Durante varios años, he tenido el privilegio de sumergirme en la historia de la Iglesia. En mi recorrido, he notado que el anglicanismo es una de sus piezas fundamentales por los aportes tan significativos que le ha hecho a todo el crisol denominacional. Algunos de esos aportes incluso se extienden al ámbito arquitectónico, porque no son pocas las bellas capillas y catedrales que tienen en su haber, y aunque algunas de ellas permanecen con un aspecto conservador, otras han llegado a añadir símbolos progresistas o banderas LGBTQ+ a sus fachadas.
Ahora bien, ¿cuál es la identidad histórica de la Iglesia anglicana y por qué su liturgia resulta tan parecida al catolicismo romano? ¿Por qué es percibida como una denominación progresista y de qué manera estas posturas han fracturado la unidad eclesiástica? Y finalmente, ¿cómo funciona hoy esta denominación alrededor del mundo, en medio de los cambios internos? Me he propuesto intentar responder esas preguntas en este artículo y quiero empezar por cómo se formó esta denominación.
La historia antes de Enrique VIII
La percepción común de aquellos que saben algo de historia de la cristiandad es que la Iglesia de Inglaterra nació a mediados del siglo XVI, en medio de los conflictos del rey Enrique VIII con Roma. Sin embargo, es bueno aclarar que las raíces de una iglesia inglesa autóctona son mucho más antiguas; datan del siglo II, cuando el cristianismo llegó a las salvajes islas británicas que estaban habitadas principalmente por pueblos celtas.

Pero el giro más decisivo en cuanto a la identidad cristiana inglesa se dio a finales del siglo VI, cuando Gregorio Magno, obispo de Roma, envió a un monje misionero llamado Agustín a las islas. Su objetivo era evangelizar a los anglos, sajones y jutos recién llegados, quienes habían invadido las tierras y desplazado a los celtas, que en su mayoría ya eran cristianos. Estos últimos, que se habían asentado en lo que hoy es Gales y una parte de Escocia, no estaban muy entusiasmados con la idea de evangelizar a los bárbaros invasores; por lo tanto, fue necesaria una misión extranjera.
Una de las decisiones más determinantes de Agustín fue establecer la sede de su misión en la ciudad oriental de Canterbury. Esto, como veremos, fue clave para la identidad del cristianismo inglés. Él llegó a ser conocido como Agustín de Canterbury y sentó las bases de una relación más cercana con Roma en cuanto a estructura y doctrina, la cual duró por lo menos mil años.

Sin embargo, el cristianismo de las islas británicas terminó por abrazar una identidad muy particular que mezclaba no solo la influencia romana, sino también la celta y la anglosajona. Esta identidad tan distintiva creó tensiones y conflictos que se extendieron a lo largo de los siglos. Pero la fractura definitiva de la relación efectivamente se dio en 1530, con Enrique VIII, el entonces rey de Inglaterra. Una visión plana de la historia adjudica esta ruptura a la negativa del papa Clemente VII de anular su matrimonio con la española Catalina de Aragón, pero existen muchas evidencias de que este suceso fue el clímax de una relación que ya venía siendo insostenible y que coincidió con el surgimiento de la Reforma protestante en el continente.
Pero el año clave del nacimiento de la Iglesia de Inglaterra como institución fue 1534, cuando el Parlamento inglés, órgano que tenía el poder de ejecutar esta separación, oficializó y legitimó la decisión de Enrique. Este designó al rey como cabeza suprema de la nueva estructura eclesiástica. Luego, se procedió a disolver los monasterios y a confiscar todas las propiedades de la Iglesia católica en el territorio.

La “vía media” y la consolidación anglicana
La muerte del rey Enrique VIII marcó un punto decisivo para el futuro de la Iglesia de Inglaterra. Durante el muy corto reinado de su único hijo varón, Eduardo VI, la influencia protestante penetró con mucha libertad dentro de la institución. En su momento, el joven monarca se rodeó de los más destacados teólogos reformados de su nación. Sin embargo, estos cambios se vieron violentamente reprimidos con su muerte repentina y el ascenso de su hermana María I, hija de Catalina de Aragón, quien tenía fuertes convicciones católico-romanas.
El arresto del entonces arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, era su máximo deseo. Una vez preso y estando bajo presión, Cranmer firmó varios documentos en los que se retractó de su fe protestante. Parecía el fin del protestantismo en Inglaterra. Sin embargo, el día de su ejecución en Oxford, se le permitió dar un último discurso. Cranmer afirmó que la mano derecha, con la que había firmado las retractaciones, le había fallado a su corazón.

El famoso obispo anglicano J. C. Ryle dijo posteriormente: “Había pecado en gran medida, sí, pero también en gran medida fue su arrepentimiento. Al igual que Pedro, cayó, pero como Pedro volvió a levantarse”. Esa muerte lo convirtió en mártir y marcó con más profundidad la tensión dentro de la Iglesia de Inglaterra. Ahora bien, el asesinato sistemático de los protestantes y seguidores de la Reforma por parte de María I no hizo sino aumentar la simpatía por el movimiento reformado dentro de la Iglesia de Inglaterra.
Pero tuvo que llegar Elizabeth I (Isabel I), otra hija de Enrique VIII, al trono para que la Iglesia de Inglaterra adquiriera una forma más estable y distintiva. Elizabeth trató de conciliar a los dos bandos: a los que consideraban que la Iglesia de Inglaterra debía ser protestante y a los que consideraban que debía seguir siendo católica. Un acuerdo religioso de 1559 terminaría por forjar la identidad que le daría su sello más distintivo: la “vía media”.

Esta “vía media” era un equilibrio entre dos visiones: la que quería seguir sosteniendo el antiguo orden eclesiástico católico de obispos, sacerdotes y diáconos, junto con los sacramentos, la liturgia y la estética tradicional; y aquella que, al mismo tiempo, abrazaba la teología reformada y una voz protestante (especialmente el reconocimiento de la Biblia como autoridad suprema). Esto le dio ese sello tan característico al anglicanismo, el de una fe que es simultáneamente católica —al menos en su liturgia y estructura— y reformada.
La liturgia como unión y el gobernador supremo
Para entender aún mejor al anglicanismo, es clave hablar del Libro de Oración Común (del cual Cranmer fue el arquitecto entre 1549 y 1552), que le da orden a la práctica de la Iglesia de Inglaterra. Empecemos por decir que, al carecer de un papado centralizado o de un magisterio sólido como el de la Iglesia católico-romana, esta institución ha empleado la liturgia como forma de unificarse, y este pequeño libro resultó ser una herramienta clave y revolucionaria para lograrlo. Lo que hizo fue simplificar la tradición de la liturgia latina y ponerle una “piel” inglesa para que el pueblo, semana a semana, adorara con un espíritu reformado.

El Libro de Oración Común estableció el principio que en el anglicanismo se expresó originalmente en latín como “lex orandi, lex credendi”, que se traduce como “la ley de la oración es la ley de la creencia”. Esto quiere decir que la teología anglicana no se encuentra esencialmente en los extensos tratados dogmáticos, sino en la forma en que la congregación ora y adora unida. La revisión del Libro de Oración Común de 1662 sigue siendo, hasta hoy, la liturgia oficial y autorizada para cualquier iglesia anglicana alrededor del mundo.
Otro de los rasgos más distintivos de la Iglesia de Inglaterra es su vinculación al rey del Reino Unido, que hoy en día es Carlos III. Desde Enrique VIII, el monarca británico de turno ostenta también el título de “gobernador supremo” de la Iglesia de Inglaterra. Esto implica que dentro del territorio inglés (no británico), la Iglesia de Inglaterra es la oficial establecida por el Estado, lo cual no aplica a las iglesias locales anglicanas alrededor del mundo.

Ahora bien, que el rey sea el líder de la Iglesia de Inglaterra no significa que el Estado la subsidie. Esta se financia es a través de las donaciones de sus fieles —el parish share o cuotas parroquiales— y, hoy en día, principalmente a través de un sistema de inversión administrado por los Church Commissioners o Comisionados de la Iglesia, que se encargan de invertir en bienes raíces, mercado de valores y tierras. Con estos recursos, la Iglesia sostiene las pensiones, los costos operativos de su sistema eclesiástico y cada parroquia local.
¿“Episcopal” o “anglicano”?
Si bien el término “anglicano” proviene de la frase latina “anglicana ecclesia” (“iglesia de los ingleses”), a medida que el Imperio británico se expandía por el mundo, cientos de nuevas comunidades de esta denominación se empezaron a establecer en las colonias. Con el tiempo, estas congregaciones extranjeras crecieron y se convirtieron en provincias eclesiásticas autónomas. Sin embargo, la transformación más decisiva llegó con la independencia de los Estados Unidos, pues las comunidades anglicanas de ese nuevo país dejaron de depender directamente de la Iglesia de Inglaterra.
Una vez que las colonias independizadas empezaron a forjar su identidad separada de la corona británica, los clérigos anglicanos tuvieron que enfrentar su primera crisis ética: no podían jurar lealtad a la Corona británica, que era un requisito esencial para consagrar a los nuevos obispos. En 1783, el obispo Samuel Seabury viajó al Reino Unido buscando ser consagrado; pero, debido a la exigencia de jurar lealtad al rey Jorge III, buscó la forma de recurrir a la Iglesia Episcopal Escocesa. Esa institución había nacido en el fragor de las disputas políticas unas décadas antes entre Escocia e Inglaterra, y se había enfrentado al mismo deseo de seguir los principios anglicanos sin tener que jurar lealtad al rey. Entonces Seabury fue consagrado como obispo, dando origen a la Iglesia Episcopal estadounidense.

Ahora bien, en los Estados Unidos, la palabra “episcopal” quedó asociada a la rama nacional de esa tradición surgida tras la independencia, mientras que “anglicano” conservó un sentido más amplio, vinculado al conjunto de iglesias que comparten ese legado histórico. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa diferencia dejó de ser solo terminológica y comenzó a adquirir un peso teológico y político mucho más marcado.
El viaje dentro del anglicanismo desde una teología sólida y anclada en las Escrituras hacia lo que vemos hoy ha tenido una evolución y un desarrollo que encuentra sus puntos decisivos a lo largo del siglo XX. Hombres como Charles McIlvaine, y más tarde J. I. Packer, defendieron una postura evangélica dentro del anglicanismo, mientras otros como John Henry Hobart y Edward Pusey trabajaron para fortalecer la identidad histórica del anglicanismo.

Al mismo tiempo, corrientes como el evangelio social y la alta crítica fueron muy promovidas dentro de esa tradición. Hombres como los británicos Benjamin Jowett y John A.T. Robinson cuestionaron la interpretación tradicional de la Biblia y buscaron alinear el cristianismo histórico con la mentalidad moderna. En Norteamérica, figuras como James Pike y John Shelby Spong llevaron todavía más lejos esa tendencia al poner en duda doctrinas clásicas como la Trinidad y al promover una fe cada vez más centrada en la ética que en el dogma.
En ese contexto, la TEC (The Episcopal Church) dejó de ser simplemente una adaptación eclesiástica al contexto estadounidense y pasó a expresar una identidad teológica y política mucho más definida. En las últimas décadas, ha adoptado posturas teológicas y sociales con un claro enfoque liberal y progresista, como la ordenación de mujeres en el ministerio, el apoyo al aborto, la elección de clérigos abiertamente homosexuales y la adopción de liturgias para celebrar el matrimonio de parejas del mismo sexo.

Todas estas decisiones provocaron un cisma dentro de la Iglesia Episcopal Americana. Los episcopales de corte más evangélico y conservador fundaron en 2009 la ACNA (Anglican Church in North America), recuperando así el nombre “anglicano”. Hoy, especialmente en los Estados Unidos, el término “episcopal” está popularmente asociado con una denominación pro LGBTIQ+, que tiene una perspectiva progresista de la cultura y la moral, y una teología liberal —sobre esto hablaré más en un momento—. En cambio, a lo “anglicano” se le relaciona con una perspectiva evangélica conservadora. Al final, esa dualidad ya amenaza con dividir al anglicanismo a nivel mundial.
No obstante, la percepción de que esta denominación es progresista se debe principalmente al protagonismo mediático e institucional de sus sectores occidentales más liberales, especialmente en los Estados Unidos y el Reino Unido. En ese contexto, Jordan Hylden, un estudiante de posgrado en Duke Divinity School y exbecario de la revista conservadora First Things lo resumió así: “Los episcopales son una cosa y los anglicanos son otra. (…) Ser episcopal significa ser miembro de una denominación estadounidense autónoma y progay (…). Ser anglicano, por el contrario, significa ser parte de una iglesia evangélica conservadora con obispos, conectada de alguna manera con África y opuesta a la homosexualidad”.

Diversidad del anglicanismo y cambio en su centro de gravedad
En el último siglo, esta denominación se ha agrupado en la Comunión Anglicana, una asociación que, en lugar de exigir a sus miembros una uniformidad doctrinal en cada detalle, optó por una amplitud tolerante en cuanto a posturas teológicas, realidades financieras y diferencias culturales. Sin embargo, esta diversidad no ha estado exenta de tensiones que han moldeado el panorama de la Iglesia anglicana actual.
Uno de los rasgos más interesantes es el prisma interno respecto a la postura histórica del quehacer eclesial. En un extremo del espectro están los anglocatólicos o High Church, una corriente impulsada especialmente en el siglo XIX por el conocido Movimiento de Oxford, liderado principalmente por figuras como John Keble o John Henry Newman, quienes buscaron revertir los grandes movimientos de secularización dentro de la Iglesia. Su enfoque se centró en recuperar y enfatizar el legado y la continuidad católica en la Iglesia de Inglaterra: buscaron elevar la importancia del misterio, los sacramentos, la antigua liturgia y la defensa del orden histórico de los obispos y sacerdotes.

En el otro extremo del espectro está una tradición más amplia y antigua que podría definirse como “evangélica” y que frecuentemente se conoce como Low Church. Esta ha impulsado un enfoque en el seguimiento de las Sagradas Escrituras, priorizando la predicación bíblica, la salvación por la fe y la evangelización. Precisamente, fue desde esta postura que anglicanos como John Wesley o George Whitefield detonaron, con muchos matices históricos, el movimiento evangélico moderno. Otros anglicanos evangélicos famosos, como John Newton o William Wilberforce, combinaron el fervor bíblico con el activismo social y político.
Debido a esa amplitud, cualquier persona podría asistir a un servicio anglicano e identificarse con una liturgia tan similar a la de una misa romana o visitar una capilla anglicana y encontrar un servicio más parecido al de una iglesia protestante contemporánea. Ambas forman parte de la misma tradición.

Hoy, la Comunión Anglicana agrupa a cerca de 85 millones de fieles en al menos 165 países. Esta expansión histórica ha provocado el cambio más dramático y disruptivo de la denominación: el desplazamiento del centro de gravedad desde el Norte Global hacia el Sur Global. Actualmente, se calcula que tres de cada cuatro anglicanos están fuera de Europa y Norteamérica. Solo Nigeria cuenta con cerca de 18 millones de fieles. Gerald McDermott, un destacado erudito anglicano y autor del libro The Future of Orthodox Anglicanism, dijo al respecto: “Hay más anglicanos en la iglesia el domingo por la mañana en Nigeria que en todas las Islas Británicas y Norteamérica combinadas”.
Otra particularidad de este nuevo perfil demográfico es que el Sur Global tiende a ser en su mayoría doctrinalmente más conservador, con un celo misionero más latente y, en general, más alineado con el movimiento evangélico histórico. Aunque vale la pena mencionar que el Sur Global anglicano no es precisamente un bloque monolítico; provincias como la Iglesia Episcopal de Brasil o sectores de la Iglesia Anglicana de Sudáfrica, por ejemplo, mantienen posturas más cercanas al ala liberal. Esto ha provocado un choque masivo entre las autoridades anglicanas británicas o estadounidenses y la gran mayoría de los fieles fuera del Norte Global, quienes ven sus principios menoscabados por lo que perciben como una élite progresista y liberal.

El avance y la resistencia al progresismo
La Iglesia Episcopal en EE. UU. y la Iglesia de Inglaterra han sido las abanderadas en promover una actualización de las interpretaciones teológicas para adaptar la fe a la cultura contemporánea. Pero esto no podría venir sin consecuencias.
En 1987, la Iglesia de Inglaterra empezó a ordenar a mujeres como diáconos; en 1994, posteriormente aprobó el nombramiento de mujeres como sacerdotes y, finalmente, en 2014, aprobó su consagración como obispos. Este proceso alcanzó su punto culminante con la elección e instalación entre 2025 y 2026 de Sarah Mullally como la 106.ª persona en ocupar el cargo de arzobispo de Canterbury. Se convirtió en la primera mujer en la historia en ocupar el puesto de máxima jerarquía de la Iglesia.

Mullally es una jefa de enfermería —la más joven en la historia del NHS (National Health Service)— que ha dedicado gran parte de su carrera a servir en el sector de salud británico. Dirigió la experiencia del paciente en la South Bank University, y estuvo vinculada con el King’s College y con otras instituciones de salud, a la par que desarrollaba su ministerio en la Iglesia de Inglaterra. Ella se ha mostrado abierta a asumir una posición inclusiva, afirmando en su sermón de instalación que la Iglesia debe confiar en que Dios hace “cosas nuevas” y que con Él “nada será imposible”. “Lo que debemos recordar es que se trata de personas, y la Iglesia busca demostrar amor a todos, porque refleja al Dios de amor, que ama a todos”, afirmó.
No obstante, para los sectores más conservadores dentro del anglicanismo, esto representa una ruptura con la tradición y una perversión del diseño bíblico en cuanto a los roles complementarios entre hombres y mujeres. Para el sector ortodoxo, el conflicto no es solo social, sino de su propia existencia: cuestionan si una mujer puede transmitir de forma válida la sucesión apostólica y si, por ende, los sacramentos administrados bajo esta nueva jerarquía conservan su eficacia y validez histórica.
Pero el asunto de la inclusión ha ido mucho más allá de la aceptación de mujeres en el ministerio; la inclusión LGBTIQ+ y el matrimonio homosexual es, quizá, un tema aún más divisivo. Desde el nombramiento de Gene Robinson, el primer obispo abiertamente homosexual por parte de la Iglesia Episcopal de EE. UU., la Iglesia de Inglaterra ha decidido mantener una postura oficial del matrimonio (es decir, entre un hombre y una mujer). No obstante, aprobó la implementación de las “Oraciones de amor y fe” para darles el poder a los clérigos locales de bendecir a parejas del mismo sexo que previamente se habían unido por lo civil.
El liderazgo episcopal estadounidense y el anglicano inglés progresista han defendido estos cambios argumentando que los textos bíblicos que hablan en contra de la práctica homosexual deben leerse en su contexto histórico y que debe primar el “fruto del Espíritu” por encima de lo moral. Sin embargo, estos pasos —que para unos parecen un camino sin retorno hacia el progresismo liberal y para otros una falta de decisión respecto a lo inevitable— han dejado una insatisfacción generalizada.

Ahora bien, en junio de 2008, más de 1100 delegados anglicanos no viajaron a Lambeth, Inglaterra, para la reunión oficial convocada por el entonces arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, que se celebra cada diez años. En lugar de eso, estos ministros anglicanos provenientes de lugares tan lejanos al Reino Unido como Nigeria, Uganda y Kenia fueron, con todo y sus camisas clericales, a Jerusalén. Estaban allí para sentar su voz de protesta, afirmando su lealtad a la Biblia y no a la sede histórica de su denominación, a la que consideraban “moralmente a la deriva”. Ese día firmaron la Declaración de Jerusalén, dando origen a la Conferencia Global sobre el Futuro Anglicano (GAFCON, por sus siglas en inglés).
Para los líderes anglicanos de África y Asia, el intento del Norte de cambiar las doctrinas históricas sobre matrimonio y sexualidad no se trata solo de una desviación herética, sino de un acto de “imperialismo cultural” y “neocolonialismo”. El ex Arzobispo y Primado de la Iglesia Anglicana de Nigeria lo dijo así: “No necesitamos pasar por Canterbury para llegar a Jesús”. Muchos argumentan que, valiéndose de su poder financiero, ese liderazgo busca imponer agendas seculares y progresistas a iglesias tradicionales, traicionando el Evangelio bíblico que los misioneros británicos llevaron en siglos anteriores.

Desde entonces, el conflicto entre los anglicanos no ha hecho más que intensificarse, y tal parece que el nombramiento de Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury ha iniciado un proceso de rompimiento definitivo de los vínculos institucionales y financieros entre los dos bandos. Todo apunta a la formación de dos denominaciones totalmente distintas. Incluso, los líderes anglicanos de GAFCON se han mostrado abiertos a rechazar cualquier sumisión a las autoridades inglesas, buscando un modelo de gobierno más democrático, donde la única base innegociable de la comunión sea la obediencia a la autoridad de las Sagradas Escrituras.
¿Un adiós definitivo?
El anglicanismo es la tercera denominación cristiana más grande del mundo. Hoy está atravesando una crisis que podría ser, fácilmente, la más profunda y dolorosa de su historia. Lo que durante años fue visto como simples diferencias ideológicas o interpretativas, hoy se está materializando en una ruptura y separación institucional.
El catalizador fue el nombramiento de Sarah Mullally, quien claramente defiende posturas progresistas como la bendición a parejas LGBTIQ+ y el derecho al aborto. Mientras que los sectores progresistas celebraron su nueva posición como un triunfo de la inclusión y la modernidad, para los conservadores se trató de un punto de no retorno que evidencia que el liderazgo anglicano ha claudicado sin remedio ante las presiones de la cultura secular y ha abandonado el Evangelio.
En el manifiesto del Día de los Mártires del 16 de octubre de 2025, los Líderes y Primados de GAFCON afirmaron: “Ya no somos una comunión dentro de la Comunión Anglicana, porque como aquellos que mantienen la doctrina anglicana histórica, nosotros somos la Comunión Anglicana”. Esta afirmación ejemplifica un desafío directo a los cuatro “Instrumentos de Comunión” históricos —el Arzobispo de Canterbury, la Conferencia de Lambeth, el Consejo Consultivo y la Reunión de Primados—, dejando de lado la validez que estas instituciones han tenido durante siglos para definir la identidad anglicana Desde su punto de vista, el anglicanismo ha abandonado la doctrina histórica.
Este tipo de separaciones terminan siendo muy dolorosas para los creyentes de las iglesias locales. En los Estados Unidos, por ejemplo, se desencadenó una cruel guerra jurídica entre la jerarquía liberal episcopal y los disidentes conservadores, principalmente por el control de los bienes raíces y los templos históricos. Esto ha provocado victorias y derrotas legales de parte y parte, obligando a miles de congregantes a abandonar los edificios en los que se reunían domingo a domingo para adorar.
El escenario actual del anglicanismo es el de una casa dividida. Por un lado, las iglesias del Norte Global continúan abriendo sus brazos al progresismo en un intento, seguramente infructuoso, de frenar su declive en la asistencia. Por otro lado, una mayoría global, con una teología vibrante y en crecimiento, ha decidido —por fidelidad a la doctrina histórica y especialmente a las Escrituras— decirle adiós de forma definitiva a las estructuras históricas inglesas.
Para contrarrestar el pesimismo de Occidente, el arzobispo Eliud Wabukala de Kenia declaró que la crisis actual es en realidad una victoria para los conservadores: “El ‘experimento anglicano’ no está terminando en un fracaso, sino que está al borde de un futuro nuevo y verdaderamente global en el que la visión original de los reformadores puede realizarse como nunca antes”.
Referencias y bibliografía
Anglican Communion | Britannica
History of Anglicanism | The Anglican Communion Office
The Global Anglican Communion: From Canterbury to Jerusalem | Anglican Compass
The Anti-Colonial, Conservative Revolution in the Anglican Communion | Religion and Global Society
The Anglican Communion Is Coming Apart | Christianity Today
Anglican, or Episcopalian? | First Things
“We Won”: Gay Triumphalism in the Anglican Communion, Part One | Earth and Altar
Conservative Anglicans Nix Plan to Elect Rival to Archbishop of Canterbury | Christianity Today
To Whom Shall We Go? Global South Anglicans Reject Canterbury’s Leadership | Christianity Today
Evangelicals Fear LGBT Blessings Proposal Would Split the Church of England | Christianity Today
Anglican Property Wins Don’t Put an End to Legal Disputes | Christianity Today
Not a New Communion: Anglican Reformers Are Always Called Schismatic | The Gospel Coalition
New Archbishop of Canterbury Further Fractures a Fragile Anglican Communion | The Gospel Coalition
Archbishop Sarah’s Installation Sermon | Archbishop of Canterbury
The Church of England Finances | Save the Parish
A response to ‘The Church of England’s Doctrine of Marriage’, +Fulham et al | Anglicanism.org
Synod signals support for ‘Anglican way forward’ on same-sex relationships | The Church of England
