a católicos romanos, judíos, agnósticos e incluso ateos:
…fuera de la mina, el papel de la fe y la oración fue fundamental. El presidente convocó una reunión de oración de emergencia. Oramos en el palacio presidencial. Dejamos sus fotos en el altar de la capilla del palacio. A esa reunión de oración asistieron todos los ministros y dos semanas después fueron encontrados.
Para los mineros y sus familias, la presencia divina fue considerada la fuerza constante que los sostuvo durante el encierro. Tras el rescate, Cooper acompañó a Henríquez en diversas giras internacionales por Europa y Estados Unidos para compartir su fe y testimonio ante auditorios de todo el mundo. El National Prayer Breakfast (Desayuno Nacional de Oración) fue uno de los eventos de gran relevancia para los que recibió invitación. En aquella ocasión, mientras compartía con el presidente de Estados Unidos y la primera dama, Barack y Michelle Obama, Henríquez pronunció una frase que llamó profundamente la atención de este último:
Inexplicablemente, a nosotros se nos llamó por medio de este accidente para dar testimonio de que sí hay un Dios vivo que escucha la oración, aun del más pequeño y en las circunstancias más imposibles. Este es un Dios que hace milagros hoy.
Lo ocurrido en la mina San José no solo representa un triunfo de la ingeniería y la solidaridad humana, sino también un recordatorio de que la gracia y la fe en Jesucristo son capaces de iluminar aun las profundidades más oscuras de la existencia humana y de proveer, para quienes confían en Él, una esperanza mucho más trascendente que la que ofrece este mundo pasajero y sus afanes.
Referencias y bibliografía
Obispo narra la historia de fe detrás del rescate de 33 mineros en Chile | ACI Prensa
Desde el Palacio (2012) de Alfred Cooper – Sociedad Bíblica Chilena
Rescate, la historia de los 33 (2011) de Andrew Chernin. Santiago de Chile: Penguin Random House
Chilean Miner Shares Spirituality with Durham Cathedral | BBC News
Relevancia del cobre en la economía y las finanzas públicas de Chile|Biblioteca del Congreso Nacional de Chile
Los 33: Revive el rescate de la Mina San José | Chile Travel
Minero José Henríquez presentó su libro “Milagro en la mina” | Cosmovisión
Perfil de José Henríquez, el “Pastor” de los 33 mineros | ABC
José Henríquez: El guía espiritual de los 33 | Emol
Los 33 mineros de Chile, ocho años después | El País
Se salvan 33, mueren 41: el siniestro balance de la minería chilena en 2010 | CIPER Chile Milagro en la mina (2011) de José Henríquez. Miami, Florida: Editorial Vida
Minero Henríquez dice que eran 34 dentro de la mina | La Cuarta
Los mineros, 10 años después de un rescate histórico | La Nación
8 datos que no sabías sobre el rescate de los 33 mineros | Mine – Class
Chile: chaplain says miners were ‘gripped by faith’ | IndCatholicNews
