Desde el Jardín del Edén, el enemigo ha confundido al pueblo de Dios para hacerlo alejar de la verdad. Sin embargo, hay una diferencia grande entre las demás épocas y la nuestra: los creyentes que viven en la actual era tecnológica ya no logran distinguir quién es el enemigo. Hoy, la adicción a la dopamina, el deseo de la gratificación instantánea y un estilo de vida anclado en producir riqueza han disminuido el pensamiento profundo o reflexivo; la capacidad de prestar atención y de contemplar. Eso tiene el potencial de hacernos ignorantes frente a los peligros espirituales que tenemos enfrente.
¿Será que la Iglesia está perdiendo su pensamiento crítico y trascendente? En tiempos de la Reforma o de los padres de la Iglesia, las herejías fueron enfrentadas con la razón. Pero hoy, como sociedad, nos cuesta cada vez más el acto de pensar. En este artículo mencionaremos algunos factores históricos y prácticos de la vida moderna que nos han llevado a abandonar la profundidad de pensamiento, y que hoy podrían estar dificultando la misión que los cristianos tienen de ser sal y luz en el mundo.

Revolución Industrial y era digital: enemigos del amor por las letras
Mucho antes de las pantallas, la Revolución Industrial y la imprenta ya habían empezado a reconfigurar la manera en que aprendemos, pensamos y ejercitamos la mente. La migración acelerada del campo a la ciudad, el surgimiento de la maquinaria pesada y la necesidad de formar trabajadores para un sistema de producción en línea instauraron un ideal de formación funcional que constaba de disciplina, repetición y resultados medibles.
Los métodos estandarizados fueron ocupando el lugar de la experiencia directa y del aprendizaje que nace de observar, explorar, reflexionar y descubrir. La curiosidad, el gusto por comprender y la resistencia necesaria para el pensamiento profundo se fueron enfriando. En su libro La imprenta como agente de cambio, la historiadora estadounidense Elizabeth L. Eisenstein evidenció cómo a partir de dichos cambios la educación empezó a reducirse —al menos en buena parte de su práctica— a capacitación para producir.

Al respecto, el sociólogo y crítico cultural estadounidense Neil Postman advirtió en su libro El fin de la educación que las escuelas pierden su propósito cuando se dedican principalmente a preparar para la productividad y su fin último se reduce a “ser útiles” para la economía. La razón es que se corre el riesgo de que el aprendizaje pierda sus propósitos más humanos y se vuelva mecánico. Según el autor y docente John Taylor Gatto, la educación secularizada apagó el amor por pensar, desplazó la curiosidad genuina y, con ello, las primeras facultades del pensamiento profundo.
Ahora bien, el desarrollo de la tecnología contribuyó con este deterioro de capacidades cognitivas. La televisión, por ejemplo, sustituyó en gran medida la narración oral y el intercambio familiar; aunque parecía inofensiva, vino a reemplazar procesos cerebrales que solo el lenguaje lento, la imaginación activa y la contemplación podían desarrollar. La exposición predominante a estímulos visuales altamente dinámicos favorece un consumo fragmentario de la información. En Divertirse hasta morir: el discurso público en la era del “show business”, Postman dice que en nuestro mundo actual rara vez se sostiene una idea el tiempo suficiente como para elaborarla; recibimos estímulos, pero no los pensamos. En términos cognitivos, ese hábito puede erosionar la reflexión, la interpretación y la construcción de pensamiento propio.

Para la muestra un botón. A partir de Cómo aprendemos a leer: historia y ciencia del cerebro y la lectura de Maryanne Wolf, una de las neurocientíficas más reconocidas en el mundo, y de estudios como La relación entre el tiempo dedicado a ver la televisión y el rendimiento en lectura de los niños de primaria, podemos ver cómo la actividad de leer estimula el esfuerzo cognitivo, la concentración, el desarrollo verbal y capacidades como la reflexión, el pensamiento crítico y la empatía. Sin embargo, el predominio de las pantallas ha contribuido a que se lea con menos frecuencia y, por tanto, a que se reduzcan varias de esas habilidades.
En torno a este tema, el matemático John Lennox señaló la situación cognitiva de los niños en la actualidad e hizo una advertencia sobre los posibles riesgos en un panorama futuro, en especial con la llegada de la inteligencia artificial:
Al parecer, 617 millones de niños y adolescentes están por debajo de un nivel aceptable en lectura y matemáticas. La tragedia aquí es que esto representa un inmenso desperdicio de talento y conduce a una severa reducción del potencial para escapar de la pobreza a largo plazo. La idea de que la lA puede dejar a millones de niños muy atrás, totalmente incapaces de competir con los más privilegiados, da que pensar.

Los efectos del uso de pantallas también fueron evidentes para autores como Roald Dahl, quien a su manera los plasmó en sus obras más célebres: Charlie y la fábrica de chocolate (1964) y Matilda (1988) —aunque, irónicamente, más tarde resultaron convertidas en películas—. Allí caricaturizó a los adictos al televisor como personajes vanos, superficiales y de espíritu pobre. Dahl criticó directamente la televisión en varios pasajes, especialmente a través de los versos de los Oompa-Loompas, que denunciaban la adicción a la TV. Pero la “caja mágica” sería apenas el antecesor de estímulos visuales aún más acelerados.

Factores modernos peligrosos
La vida moderna, caracterizada por las nuevas tecnologías y las formas cambiantes de trabajo, generan un contexto particularmente desafiante para el desarrollo de las habilidades cognitivas. Veamos algunos factores propios de este tiempo.
Redes sociales y videojuegos
Las recompensas inmediatas, como las que se evidencian en los videojuegos y las redes sociales, tienen la capacidad de generar dopamina de forma constante. La comparación y la ansiedad van en aumento con el uso de los dispositivos electrónicos, y el diseño algorítmico va generando adicción en los usuarios con el pasar del tiempo. Todo esto forma hábitos mentales fragmentados y alimenta la impaciencia. De hecho, a las generaciones que más han estado involucradas con estas tecnologías les cuesta disfrutar todo lo que no los estimula de forma inmediata. Sumado a esto, la imaginación se ha nublado, la capacidad de convivir con el silencio casi ha desaparecido, y hemos confundido la contemplación con “no hacer nada”. Estamos sobrealimentados de estímulos y subalimentados de quietud.
Pero, al mismo tiempo, vivimos engañados, creyendo que en medio de tanto desarrollo adquirimos otras “habilidades”, como la de ser multitarea (multitask). Esta, aunque se disfraza de productividad, en realidad es una alternancia rápida de actividades que produce cansancio, mediocridad y trabajo de mala calidad, como explica el autor Cal Newport en su libro Enfócate: las cuatro reglas para el éxito en la era de la distracción. Estudios de Stanford, liderados por el profesor Clifford Nass, demostraron que la multitarea es una práctica dañina para la mente, y neurocientíficos como Daniel Levitin confirmaron que el cerebro no está diseñado para dividir su atención, sino que, al cambiar de tarea rápidamente, agota recursos cognitivos y eleva el estrés. Además, la investigadora Gloria Mark evidenció que cada interrupción fragmenta el cerebro durante minutos.
Ahora bien, ya que hablamos de la cultura “multitasking” y de la productividad, también debemos referirnos al estándar “hacer más en menos tiempo nos hace mejores” en el que hemos intentado encajar a los niños. Los hemos convertido en “pequeños trabajadores”: llenamos sus agendas con actividades guiadas, les dejamos muy poco tiempo libre y, así, les robamos la ocupación más importante de la infancia, que es el juego libre y no supervisado. Sin esos espacios, la mente infantil tampoco puede construir pensamiento profundo; solo acumula información sin integrarla.

El sedentarismo y la ausencia de vida al aire libre
El sedentarismo y la ausencia de vida al aire libre agravan aún más el deterioro, pues la mente necesita la naturaleza para desarrollar atención, observación, discriminación fina, paciencia, memoria visual e imaginación; ese es su gimnasio. Lo que antes era su medio de estimulación —la observación de flores, árboles, insectos, estaciones; la respiración de aire fresco y el ejercicio físico—, hoy es reemplazado por una variedad de pantallas que pueden incentivar a la pasividad.
Esto es especialmente importante en el caso de los niños, quienes necesitan pasar un buen tiempo manipulando material concreto —es decir, aprendiendo a tocar, ordenar, medir, construir y experimentar con las manos—, antes de poder comprender conceptos abstractos. Precisamente, la naturaleza les regala un entorno multisensorial que no solo despierta sus sentidos al aprendizaje, a la exploración paciente y a la discriminación perceptiva (distinguir detalles finos), sino que desarrolla en su sistema cognitivo los hábitos para procesar mejor la información. Respecto a la exploración al aire libre, el académico Peter Gray sostiene que incentiva el autocontrol, la resolución de problemas, la regulación de emociones y la responsabilidad personal.

Un lenguaje menos complejo
En Cómo aprendemos a leer y en Lector, vuelve a casa: cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas, Wolf demuestra que el pensamiento profundo solo se desarrolla cuando se expone a un lenguaje complejo, denso y exigente, y que la industria editorial contemporánea —centrada en textos planos, simples y diseñados para “gustar”— está debilitando la arquitectura cognitiva que sostiene la atención sostenida, la imaginación interna y la capacidad de pensamiento analítico. Así, no creo que sea coincidencia que el teólogo y predicador John Piper haga este comentario:
Los libros que amplían nuestro entendimiento de la verdad y nos hacen más sabios deben sentirse, al principio, más allá de nosotros. Deben exigirnos. Si un libro es fácil y encaja perfectamente en tus formas habituales de pensar y hablar, probablemente no crecerás mucho al leerlo.

Por si fuera poco, los libros para niños ya no manejan ritmo ni prosa, pero están cada vez más saturados con colores estridentes, luces, sonidos. Son sobre estimulantes y no dejan lugar para imaginar, recordar, pensar o sentir.
Lastimosamente, con un lenguaje empobrecido, con menos exposición a poesía, narrativas densas, artes y belleza estética, quienes leen pierden la capacidad de pensar simbólicamente. Así lo explica la psicóloga y profesora Ellen Winner en How Art Works: A Psychological Exploration (Cómo funciona el arte: una exploración psicológica). El pensamiento profundo necesita un lenguaje a la altura. Cuando el vocabulario se empobrece, también lo hacen las ideas; se vuelve más difícil nombrar lo real, ver relaciones, reconocer contradicciones y sostener un argumento. Y así, el discernimiento se debilita: cuesta evaluar lo que escuchamos y distinguir entre lo verdadero, lo plausible y lo simplemente atractivo.

El hombre tecnológico en la era emocional
La sobrecarga en la atención y la fragmentación cotidiana pueden tener consecuencias en la salud mental y emocional, lo cual nos hace más propensos a intentar buscar un alivio diferente al Evangelio por las consecuencias que nuestros propios hábitos producen. Entramos en un círculo vicioso. La mayoría de voces que se han vuelto normativas para interpretar el malestar provienen del campo terapéutico: psicología, neurociencia aplicada, enfoques sobre estrés, trauma y adicción. Muchos cristianos —sinceros y piadosos— acuden a ellas para ayudar a sus hijos, sostenerse a sí mismos y acompañar a otros. Ese impulso no es malo en sí mismo.
El problema aparece cuando el orden se invierte; cuando, en la práctica, bajamos la voz de la Escritura para oír con más claridad a los expertos; y cuando, por reacción o cansancio, la Iglesia responde con un silencio que no guía ni consuela. Además, a medida que se debilitan los hábitos que sostienen la atención y la reflexión, se perfila una nueva segregación: no únicamente económica, sino cognitiva. Unos quedarán atrapados en la deprivación intelectual y el cansancio atencional; otros —por formación, entorno y disciplina— podrán seguir cultivando capacidades para comprender, integrar y pensar con rigor, como lo ha advertido Lennox.

La ironía es que, mientras esto ocurre, muchos de los entornos que lideran la innovación tecnológica, es decir, las grandes empresas de Silicon Valley, han entendido que su ventaja competitiva no es la velocidad por sí sola, sino la calidad del pensamiento. Por eso, en las culturas de ingeniería mejor construidas se privilegian prácticas que obligan a razonar con claridad: trabajo colaborativo exigente —como el pair programming—, ciclos breves de retroalimentación, mejora continua, revisión constante de decisiones y aprendizaje deliberado en el flujo del trabajo.
Esta disciplina no surge por accidente: autores como Forsgren, Humble y Kim han mostrado que el desempeño sostenido de los equipos depende de hábitos organizacionales que favorecen el aprendizaje rápido y la retroalimentación continua, no solo de “hacer más”. Asimismo, Kent Beck, en Extreme Programming, defiende prácticas que mantienen el pensamiento nítido y el trabajo verificable, precisamente porque reducen la improvisación y obligan a entender lo que se construye. No se conforman con producir; buscan comprender qué están haciendo y por qué. Saben que un sistema sólido nace de una mente entrenada. En ese sentido, corporaciones como Apple, Google , Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp), Tesla, Intel, entre otras, se entrenan para pensar cada vez mejor, pero nos entregan todo tipo de tecnología que, si la usamos mal, puede generar el efecto contrario en nosotros.

El cristiano en la guerra cognitiva
A la luz de los datos expuestos, puede afirmarse que la combinación de la era tecnológica y la emocional ha producido un entorno cultural que desafía la profundidad del pensamiento y la regulación emocional. El ascenso de una espiritualidad terapéutica, basada en técnicas de autorregulación y bienestar emocional, confirma que la sociedad contemporánea busca suplir la pérdida de trascendencia mediante soluciones funcionales y emocionales, pero insuficientes. Sin embargo, los cristianos sabemos que el deterioro cognitivo y emocional no es únicamente biológico o social sino, sobre todo, una batalla espiritual.
Ahora bien, el Señor no necesita de nuestro nivel cognitivo para transmitir Su mensaje. Las piedras no son seres vivos, y aun así la Palabra dice que, si los cristianos no hablamos, ellas lo harán. Sin embargo, el Señor se complace en usar Su creación según el diseño que Él mismo ha establecido. Él podría fortalecer la corteza y las raíces de un árbol solo con decirlo, pero le agrada hacerlo a través de un proceso biológico. De la misma forma, ¿no usará con mayor placer la mente de los hombres para los fines para los que la ha creado? Entonces, aunque Dios puede obrar en el mundo y revelar Su plan de redención sin nuestra ayuda, quiere hacerlo por medio de nosotros y nuestro pensamiento.
Curt Thompson, psiquiatra cristiano y experto en neurociencia interpersonal, desarrolla de manera consistente la idea de que la vida interior humana (deseos, intenciones, narrativas y afectos) se expresa corporal y relacionalmente a través del cerebro, y que la neurobiología está profundamente vinculada a la formación del carácter, la conducta y la vida espiritual. En este sentido, nuestra dimensión espiritual influye en nuestro cerebro y este expresa esa influencia en conductas, emociones, palabras y decisiones. Ahora bien, si permitimos que nuestro esfuerzo mental disminuya, las capacidades de nuestro cerebro también lo harán y será cada vez más difícil expresar nuestra fe tanto en palabras como en conducta.
Así como Dios obra en nuestro espíritu, también quiere usar nuestro cerebro para que comprendamos la Verdad que leemos en Su Palabra y expresemos Su obra en nosotros a través de ideas y de una fe traducida en obras, como se lee en la carta de Santiago. Los cristianos que comprenden la naturaleza del conflicto espiritual no han de conformarse con una mente fragmentada, porque saben que han sido llamados a amar a Dios con todo su entendimiento, a discernir los tiempos y a vivir delante de Su rostro como sal, luz y testigos fieles en medio del mundo.
Porque aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Co 10:3–5, RVR1960).
Así pues, tenemos el desafío de aprender a razonar profundamente, modelar problemas, analizar causas, anticipar fallas y sostener atención prolongada. Pero que nos motiven el deseo y la pasión de vivir para Cristo, el deseo de convertirnos en sólidos guerreros que comprenden el poder que el Diseñador de la mente les ha entregado. En la medida en que más cristianos entrenemos la mente, la voluntad, las emociones y los afectos de esta manera, estaremos mejor preparados para resistir los tiempos que vendrán. “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col 3:23).
Referencias y bibliografía
The Anatomy of the Soul (2010) de Curt Thompson. Carol Stream, IL, Tyndale House.
Blame It on the Brain?: Distinguishing Chemical Imbalances, Brain Disorders, and Disobedience, 2.ª ed. (2024) de Edward T. Welch. Phillipsburg, NJ, P&R Publishing Company, pp. 13–16, 19, 22, 24.
The End of Education: Redefining the Value of School (1995) de Neil Postman. Nueva York, Random House.
The Printing Press as an Agent of Change (1979) de Elizabeth L. Eisenstein. Cambridge, Cambridge University Press.
The Underground History of American Education: A Schoolteacher’s Intimate Investigation Into the Problem of Modern Schooling (2003) de John Taylor Gatto. Oxford, NY, Oxford Village Press, pp. 161–163, 178, 180–182, 195, 431.
Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain (2007) de Maryanne Wolf. Nueva York, HarperCollins.
Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business (1985) de Neil Postman. Nueva York, Viking.
Reader, Come Home: The Reading Brain in a Digital World (2018) de Maryanne Wolf. Nueva York, Harper.
The Myth of Normal (2022) de Gabor Maté y Daniel Maté. Nueva York, Penguin Press.
In the Realm of Hungry Ghosts (2008) de Gabor Maté. Berkeley, North Atlantic Books.
The Organized Mind: Thinking Straight in the Age of Information Overload (2014) de Daniel J. Levitin. Nueva York, Dutton.
Attention Span: A Groundbreaking Way to Restore Balance, Happiness and Productivity (2023) de Gloria Mark. Nueva York, Hanover Square Press.
Free to Learn (2013) de Peter Gray. Nueva York, Basic Books.
The Original Homeschool Series, vols. 1–6 (1989) de Charlotte Mason. Wheaton, IL, Tyndale House; obra original publicada entre 1886–1923.
How Art Works (2018) de Ellen Winner. Oxford, Oxford University Press.
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Extreme Programming Explained: Embrace Change (1999). Boston, Addison-Wesley.
“Decreases in Psychological Well-Being among U.S. Adolescents after 2012” (2018) de Jean M. Twenge y W. Keith Campbell en Clinical Psychological Science, 6 (1), pp. 3–17.
Evidence for Striatal Dopamine Release during a Video Game” (1998) de Michael J. Koepp et al. Nature, 393, pp. 266–268.
“Cognitive Control in Media Multitaskers” (2009) de Eyal Ophir, Clifford Nass y Anthony D. Wagner. Proceedings of the National Academy of Sciences, 106 (37), pp. 15.583–15.587.
Pantallas en la infancia: las preocupaciones que deberías conocer | YouTube
Michel Desmurget, AprendemosJuntos, video de YouTube, transcr., pp. 467–468.
Cognitive Consequences of Multilingualism | Frontiers in Psychology
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