Lecciones de un legado: cómo la muerte de George Wishart transformó a John Knox

El principal líder de la Reforma protestante en Escocia siguió de cerca y defendió al reformador George Wishart. Pero pronto la persecución, promovida por la corrupción clerical, puso fin a aquella primera escuela en la que Knox fue formado y le entregó un gran legado.

Imagen: BITE (basado en un grabado de John Knox publicado en Diana Leagh Matthews)

Nota del editor: Este artículo está basado exclusivamente en el libro La poderosa debilidad de John Knox, que fue escrito por Douglas Bond, y es publicado y distribuido por la editorial Poiema. En la obra, los lectores encontrarán una biografía completa del reformador escocés.

La imagen que la historia ha grabado de John Knox es la de un león: un hombre de voz estruendosa, capaz de hacer temblar los cimientos de la monarquía escocesa con un solo sermón. Sin embargo, no hubo nada en sus orígenes que presagiara semejante destino. Las ironías comenzaron de inmediato para él, pues aunque Escocia no conoció figura más grande en su Reforma, Knox nació probablemente en una familia sencilla de clase trabajadora. Su ascenso no fue el de un hombre ambicioso, sino el de alguien que fue transformado por la observación de la fidelidad de alguien más.

Portada de “La poderosa debilidad de John Knox”, de Douglas Bond. / Foto: Poiema Publicaciones

En su libro La poderosa debilidad de John Knox, el autor Douglas Bond nos sumerge en los años silenciosos del reformador. Allí nos revela que, en lugar de un púlpito, la primera aparición de Knox en los registros históricos lo sitúa en una posición mucho más humilde y peligrosa. Así lo describe en el primer capítulo de su obra: “Los años siguientes son silenciosos, de los cuales emerge portando una espada ancha de dos puños como guardaespaldas del intrépido predicador George Wishart”, uno de los primeros mártires protestantes condenados a muerte por herejía.

Este fue su verdadero seminario. Su llamado no nació de una ambición personal, sino de una convicción interna que apenas comenzaba a gestarse mientras observaba cómo la verdad del Evangelio se abría paso entre la corrupción de su época. Knox no se formó entre los lujos de una academia; su preparación se dio al lado de un mentor cuya vida estaba constantemente en riesgo por custodiar la verdad que un día el mismo Knox terminaría proclamando.

Luz en medio de la corrupción del clero escocés

Para comprender el peligro que rodeaba este “seminario” de John Knox, es necesario asomarse al entorno que Bond describe en su obra. La Escocia del siglo XVI no era un lugar para hombres tibios:

El mundo de Knox era turbulento. Quizá no había lugar en la Europa del siglo XVI más necesitado de reforma que Escocia. Iain Murray la ha descrito como “un reino brutal y atrasado, dominado por clérigos codiciosos y engreídos, así como por un poder civil corrupto”. Sin embargo, Dios estaba obrando providencialmente en ese mundo. Los lolardos de John Wycliffe habían proclamado el Evangelio de Cristo en Escocia desde fines del siglo XIV, y más recientemente, el hijo joven y celoso de un noble, Patrick Hamilton, había predicado a Cristo, por lo que había sido arrestado, juzgado y sometido a una espantosa hoguera de seis horas frente al San Salvator’s College en 1528.

Martirio de Patrick Hamilton. / Foto: Dominio público

En este ambiente de opresión, la fe era una resistencia que se filtraba de formas imparables a pesar de la vigilancia oficial:

La enseñanza de Martín Lutero sobre la justificación solo por la fe se estaba abriendo camino en Escocia a través de sus libros y panfletos. Contrabandistas devotos estaban introduciendo biblias inglesas en Escocia a carretadas, y la sola Scriptura y el Evangelio reformado estaban penetrando en las universidades corruptas del reino. Mientras tanto, los campesinos cantaban baladas populares que exponían los abusos del clero y celebraban la verdad del Evangelio.

Bond dice que “los clérigos medievales no estaban muy contentos con lo que sucedía”. Y justamente fue en ese contexto que emergió la figura de George Wishart, como un predicador y futuro mártir que, dicho sea de paso, conocía desde antes su destino. En todo caso, su camino hacia la muerte lo labró —humanamente hablando— un acérrimo enemigo del Evangelio:

Pocos “clérigos hinchados” eran más corruptos que el cardenal David Beaton de St. Andrews. Beaton era un tirano e inquisidor, pomposo y despiadado, con sus guardias y sus damas y sus siete hijos bastardos. Decidido a acabar con la marea creciente de la Reforma, Beaton influyó en la aprobación de una brutal ley parlamentaria contra las “opiniones condenables contrarias a la fe y las leyes de la Santa Iglesia”. Para dar fuerza a la nueva política, el 26 de enero de 1544, Beaton ordenó que se ahorcara a cuatro hombres por violar la Cuaresma y negarse a orar a los santos. No satisfecho, arrestó a la esposa de uno de los hombres, una madre joven, por el “delito” de orar en nombre de Cristo en lugar de María durante sus dolores de parto. Los matones de Beaton se apoderaron del bebé recién nacido y condenaron a la madre a morir ahogada en público.

David Beaton / Imagen: Dominio público

Pero, a pesar de la tiranía de Beaton, la influencia de Wishart sobre la juventud escocesa, incluido Knox, era ya imparable:

Mientras tanto, Wishart iba por todas partes, predicando por las Tierras Bajas de Escocia. Hombres jóvenes como Knox comenzaron a reunirse a su alrededor, cautivados por su mensaje evangélico. Los nobles de Kyle, Cunningham y Ayrshire dieron la bienvenida al intrépido predicador (…). A pesar de las represiones de Beaton, en Ayrshire, desde los granjeros de los páramos hasta el conde en su fortaleza, bebieron del mensaje de perdón y gracia en Cristo que este hombre predicaba. Wishart también logró ser escuchado por los Campbell en el castillo de Loudoun, al otro lado del río Irvine, cuyos condes habían abrazado durante varias generaciones el cristianismo lolardo y más tarde defenderían la causa Pactual.

Es importante notar que la labor de Wishart encontraba refugio en tierras que ya habían sido aradas por movimientos previos. El “cristianismo lolardo” al que se refiere el autor era una corriente de disidencia bíblica, influida por John Wycliffe, que cuestionaba los abusos de la Iglesia medieval y ayudó a preparar el terreno espiritual para reformadores posteriores. No era todavía la Reforma formal del siglo XVI, pero su presencia significaba que ya existía un ambiente receptivo a la renovación bíblica y a la crítica al sistema eclesiástico. 

En todo caso, es en ese contexto de asedio constante donde vemos de forma más concreta a un Knox en formación. Estaba lejos de cualquier púlpito, pero era la sombra de su mentor y le servía como escudo físico:

Había espías por todas partes; se hablaba de intentos de asesinato. Pero Wishart continuó predicando. Fue durante este tiempo que Juan Knox se convirtió en el compañero de viaje constante de Wishart, sirviéndole no como clérigo —aunque probablemente ya había sido ordenado como sacerdote—, sino como guardaespaldas. Knox lo seguía a todas partes, llevando la espada de dos puños que usaría para defender a Wishart de cualquier ataque.

John Knox / Foto: Dominio público

“Uno es suficiente para un sacrificio”

Lastimosamente, la culminación del discipulado de Knox no ocurrió en un momento de gloria, sino en un acto de obediencia dolorosa bajo la angustia que genera la persecución. Bond relata lo siguiente:

Enfurecido por la creciente popularidad de Wishart, Beaton envió frailes espías para infiltrarse en las congregaciones que se reunían para escuchar a este predicador. Para dar legitimidad a sus planes, Beaton difundió rumores de que Wishart estaba tramando un intento de asesinato contra el cardenal.

Al caer la noche del 16 de enero de 1546, Wishart le mostró a Knox, uno de sus celosos protectores, una carta que había recibido ese mismo día de algunos de los nobles de Ayrshire. El nudo se estaba apretando y, temerosos de Beaton, habían decidido no arriesgarse a otra reunión pública para escuchar la predicación de Wishart.

Si bien aquello les generó desconcierto y Wishart no pudo disimular su angustia, no fue un hecho sorpresivo. El mentor de Knox constantemente se había referido a “la brevedad del tiempo que tendría para trabajar, y su muerte, cuyo día, según decía, se acercaba más de lo que cualquiera podría creer”. Wishart sabía lo que ocurriría y prefirió proteger a quien, quizás sin saberlo, continuaría su legado:

Wishart ordenó a Knox que entregara la espada ancha que portaba en defensa del predicador, “mantuvo una conversación agradable sobre la muerte de los hijos elegidos de Dios”, dirigió a sus seguidores en el canto del Salmo 51, expresó su deseo de que “Dios les conceda un descanso tranquilo” y luego despidió a los jóvenes. Cuando Knox protestó, Wishart dijo: “No, regresen con sus niños y que Dios los bendiga. Uno es suficiente para un sacrificio”.

George Wishart / Imagen: James Aitken Wylie

La fidelidad de Knox fue puesta a prueba no en la resistencia física, sino en la sumisión al mandato de su mentor. Mientras Knox regresaba a su lugar de servicio, el destino de Wishart se cumplía según el relato de Bond: “Cerca de la medianoche, Wishart fue arrestado por el agente de Beaton, el conde de Bothwell. Fue arrojado al calabozo en el castillo de St. Andrews, luego juzgado, declarado culpable y condenado a muerte en la hoguera”. Mientras su mentor caminaba hacia el martirio, Knox fue enviado a la oscuridad del anonimato, marcado para una tarea que aún no alcanzaba a comprender, pero que requería la misma valentía que la de aquel que iba a morir.

El desenlace de la vida de Wishart fue orquestado con frialdad. El Cardenal Beaton se aseguró de que no hubiera intentos de rescate:

Preocupado de que sus partidarios pudieran intentar rescatar a Wishart en la hoguera, Beaton ordenó a soldados armados que rodearan la escena y, desde las almenas del castillo, apuntaron los cañones contra la multitud. Beaton se puso cómodo y observó el espectáculo desde “las ventanas del castillo, adornadas con ricos tapices y cojines de terciopelo”.

En medio de este despliegue de fuerza, la voz de Wishart se alzó con una claridad que desafiaba el terror de las llamas:

“Por esta razón me enviaron”, dijo Wishart mientras el verdugo lo encadenaba a la estaca, “para que sufriera este fuego por amor a Cristo. No temo a este fuego. Y oro para que ustedes no teman a los que matan el cuerpo, pero no tienen poder para matar el alma”.

Xilograbado que retrata el martirio de George Wishart. / Imagen: Dominio público

La escena alcanzó su punto más alto de dignidad cristiana cuando el mentor de Knox, ante su inminente muerte, decide extender la gracia a quien iba a ejecutarlo: “Wishart se volvió y besó al verdugo, diciendo: ‘Mira, aquí tienes una señal de que te perdono. Cumple con tu oficio’”. Wishart murió profetizando la inminente caída del cardenal que contemplaba con satisfacción las llamas. Era el 1 de marzo de 1546”.

Un hombre marcado

Knox había seguido las instrucciones de su mentor: estaba impartiéndoles clases particulares a algunos niños en la ciudad de Longniddry. Por lo tanto, no estuvo en St. Andrews para presenciar la quema de Wishart dos meses y medio después de su arresto, pero la noticia del trágico suceso se extendió rápidamente, incitando a muchos en toda Escocia a “condenar y detestar la crueldad que se utilizó”, dice Bond.

A pesar de su ausencia en la hoguera, su historial como defensor de Wishart lo colocó en una situación irreversible. Knox pasó de ser un tutor anónimo a un objetivo de la persecución:

En ese momento, a Knox le resultó imposible vacilar. Se sabía que era partidario de Wishart y que había llevado una espada ancha en su defensa. Por lo inflexible que era Beaton en su determinación de acabar con la Reforma, existía un gran peligro para cualquiera que la hubiera apoyado públicamente. Por lo tanto, Knox era un hombre marcado.

Antes de que Knox predicara ante multitudes o enfrentara a la reina María Estuardo, Dios lo estaba formando en la escuela de la fidelidad silenciosa, la pérdida, el temor y la obediencia. / Imagen: David Wilkie

Sin embargo, él no solo fue marcado para la persecución por sus enemigos, sino también por Dios para un llamado por gracia que él mismo no se sentía capaz de asumir. Esta “poderosa debilidad” se manifestó cuando, tiempo después, fue instado a tomar el oficio público de la predicación en el castillo de St. Andrews: 

En el nombre de Dios, y de Su Hijo Jesucristo, y en el nombre de estos que ahora te invocan por mi boca, te encargo que no rechaces esta santa vocación, sino que tengas en cuenta la gloria de Dios, el aumento del reino de Cristo y la edificación de tus hermanos (…) que asumas el oficio público y el encargo de la predicación, al mismo tiempo que buscas evitar el gran desagrado de Dios y deseas que Él multiplique Sus gracias contigo.

Bond relata que, ante tal exhortación, “el hombre que un día predicaría tronando sin temblar como un toque de trompeta ante los monarcas, rompió a llorar y salió rápidamente de la habitación. Sin embargo, finalmente aceptó el llamado”. Aquel tutor y protector de Wishart terminó convirtiéndose en líder de la Reforma escocesa. Su ministerio transformó la Iglesia y sentó las bases para la teología, el culto, la alfabetización y la educación en toda una nación. Antes de que Knox predicara ante multitudes o enfrentara a la reina María Estuardo, Dios lo estaba formando en la escuela de la fidelidad silenciosa, la pérdida, el temor y la obediencia.

El legado de este hombre, que comenzó portando una espada de acero y terminó empuñando la Palabra de Dios, se resume en la explicación que él mismo dio sobre el éxito de la Reforma: “Dios dio Su Espíritu Santo a los hombres sencillos en gran abundancia”.


Referencias y bibliografía

La poderosa debilidad de John Knox de Douglas Bond | Poiema Publicaciones

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Autor

Douglas Bond

Douglas Bond es autor de varios libros de ficción histórica, biografías y teología práctica. Es director de la Clase Magistral de Escritura Creativa de Oxford y conferencista y líder de tours sobre la historia de la Iglesia.

Autor

Redacción BITE

Redactado, traducido y/o ajustado por el equipo de redacción de BITE.

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