Nota del editor: Para efectos de este artículo, la autora ha entrevistado a ocho mujeres cuyos nombres han sido modificados para proteger sus identidades.
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La conocida frase “los hombres ven pornografía y las mujeres la leen” suele utilizarse para describir una tendencia cultural: mientras ellos serían atraídos con mayor frecuencia por estímulos visuales directos, ellas se inclinarían más hacia narrativas donde el deseo aparece unido al romance, la fantasía y la intensidad emocional. Durante mucho tiempo, esa asociación se vinculó especialmente con ciertos libros de romance o erotismo; hoy, sin embargo, ya no se reduce solo al mundo impreso. El fenómeno se ha extendido a audiolibros, series, películas y plataformas digitales, hasta configurar un género más amplio que podríamos llamar erotismo romántico.
“Lo que más me atrae de este tipo de contenido es la historia de un amor encontrado. De cómo, por diferentes vías, un hombre y una mujer se llegan a conocer y querer, persiguiendo el amor romántico y los sentimientos en ellos. También me gusta ver al hombre ‘soñado’ allí reflejado”.
– Carolina, ama de casa y esposa. Tiene 48 años.
Fue en 2020, cuando gran parte del mundo se encontraba recluido en casa debido a la pandemia del COVID-19, que el contenido romántico experimentó un notable auge. Para muchas personas se convirtió en una vía de escape emocional frente al aislamiento y la incertidumbre. Así lo señaló la periodista Alexandra Alter, en un análisis publicado por The New York Times en 2024: “La locura romántica actual se remonta a los primeros días de la pandemia, cuando millones de personas estaban atrapadas en casa, aburridas y ansiosas, y redescubrieron su amor por la lectura”.
Ese mismo año, Netflix estrenó Bridgerton, una producción que acaparó mayoritariamente al público femenino y se convirtió en una de sus favoritas. ¿Cómo lo consiguió? La serie combina varios elementos atractivos desde el punto de vista estético y narrativo. Está ambientada en el Londres de la Regencia (siglo XIX), entre bailes, matrimonios arreglados y códigos sociales propios de la alta sociedad aristocrática; pero contiene una fuerte carga de idealización visual reflejada en colores pasteles, jardines impecables y bailes de gala con versiones orquestales de música contemporánea.

Sin embargo, lo que realmente se ganó la atención de esta historia fue la trama. Cada capítulo contiene un alto grado de erotismo hiperidealizado: miradas prolongadas, declaraciones intensas y deseo contenido. Aunque Bridgerton no puede ser clasificada como “pornografía”, contiene muchas escenas de intimidad sexual y desnudez parcial, que de hecho son el clímax de cada temporada. Los hombres de la familia Bridgerton son presentados como galanes inalcanzables y atrevidos dispuestos a cualquier cosa con tal de ganar el amor de la mujer de turno. Ella aparece como su objeto de deseo, tal y como se ilustra en una de las frases que dedica Anthony Bridgerton a Kate Sharma, en la segunda temporada:
Jamás conocí a alguien como usted, me enloquece lo mucho que usted me consume. (…) Y aun así en lo único que puedo pensar y por lo que puedo respirar es usted. ¿Cree que quiero estar así? ¿Conteniendo mis pensamientos de que sólo deseo estar con usted, huir con usted y desear ceder a mis más impuros deseos por mucho que tenga que recordarme a mí mismo que soy un caballero y usted una dama? Ese olor sigue conmigo grabado en mi mente desde aquella noche del baile en aquella terraza.
Este tipo de contenido goza de una aceptación social que la pornografía no suele tener. Sin embargo, en las mujeres tiene efectos similares: estimula la imaginación, genera gratificación emocional inmediata, produce una desconexión entre la realidad y la fantasía, y con el tiempo puede fomentar patrones de dependencia y consumo excesivo.
La normalización del erotismo
“Cuando veo series y películas románticas, primero es solo disfrute y relajación, pero luego se puede convertir en un diálogo conmigo misma en el que me cuestiono mi experiencia romántica con mi esposo”.
– Lucía, una mujer casada de 31 años.
En su libro Ama tu cuerpo, Nancy Pearcey escribió con razón que “las cosmovisiones más poderosas son las que absorbemos sin darnos cuenta”. La frase es una potente advertencia acerca de lo que consumimos y de cómo las ideas que permean nuestro sistema de valores son apenas perceptibles. Esto no solo es cierto en la teoría, también lo es en la vida práctica. El hecho de que muchas mujeres rechacen la pornografía explícita por considerarla incompatible con sus valores, pero consuman altas dosis de erotismo romántico a diario, es un ejemplo de ello.

Mientras que ver pornografía explícita suele mantenerse en el ámbito privado debido al rechazo moral y social que provoca, muchas producciones catalogadas como “románticas” gozan de amplia aceptación pública, incluso aunque contengan una fuerte carga erótica. Un ejemplo reciente es la película Cumbres borrascosas, cuya promoción ha enfatizado los aspectos románticos, pese a que casi toda la trama gira en torno a la exploración sexual, como se evidencia tanto en el tráiler como en numerosos comentarios de espectadores.
La perspectiva de muchas mujeres sobre el amor y las relaciones fue influenciada en su adolescencia por películas como Diario de una pasión (The Notebook en inglés). Otras admiran la intensa relación entre Jamie y Claire en Outlander y un fenómeno similar se observa con los K-dramas. De acuerdo con Netflix, durante 2022, se registró que el 90% de los consumidores de ese contenido provenía de fuera de Corea del Sur, y aunque la mayoría de dramas coreanos no contienen erotismo explícito, sí están cargados de romance altamente idealizado; cada capítulo puede dejar una mezcla de ilusión e insatisfacción en algunas espectadoras.
Diversos estudios sugieren que el consumo de erotismo romántico se da principalmente entre mujeres. Por ejemplo, según datos recopilados por la organización Romance Writers of America, aproximadamente el 82% del público lector de novelas eróticas es femenino, lo que sugiere que no se trata de casos aislados, sino de un fenómeno masivo, que comprende estudiantes, profesionales, solteras, amas de casa y adolescentes. Las mujeres cristianas no son la excepción. En el podcastThe Bulletin de Christianity Today, la teóloga y autora Phylicia Masonheimer compartió su lucha de años con la adicción a la literatura erótica siendo creyente:
Sabía que esto estaba afectando a mi forma de ver a los hombres. Estaba afectando mi vida sentimental, porque los hombres de estos libros suelen ser muy agresivos, muy dominantes, un poco patriarcales; y esto se presenta como fuerza y virilidad. Me atraían los hombres emocionalmente inaccesibles, que evitaban el apego, que traspasaban los límites sexuales, y yo pensaba que eso era atractivo porque era lo que había consumido durante años.

El caso de Phylicia deja ver que, incluso en medio del caminar cristiano, la exposición a este género puede convertirse en una adicción. El primer acercamiento suele darse de manera casi inocente, por medio de un libro que se recibe como regalo de cumpleaños o una película en línea un viernes por la noche. Sin embargo, ya que este tipo de historias busca generar la activación del deseo, con el tiempo algunas mujeres pueden consumir erotismo romántico ya no como hobbie, sino como necesidad.
“Con el tiempo, he sentido la necesidad de seguir viendo contenidos más explícitos de esas historias románticas”.
– Victoria, 27 años, estudiante y esposa.
Ahora bien, aunque a menudo se piense que este hábito solo cae en el terreno de las fantasías, no de la realidad, ¿cómo podríamos discernirlo bíblicamente hablando? El Señor Jesús dijo que mirar a otro con deseo y codiciarlo constituye, de acuerdo a la ética del reino de los cielos, pecado de adulterio, aunque solo lo haya hecho en el corazón. Pearcey refuerza esta idea al escribir en su libro Love thy body (Ama tu cuerpo) sobre los peligros de minimizar los efectos de las fantasías: se podría pensar que esta práctica es inofensiva porque solo se vive a nivel de la mente, pero, en realidad, así como la mente está siendo formada, el cuerpo también. Involucra a la persona de manera total. Todo aquello a lo que exponemos nuestros sentidos tiene un efecto en la totalidad de lo que somos.
Diferencias entre el consumo masculino y femenino
Identificar el erotismo romántico como pornográfico no es tarea fácil, ya que la narrativa y la estética suelen embellecer los elementos sexuales, haciéndolos parecer inofensivos. ¿Se debería clasificar Cincuenta sombras de Grey como pornografía? Al menos socialmente no se ha llegado a un veredicto respecto a ese debate. Se alega que todo depende de las definiciones personales que se tengan sobre “erotismo” o “pornografía”, y la producción fue presentada como “ficción erótica” o “romance erótico”. Sin embargo, con esto se desconoce que este tipo de narrativas producen efectos similares a los de la pornografía convencional: ambos moldean el deseo, alimentan la fantasía y distorsionan la forma en que se perciben las relaciones y la intimidad.
“En algunos casos, ver historias románticas puede servir como algo reconfortante o incluso ayudar emocionalmente, pero en otros puede intensificar la sensación de vacío, soledad o desconexión con la realidad”.
– Carla, 15 años, estudiante soltera.

Lo primero que se debe tener en cuenta es que tanto hombres como mujeres persiguen, en alguna medida, los mismos objetivos cuando se exponen a este contenido: escapar de la realidad, aliviar el estrés, llenar vacíos o la sensación de soledad. No obstante, la diferencia radica en el medio. Mientras que el hombre tiende a enfocarse en lo físico, la mujer se inclina hacia la fantasía relacional y la idealización del vínculo. De igual modo, mientras que en el público masculino el consumo de pornografía suele producir una gratificación rápida, el erotismo romántico causa un enganche más progresivo en la mujer a través de la tensión emocional y la necesidad constante de saber qué ocurre después en la historia.
La dependencia de Carla, quien llegó a desarrollar una fuerte adicción al erotismo, comenzó de manera sutil, como suele ocurrir con quienes consumen pornografía. Inició con la exposición ocasional, siguió una normalización progresiva y, finalmente, se generó en ella una necesidad creciente de ver ese tipo de contenidos con mayor frecuencia e intensidad. Seguramente esto se debe a que las mujeres no suelen buscar solo la estimulación sexual, sino principalmente conexión e intimidad,. Como escribió sabiamente Elisabeth Elliot en Pureza y Pasión: “En la historia de la mujer siempre existe el antiguo anhelo: ‘y su deseo será para su marido’. La inextinguible esperanza de reconocimiento, atención, protección”.
El elemento anticipatorio juega un papel esencial en la adicción. En un artículo publicado en 2023 por La Tercera, se retoman las ideas de la psiquiatra Anna Lembke sobre la dopamina y la adicción:
El romance puede operar como cualquier otro estímulo adictivo ya que, para muchas mujeres, este tipo de contenidos activan el funcionamiento del sistema de recompensa del cerebro, generan una respuesta gratificante y, con ello, viene el cobro de un precio que debemos pagar a nosotros mismos por la dopamina que disfrutamos al leer esos “y vivieron felices para siempre”.

A medida que la adicción avanza, la realidad va perdiendo atractivo frente a estas historias con narrativas idealizadas. Este desplazamiento no es inocente, pues tiene un efecto negativo sobre las relaciones. La antropóloga biológica Helen Fisher, junto a otros tres especialistas, estudiaron los efectos del amor romántico en hombres y mujeres, descubriendo que este activa procesos similares a las adicciones. En el artículo de la revista científica Frontiers in Psychology, Fisher y su equipo de trabajo concluyeron que el amor romántico intenso comparte mecanismos neuronales con adicciones, como por ejemplo las drogas o el juego.
Las relaciones personales también son afectadas. La vida afectiva puede comenzar a medirse bajo estándares irreales, comparando a la pareja actual con personajes ficticios. El resultado suele ser falta de contentamiento, insatisfacción o incluso un desprecio por las relaciones reales. Lo que consumimos en lo privado termina formando lo que deseamos en público.
“Aunque es muy sutil porque comienza siendo un contenido que es muy entretenido para pasar el rato, luego de verlo tienes esa sensación de querer vivir algo parecido”.
– Marta, 27 años, esposa cristiana.
Siento, luego existo: raíces culturales del problema
La predilección femenina por el erotismo romántico no comenzó en nuestra cultura contemporánea. En gran medida es el resultado de una herencia intelectual que, a lo largo de los siglos, ha ido moldeando la manera en que se entienden tanto el amor como el deseo, y los ha situado en el terreno de la emoción y la expresión individual.
Durante siglos, el amor estuvo vinculado al compromiso, al deber y al orden moral. Sin embargo, esta concepción comenzó a cambiar con el Romanticismo, movimiento cultural que surgió a finales del siglo XVIII. Su papel fue decisivo en el cambio de paradigma, pues reconfiguró el amor como una experiencia intensamente emocional y esencial para la identidad humana. Esto se vio reflejado en la música, las representaciones escenográficas, los libros y el arte en general.

Tal cambio no puede entenderse sin la influencia de Jean Jacques Rousseau. Aunque él no desarrolló el género erótico romántico tal como se conoce hoy, sí influyó de manera indirecta en la creencia de que, en su estado natural, el ser humano es esencialmente bueno y que es la sociedad quien lo corrompe. La consecuencia lógica de esta antropología fue empezar a mirar con sospecha las normas morales externas, mientras que al mismo tiempo se ensalzaba la expresión del sentimiento.
En este sentido, el erotismo emocional aparece siempre como “natural”, es decir, como una expresión intrínseca del ser humano que no necesita ser cuestionada, sino simplemente vivida. Según esta cosmovisión, el amor es una fuerza que absorbe a todo el individuo, desplazando progresivamente el dominio propio, como bien se refleja en Julia, o la nueva Heloisa, una de las obras más icónicas de Rousseau: “Amigo mío: bien veo que cada día estoy más prendada de Vuestra merced, no puedo ni un instante vivir separada de Vuestra merced, la más corta ausencia se me hace insufrible, y es preciso que le vea o le escriba para ocuparme en Vuestra merced sin cesar”.
“Creo que estas historias enganchan porque conectan con la necesidad de sentirnos amadas, comprendidas, exclusivas, valoradas. Y eso es algo que en la realidad no es fácil de encontrar”.
– Fernanda, 37 años, trabajadora, soltera.
También fue relevante la influencia de Sigmund Freud, quien desarrolló la teoría de que la sexualidad debe ocupar un lugar central en la vida humana. En sus escritos contribuyó a la idea de que la felicidad del ser humano, depende de alcanzar la gratificación en ese aspecto. Según él, la liberación sexual es el camino para el bienestar mental y la represión del deseo puede resultar problemática para el individuo. Freud consideraba que: “la moderación sexual es necesaria para la civilización, pero enseñó que para el individuo es dañina y perjudicial, y que conduce a la neurosis”.

El resultado de este cambio no fue solo filosófico, sino profundamente práctico: si la sexualidad se percibe como un impulso biológico, entonces la expresión del deseo se desvincula de la moralidad y comienza a entenderse como una necesidad que debe satisfacerse. En este marco, el otro deja de ser visto como una persona en su totalidad, y se convierte en un bien de consumo. Esto se evidencia precisamente en las narrativas erótico-románticas, donde la relación se construye en torno a la intensidad del deseo.
Las ideas de Rousseau y Freud, aunque separadas por siglos, contribuyeron a un cambio cultural que otorgó al sentimiento y a la sexualidad una autoridad que antes no tenían, no solo como experiencias, sino como referencias morales. Pero cabe preguntarse, ¿es realmente la sociedad la que corrompe al ser humano? Podemos sentirnos tentados a pensar que sí, especialmente al observar que la cultura contemporánea está cada vez más obsesionada con el sexo. Sin embargo, asumir esta idea es otorgarle a la cultura propiedades que no tiene.
Rousseau intentó proteger al ser humano de la influencia de la cultura al considerarla una fuerza corruptora, pero pasó por alto un elemento fundamental: la cultura no es una entidad autónoma, sino una creación humana. El ser humano no es un ente pasivo frente a la cultura, antes es responsable de producirla, transmitirla y transformarla.
Pero en nuestros días, el atiborro de erotismo está produciendo el efecto contrario al trivializar la sexualidad y despojarla de su propósito y significado reales. De hecho, la generación Z considera la mayoría de escenas sexuales en series y películas sin sentido, pues no aportan mucho a la trama, y el 44% de los encuestados afirma que el romance está sobre explotado.
“Hace años supe que a mí me eran ocasión de resentimiento e ingratitud. Cuando las veo, despiertan o intensifican el deseo por buscar este amor y el sentimiento de que estamos incompletos sin esto”.
– Vanessa, 31 años, cristiana y soltera.

Redimir la cultura, no solo rechazarla.
“Estas historias me hacen sentir esperanzada en que todo tiene una solución”
– Sofía, 22 años, estudiante universitaria.
En Huyendo de la razón, Francis Schaeffer señaló que la producción cultural de una época actúa como termómetro de la moralidad de una sociedad. Por su parte, R. C. Sproul enseñó que el arte, para que sea arte, debe contener tres elementos: verdad, belleza y bondad. Esta triada, profundamente arraigada en la tradición filosófica y cristiana, nos sirve como una guía para evaluar el contenido que consumimos. Aunque hallar destellos de gracia común en el entretenimiento puede ser un reto en medio del caos cultural de hoy, todavía es posible. Con todo, aunque el ser humano ha rechazado a Dios, sigue siendo capaz de manifestar aspectos de Su carácter en lo que crea: “Un no cristiano puede todavía pintar la belleza. Y es porque todavía puede realizar todas estas cosas que los hombres ponen de manifiesto que han sido creados a la imagen de Dios y son portadores de la misma”.
Estos destellos de gracia común se encuentran en obras como Orgullo y prejuicio, Mujercitas, Anne with an E o La La Land, que, aunque contienen romance, exaltan la virtud, el crecimiento personal y la prudencia. Producciones con contenido cristiano, como la película Amor redentor o el libro Pureza y pasión, son también una brújula de qué deberíamos esperar encontrar en una obra catalogada como romántica: amor sacrificial, bondad y compromiso.

Por eso, con este artículo no pretendemos generar una renuncia al romance, sino invitar a que ejerzamos discernimiento sobre aquello a lo que prestamos nuestros ojos. Cada persona debe evaluar con honestidad si aquello a lo que se expone le edifica o alimenta sus pasiones desordenadas. Elliot advirtió sobre el Enemigo de las almas, como ella lo llamaba: “una cosa que no puede soportar es el deseo de la pureza. Por lo tanto, las pasiones de un hombre o de una mujer llegan a ser su campo de batalla”.
Consideremos además que el romance en sí mismo es una expresión del diseño de Dios. Las Escrituras contienen historias de amor marcadas por la dignidad, la exclusividad y la lealtad dentro del pacto. Historias como la de Rut y Booz o Isaac y Rebeca muestran relaciones donde el amor no se basa en la atracción, sino en el carácter. Incluso, Cantar de los Cantares celebra el deseo, pero lo hace dentro de un marco ordenado y santo. Sin embargo, el relato más grande de amor es Cristo mismo. En Efesios 5, el amor es definido no por la intensidad de la emoción sino por la profundidad del sacrificio. Jesús dando la vida por su Iglesia es el modelo supremo de amor.
La gran metanarrativa de la historia de la humanidad revela, aunque llena de mucho pecado, el anhelo del ser humano: ser rescatado, ser elegido, pertenecer. Pero este anhelo no se satisface en las historias ficticias e idealizadas, sino en Cristo mismo. El amor bíblico es una decisión consciente que obedece a la voluntad y no a los sentimientos. Detrás del corazón humano que se aferra a historias románticas se esconde el anhelo de ser visto y conocido tal como se es, sin ficción.

Finalmente, como mujeres, no estamos llamadas a apagar nuestro deseo, sino a redirigirlo a través del discipulado. Cuando el romance se convierte en ídolo, decepciona; promete plenitud, pero no puede soportar el peso de su promesa. Cuando Dios es sustituido como fuente de deleite, incluso lo que fue creado para bendecir, termina convirtiéndose en esclavitud. El cristianismo en cambio, no empobrece el romance ni lo caricaturiza, sino que lo rescata de la ilusión y lo devuelve a una realidad redimida, donde sí puede florecer. Lo sitúa en su lugar correcto, como un reflejo, no en el centro de una realidad mayor. El romance es la prefiguración de algo más grande. Es el anticipo de una historia mucho mejor que, lejos de ser ficticia, es el relato de amor más real con el que toda mujer sueña.
Referencias y bibliografía
A Romance Bookstore Boom | The New York Times
Love Thy Body: Answering Hard Questions about Life and Sexuality (2018) de Nancy R. Pearcey. Baker Books, Grand Rapids.
Pureza y Pasión (1984) de Elisabeth Elliot. Weston: Editorial Nivel Uno.
Adictas al romance | La Tercera
Gen Z Teens Want Less Sex on Screen, According to New UCLA Study | Variety
Huyendo de la razón de Francis Schaeffer. Barcelona: Ediciones Evangélicas Europeas.
Recovering the Beauty of the Arts de R. C. Sproul | Ligonier Ministries
