Predica también las malas noticias: una lección sorprendente de los convertidos de Spurgeon

Spurgeon no suavizaba el pecado: lo denunciaba con palabras que dolían. Su predicación no buscaba agradar, sino despertar almas dormidas a la realidad del juicio eterno.

Imagen: BITE

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Treinta grandes volúmenes: esa es la cantidad de páginas que se necesitaron para contener los testimonios de quienes solicitaron ser miembros durante el ministerio de Charles Spurgeon. 15.000 registros escritos a mano en total, de los cuales más del 70% eran de nuevos convertidos. Los ancianos del Tabernáculo Metropolitano estaban ansiosos por saber que una obra de Dios había ocurrido en el alma antes de admitir a alguien como miembro, por lo que al menos un pastor realizaba una entrevista y registraba el testimonio del solicitante antes de que este se sentara directamente con Spurgeon.

Una experiencia común compartida en estos testimonios —una menos característica de los convertidos de hoy— es la miseria que la mayoría sentía antes de la conversión. Muchos fueron “compungidos de corazón” y se vieron llevados a preguntar: “¿Qué haremos?” (Hch 2:37). Tenían una carga aplastante sobre sus espaldas. Necesitaban un Salvador.

Bautismos en el Tabernáculo Metropolitano, la iglesia que Spurgeon pastoreaba. / Imagen: Frederic de Haenen

Y estas almas identificaron a un culpable constante de su angustia: la predicación de Spurgeon. Sus sermones les arruinaban el día. La convicción hacía que incontables pecadores se fueran perturbados. Testimonio tras testimonio habla de abatimiento, temor y alarma causados por su proclamación. Los compiladores resumen: “La mayoría de estas experiencias de conversión no son instantáneas, sino que comienzan con algunas semanas o incluso meses de dolorosa convicción y tristeza antes de confiar solamente en Cristo y encontrar gozo y seguridad plenos”. La noche llegaba antes de la mañana.

Tales testimonios pueden sorprendernos, especialmente si con demasiada frecuencia enfatizamos las buenas noticias y minimizamos las malas, ofrecemos lo dulce y retenemos lo amargo, insistimos en lo inspirador y pasamos de prisa por lo desagradable. Me parece que muchos no aran el corazón antes de plantar la semilla del Evangelio y por eso ven menos fruto. Creo que no vemos más almas salvas porque no hacemos que más almas se sientan perdidas. Creo que no somos más felices en nuestra salvación porque no se nos ha hecho sentir más desdichados en el pecado. Creo que no escuchamos más testimonios de la gracia de Dios porque no enfatizamos el testimonio de Dios contra el pecado del hombre.

La predicación de Spurgeon traía una convicción tan profunda que muchos, tras días o semanas de angustia por su pecado, hallaban en Cristo el gozo y la seguridad de la salvación. / Foto: Lance Calkin

El tamo llevado a Dios

Podemos aprender del ministerio en el Tabernáculo Metropolitano.

Tomemos como ejemplo uno de los testimonios, el del señor John Samuel. El señor Samuel era esposo y padre de seis hijos; también era un autoproclamado “infiel, blasfemo, holgazán de taberna” y “uno que odiaba a los bautistas más que a cualquier otra denominación, y a la gente de New Park Street [la iglesia de Spurgeon antes de que se convirtiera en el Tabernáculo] más que a cualquier otro bautista”.

Un día, mientras estaba bebiendo, un amigo inconverso habló con admiración de Spurgeon. En respuesta, el señor Samuel declaró que tenía que escuchar predicar a ese Spurgeon. Cuando su amigo, con poco entusiasmo, le recordó su promesa, el horror se apoderó de él. Se sintió aún más consternado cuando este mismo amigo insistió en que fueran juntos al servicio de la tarde y fue a ayudarle con su trabajo para asegurarse de que ocurriera.

El señor Samuel era un animal acorralado.

En el Tabernáculo Metropolitano, incluso quienes despreciaban a Spurgeon —como el señor Samuel— terminaron siendo confrontados por su predicación. / Foto: Bridgeman Images

Mientras caminaban hacia la iglesia, contempló la idea de escabullirse por algún callejón para escapar. Pero este amigo fue más unido que un hermano (Pro 18:24). El señor Samuel llegó a regañadientes. Asistió una vez, luego dos, luego tres; un Nicodemo que se colaba por la parte de atrás. Pero el sermón, una y otra vez, lo encontraba donde se escondía. “No puedo explicarlo, pero de alguna manera u otra el señor Spurgeon en su predicación me describió por completo, y sus comentarios me llegaban de forma muy directa y personal (…). Me miraba mucho, como si supiera que yo era un infiel. Sentí que me predicaba solo a mí”.

Mientras el señor Samuel seguía esquivando la mirada, la Palabra de Dios seguía traspasándolo. Un sermón lo humilló de manera especial. El 23 de octubre de 1859, Spurgeon predicó El tamo arrebatado por el viento sobre Salmo 1:4: “No así los malos, que son como el tamo que arrebata el viento” (RVR1960). Lee el relato del señor Samuel al respecto:

El señor Spurgeon repitió esas palabras varias veces durante su discurso: “No así los malos” [comparando al hombre impío de tamo con el árbol floreciente del hombre piadoso]. Las sentí profundamente, entonces fue que temblé y lloré, y muchos más además de mí hicieron lo mismo. Después de esto me volví muy desdichado.

Aunque Samuel intentaba esconderse, la predicación de Spurgeon lo alcanzaba una y otra vez: la Palabra lo confrontó hasta hacerlo temblar, llorar y sentirse profundamente desdichado ante su pecado. / Imagen: Dominio público

¿Qué escucharon ese día el señor Samuel y sus compañeros de llanto? A un hombre que advertía de un juicio terrible.

¿Quién de los aquí presentes está preparado para hacer su cama en el infierno? ¿Quién se acostará y descansará para siempre en ese lago de fuego? Deben hacerlo, oyentes míos, si son impíos, a menos que se arrepientan (…). Les ruego que piensen en su destino: la muerte, y después de la muerte, el juicio. El viento, y después del viento, el torbellino, y después del torbellino, el fuego, y después del fuego, nada; para siempre, para siempre, para siempre perdidos, desterrados, donde ningún rayo de esperanza puede llegar jamás; donde el ojo de la misericordia nunca podrá mirarlos, y la mano de la gracia nunca podrá alcanzarlos. Les ruego, oh, les ruego por el Dios viviente, ante quien están hoy, que tiemblen y se arrepientan.

Él tembló, y se arrepintió. Después de varios sermones más, comenzó a encontrar sanidad de su mordedura venenosa al mirar a la cruz. “El día de Navidad (…) el señor Spurgeon predicó sobre el texto: ‘un Hijo nos es dado’. Después de hacernos la pregunta a cada uno de nosotros: ‘¿Te ha sido dado el Hijo?’, sentí que podía decir: ¡Sí!”. Y a partir de entonces, creció en la gracia y se convirtió en miembro de la iglesia.

La advertencia del juicio lo hizo temblar, pero al seguir escuchando, el señor Samuel halló en la cruz la gracia que lo llevó al arrepentimiento. / Imagen: Dominio público

Golpe tras golpe

Ahora, noten cómo el anciano que lo entrevistó explicó este relato del señor Samuel:

Las duras estocadas del señor Spurgeon evidentemente habían sido hechas certeras por el Espíritu Santo. La Palabra fue como un martillo, golpe tras golpe. Luchó, se retorció, se rebeló, pero los golpes seguían, uno tras otro, hasta que se vio obligado a rendirse. En verdad, no hay nada demasiado difícil para el Señor. Que la gracia soberana sea exaltada, por los siglos de los siglos. 

Añadimos nuestra nota a la de Spurgeon: “Un caso muy bendecido”.

Pero noten: “golpe tras golpe”. ¿Cuánta de la predicación actual puede encajar en esa descripción? El predicador debe ofrecer consuelo tras consuelo a quienes se arrepienten, pero también debe saber cómo dar golpe tras golpe a quienes se niegan. ¿Quién predica realmente sobre el pecado, la depravación, la muerte y el infierno? ¿Quién apunta al orgullo de los hombres, al peligro de la mundanalidad, a la necedad de cualquier otro camino a Dios que no sea a través del Hijo de Dios? Algunos de nosotros los predicadores no somos lo suficientemente valientes para dar mucho fruto para Dios. Tenemos algunos hombres dispuestos a decir lo que hay que decir, pero no los suficientes.

El Espíritu usó la palabra firme de Spurgeon para quebrar resistencias y exaltar la gracia soberana. / Foto: Elliott und Fry Studio

Así como muchos están profundamente en deuda con el Príncipe de los Predicadores por consolar sus almas con el amor de Cristo, otros tantos fueron abatidos, inquietados y arrastrados a sentir su desesperanza en su pecado. A menudo, un camino áspero y cuesta arriba los llevaba al Calvario: semanas de desesperación antes de que la luz de Cristo irrumpiera de verdad en sus almas. Tal ministerio estaba lleno del Espíritu, pues Jesús prometió que el Espíritu convencería al mundo de pecado (Jn 16:8). Los pecadores veían, y se estremecían al ver, cuán absolutamente habían ofendido a Dios y cuán totalmente incapaces eran de salvarse a sí mismos.

Esto hizo que las noticias de Cristo fueran buenas noticias. Grandes y gloriosas noticias. Las mejores noticias.

El ministerio de Spurgeon no solo consoló; también abatió y despertó a muchos a su desesperanza, hasta que la luz de Cristo irrumpió como grandes y gloriosas buenas noticias. / Foto: London Stereoscopic

Lo amargo antes de lo dulce

Por lo tanto, cuando Spurgeon nos da este consejo, ahora entendemos mejor a qué se refiere:

Si de verdad anhelan salvar las almas de los hombres, deben decirles muchas verdades desagradables. La predicación de la ira de Dios ha llegado a ser objeto de burla hoy en día, e incluso la gente buena se avergüenza un poco de ella; un sentimentalismo sensiblero sobre el amor y la bondad ha acallado, en gran medida, las claras exhortaciones y advertencias del evangelio. Pero, si esperamos que las almas se salven, debemos declarar sin vacilar, con toda fidelidad afectuosa, los terrores del Señor. 

Conociendo la santidad de Dios, las necesidades desesperadas de los hombres y los terrores del Señor sobre los que no se arrepienten, persuadimos a los hombres. ¿Sabemos lo que Pablo sabía? “Por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres” (2 Co 5:11). Es un hermoso testimonio persuadir a otros porque conoces el amor de Dios, la misericordia de Dios, el gozo que se encuentra en Dios. Pero algo falta si no podemos decir también: “Por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres”.

Spurgeon conocía este terror, y quizás una última imagen nos ayude a recordarlo de nuevo.

Spurgeon recordaba que, para persuadir a los hombres, no basta hablar del amor de Dios: también debemos declarar con fidelidad los terrores del Señor. / Foto: Batesline

Si adulamos a nuestros semejantes con dulces sueños sobre la insignificancia del castigo futuro, nos detestarán eternamente por haberlos engañado así, y en el mundo de la aflicción invocarán maldiciones perpetuas sobre nosotros por haber profetizado cosas agradables y haberles ocultado la terrible verdad.

¡Qué espantosa debe ser la escena para cualquiera que la crea!: “nos detestarán eternamente”. ¿Pueden imaginar el odio de aquellos en el infierno que, aunque justamente condenados por sus transgresiones, gritan con furia el nombre del predicador porque solo les profetizó cosas agradables? Se muerden la lengua solo de pensar en él: “Ese mentiroso, ese fraude, ese farsante; ¡él lo sabía! No protestó, no dio la alarma; la sangre de ellos estará sobre sus manos”.

Esta palabra es para todos nosotros. No rehuyamos las verdades desagradables en nuestro testimonio. A menudo, las malas noticias vienen antes que las buenas, el verdadero conocimiento del pecado antes que el Salvador, la profunda desesperación antes que la esperanza eterna.


Este artículo fue traducido y ajustado por el equipo de traducción de Poiema Publicaciones. El original fue publicado por Greg Morse en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.

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