Desde 2020, hay un álgido debate en España en torno a una propuesta para que los padres autoricen por escrito la asistencia de sus hijos a charlas o talleres impartidos por personas ajenas al centro educativo. Quienes defienden esta medida, llamada “pin parental”, sostienen que las familias deben tener la última palabra sobre los valores morales y, especialmente, sexuales que reciben los menores en el aula. Para ellos, es una forma de proteger la libertad de cada hogar y de limitar la enseñanza que el Estado imparte respecto a temas contrarios a sus convicciones o que prefieren tratar en la intimidad de su casa.
Por el contrario, el Gobierno y gran parte de la comunidad educativa afirman que el derecho de los padres no es un cheque en blanco para decidir qué parte de la realidad conocen sus hijos. Defienden que el colegio tiene el deber de preparar a los alumnos para convivir en una sociedad “diversa”, enseñándoles sobre igualdad y derechos fundamentales, especialmente lo relacionado con la identidad de género. En este sentido, consideran que el pin pone en riesgo la formación de los estudiantes, ya que permitiría que algunos niños no reciban conocimientos que el sistema educativo considera esenciales para el desarrollo de cualquier ciudadano.

“¿Cuál es la posición correcta?” es quizás la pregunta más importante de responder (probablemente el lector ya tenga su propia posición), pero no es la más difícil. El siguiente cuestionamiento es mucho más complicado: “¿Cómo es que el gobierno comenzó a tener una voz tan prominente en asuntos de educación moral, especialmente en lo relacionado con el sexo?”. El involucramiento estatal está por todas partes. ¿Por qué una familia alemana tiene que pedir asilo en Estados Unidos después de que en su país natal les prohibieran, por decreto, hacer escuela en casa? ¿Por qué el servicio de protección infantil noruego les quitó la custodia a unos padres por adoctrinamiento religioso? ¿Por qué hay, en este momento, un debate en Estados Unidos sobre si los profesores deben informar a los padres si sus hijos deciden cambiar los pronombres que se usan para ellos en la escuela?
Esto es muy complejo, pero desde el punto de vista intelectual (y corriendo el riesgo de ser demasiado reduccionistas), podemos hacer una afirmación que a los ojos de muchos será sorpresiva: todo se remonta a un intento de la academia por entender el nazismo.

La Escuela de Frankfurt: comprendiendo el fracaso de la sociedad
Las primeras décadas del siglo XX mostraron una sociedad moderna en crisis. La tecnología avanzaba rápidamente, pero comenzó a utilizarse para crear armas. El arte se convirtió en una fábrica de entretenimiento; el cine, la radio y la publicidad llenaron el mundo de productos que las masas consumían a modo de anestesia. La libertad, que se había sobrepuesto a la esclavitud en el siglo anterior, se transformaba ahora en opresión por parte de gobiernos dominantes y grandes poderes industriales. Y el fascismo fue la gota que colmó el vaso: ¿cómo era posible que el hombre civilizado terminara creando un sistema que desafiaba toda la moral occidental?
Este desencanto llevó a algunos de los intelectuales más prominentes a unirse en torno a la “Teoría Crítica”: un intento por analizar, cuestionar y cambiar la realidad social. Su propósito era comprender por qué las masas seguían a figuras como Adolfo Hitler y proponer cómo transformar la cultura para evitar que esto se repitiera. Este grupo giró en torno al Instituto de Investigación Social de la Universidad de Frankfurt; de allí que a estos académicos y a sus teorías se les llame “Escuela de Frankfurt”.

Explicar esta corriente de pensamiento es una tarea monumental que excede los objetivos de este artículo. Solo queremos enfocarnos en lo que uno de sus historiadores denominó una “boda forzada” entre Karl Marx y Sigmund Freud. Para entender la importancia de ambos en nuestra cultura actual, invitamos al lector a revisar este artículo sobre Marx y este otro sobre Freud. Pero aquí basta con recordar que sus teorías parten de premisas opuestas.
Por un lado, Marx explicaba al ser humano desde el mundo material y político con una perspectiva optimista. Para él, el contexto socioeconómico era determinante al dar forma a la naturaleza humana; el trabajador alcanzaría un paraíso una vez se liberara de la clase burguesa. Por otro lado, Freud explicaba al individuo desde su mundo interior psicológico con una visión pesimista. Para él, el objetivo último del ser humano es la satisfacción de sus deseos sexuales, pero como la vida en comunidad exige reprimirlos, el hombre jamás tendría una vida plena y una sociedad organizada al mismo tiempo.

Sin embargo, según la Escuela de Frankfurt, era imposible explicar el ascenso del fascismo sin ambos. Marx era fundamental, ya que había mostrado cómo las condiciones externas condicionan el desarrollo personal. Freud era clave para entender el mundo psicológico interior como la fuente de identidad. Considerar ambas perspectivas —la interna y la externa— permitiría encontrar los factores que llevaban al individuo a someterse y proponer soluciones para contrarrestar la influencia de líderes totalitarios.
Como explica Carl Trueman en su libro El origen y el triunfo del ego moderno, hubo varios pensadores de la Escuela de Frankfurt que concretaron esa “boda forzada”. Por supuesto, como en toda boda forzada, había conflictos; las complicaciones teóricas abundaron, pero finalmente lo lograron. Sin embargo, entre todos ellos, Trueman resalta a dos que fueron especialmente influyentes y que dieron origen a muchas de las ideas del discurso político moderno (principalmente la cosmovisión de gran parte de la izquierda política): Wilhelm Reich y Herbert Marcuse. Sus análisis no se limitaron al estudio del seguidor fascista, sino que trascendieron hacia la explicación de la familia y la educación. Y, con toda honestidad, sus propuestas son aterradoras.

Wilhelm Reich: la abolición de la familia tradicional
Para Reich, el mayor problema de Freud es que entendió la represión de los deseos sexuales fuera de las circunstancias históricas específicas que la rodean. Si bien Freud afirmaba que la civilización requería de la religión y la moral para la organización de la sociedad, lo hizo de manera demasiado general, ignorando que cada época requería de valores e ideas distintas. Así, adoptando la cosmovisión de Marx, Reich explica que las ideas específicas corresponden con cada momento histórico. Los códigos sexuales no son trascendentes ni absolutos; simplemente se originan en las necesidades de la clase gobernante:
Se hace evidente que no es la actividad cultural en sí misma la que exige la supresión y la represión de la sexualidad, sino solo las formas actuales de esta actividad, por lo que uno está dispuesto a sacrificar estas formas si al hacerlo se pudiera eliminar la terrible miseria de los niños.
Ahora bien, al decir eso, ¿cuáles son las “formas” que está dispuesto a sacrificar? ¿Qué normas de supresión sexual son las que llevan a los niños a experimentar una “terrible miseria” en su vida? Para él, el problema radica en una sola institución: la familia tradicional.
Reich explica que esta forma específica de supresión sexual comienza al mismo tiempo que el surgimiento del patriarcado autoritario en la antigüedad. Luego, según él, esta institución es reforzada por la Iglesia católica, que se encarga de negar todas las expresiones del sexo. ¿Y cuál es el objetivo de esta supresión? Formar individuos que, aunque vivan frustrados por no cumplir su objetivo máximo (la satisfacción de su sexualidad), estén dispuestos a obedecer. Así lo explica en Psicología de masas del fascismo (1933):
El entrelazamiento de la estructura socioeconómica con la estructura sexual de la sociedad y la reproducción estructural de la sociedad tienen lugar en los primeros cuatro o cinco años y en la familia autoritaria. La Iglesia solo continúa esta función más tarde. Así, el Estado autoritario gana un enorme interés en la familia autoritaria. Se convierte en la fábrica en la que se moldean la estructura y la ideología del Estado (…).

El objetivo de la moral es producir sujetos condescendientes que, a pesar de la angustia y la humillación, se ajusten al orden autoritario. Así, la familia es el Estado autoritario en miniatura, al que el niño debe aprender a adaptarse como preparación para el ajuste social general que se le exige más adelante.
De esta forma, el desmantelamiento de la familia tradicional debe ser el objetivo principal de una sociedad libre. Esta disposición a someterse, formada por la organización autoritaria familiar, es lo que finalmente permite que exista algo como el fascismo. Para Reich, esto es lo único que explica el hecho de que alguien apoye una institución que, al final, no hará sino dañar a la persona y al resto de la sociedad.
Ahora, si no es a través de la familia, ¿de qué manera debe darse el desarrollo del niño? En La revolución sexual (1936), Reich dice:
La sociedad libre proporcionará un amplio espacio y seguridad para la gratificación de las necesidades naturales. Por lo tanto, no solo no prohibirá una relación amorosa entre dos adolescentes del sexo opuesto, sino que además le dará todo tipo de apoyo social. Tal sociedad no solo no prohibirá la masturbación del niño, sino que, por el contrario, probablemente concluirá que cualquier adulto que obstaculice el desarrollo de la sexualidad del niño debe ser tratado severamente.

La última frase de esta cita da a entender que el Estado debe existir para asegurar que el niño pueda tener un desarrollo sexual libre, utilizando los medios que sean necesarios. Dicho de otra forma, la familia es el principal oponente de la liberación sexual del niño, por lo que el Estado, haciendo las veces de libertador, tiene la responsabilidad de intervenirla.
Esto demuestra una forma particular de entender la opresión, cuyas raíces están en Freud. El problema no es que el Estado intervenga en una familia; al final, prácticamente todos estaríamos de acuerdo con que lo haga si un niño experimenta abuso o maltrato físico. El problema es que la nueva definición de opresión ya no es material, sino psicológica y altamente sexualizada. Así, según Reich, un niño no solo es abusado cuando lo golpean, sino también cuando alguien le impide la satisfacción de sus deseos sexuales.
En todo caso, Reich era demasiado extremo en sus declaraciones. Incluso el mismo Freud lo consideró “impetuoso” por encontrar en la satisfacción sexual un “antídoto contra toda neurosis”. Hubo otro pensador de la Escuela de Frankfurt que, siendo mucho más matizado en sus reflexiones, logró darle a la represión estatal un lugar legítimo sin afirmar que era necesario liberar los deseos sexuales de cualquier forma de restricción.

Herbert Marcuse: la regulación del sistema educativo
Para Herbert Marcuse, la preocupación ya no es el surgimiento del fascismo, sino la sociedad de la Guerra Fría. Su análisis busca entender el fracaso estalinista soviético, la impotencia del proletariado frente a las crisis del capitalismo del siglo XX y la percepción de que el Occidente capitalista es el lugar de la libertad y el desarrollo. Al escribir sus obras más importantes —todas posteriores a la Segunda Guerra Mundial y la derrota del nazismo—, Marcuse manifiesta un mayor interés en restaurar el marxismo.
Al enfrentar un escenario menos brutal que el nacionalsocialismo, Marcuse es menos radical en cuanto a la liberación sexual: si bien coincide con Freud y Reich al describir la opresión como una represión de los deseos, cree que esto debe matizarse, pues cierta medida de represión siempre será necesaria. Por ello, difiere de Reich en la idea de que el ser humano idealmente debería satisfacer siempre todos sus deseos.
Sin embargo, que sea menos radical no significa que su propuesta sea menos influyente (quizás todo lo contrario). Su aporte más importante es la idea de que la supuesta libertad de expresión propia del Occidente capitalista es, en realidad, un medio de opresión para que la burguesía mantenga su posición de poder. En otras palabras, el hecho de que las personas escuchen la propaganda de los que están en el poder, escojan libremente reprimir sus deseos sexuales y opten por una familia tradicional es resultado de las maquinaciones de la clase dominante. Marcuse llega a esta conclusión a través de dos conceptos clave: el “principio de rendimiento” y la “represión excedente”.

Por un lado, el principio de rendimiento toma el “principio de realidad” de Freud —la idea de que para tener una sociedad funcional es necesario domesticar el deseo— y lo sitúa en una perspectiva histórica. Marcuse, al igual que Reich, afirma que las conductas con las que se reprime el deseo cambian según el momento y la clase dominante; para él no hay una forma trascendente de este principio, sino que se manifiesta de manera local según el contexto económico.
Por otro lado, la “represión excedente” es el ejercicio del poder que va más allá de lo que es racionalmente necesario para el bien común. Mientras que una gestión racional de recursos evita la anarquía, la represión excedente busca mantener el statu quo para beneficio de la clase dominante, cuyo interés por el control la lleva a ejercer un dominio excesivo. Aquí reside la mayor diferencia entre Reich y Marcuse: mientras que el primero ve la familia tradicional como opresiva por naturaleza, el segundo la ve como una forma legítima de represión para ciertas épocas.
Sin embargo, al ubicarse en el contexto de la Guerra Fría, ya no cree que la estructura monógama siga siendo útil según el principio de rendimiento y, en cambio, la ve como una forma de represión excedente por parte de la clase dominante estadounidense. ¿Por qué? Porque es el primer lugar donde las personas aprenden a aceptar la autoridad y las jerarquías. Estos valores, fundamentales para el funcionamiento del sistema capitalista, se interiorizan desde la infancia y luego se trasladan a otras instituciones como la empresa, la escuela y el Estado. Además, la familia transmite normas que sostienen el orden social existente, como la disciplina laboral, el respeto por la propiedad privada y ciertos roles sociales.

Así, para Marcuse, la libertad sexual sería sinónimo del derrocamiento del capitalismo y el restablecimiento del marxismo. En ese sentido, la libertad de expresión occidental, que contrastaba con el estatismo opresivo de la Unión Soviética, resultaba ser una farsa: si en el colegio te enseñan las bondades de la familia patriarcal y decides construir una, es porque la clase dominante te ha condicionado para creer que simplemente persigues un valor natural. Para Marcuse, elegir la familia patriarcal es el resultado de un engaño ideológico diseñado para mantener al individuo políticamente impotente.
La implicación de esto es que las instituciones educativas deben servir para desmantelar esta falsa libertad de expresión. En su obra Tolerancia represiva (1965) —por cierto, un título bastante crítico hacia Occidente—, dijo:
...la restauración de la libertad de pensamiento puede requerir nuevas y rígidas restricciones a la enseñanza y las prácticas en las instituciones educativas que, por sus propios métodos y conceptos, sirven para encerrar la mente dentro del universo establecido del discurso y el comportamiento, impidiendo así una evaluación racional previa de las alternativas.

Dicho de forma simple, una conciencia política correcta requerirá que la educación sea fuertemente regulada para garantizar el resultado esperado. Todo discurso que termine dañando a las personas —impidiéndoles liberar sus deseos sexuales— debe ser eliminado de la sociedad. Para Marcuse, no tiene sentido permitir aquello que mantenga a la clase dominante en el poder en detrimento de la verdadera libertad individual.
Una mirada distinta: el exceso de expresión
Este breve análisis de las reflexiones de Reich y Marcuse (y de la Escuela de Frankfurt por extensión) revela la base intelectual de la aversión moderna hacia la familia tradicional y la creencia de que el Estado posee la autoridad final sobre la educación moral y sexual del niño. La idea freudiana de que el ser humano es esencialmente un ser sexual que existe para la satisfacción de sus deseos es el pilar de todo. Estos intelectuales simplemente la interpretaron de forma política: los males sociales, asociados a la represión del individuo tanto en el fascismo como en el capitalismo, encuentran su solución en una liberación que no es material, sino psicológica. En conclusión: el fin de los males sociales reside en la expresión de los deseos sexuales.
Esto explica por qué la sexualidad ocupa hoy el centro del debate público. Si bien la “nueva izquierda” —como la denomina Trueman— es la que principalmente toma la diversidad sexual como bandera, en realidad esta aparece hoy en todo el espectro político. Sin importar la postura, se asume que la salvación del individuo depende de que el Estado garantice la expresión de su “yo psicológico”, especialmente en lo relacionado con el sexo. Por supuesto, pocos reconocen en los discursos partidistas las ideas de Reich y Marcuse; sin embargo, su influencia ha sido tal que esta liberación sexual ya forma parte de un entendimiento ortodoxo de la naturaleza humana en el siglo XXI.

Como cristianos, debemos reconocer que abundan las convicciones bíblicas que chocan con la politización del sexo: desde el hecho de que la familia tradicional es un diseño divino, hasta que no hay en la Escritura señal de que el Estado tenga autoridad para dictar la educación de los hijos. Dichas convicciones deberían ser suficientes para rechazar la revolución sexual que impera en nuestra sociedad y es defendida por gobiernos e instituciones educativas. No obstante, es importante que también estemos capacitados para desmantelar la base intelectual que legitima la abolición de la familia y la intrusión estatal.
Como señala Trueman, quizá el error más evidente de Marcuse es su marcado elitismo: según su pensamiento, solo los intelectuales como él tienen la capacidad de saber qué es bueno para la gente común. Se asume que el trabajador no es capaz de notar que sus concepciones morales son imposiciones de la burguesía y, por ello, necesita de una vanguardia política o académica que lo salve de su ignorancia.

Lo irónico es el desprecio implícito hacia las capacidades de dicha persona. Para un seguidor del pensamiento frankfurtiano, solo los académicos entienden la sociedad. En ese sentido, quien no posee esa educación —ignorando que las instituciones promueven cada vez más la politización del sexo— queda condenado a obedecer, ya sea a la clase dominante burguesa o a la clase intelectual marxista. Pero la Escritura muestra algo distinto: sin importar nuestra preparación académica, podemos ser críticos frente a quienes nos oprimen y entender lo que realmente significa la opresión.
La pregunta fundamental es por el significado de la naturaleza humana: ¿es realmente el sexo nuestro objetivo máximo? Si resultara que no, todo el pensamiento frankfurtiano se derrumbaría: la familia dejaría de verse como sinónimo de opresión, no se vería al Estado como el salvador de los niños, y los males sociales tendrían que ver no con la poca expresión psicológica del individuo, sino con el exceso de ella. Justamente, es el exceso de una concepción psicológica errada lo que alimenta autoritarismos. Más que la represión de deseos, el problema es la expresión de un ego desmedido. Al final, aunque coincidimos con el desencanto de la Escuela de Frankfurt hacia la sociedad que gestó el nazismo, rechazamos sus antídotos.
Referencias y bibliografía
“La nueva izquierda y la politización del sexo”. En El origen y el triunfo del yo moderno (2022) de Carl R. Trueman. Nashville: B&H Publicaciones, pp. 261-308.
Mirabelli v. Bonta - 607 U.S. (2026) | Justia U.S. Supreme Court Center
Wilhelm Reich - Psicología de masas del fascismo | Proletarios
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