Escucha este artículo en formato podcast:
El sexo es omnipresente en nuestro siglo. Domina por completo los debates políticos, genera controversias en torno a la educación, divide denominaciones cristianas. Los seres humanos hoy se categorizan según sus preferencias sexuales: heterosexuales, gays, bis, queers, etc. Lo que antes pertenecía al ámbito personal, hoy sale a lo público para identificar a las personas y sus afiliaciones. En cuanto al consumo, ha invadido el cine, la televisión, la literatura, la música popular y, por supuesto, internet —una cuarta parte de todas las búsquedas del mundo están relacionadas con contenido pornográfico—.
Quizás estamos tan acostumbrados, que ya no nos escandalizamos. Sin embargo, si hiciéramos una mirada rápida a períodos anteriores de la historia humana, sin duda estaríamos consternados. En la Edad Media o a comienzos de la Edad Moderna, el sexo estaba limitado a la esfera privada, y era labor del individuo, los padres y la religión lidiar tanto con sus bondades como con sus perversiones. ¿Cómo llegamos al punto en que el sexo domina toda la vida, desde los actos privados hasta la escena política?

En su libro El origen y el triunfo del ego moderno, Carl Trueman describe el largo camino filosófico de la humanidad por el cual llegó a la revolución sexual de nuestros días. Pero en ese extenso proceso, hubo un punto de no retorno: la sexualización de la identidad. Truman aborda este concepto en el capítulo 6, titulado “Sigmund Freud, civilización y sexo”, y explica cómo Sigmund Freud (1856-1939) le dio a la humanidad un mito que podía justificar de manera convincente el hecho de que el sexo estuviera en el centro de la existencia humana. Si bien muchas de las teorías de Freud son hoy ampliamente rechazadas, su influencia radica en que, sin importar si su mito sobre el sexo es cierto, le dio a la humanidad un lenguaje para entender el mundo.
¿De qué se trató este mito que hoy domina todo Occidente?

El sexo en el centro de la existencia
El mito freudiano no surgió de la nada. En el siglo XIX se estableció el fundamento para la comprensión de la felicidad de nuestra sociedad. Filósofos como Rousseau y, más tarde, Marx, promovieron un giro hacia el interior, colocando la vida psicológica del individuo en el centro de la existencia. Entendieron la felicidad como un estado psicológico, centrado en el yo y todo lo interno. En este marco, la identidad de la persona estaba en su felicidad y autenticidad interior.
Sin embargo, el sexo era todavía una actividad más de la persona, no el núcleo que la definía. Pero luego, tomando de este fundamento de la identidad en el yo, Freud da el siguiente paso e identifica la felicidad con el placer sexual. Este fue el movimiento radical: el sexo deja de ser una simple actividad y se vuelve parte de la identidad . En La civilización y sus descontentos, Freud lo articula de manera explícita, proveyendo lo que él consideraba un prototipo para toda la vida humana:
El descubrimiento del hombre de que el amor sexual (genital) le proporcionó las experiencias más fuertes de satisfacción y, de hecho, le proporcionó el prototipo de toda felicidad, debe haberle sugerido que debería continuar buscando la satisfacción de la felicidad en su vida a lo largo del camino de las relaciones sexuales y que debería hacer del erotismo genital el punto central de su vida.

La implicación de esta idea es monumental. Para Freud, es imposible entender a la persona misma sin su capacidad para la gratificación sexual. Al reorientar el propósito de la vida lejos de fines como la procreación o el bien comunitario, la realización sexual personal se convierte en el fin último de la existencia humana .

Este pensamiento es una continuación directa de la crítica de Rousseau a la sociedad. En el siglo XIX, Rousseau vio la infelicidad como producto de que la sociedad promovía el “amour propre” en detrimento del “amour de soi”. Es decir, la sociedad fomentaba hipocresías y una autoestima basada en la opinión de los demás (amour propre), en lugar de impulsar lo que la persona sentía que la hacía auténticamente feliz (amour de soi).
Freud continuó con esta idea, pero al asociar la felicidad con la satisfacción sexual, entendía la sociedad como aquello que se opone a los deseos sexuales naturales. El conflicto entre el yo auténtico y la sociedad inauténtica se convirtió, en manos de Freud, en una batalla fundamentalmente sexual.

Sexualización infantil
Ahora, al entender la satisfacción de los deseos sexuales como el centro de la existencia humana, Freud extiende la sexualidad hasta la infancia. Este es el paso lógico en su razonamiento: si ser humano es ser un ser sexual, entonces la sexualidad debe estar presente desde el nacimiento. Si la vida adulta tiene que ver con la realización sexual, entonces la infancia y la adolescencia tienen que ver con la preparación para dicha realización.
Este movimiento coincidió con un cambio cultural clave. Con el derrumbe del paradigma en el que el niño necesitaba que la influencia del enemigo dentro de él fuera eliminada (el pecado), se dio paso a un nuevo paradigma en el que el niño ahora debía ser protegido del enemigo exterior (la sociedad, una idea de Rousseau). En este nuevo paradigma, la sexualidad infantil se veía como algo anormal y corrupto que necesitaba tratamiento. Así, la masturbación dejó de ser vista como un producto de la corrupción espiritual y se comenzó a tratar como un problema médico.
Sin embargo, las investigaciones médicas posteriores, como el trabajo de Albert Moll, demostraron que a nivel médico la masturbación era una actividad sexual inofensiva de la infancia, contradiciendo las creencias populares. Esto le dio a Freud su fundamento “científico” para demostrar que el niño, en tanto ser humano, era un ser sexual desde el inicio de su vida. Armado con esta aparente evidencia, Freud procedió a reinterpretar todo el desarrollo humano. En sus siguientes escritos, como en Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad, explicó el desarrollo de la anatomía en términos sexuales, convirtiendo cosas como la lactancia materna y el control de la defecación en hitos del desarrollo sexual.

Así, Freud no deja ningún rincón del desarrollo humano sin una explicación sexual. Al hacerlo, presenta al individuo como un ser fundamentalmente instintivo, cuya esencia desde el nacimiento es la búsqueda del placer. Pero esta visión del niño como un “prototipo humano en progreso”, guiado por sus impulsos, choca frontalmente con el mundo que lo rodea.
Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: si el ser humano es una criatura cuya felicidad depende de la gratificación sexual, ¿por qué la civilización construye complejas barreras como la moral y la religión que parecen diseñadas precisamente para reprimir y controlar ese impulso?
Moral y religión como signos de inmadurez
Junto con la explicación de cómo el individuo se desarrolla sexualmente, Freud explica cómo se desarrolla la sociedad. Su idea general es que la moralidad es absolutamente irracional y se basa solamente en los disgustos. Para él, los códigos morales no tienen un fundamento trascendente, sino que son meras convenciones sociales interiorizadas. Trueman utiliza un pasaje de Tres ensayos para ilustrar este punto:
…un hombre que besará los labios de una chica bonita apasionadamente, tal vez pueda estar disgustado con la idea de usar el cepillo de dientes de ella (…). El disgusto parece ser una de las fuerzas que han llevado a una restricción del objetivo sexual.

En ese sentido, la moralidad no es sino el conjunto de los disgustos que la sociedad ha estandarizado. Sin embargo, Freud reconoce que estos disgustos no son aleatorios, sino que cumplen una función social que, desde su perspectiva, es paradójica. Por un lado, le hacen daño al ser humano al restringir su plena realización sexual, que es la fuente de su felicidad. Por otro lado, le producen cierto beneficio al restringir sus deseos más oscuros, permitiendo que la sociedad pueda existir . Dicho en palabras sencillas, si los deseos sexuales individuales no son obstaculizados, obtener un orden social es imposible.
Para Freud, la máxima expresión de la utilidad de la moralidad es la religión, cuyo propósito es cuidar al hombre de los comportamientos antisociales, domesticando sus instintos para mantener la civilización. Sin embargo, Freud ve la religión como algo completamente irracional e infantil; irracional por cuanto no hay ninguna base científica para dichas creencias, e infantil por cuanto es la expresión de los miedos y preocupaciones de la infancia llevados a la adultez y materializados en modismos y prácticas .

Truman utiliza el término “neurosis” para describir el defecto que obliga a la humanidad a echar mano de la religión. Freud diría que, aunque allá afuera no haya ningún dios, el ser humano crea la religión para curar sus heridas psicológicas, producidas por su inmensa consciencia de la vulnerabilidad e impotencia evidentes en su infancia. La fe es, en esencia, una forma de cumplimiento de deseos.
Pero todo esto lleva a la pregunta: ¿hay para Freud alguna manera posible de alcanzar la madurez? Es posible realizarse sexualmente y liberarse de todas las ataduras infantiles de la moralidad y la religión?
Del “descontento” radical freudiano a la satisfacción radical paulina
La respuesta es un rotundo no. La teoría de Freud cae por su propio peso. En su libro La civilización y sus descontentos, explica que el ser humano, para poder vivir en comunidad, ha tenido que hacer un trágico intercambio: renunciar a su objetivo de realización sexual a cambio de la estabilidad de una vida civilizada. Lo resume así:
El hombre primitivo estaba mejor al no conocer restricciones del instinto. Para contrarrestar esto, sus perspectivas de disfrutar de esta felicidad durante cualquier período de tiempo eran muy escasas. El hombre civilizado ha cambiado una parte de sus posibilidades de felicidad por algo de seguridad.

A la final, el mito de Sigmund Freud es completamente pesimista. En su propuesta, la humanidad queda solo con dos posibles salidas: o se da rienda suelta a los deseos sexuales, y por lo tanto vivimos en una sociedad animal en la que solo el macho más fuerte es capaz de ser feliz y los demás son condenados a la frustración; o se oprimen los deseos a través de la moralidad y la religión, formando una civilización cuyos miembros están inevitablemente descontentos, forzados a satisfacer sus deseos de manera limitada o por medios inferiores, como el arte y el altruismo, que Freud consideraba formas de “sublimación” de la energía sexual .
Ya que, evidentemente, nuestra sociedad actual se basa en la sexualización del yo, podemos concluir que es profundamente pesimista. Si Freud tiene razón; si todo lo que hay es disfrutar del sexo y la vida en sociedad sencillamente lo imposibilita, entonces vivimos en un mundo frustrado y sin esperanza. No sorprende, entonces, que los estudios psicológicos muestren cada vez más cómo quienes son adictos a la pornografía sufren las tasas más altas de depresión y desconexión: todo lo que ven en una pantalla son deseos que, según el marco freudiano, son imposibles de satisfacer plenamente, perpetuando un ciclo de anhelo y descontento.
Sin duda, la mayor equivocación de Freud en cuanto a la religión fue el infantilizarla; su percepción de la fe no va más allá del simple conjunto de reglas que ayudan a la supervivencia del ser humano. Aunque es cierto que el proceder moral del cristianismo ayuda al orden social, esa es una comprensión muy superficial. Y al igual que Freud, todos aquellos que ven en la religión un simple mecanismo civilizador continuarán viendo la vida con profundo pesimismo.

Curiosamente, el apóstol Pablo llegó a la conclusión de que, si la fe era mentira, todos los que creyeran en ella eran dignos de lástima. ¡En eso hay un cierto parecido con Freud! Si la fe es solo una herramienta para esta vida, una forma de hacerla más tolerable, entonces es un engaño. En 1 Corintios 15, Pablo afirma: “Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima” (1 Co 15:19). Si la vida termina aquí, si el fin del hombre es solo terrenal, entonces la lógica de Pablo es implacable: “Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos” (1 Co 15:32).
Pero Pablo ve mucho más allá de la simple utilidad pragmática de la religión. La esperanza de resucitar con Cristo implica que un día, por fin, se logrará la felicidad plena. Tal cosa como ser completamente felices, en el mito de Freud, es algo imposible: no hay forma de satisfacer plenamente todos los deseos sexuales y, a la vez, tener una vida estable. En cambio, para el cristiano sí habrá un momento de satisfacción completa, cuando Cristo en persona provea para sus más profundos anhelos y construya una sociedad perfecta. Por eso, la exhortación constante del Nuevo Testamento es a reorientar nuestros deseos hacia esa esperanza:
Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces ustedes también serán manifestados con Él en gloria (Col 3:1-4).

Claro, en este mundo es imposible alcanzar dicha plenitud. Pero a diferencia de la cosmovisión freudiana, en la que los humanos estamos condenados a vivir en frustración, el cristianismo provee una esperanza que transforma el presente. ¿Cómo es posible que Pablo afirme, en su carta a los Filipenses, que “se regocija”, aun cuando está en una prisión, despojado de cualquier conexión humana y placer terrenal? Es porque está satisfecho, no con la felicidad plena de la resurrección final, pero sí con la esperanza sólida de esta. Su gozo no proviene de la gratificación de sus instintos, sino de la certeza de una promesa futura, una satisfacción que el sistema cerrado y pesimista de Freud no puede ni concebir ni explicar.
Así, el mundo que habitamos, con su omnipresente lenguaje de identidad sexual y su ansiedad subyacente, es en gran medida el mundo que Sigmund Freud imaginó. Nos legó un mito poderoso pero trágico: una narrativa en la que el ser humano es un ser puramente sexual, condenado a un descontento perpetuo por las mismas estructuras que le permiten sobrevivir. Frente a este callejón sin salida, la fe cristiana no ofrece una simple represión moral ni una sublimación inferior de nuestros anhelos, sino una redefinición radical de la identidad y la felicidad. Ya no somos definidos por nuestros impulsos internos, sino por nuestra relación con Cristo; y la satisfacción no se encuentra en la imposible gratificación de los deseos presentes, sino en la certeza de una promesa futura que redime el presente.
Nota del editor: Este artículo fue redactado por David Riaño y las ideas le pertenecen (a menos que el artículo especifique explícitamente lo contrario). Para la elaboración del texto, ha utilizado herramientas de IA como apoyo para la investigación y la edición. El autor ha revisado cualquier participación de la IA en la construcción de su texto y es el responsable final del contenido y la veracidad de este.
Referencias y bibliografíaTrueman, Carl R. “Sigmund Freud, civilización y sexo”. En El origen y el triunfo del yo moderno, 233-259. Nashville: B&H Publicaciones, 2022.
Apoya a nuestra causa
Espero que este artículo te haya sido útil. Antes de que saltes a la próxima página, quería preguntarte si considerarías apoyar la misión de BITE.
Cada vez hay más voces alrededor de nosotros tratando de dirigir nuestros ojos a lo que el mundo considera valioso e importante. Por más de 10 años, en BITE hemos tratado de informar a nuestros lectores sobre la situación de la iglesia en el mundo, y sobre cómo ha lidiado con casos similares a través de la historia. Todo desde una cosmovisión bíblica. Espero que a través de los años hayas podido usar nuestros videos y artículos para tu propio crecimiento y en tu discipulado de otros.
Lo que tal vez no sabías es que BITE siempre ha sido sin fines de lucro y depende de lectores cómo tú. Si te gustaría seguir consultando los recursos de BITE en los años que vienen, ¿considerarías apoyarnos? ¿Cuánto gastas en un café o en un refresco? Con ese tipo de compromiso mensual, nos ayudarás a seguir sirviendo a ti, y a la iglesia del mundo hispanohablante. ¡Gracias por considerarlo!
En Cristo,
![]() |
Giovanny Gómez Director de BITE |





