La Institución de la religión cristiana es la gran obra teológica de Juan Calvino. Es uno de los textos clásicos de la Reforma protestante, el cual ofrece rigor bíblico, claridad doctrinal y preocupación pastoral. Esta defensa sistemática y ordenada de la doctrina reformada fue publicada en 1536 por Juan Calvino, un joven humanista francés que había sido exiliado por la feroz persecución que, precisamente, enmarcó el surgimiento de este texto y especialmente su prefacio. ¿Qué detonó ese hostigamiento?
Corría el año 1534, cuando los protestantes franceses (más conocidos como hugonotes) se propusieron colgar por París y otras ciudades de aquel reino unos carteles en los que exponían su total rechazo a la doctrina de la misa católica. La posición respecto a la Reforma del entonces monarca de Francia, Francisco I, no era del todo clara; más bien había pululado conforme a sus intereses políticos. Por ejemplo, se había aliado con algunos príncipes alemanes protestantes. Sin embargo, en el “Asunto de los Carteles” —como se le llamó al suceso histórico ya mencionado— el rey vio un acto de sedición y blasfemia de los hugonotes, así que inició un brutal hostigamiento contra ellos.

Pero Francisco I no dejó de lado sus intereses políticos. Mientras que en la nación que lideraba los sospechosos de herejía eran torturados y ejecutados, y se prohibía —so pena de muerte— la publicación de libros reformados, el monarca siguió buscando el favor de los príncipes protestantes de Alemania. Ante ellos alegó que en sus dominios no castigaba a verdaderos creyentes, sino a sediciosos y perturbadores del orden público.
Precisamente, Calvino respondió a esa doble acusación de herejía y sedición —que equiparaba a los reformados franceses con los anabaptistas rebeldes— antes de entrar en el cuerpo doctrinal de la Institución de la religión cristiana. Originalmente, su obra había sido concebida con un fin más sencillo: entregar un manual básico para “formar en la verdadera piedad” (pietas) a quienes tuvieran celo por la religión. Entonces, en el prefacio se encuentra una extensa carta dirigida “Al muy cristiano Rey de Francia Francisco I…” y fechada el 1 de agosto de 1535, por medio de la cual desmintió que la doctrina reformada fuera una revuelta contra la autoridad legítima. En cambio, la presentó como un retorno a la verdad del Evangelio, es decir, a los principios de la Iglesia apostólica y católica (no romana), siendo esta la plena continuidad de los milagros y el testimonio de Cristo y Sus apóstoles.

Con un marcado respeto —pues siendo en ese entonces “un completo desconocido”, se dirigía al rey “como un suplicante”—, Calvino le aseguró al rey que los protestantes no eran sus enemigos, sino algunos de sus súbditos más sumisos y obedientes, pero que estaban siendo injustamente calumniados por quienes defendían la autoridad de la Iglesia y no de la Palabra de Cristo. Así, este prefacio transformó una confesión de fe en una defensa pública de la Reforma, en una súplica de justicia y en una solicitud de que la fe evangélica fuera reconocida conforme a la verdad eterna de Dios, que fue transmitida por los profetas y por Jesucristo mismo.
A continuación, encontrarás el prefacio de Instituciones de la religión cristiana de Juan Calvino.

Al muy cristiano Rey de Francia Francisco I, príncipe y soberano señor de Francia, Juan Calvino, paz y salud en nuestro Señor Jesucristo
Al comenzar a escribir este libro, no tenía la intención, mi señor, de dirigir palabra alguna a Vuestra Majestad; mi propósito era tan solo enseñar algunos sencillos elementos destinados a alimentar la piedad de quienes tuviesen el deseo de servir a Dios. Mi deseo es, principalmente, que mi trabajo sea útil para los franceses, a muchos de los cuales veo con hambre y sed de Jesucristo, y a pocos con un conocimiento adecuado de Él. Este proyecto procede claramente del libro en el que he utilizado la forma de enseñanza más sencilla posible.
Pero, al ver que la oposición de algunos malintencionados había sido tan grande que no dejaba sitio alguno a la sana doctrina, me ha parecido imprescindible utilizar este libro tanto para la instrucción de aquellos a quienes, en primer lugar, me había propuesto enseñar, como también como confesión de fe, para que conozcáis cuál es la fe contra la que se alzan los que, mediante el fuego y la espada, perturban hoy vuestro reino. No me produciría ninguna vergüenza reconocer que aquí presento una especie de resumen de esta doctrina que algunos consideran que habría que reprimir con la prisión, el destierro, el exilio y el fuego, y acerca de la cual insisten en que debe ser erradicada del todo.

Acusaciones injustas contra los evangélicos perseguidos
Conozco bien los horribles informes con los que han apelado a vuestro oído y corazón para convenceros del carácter odioso de nuestra causa. Pero, según vuestra clemencia y bondad, habréis de ver que, si con acusar bastase, no habría inocencia alguna, en palabras o actos, que se salvase. Si alguno, para promover el odio contra esta doctrina —a la cual quiero hacer justicia—, se pone a declarar que ya ha sido condenada de común acuerdo por todos los Estados y que ha sido objeto de numerosos juicios, lo único que estará diciendo es que tal doctrina ha sido, en parte, violentamente abatida por el poder y la conjura de sus adversarios, y en parte malévolamente oprimida por las mentiras, engaños, calumnias y traiciones de ellos. Los injustos juicios que se han pronunciado contra ella lo han sido mediante la fuerza y la violencia, sin darle ocasión de defenderse.
Mediante el engaño y la traición es como, sin tener razón, han calificado esta doctrina como sediciosa y dañina. Para que nadie crea que nos quejamos sin motivo, vos mismo podéis, mi señor, ser testigo de las muchas calumnias que tal doctrina recibe, cada día, ante Vuestra Majestad: según ellas, su único propósito sería eliminar toda autoridad, perturbar la paz, abolir las leyes, suprimir los señoríos y posesiones; en resumen, promover una total confusión.

Sin embargo, a vuestros oídos no llega ni la menor parte. Entre el pueblo se extienden terribles murmuraciones contra esta doctrina, las cuales, si fueran ciertas, permitirían con toda justicia que todos la juzgaran, a ella y a sus autores, digna de mil fuegos y patíbulos. ¿Cómo vamos a sorprendernos ahora de que, en todo el mundo, se le tenga tanto odio, cuando se da crédito a tantas y tan injustas acusaciones? Por eso todas las clases de la sociedad se ponen de acuerdo para condenarnos, tanto a nosotros como a nuestra enseñanza.
Las personas que se han erigido en jueces, totalmente entregadas a sus propios sentimientos, pronuncian como sentencia las opiniones que se han traído de sus casas y consideran que desempeñan bien su oficio si solo condenan a muerte a los que se reconocen culpables por su confesión o por un testimonio digno de fe. Pero ¿de qué crimen? Del de abrazar esta condenada doctrina, dicen ellos. ¿Por qué la consideran así? Esta ha sido la sustancia de nuestra defensa: no abjurar de esta doctrina, sino defenderla como verdadera. Pero se nos ha retirado el derecho a la palabra.

En defensa de la libertad de los perseguidos
Por eso, Majestad, no me falta razón al rogaros que obtengáis un conocimiento completo de esta causa. Hasta aquí ha sido maltratada de forma ilógica, lejos de todo derecho; ha sido objeto de excesos y no ha recibido el beneficio de la moderación y objetividad de la justicia. No penséis que pretendo presentar mi defensa personal para obtener la autorización de regresar a mi tierra natal. Desde luego, tengo al respecto el sentimiento de cualquier hombre, pero, dada la situación actual, no sufro demasiado por estar privado de esa libertad. Lo único que pretendo es defender la causa común de los creyentes, la de Cristo, que hoy está siendo tan maltratada y pisoteada en vuestro reino, que parece sin esperanza. Si así es, se debe a la tiranía de algunos fariseos y no a vuestra voluntad. No hace falta explicar aquí cómo se produce eso. Sea como sea, esta causa se halla gravemente comprometida.
El poder de los adversarios de Dios ha conseguido, hasta ahora, que la verdad de Cristo, aunque no esté perdida ni eliminada, sí se encuentre oculta y cubierta como si fuera algo vergonzoso. Además, la pobre Iglesia se encuentra o bien desolada por crueles muertes, o mutilada por destierros, o tan afectada por las amenazas y amedrentamientos que no se atreve a hacer oír su voz. Sus enemigos insisten tanto, que se han acostumbrado, después de haberlo sacudido todo, a llevar a su fin la destrucción emprendida. Nadie se levanta para oponerse a tales violencias. Algunos, que dicen ser abogados de la verdad, afirman que, en cierto modo, hay que perdonar la imprudencia y la ignorancia de las gentes simples. Con esas palabras, se avergüenzan tanto del Evangelio que califican la ineludible verdad de Dios de imprudencia y de ignorancia, y a aquellos a quienes nuestro Señor apreció tanto que les comunicó los secretos de Su sabiduría, los califican de “gentes simples”.

Pero a vos os corresponde, Majestad, no apartar vuestro oído ni vuestro ánimo de una causa tan justa, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de un asunto capital: cómo mantener la gloria de Dios en la tierra; cómo conservar Su honra, Su dignidad y Su verdad; cómo salvaguardar totalmente el reino de Cristo. Este tema es digno de captar vuestra atención, digno de atañer a vuestra jurisdicción, ¡digno de vuestro real trono! Porque un verdadero rey sabe reconocerse como verdadero ministro de Dios al gobernar su reino. Por el contrario, el que no reina con la preocupación de servir a la gloria de Dios no ejerce una autoridad legítima, sino que se comporta como un bandido. Y estamos equivocados si esperamos una larga prosperidad para un reino que no está sometido al cetro de Dios, es decir, a Su santa Palabra. Porque la sentencia celestial no puede mentir cuando señala: “Sin profecía el pueblo se desenfrena” (Pr 29:18).
No debéis menospreciarnos por nuestra pequeñez. Está claro que sabemos bien que somos pobres y despreciables gentes: ante Dios, miserables pecadores; entre los hombres, seres vilipendiados y rechazados, e incluso, si así lo queréis, somos el estiércol y los desperdicios del mundo, o más aún —si se me permite nombrarlo— algo todavía más vil. Tampoco nos queda nada con lo que gloriarnos ante Dios, excepto Su sola gracia, por medio de la cual, sin mérito alguno por nuestra parte, hemos sido salvados; y, entre los hombres, excepto nuestra debilidad, es decir, lo que todos consideran una gran ignominia.
Sin embargo, nuestra doctrina ha de subsistir en lo alto, insuperable, por encima de toda la gloria y todo el poder del mundo. Porque no es nuestra, sino del Dios vivo y de Su Cristo, a quien el Padre constituyó Rey, para dominar “de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra” (Sal 72:8), y herirá la tierra “con la vara de Su boca” (Is 11:4), para quebrar a las naciones con Su poder y Su gloria “como vasija de alfarero” (Sal 2:9). Los profetas predijeron la magnificencia de Su reino: derribará los reinos duros como el hierro y el bronce, y resplandecientes como el oro y la plata (Dn 2:32).

Bien cierto es que nuestros adversarios nos reprochan que citamos con falsedad la Palabra de Dios, a la cual, según ellos, desviamos de su verdadero sentido. Podréis juzgar por vos mismo, con vuestra sabiduría, en la lectura de nuestra exposición, hasta qué punto dicho reproche está lleno no solo de malvada calumnia, sino de una increíble osadía.
No obstante, sería conveniente presentar aquí algunas indicaciones para introducir vuestra lectura. Cuando Pablo quiso que toda profecía fuese interpretada conforme a la analogía y a la similitud de la fe (Ro 12:6), declaró una regla segura para apreciar toda interpretación de la Escritura. Si, pues, nuestra doctrina se examina conforme a esa regla de fe, la victoria está de nuestra parte. Porque, ¿qué puede ser más propio de la fe que reconocernos desprovistos de toda cualidad para ser vestidos por Dios, desprovistos de todo bien para ser llenos por Él, esclavos del pecado para ser liberados por Él, ciegos para ser iluminados por Él, cojos para ser sanados por Él, frágiles para ser fortalecidos por Él, privados de todo indicio de gloria para que Él sea glorificado, y nosotros en Él?
Cuando decimos estas cosas y otras parecidas, nuestros adversarios exclaman que, de esa manera, iríamos en contra de no sé qué cegadora luz de la naturaleza, una preparación que se han inventado para hacernos volver a Dios: el libre albedrío, las obras meritorias para la salvación eterna, con sus “supererogaciones”. Por eso, no pueden soportar que toda la gloria y la alabanza de cualquier bien, que todo poder, justicia y sabiduría, residan en Dios. Pero en ningún lugar leemos que nadie haya sido reprendido por sacar demasiada agua de “la fuente de agua viva”; al contrario, el profeta corrige con fuerza a los que se cavaron “cisternas rotas que no retienen agua” (Jer 2:13).

Además, ¿acaso hay algo más propio de la fe que tener a Dios por Padre tierno y benigno cuando se reconoce a Cristo como nuestro hermano y Redentor, que esperar todo el bien y toda prosperidad de Dios, cuyo amor por nosotros ha sido tan grande que “no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Ro 8:32), que esperar con total confianza la salvación y la vida eterna cuando pensamos que Cristo nos fue dado por el Padre, en quien están ocultos tales tesoros? Nuestros detractores se oponen a estas cosas diciendo que una certeza de fe semejante no existe sin atrevimiento y orgullo. No hay nada nuestro de lo que presumir, sino todas las cosas de Dios, y si somos, por otra razón, despojados de toda vana gloria, es para gloriarnos en Dios.
¿Qué más voy a decir? Considerad, Majestad, todos los aspectos de nuestra causa, y juzgadnos los peores de entre los malos si no encontráis que estamos siendo manifiestamente atacados y cubiertos de injurias y oprobios por poner nuestra esperanza en el Dios vivo (1 Ti 4:10), por creer que “esta es la vida eterna: que Te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn 17:3). A causa de esta esperanza, algunos de nosotros son detenidos en prisión, otros azotados, otros obligados a renegar de su fe, otros desterrados, otros tratados con crueldad, otros obligados a exiliarse: somos perseguidos, tenidos por malditos y execrables, insultados y tratados de manera inhumana. Contemplad, por otra parte, a nuestros adversarios (me refiero a la situación de los sacerdotes, los que inspiran y animan a quienes se nos oponen), y considerad por un momento conmigo a quienes los empujan y dirigen.

Actitudes contradictorias de los críticos de la Reforma
Los sacerdotes se permiten, sin más, a ellos y a otros, ignorar, descuidar y menospreciar la verdadera religión que la Escritura nos enseña y que no es susceptible de duda ni sospecha alguna. Creen que no hay interés en saber cuál es la fe que uno recibe o no de Dios y de Cristo. El sentido de la fe implícita, como ellos dicen, tiene que estar sometido al juicio de la Iglesia. A los sacerdotes no les preocupa mucho que la gloria de Dios resulte manchada con notables blasfemias, en tanto que nadie se levante contra la autoridad de nuestra santa madre, la Iglesia, es decir, en su mentalidad, la sede romana.
¿Por qué combaten con tanta convicción y energía en favor de la misa, del purgatorio, de las peregrinaciones y de otras zarandajas, hasta el punto de negar que la verdadera piedad pueda subsistir sin creer y tener por justas estas cosas, aunque de ningún modo las pueden probar con la Palabra de Dios? ¿Por qué, si no es por el hecho de que su vientre es su dios, la cocina su religión, y porque sin ellos no solo no se imaginan poder ser cristianos, sino que ni siquiera creen ser hombres?
Porque, aunque unos viven en la abundancia de lujo y otros más viven royendo cáscaras, todos se alimentan de una misma olla que, sin tales ayudas, no solo se enfriaría, se congelaría. De este modo, aquel de entre ellos que más se preocupa de su vientre es el que posee la fe más activa. En resumen, todos tienen el mismo discurso: conservar su reinado y la barriga llena.

Ninguno de ellos manifiesta el menor celo adecuado; y, sin embargo, no cesan de calumniar nuestra doctrina, de condenarla y de difamarla de todas las maneras posibles, para hacerla digna de odio o sospecha. La califican de nueva y afirman que es de reciente creación. Le dirigen el reproche de ser oscura e incierta. Preguntan cuáles son los milagros con que ha sido confirmada y si es razonable que pase por alto el consentimiento de tantos antiguos padres, y que deje a un lado una tan larga tradición.
Insisten en que reconozcamos que esta doctrina es cismática, porque combate a la Iglesia, o que declaremos que la Iglesia ha estado como muerta durante los muchos años en los cuales no se ha hecho ninguna mención de esta doctrina. Por último, dicen que no es necesario plantear muchos argumentos, puesto que esta doctrina se puede juzgar por sus frutos, dado que engendra una gran cantidad de sectas, trae perturbación y sediciones, e incita al mal.
En realidad, les resulta muy fácil aprovecharse de su ventaja frente a una causa indefendible y perdida, sobre todo cuando hay que convencer a una población ignorante y crédula. Si nosotros tuviésemos las mismas oportunidades para hablar, creo que el ardor que despliegan con tanta aspereza contra nosotros se enfriaría un poco.

¿Es nueva esta doctrina?
En primer lugar, al calificar de nueva esta doctrina, se injuria gravemente a Dios, cuya sagrada Palabra no merece de ningún modo ser considerada una novedad. Desde luego, no dudo de que, en lo que a ellos concierne, sea nueva, porque también ven así al propio Cristo y Su Evangelio. Pero el que sabe que esta predicación de Pablo es antigua —“Jesucristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (Ro 4:25)— no encontrará nada nuevo entre nosotros. Si esta predicación ha estado mucho tiempo oculta y sin conocerse, es un crimen imputable a la impiedad de los hombres. Si ahora, por la bondad de Dios, se nos ha presentado, lo mínimo que podemos hacer es recibirla con su autoridad antigua.
La misma ignorancia lleva a considerar esa doctrina como oscura e incierta. Precisamente de eso se queja nuestro Señor por boca de Su profeta: “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, Mi pueblo no tiene conocimiento” (Is 1:3). Se burlan del carácter dudoso de nuestra doctrina, pero si ellos tuvieran que suscribir la suya con su propia sangre y con su vida en juego, veríamos entonces cómo la tomarían. Nuestra seguridad es muy distinta, porque no teme ni a los terrores de la muerte ni al juicio de Dios.

El papel de los milagros
Nuestros detractores no son muy razonables cuando nos reclaman milagros, porque no estamos fabricando un nuevo Evangelio, sino que apelamos a aquel cuya verdad está confirmada por todos los milagros que Jesucristo y Sus apóstoles quisieron. Se podría decir que, al contrario que nosotros, ellos pueden pretender confirmar su doctrina con los milagros continuos que hasta hoy producen. Pero mencionan más bien milagros tan frívolos o mentirosos que podrían extraviar y hacer dudar a cualquier espíritu que, de otro modo, se hallaría tranquilo.
Sin embargo, aunque tales milagros fueran los más admirables que uno pueda imaginar, no deberían en absoluto oponerse a la verdad de Dios, porque el nombre de Dios siempre y en toda circunstancia debe ser santificado, ya sea mediante milagros, ya sea mediante el orden natural de las cosas. La pretensión de ellos podría tener más valor si la Escritura no nos hubiese indicado cuál es la función legítima de los milagros. Marcos indica, en efecto, que los que hicieron los apóstoles sirvieron para confirmar su predicación (Mc 16:20). Del mismo modo, Lucas dice que nuestro Señor quiso, de esa manera, dar testimonio de la Palabra de Su gracia (Hch 14:3). A eso se refiere lo que dice el apóstol: la salvación anunciada mediante el Evangelio fue confirmada mediante los milagros y el poder con los cuales Dios dio testimonio de ella (Heb 2:4).
Cuando entendemos que los milagros tienen que ser sellos que confirman el Evangelio, ¿vamos a cambiarlos para destruir su autoridad? Cuando entendemos que su propósito es establecer la verdad, ¿vamos a usarlos para fortalecer la mentira? Tal como recomienda el evangelista, es necesario que se examine primero la doctrina que precede a los milagros: si es fiel, podrá ser confirmada con milagros. Pero una doctrina puede considerarse verdadera si, como Cristo dice, no es para la gloria de los hombres, sino para la de Dios (Jn 7:18; 8:50). Dado que Cristo afirma que esa debe ser su confirmación, no es correcto utilizar los milagros para darles otro propósito que el de glorificar el nombre de Dios.

Debemos, asimismo, recordar que Satanás hace milagros que, aunque presentan una ilusión más que un verdadero poder, son, sin embargo, capaces de confundir a las almas sencillas e ignorantes. Los magos y hechiceros siempre han obtenido su fama con milagros; la idolatría de los paganos se ha alimentado con milagros sorprendentes, que de ningún modo son suficientes para convencernos del valor de la superstición de los magos ni de los idólatras.
En otro tiempo, los donatistas abusaron del mismo modo de la candidez del pueblo llevando a cabo numerosos milagros. Por tanto, ahora damos a nuestros adversarios la misma respuesta que Agustín dio a los donatistas: nuestro Señor nos ha prevenido suficientemente contra los que hacen milagros y nos anuncia que llegarán falsos profetas que “harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos” (Mt 24:24). Y Pablo advirtió que el reinado del anticristo “es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos” (2 Ts 2:9).
Pero nuestros milagros, dicen nuestros detractores, no los realizan los ídolos, ni los hechiceros, ni los falsos profetas, sino los santos. ¡Como si no supiéramos que Satanás es tan astuto que “se disfraza como ángel de luz” (2 Co 11:14)! En la antigüedad, los egipcios hicieron de Jeremías un dios que tuvo su lugar en la religión de ellos: le ofrecían sacrificios y le honraban como a sus otros dioses. ¿Acaso no estaban abusando del santo profeta de Dios en provecho de su propia idolatría? Y, sin embargo, al ser sanados de la mordedura de las serpientes, creían que de ese modo estaban siendo recompensados por la veneración que daban a su sepulcro. ¿Qué podemos decir, si no es que Dios fue y será siempre justo en Su juicio al enviar “un poder engañoso, para que crean la mentira (…) los que no creyeron a la verdad” (2 Ts 2:11-12)?
Por tanto, no nos faltan los milagros; estos son ciertos, y es imposible burlarse de ellos. Por el contrario, los milagros que alegan nuestros adversarios son puras ilusiones de Satanás, cuando confunden al pueblo y no lo animan a honrar a Dios.

El testimonio de los padres
Además, se confunden al invocar a los antiguos padres —es decir, a los escritores de la Iglesia primitiva— como si ellos apoyasen su impiedad. Si hubiese que invocar la autoridad de ellos como árbitros entre nosotros, en su mayor parte nos favorecerían en la contienda.
Los antiguos padres escribieron con sabiduría cosas excelentes, pero también les ocurrió en muchas ocasiones que se equivocaron y erraron, lo cual es humano. Nuestros detractores, dada su rectitud de espíritu, de juicio y de voluntad, solo adoran los errores y defectos de los padres, mientras que aquellas cosas que dijeron bien, o no las ven, o las disimulan, o las pervierten, como si su única preocupación fuese la de recoger el estiércol de entre el oro. Y después nos persiguen alborotadamente como si menospreciásemos a los padres y fuésemos sus enemigos. Ni mucho menos los despreciamos, porque, si ese fuese el objeto de esta exposición, me sería fácil basar en los testimonios de ellos la mayor parte de lo que hoy afirmamos.
Leemos sus escritos y los juzgamos acordándonos de lo que dice Pablo: todas las cosas son nuestras para nuestro provecho, no para dominarnos; “y vosotros [sois] de Cristo”, a quien hay que obedecer siempre y completamente (1 Co 3:21-22). Los que no observan eso no pueden tener nada seguro en materia de fe, puesto que los santos padres de quienes hablamos ignoraban muchas cosas, difieren mucho entre sí e incluso, a veces, se contradicen.

Salomón, nos dicen ellos, no carece de razón al mandarnos: “No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres” (Pr 22:28). Pero no se trata de mantener una misma regla para los linderos de los campos y para la obediencia a la fe, que debe ser tan precisa como para hacernos olvidar a nuestro pueblo y la casa de nuestro padre (Sal 45:11). Además, dado que nuestros detractores tienen tanto aprecio a las alegorías, ¿por qué no toman por padres de la Iglesia a los propios apóstoles, y prohíben traspasar sus linderos, y no los linderos de ningún otro? Así es como lo interpretó Jerónimo, cuyas palabras han recordado ellos en sus cánones. Y si quieren que se guarden los límites de los padres de la Iglesia, ¿por qué los traspasan ellos tan descaradamente cuando les apetece?
Uno de los que se cuentan entre los padres de la Iglesia dijo que, como Dios no comía ni bebía, no había que hacer platillos ni cálices. Otro dijo que los sacramentos de los cristianos no necesitan oro ni plata, y que no agradan a Dios si están en oro. Así que traspasan los linderos cuando, en sus ceremonias, aprecian tanto el oro, la plata, el mármol, el marfil, las piedras preciosas y las sedas, y creen que Dios no puede ser honrado dignamente si no hay abundancia de esas cosas.
Otro padre de la Iglesia afirmó que él podía comer libremente carne en cuaresma, mientras que los demás se abstenían de ella, porque él era cristiano. Nuestros detractores traspasan, pues, los linderos cuando excomulgan a quien haya consumido carne en cuaresma.

Uno de esos padres de la Iglesia dijo que al monje que no trabaja con sus manos hay que considerarlo como un bandido; otro afirmó que no se permite a los monjes vivir de los demás, aunque se consagren asiduamente a la contemplación, la oración y el estudio. También han traspasado los linderos al meter las ociosas barrigas de los monjes en burdeles —quiero decir, en sus claustros— para cebarlos con los bienes del prójimo.
También era padre de la Iglesia el que dijo que ver en los templos de los cristianos una imagen de Cristo o de cualquier santo era una horrible abominación. Esto no lo dijo solamente un particular, sino que se decidió en un antiguo concilio: que no se adore a ninguna pintura ni retrato. Ni mucho menos respetan los linderos cuando no dejan ni el más pequeño rincón de sus iglesias sin cubrirlo con una imagen.
Otro padre de la Iglesia aconsejó que se dejase descansar a los muertos después de haberles dado sepultura. Nuestros detractores se saltan las lindes cuando exigen que uno se preocupe constantemente por los difuntos.
También fue un padre de la Iglesia el que dijo que la sustancia y la naturaleza del pan y del vino se mantienen en el sacramento de la Cena, igual que en nuestro Señor Jesucristo la naturaleza humana se mantiene unida a Su esencia divina. No tienen en cuenta este límite cuando hacen creer que, inmediatamente después de recitar las palabras sacramentales, la sustancia del pan y del vino desaparece. También era uno de los padres el que negó que, en el sacramento de la Cena, el cuerpo de Cristo estuviese encerrado en el pan, y afirmó que solamente era el signo de Su cuerpo; esas son sus palabras literales. Nuestros detractores traspasan, pues, los linderos cuando dicen que el cuerpo de Cristo está contenido allí y hacen que se le adore de manera carnal, como si se encontrase allí in situ.

También era uno de los padres de la Iglesia el que ordenó que se negara por completo la participación en la Cena a las personas que, tomando una de las especies, se abstenían de la otra. Otro dice que no hay que privar al pueblo cristiano de la sangre de su Señor, porque Él derramó Su sangre por ese pueblo. Los que se nos oponen han borrado esos límites cuando, ordenando rigurosamente lo mismo que combatían los padres, unos castigan con la excomunión y otros con una dura reprobación a los que contravienen sus órdenes.
También era uno de los padres de la Iglesia el que afirma que no es legítimo declarar cualquier cosa confusa sobre un tema sin contar con los testimonios claros y evidentes de la Escritura. Nuestros detractores se han olvidado claramente de eso al elaborar constituciones, cánones y decisiones doctrinales sin una sola frase de Dios.
Es uno de los padres el que reprochó a Montano ser el primero, entre otros herejes, en imponer el ayuno. También han traspasado los límites al ordenar, con instrucciones estrictas, que se ayune.
Y padre de la Iglesia es el que mantuvo que no se debería prohibir el matrimonio a los ministros de la Iglesia, y declaró que la compañía de una esposa legítima era equivalente al estado de castidad; y los que estaban de acuerdo con él eran otros padres. Nuestros detractores han traspasado los linderos al ordenar el celibato a sus sacerdotes.

El que escribió que hay que escuchar solo a Cristo —de quien el Padre celestial dijo: “A Él oíd”—, no tengáis en cuenta lo que hayan dicho o hecho los demás antes que nosotros, sino seguid solamente lo que haya mandado Cristo, que es el primero de todos, el que escribió eso, digo, era uno de los padres más antiguos. Nuestros detractores no se han mantenido en estos linderos ni han permitido que lo hagan los demás, cuando han instituido por encima de ellos y de los demás nuevos señores aparte de Cristo. Y padre de la Iglesia es el que sostuvo que no hay que preferir a la Iglesia por encima de Cristo, porque Él siempre juzga con rectitud, pero los jueces eclesiásticos, al ser hombres, pueden equivocarse a menudo. Está claro que violan el lindero al considerar que la autoridad de la Escritura depende de lo que bien parezca a la Iglesia.
Todos los padres, con la misma intensidad, han considerado una abominación y han coincidido en detestar que se contamine la santa Palabra de Dios con sutiles sofismas y que se convierta en objeto de enfrentamientos y discusiones filosóficas. Pero, ¿acaso se preocupan de ello cuando no hacen en toda su vida otra cosa que esconder y oscurecer la sencillez de la Escritura en debates infinitos y planteando cuestiones peores que los sofismas? La situación es tal que, si los padres se levantasen y oyesen esas discusiones, que nuestros detractores llaman “teología especulativa”, no podrían admitir que fuese algo de Dios.
Pero tendría que hablar demasiado si quisiera presentar la despreocupación con la que rechazan el yugo de los padres, de los que dicen querer ser obedientes discípulos. Tendría que dedicarle meses y años. Sin embargo, tienen el descaro de atreverse a reprocharnos que no respetamos los linderos antiguos.
No debemos dudar, en absoluto, de que Jesucristo siempre ha reinado en la tierra después de subir al cielo; pero si, en tales situaciones de desolación, los creyentes hubiesen querido tener una manifestación visible, ¿no habrían perdido el ánimo? De hecho, Hilario consideraba ya en su tiempo que era un gran vicio el hecho de estar cegados con la excesiva consideración que daban a la dignidad de los obispos, sin discernir la podredumbre que a veces ocultaban bajo sus máscaras. Así se expresa:
Se lo ruego, guárdense del anticristo. Se han fijado ustedes demasiado en los muros, buscando a la Iglesia de Dios en la belleza de los edificios, pensando que la unidad de los creyentes está allí. ¿Nos queda alguna duda de que el anticristo debe tener allí su trono? Las montañas, los bosques, los lagos, las prisiones, los desiertos y las cuevas me parecen más seguros y me inspiran más confianza. Porque los profetas profetizaron escondidos en tales lugares.

Ahora bien, ¿qué es lo que hoy honra el mundo en estos obispos de mitra puntiaguda sino la mayor estima que da a los que están en las ciudades más grandes? ¡Lejos de nosotros semejante idea! Permitamos al Señor, puesto que Él es el único que conoce quiénes son los Suyos (2 Ti 2:19), que en ocasiones oculte a los hombres la realidad externa de Su Iglesia. Reconozco que en ello hay un terrible juicio de Dios sobre el mundo; pero si la impiedad de los hombres lo merece, ¿por qué esforzarnos en oponernos a la justicia divina?
Por eso, en otro tiempo, el Señor castigó la ingratitud de los hombres. Porque, negándose a obedecer Su verdad y habiendo apagado Su luz, se quedaron ciegos, maltratados por graves mentiras y enterrados en profundas tinieblas, tanto que no se podía ver ninguna forma de Iglesia verdadera. Sin embargo, Dios guardó a los Suyos en medio de esos errores y tinieblas, aunque los creyentes estuviesen esparcidos y no se les viera. Eso no ha de sorprendernos, porque el Señor ya los guardó en la confusión de Babilonia y en la llama del horno ardiente (Dn 3).
En cuanto al deseo que tienen nuestros detractores de que la Iglesia se vista con no sé qué vana pompa, solo quiero mencionar, sin extenderme, el gran peligro que conlleva. El papa de Roma —dicen ellos— ostenta la sede apostólica, y los otros obispos representan a la Iglesia y deben ser considerados como la Iglesia: por eso, no pueden equivocarse. ¿Por qué? Porque son pastores de la Iglesia consagrados a Dios, responden ellos. Aarón y los otros guías del pueblo de Israel eran también pastores. Aarón y sus hijos fueron elegidos como sacerdotes de Dios; sin embargo, cometieron un pecado al hacer un becerro (Ex 32:4).

Según ese punto de vista, ¿los cuatrocientos profetas que engañaban a Acab eran o no representantes de la Iglesia? La Iglesia estaba con Micaías, que estaba solo y despreciado, y de cuya boca salía, de todos modos, la verdad (1 R 22:8ss). Los profetas que fueron contra Jeremías, jactándose de que “la ley no faltará al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta” (Jer 18:18), ¿acaso no llevaban el nombre de la Iglesia? Jeremías es enviado contra esa multitud para anunciar, de parte de Dios, que “desfallecerá el corazón del rey y el corazón de los príncipes, y los sacerdotes estarán atónitos, y se maravillarán los profetas” (Jer 4:9). ¿No ocurrió lo mismo al reunirse en concilio los sacerdotes, los escribas y los religiosos cuando se pusieron de acuerdo para decidir la muerte de Jesucristo? (Mt 26:4; Jn 12:10). ¡Jáctense ahora nuestros adversarios, orgullosos de las imágenes que convierten a Cristo y a los profetas en cismáticos, y a los ministros de Satanás en instrumentos del Espíritu Santo!
Además, si son sinceros, que me digan de buena fe en qué región o pueblo creen que reside la Iglesia después de que, por decisión definitiva del concilio de Basilea, el 25 de junio de 1439, se depuso a Eugenio, el papa de Roma, y se puso en su lugar a Amadeo, duque de Saboya, el 5 de noviembre de 1439. Ni muertos podrían negar que el concilio, en lo referente a las solemnidades externas, fue bueno y legítimo, y convocado no por un papa, sino por dos. En él se condenó a Eugenio como cismático, contumaz y rebelde, con toda la asamblea de los cardenales y obispos que habían apañado, con él, la disolución del concilio.

No obstante, ayudado por el favor de los príncipes, Eugenio se mantuvo en posesión del papado, y la elección de Amadeo, solemnemente decidida por la autoridad del concilio sagrado y general, se quedó en nada. Al tal Amadeo lo contentaron con un birrete cardenalicio, como se calla a un perro que ladra con un pedazo de pan. De entre estos herejes rebeldes e insumisos han salido los papas, los cardenales, los obispos, los abades y los sacerdotes que después ha habido.
Nuestros detractores tienen que estar aquí entre la espada y la pared. ¿A qué lado pondrán el nombre de la Iglesia? ¿Podrán negar que el concilio fue general, y que no le faltó nada en cuanto a majestuosidad externa, puesto que fue convocado solemnemente con una doble bula, dedicada por el legado de la Santa Sede Apostólica, que la presidía, con ceremonias bien organizadas y que se prosiguió con la misma dignidad hasta el final? ¿Van a reconocer a Eugenio como cismático, con toda su banda, por medio de la cual fueron consagrados?
Entonces, que definan de otra manera la forma de la Iglesia, o, si no, conforme a su propia doctrina, los consideraremos cismáticos, porque, de manera consciente y de propia voluntad, han sido ordenados por herejes. Y, por si no hubiésemos entendido nunca hasta ahora que la Iglesia no está en absoluto ligada a las pompas externas, ellos nos proporcionan una ilustración indudable cuando, bajo el buen título de “Iglesia”, se imponen con orgullo al mundo, aunque hayan sido plagas mortales para la Iglesia. No estoy hablando de sus costumbres y de los actos vergonzosos de que está repleta la vida de ellos, porque se muestran como fariseos: hay que escucharlos, pero no imitarlos (Mt 23:3).
Si queréis, Majestad, emplear un poco de vuestro tiempo en la lectura de nuestras enseñanzas, reconoceréis con claridad que la propia doctrina de ellos —por medio de la cual quieren ser reconocidos como Iglesia— es un cruel gehena [infierno] y una auténtica matanza de las almas, un fuego, una ruina y destrucción de la Iglesia.

Conclusión de la defensa
Vuelvo a Vuestra Majestad. No os dejéis impresionar por esas falsas acusaciones con las que nuestros adversarios se esfuerzan en provocaros temor y aprensión: a saber, que este “nuevo Evangelio”, como ellos lo llaman, no tendría otro objetivo que el de promover sediciones y hacer el mal con toda impunidad. Dios no es, en efecto, un Dios de división, sino de paz; y el Hijo de Dios no es ministro de pecado, pues Él vino para deshacer y destruir las obras del diablo.
En cuanto a nosotros, se nos acusa injustamente de hacer tales cosas, sin haber levantado jamás la más mínima sospecha. ¿Se puede creer que nosotros, de quienes nunca ha salido la menor expresión sediciosa, que tenemos reputación de llevar siempre una vida sencilla y pacífica, cuando vivíamos bajo vuestro reino, Majestad, tuviésemos la intención de trastornar los reinos? Además, ahora, expulsados de nuestras casas, no cesamos de rogar a Dios por vuestra prosperidad y por la de vuestro reino. ¿Cómo creer que lo que buscábamos era licencia para hacer lo malo sin ser reprendidos, si se tiene en cuenta nuestra conducta? Si bien nuestras costumbres son criticables en muchas cosas, no son en absoluto merecedoras de tan gran reproche.
Además, gracias a Dios, el Evangelio no nos ha aprovechado tan poco como para que nuestra vida no pueda servir, para nuestros detractores, como ejemplo de castidad, generosidad, misericordia, templanza, paciencia, modestia y otras virtudes. Está claro, es verdad, que tememos y honramos a Dios con pureza, porque por medio de nuestra vida y de nuestra muerte deseamos que su nombre sea santificado. Hasta la boca de los envidiosos se ha visto obligada a dar testimonio de nuestra inocencia y de nuestra justicia externa, conforme al juicio de los hombres, a propósito de muchos de nosotros que han sido condenados a muerte por esa única razón que, en realidad, merecía un elogio especial.
Ahora bien, si algunos, bajo el manto del Evangelio, provocan tumultos —lo cual no se ha visto hasta hoy en vuestro reino— o quieren disimular su permisividad sexual bajo la libertad que se nos da por la gracia de Dios (de lo cual conozco bastantes casos), hay leyes y castigos establecidos para corregirlos severamente conforme a sus delitos. Pero que el Evangelio de Dios no sea calumniado ni sirva de excusa para las malas acciones de los perversos.
Vuestra Majestad también conoce la venenosa iniquidad de los que nos calumnian, expuesta con suficientes palabras, para que no inclinéis demasiado el oído a sus acusaciones, como si fuesen dignas de crédito. Temo incluso haberme extendido demasiado: este prefacio tiene casi la misma extensión de una defensa completa, aunque no he tenido la intención de redactar una, sino tan solo de tocar vuestro corazón para que acoja nuestra causa. Aunque en este momento estéis en contra de nosotros, e incluso enojado e irritado contra nosotros, espero, sin embargo, que podamos volver a ganarnos vuestra gracia, si deseáis, cuando hayan cesado vuestra indignación y vuestra ira, leer nuestra confesión, que presenta nuestra defensa ante Vuestra Majestad.
Pero si, por el contrario, las acusaciones de los que nos quieren mal cierran tanto vuestro oído que los acusados no tienen ningún medio para defenderse; si, por otra parte, sin vuestra intervención para poner orden, estos opresores ejercen siempre su crueldad con encarcelamientos, azotes, torturas, suplicio y fuego, nosotros, desde luego, como corderos destinados al matadero, estaremos con la espalda contra la pared. No obstante, demostraremos paciencia y esperaremos el brazo fuerte del Señor, que se manifestará en su tiempo y que se presentará armado, tanto para librar a los pobres de su aflicción como para castigar a los que le desprecian y, de momento, viven a lo grande.
Que el Señor, Rey de reyes, quiera afirmar vuestro trono en justicia y vuestro reino en equidad.
Basilea, 1 de agosto de 1535.
Este prefacio ha sido tomado del libro Institución de la religión cristiana, escrito por Juan Calvino. Puedes adquirir este libro a través de Poiema Publicaciones.
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