Una gran recesión económica está en camino… por culpa de ChatGPT.
Desde hace algunos años, los ministerios cristianos nos hemos visto obligados a estudiar la inteligencia artificial (IA) con una mezcla de asombro y cautela. No es para menos; su avance ha sido tan vertiginoso que ignorarla ya no es una opción para la Iglesia en el siglo XXI. Hemos sido testigos de sus bondades —como la aceleración sin precedentes en la traducción bíblica— y de sus perversiones —como la deshumanización en las relaciones—. Sin embargo, entre la montaña de debates sobre ética y antropología que vienen con estas nuevas tecnologías, hay un factor crítico que pocos cristianos han considerado seriamente: una inminente recesión económica provocada por la propia IA.
Para entender el riesgo, es necesario precisar qué es una recesión. En términos técnicos, se trata de un decrecimiento significativo de la actividad económica en distintos sectores durante varios meses. Tradicionalmente, se identifica cuando el Producto Interno Bruto (PIB) de un país registra dos trimestres consecutivos de caída. En la práctica, esto se traduce en una disminución del consumo, un aumento del desempleo y una contracción de la inversión.

Según los analistas financieros más destacados, la advertencia de una crisis no es producto de una paranoia abstracta o un pesimismo infundado, sino de un fenómeno económico claro: la IA representa actualmente una “burbuja” financiera. ¿Eso qué significa? Que estamos viendo inversiones masivas y valoraciones de mercado exorbitantes en empresas de tecnología que prometen retornos de inversión que, hasta ahora, no se han materializado en la economía real. Cuando las expectativas del mercado superan por mucho la utilidad práctica y monetaria de una tecnología, la burbuja estalla, y el impacto suele ser global.
De manera breve, pretendo mostrar por qué la posibilidad de una recesión económica derivada de la IA es real y tangible. Además, explicaré de qué maneras las crisis financieras impactan directamente a la Iglesia —desde el sostenimiento de misiones hasta el bienestar financiero del creyente promedio— y cómo los cristianos debemos evaluar esta posibilidad a la luz de nuestra cosmovisión.

Una industria que se ve desde el espacio
Para comprender el riesgo económico que enfrentamos, primero debemos dimensionar la magnitud de lo que está ocurriendo. A menudo hablamos de la IA como algo “en la nube”, una idea etérea y abstracta. Sin embargo, el auge de la IA es un fenómeno profundamente físico que se puede observar incluso desde el espacio.
En regiones de Estados Unidos, como Indiana y Ohio, lo que antes eran campos de cultivo se han transformado en menos de un año en parques industriales masivos. Allí se levantan enormes edificios rectangulares conocidos como centros de datos. En su interior, miles de computadoras del tamaño de refrigeradores trabajan sin descanso realizando operaciones matemáticas a una escala que escapa a la comprensión humana.

Esta infraestructura no solo ocupa un gran espacio, sino que consume recursos de manera voraz. Según la revista The Atlantic, un solo campus de centros de datos en construcción en Indiana ya demanda 500 megavatios de electricidad, lo mismo que consumen cientos de miles de hogares estadounidenses. Se estima que para cuando esté terminado —hacia finales de esta década, dada la escala de los proyectos actuales— requerirá más energía que dos ciudades del tamaño de Atlanta juntas. Esta sed de energía y espacio es el reflejo de una carrera tecnológica: las empresas más grandes del mundo están apostando todo por construir máquinas superinteligentes y la cantidad de dinero que fluye hacia esta tecnología es asombroso. Tras cerrar el 2025 con un gasto global cercano a los 375.000 millones de dólares, se proyecta que en este 2026 la cifra alcance el medio billón de dólares.
Para entender mejor estas cifras, el ejemplo de la empresa Nvidia es revelador. Nvidia fabrica los chips especializados que permiten que la IA funcione. Recientemente, esta empresa se convirtió en la primera en la historia en alcanzar un valor de 5 billones de dólares. Para poner esto en perspectiva, si multiplicáramos 94 veces el valor total de una empresa histórica como Ford, todavía no alcanzaríamos el valor actual de Nvidia.

El impacto en la economía real es tan profundo que el gasto en IA representó el 92% del crecimiento del PIB de Estados Unidos durante la primera mitad de 2025. El mercado de valores ha sido impulsado casi exclusivamente por este entusiasmo; de hecho, tres cuartas partes de las ganancias recientes de las 500 empresas más importantes de EE. UU. (conocido como el índice S&P 500) provienen de acciones relacionadas con la IA. Estados Unidos se ha convertido, en la práctica, en un “estado Nvidia”: una nación cuya economía depende críticamente del éxito de este sector y específicamente de esta empresa.
Ahora, ¿por qué hablamos de una “burbuja”? Como ya lo dijimos, en economía, una burbuja ocurre cuando el precio de algo sube de manera exagerada basándose en expectativas futuras, pero no en ingresos reales presentes. La preocupación de los analistas es que existe un abismo enorme entre lo que las empresas están gastando y lo que están ganando. Por ejemplo, a pesar de su fama y aparente impacto global, OpenAI (creadora de ChatGPT) perdió 5000 millones de dólares el año pasado. Para que estas inversiones sean sostenibles, empresas como esta necesitarían multiplicar sus ingresos 85 veces en apenas cinco años, un crecimiento casi sin precedentes en la historia moderna. Los analistas estiman que la industria necesitaría generar cerca de 2 billones de dólares en nuevos ingresos (aproximadamente el 7% del PIB de los Estados Unidos).

Un dato alarmante refuerza esta idea: un estudio reciente de McKinsey encontró que casi el 80% de las empresas que utilizan IA descubrieron que esta tecnología no ha tenido un impacto significativo en sus ganancias finales. Si el beneficio real no llega, el mercado podría entrar en pánico; los grandes inversionistas de la IA podrían retirar sus dineros, llevando a la burbuja a explotar.
Finalmente, hay un elemento que hace que este fenómeno sea particularmente engañoso: la economía circular. Se estima que más del 40% de los ingresos de todo el sector de la IA provienen de transacciones entre las mismas empresas tecnológicas. En términos sencillos: la empresa A invierte dinero en la empresa B; la empresa B usa ese dinero para comprarle chips a la empresa C; y la empresa C usa esas ganancias para contratar los servicios de la empresa A. El dinero simplemente está dando vueltas en un circuito cerrado entre unos pocos gigantes tecnológicos. Esto infla las cifras y hace que parezca que la industria es mucho más próspera de lo que realmente es, ocultando el hecho de que el mercado externo (el resto del mundo) aún no está comprando estos servicios a la escala necesaria para sostener el sistema.
Y, más allá de un simple análisis económico, esto tiene implicaciones importantes para todos nosotros.

De la caída de OpenAI a la canasta familiar latina
Ahora, ¿cómo es que esto afecta a alguien fuera de Estados Unidos? Que la burbuja económica se rompa podría generar una recesión económica en todas partes. Déjame explicarlo en tres sencillos pasos:
Primero, dado que gran parte de los fondos de pensiones, seguros y ahorros individuales están invertidos en estas compañías, el estallido provocaría una huida masiva de capitales hacia lugares que los inversores consideren más seguros. En otras palabras, si estos gigantes tecnológicos cayeran, se llevarían consigo los ahorros de jubilación de millones de personas en todo el mundo, porque gran parte del dinero de la gente común está “guardado” en esas acciones.

Segundo, esta retirada de capital internacional hacia activos más seguros sería el mecanismo que trasladaría la crisis desde los centros de datos en Indiana hasta el bolsillo de la persona promedio en Latinoamérica. En una economía global interconectada, cuando los inversores se asustan, suelen retirar sus fondos de los “mercados emergentes” —es decir, de países como México, Brasil o Colombia— porque los consideran más riesgosos, y los mueven hacia refugios como el dólar o los bonos del Tesoro estadounidense. Como resultado, las monedas locales suelen perder su valor frente al dólar. En palabras simples: cuando los inversores sacan sus dólares de nuestros países para llevarlos de vuelta a Estados Unidos, el dólar se vuelve escaso y, por lo tanto, mucho más caro para nosotros.
Tercero, un dólar más caro significa que todo lo que compramos fuera del país —desde un celular hasta los fertilizantes para el campo— sube de precio inmediatamente. Esto genera “inflación”, que es cuando tu dinero ya no te alcanza para comprar lo mismo de antes en el supermercado. Al mismo tiempo, las empresas locales se asustan, dejan de contratar gente o incluso empiezan a despedir personal para sobrevivir a la crisis. Así, lo que comenzó como una caída en el valor de los chips de una empresa como Nvidia, termina manifestándose en tu mesa como un aumento en el precio de la leche o los huevos, y en una mayor inseguridad laboral si no para nosotros, para los hermanos de nuestra congregación.

Esto no es solo teoría. La historia reciente del siglo XXI nos permite observar este patrón de causa y efecto con claridad.
Esto ya ha pasado antes…
Quizás el mejor ejemplo de una burbuja tecnológica estallando fue la “crisis puntocom” del 2000. En ese tiempo, muchas empresas nuevas de internet tenían precios exagerados que no eran reales. La gente estaba muy emocionada con la llegada de internet y pensaba que cualquier negocio con una página web se volvería millonario de la noche a la mañana. Por eso, muchos invertían sus ahorros en empresas que ni siquiera tenían productos o que no generaban ni un centavo de ganancia, simplemente porque tenían un nombre que terminaba en “.com” y sonaba moderno. Esta gran demanda hizo que los precios subieran como un globo inflado solo con aire. Al final, cuando los inversores se dieron cuenta de que esas empresas no estaban produciendo dinero de verdad, el globo explotó. Los precios se derrumbaron por completo y muchísima gente perdió sus ahorros de un momento a otro.
Aunque el foco estuvo en la caída de las acciones tecnológicas, las iglesias experimentaron una “pérdida de terreno financiero” significativa debido a que la riqueza de los donantes se evaporó junto con el mercado de valores. Según investigaciones de Barna Research Group, los niveles de apoyo financiero a las congregaciones cayeron un 15% en solo un año, situándose en una media de $886 en comparación con los $1377 registrados apenas dos años antes. Incluso entre los cristianos promedio, se registró una disminución del 16% en las contribuciones.

Apenas unos años después, la Gran Recesión de 2008 volvió a demostrar que la Iglesia está conectada con las dinámicas económicas globales. En términos simples, se trató de un desastre provocado por el exceso de deuda y la falta de honestidad en el sistema financiero: los bancos estadounidenses dieron préstamos para viviendas a personas que no podían pagarlos. Cuando la gente ya no pudo pagar, los bancos se quedaron sin dinero, provocando una recesión en todo el mundo.
Durante los años de bonanza previos, muchos líderes eclesiásticos asumieron que tanto el crecimiento explosivo como el valor de que las propiedades tenían entonces continuarían indefinidamente, lo que los llevó a endeudarse masivamente para construir edificios y campus satélites. Cuando la burbuja inmobiliaria estalló en Estados Unidos y sus efectos se extendieron por el sistema financiero global, estas congregaciones se encontraron sobreapalancadas ante congregaciones empobrecidas e incapaces de sostener el pago de la deuda.

El resultado fue devastador: el número de iglesias que sufrieron ejecuciones hipotecarias se triplicó después de 2007. Casi 200 iglesias perdieron sus propiedades ante los prestamistas en un periodo de tres años. Pero, a diferencia de los bancos, las iglesias no recibieron rescates gubernamentales, lo que las obligó a consumir sus ahorros o cerrar sus puertas definitivamente. Este escenario es un ejemplo de lo que puede suceder globalmente si la Iglesia actual decide apostar su infraestructura a la estabilidad de un auge económico que no tiene bases sólidas.
La inestabilidad financiera derivada de estas recesiones también tuvo un efecto en las misiones internacionales, que suelen ser las primeras áreas en sufrir recortes cuando las iglesias locales enfrentan dificultades económicas. Por ejemplo, la Junta de Misiones Internacionales (IMB), una de las mayores agencias del mundo, enfrentó déficits que obligaron a reestructurar décadas de trabajo global. En 2008, la recaudación para su principal ofrenda misionera cayó 30 millones de dólares por debajo de la meta, y para 2015 se reveló que la organización había gastado 210 millones de dólares más de lo que había recibido en los cinco años anteriores. Para cubrir este hueco, la IMB tuvo que vender propiedades en el extranjero y prescindir de entre 600 y 800 misioneros.

Finalmente, el fenómeno conocido como el “Holy Toll” (o peaje sagrado) describe la paradoja operativa que las iglesias enfrentan durante una recesión: mientras sus ingresos caen, la demanda de ayuda social se dispara. Tras la crisis de 2008, el 41% de las congregaciones reportaron un impacto severo debido al desempleo de sus miembros, y la mitad de todas las congregaciones en Estados Unidos se vieron asediadas por solicitudes de asistencia en efectivo para emergencias, vivienda y alimentos. Para sobrevivir, muchas comunidades tuvieron que congelar salarios o realizar despidos, lo que resultó en una pérdida estimada de 500.000 empleos en el sector religioso a nivel nacional.
Prepararnos para la tormenta financiera
El objetivo de analizar la industria de la inteligencia artificial y repasar las crisis económicas del pasado no es despertar ansiedad o una paranoia innecesaria entre los creyentes. Por el contrario, el fin es recordarnos que la Iglesia debe vivir apercibida de que las tormentas financieras ponen a prueba la solidez de nuestros cimientos. Ante la posibilidad de una nueva recesión, la respuesta cristiana no debe ser el pánico, sino la aplicación de principios prácticos y espirituales que nos permitan permanecer firmes.

Así, me gustaría cerrar con tres áreas en las que debemos estar listos:
1. Debemos prepararnos para ser buenos mayordomos
La preparación comienza con la administración responsable de los recursos que Dios ha puesto en nuestras manos. En tiempos de incertidumbre, la prudencia financiera se convierte en una herramienta de protección para la familia y el ministerio. Como señala el analista cristiano Joe Carter al hablar de las recesiones económicas:
A nivel personal, debemos asegurarnos de no vivir por encima de nuestras posibilidades ni poner demasiada parte de nuestra riqueza en un solo activo (por ejemplo, nuestra vivienda). También debemos hacer planes de contingencia para una recesión inesperada. Por ejemplo, podríamos considerar cómo una recesión en el próximo año afecta nuestras opciones de educación para nosotros mismos o para nuestros hijos.
Este consejo nos invita a evaluar si nuestra seguridad financiera depende de la estabilidad de un mercado volátil o de una gestión sobria y diversificada que prevea tiempos de escasez.

2. Debemos prepararnos para ser generosos, especialmente en las misiones
Uno de los mayores peligros de una recesión es que nos empuja a cerrarnos sobre nosotros mismos. Sin embargo, la historia de la Iglesia muestra que la generosidad en tiempos de crisis es una de las señales más poderosas del Evangelio. Respecto a este desafío, Mark Rogers, quien analizó la generosidad de la Iglesia luego de la recesión de 2008, afirma:
Al sentir los efectos de una economía en crisis, es tentador enfocarnos solo en la seguridad financiera de nuestra familia o en la de nuestra iglesia local. Debemos resistir esta tentación. Millones de personas nunca oirán el Evangelio de Jesucristo a menos que alguien vaya a contárselo. Miles quieren ir a contar, pero deben ser enviados. Los tiempos económicos difíciles no tienen por qué resultar en una disminución de la actividad misionera. (…) Debemos orar por la misma gracia que Dios dio a las iglesias de Macedonia hace unos 2000 años: “Pues en medio de una gran prueba de aflicción, abundó su gozo, y su profunda pobreza sobreabundó en la riqueza de su liberalidad. Porque yo testifico que según sus posibilidades, y aun más allá de sus posibilidades, dieron de su propia voluntad” (2 Co 8:2-3).
La crisis económica no es una excusa para detener la Gran Comisión, sino una oportunidad para demostrar que nuestra confianza no está en el dinero, sino en el Dios que provee para Su obra.

3. Debemos prepararnos para madurar
Finalmente, debemos entender que una recesión puede ser un instrumento de Dios para limpiar nuestro corazón y fortalecer nuestra fe. El pastor John Piper, en un sermón posterior a la recesión de 2008, nos recordó que estas sacudidas exponen áreas de nuestra vida que a menudo preferimos ignorar:
En el fondo de cada corazón cristiano —no importa cuán avanzado esté en fe y piedad— está el sedimento de la autosuficiencia. Entonces Dios sacude nuestras vidas, a veces hasta los cimientos, para mostrarnos nuestra autosuficiencia y limpiarla con una nueva y más profunda dependencia en Él. (…) Y, por supuesto, la recesión es especialmente buena para exponer el pecado de desperdiciar el dinero de otras personas (o el nuestro), y el pecado del egoísmo y la codicia en el negocio hipotecario, y el pecado del miedo cuando todo empieza a caer, y el pecado de la queja y la impaciencia. Y así sucesivamente. Qué regalo es la recesión al exponer el pecado. Que el Señor nos dé a todos la gracia de arrepentirnos y recibir el perdón que Dios ofrece en Jesucristo.
En última instancia, si la burbuja de la IA llega a estallar, la Iglesia tiene la oportunidad de emerger no más pobre, sino más madura. Al despojarnos de la falsa seguridad que ofrecen las riquezas materiales, somos obligados a mirar hacia Aquel que es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Prepararnos para la crisis es, en esencia, prepararnos para confiar más profundamente en Dios.
Referencias y bibliografía
Here’s How the AI Crash Happens | The Atlantic
Why the AI Bubble is Worse Than You Think | Economy Media – YouTube
Seizing the agentic AI advantage | McKinsey
Churches Lose Financial Ground in 2000 | Barna Group
Moneylenders are back in the temple: US churches face foreclosure crisis | The Guardian
Understanding the IMB Financial Crisis | The Christian Index
Holy Toll: The Impact of the 2008 Recession on American Congregations | Faith Communities Today
Special Report:Holy bubble! Churches struck down by foreclosures | Reuters
Economics for Church Leaders: Understanding Recessions | The Gospel Coalition
