No creo que nadie pensara que tomamos el nombre de nuestra hija, Inés, de la película Mi villano favorito, pero a menudo generaba conversación. Entre los habitantes del Medio Oeste, ella inevitablemente escucha: “Oh, tuve una abuela” —o bisabuela— “llamada Inés”. Pero pocos se dan cuenta de que el nombre tiene una herencia cristiana distintiva, que comienza con la joven mártir Inés de Roma.
Al nombrar a nuestra hija como una mártir, buscábamos moldear nuestra imaginación (y la de ella) sobre la vida cristiana ideal. La historia de Inés de Roma, breve como es, nos recuerda que confesar con alegría que Jesús es el Señor y reconocer nuestra identidad en Cristo son las cosas más importantes de nosotros. El momento del martirio pone las cosas buenas de esta tierra en una perspectiva eterna. Inés muestra el poder de la promesa de Jesús a la iglesia en Esmirna: “Sé fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de la vida” (Ap 2:10) y nos pregunta si realmente lo creemos.
Cordera pura
Los autores antiguos a menudo comentaban que la vida de Inés coincidía con su nombre. Inés transmite un doble significado relacionado con la palabra griega para “pura” (hagne) y la palabra latina para “cordera” (agnus). En el arte cristiano, ella siempre es representada con un cordero, lo que la hace fácil de identificar en una iglesia antigua o en un museo de arte. Ella ejemplifica a una mujer joven soltera que murió por su fe cristiana.

Como ocurre con muchas historias de mártires, la muerte de Inés probablemente ocurrió durante la “Gran Persecución” alrededor del año 304. El emperador romano Diocleciano temía a la creciente población cristiana y buscaba unificar el Imperio tras una serie de insurrecciones y rebeliones. Cerró iglesias, arrestó a líderes eclesiásticos y puso a prueba la lealtad de romanos prominentes obligándolos a ofrecer un sacrificio a los dioses o, de lo contrario, a enfrentar consecuencias fatales.
Entre los que fueron llevados a juicio en Roma durante la persecución se encontraba una niña de 12 años (o posiblemente 13) llamada Inés. Ella provenía de una familia cristiana y probablemente fue denunciada porque se negó a casarse con el hijo de un funcionario romano.
“Un nuevo tipo de martirio”
Conocemos a Inés por dos textos de finales del siglo IV. El primero es una inscripción, que aún existe, en una iglesia dedicada a Inés en Roma. Dámaso, obispo de Roma (366–384), comenta sobre su valentía en medio de la degradante humillación de ser expuesta ante la multitud: “Aunque de tan poca fuerza, ella contuvo su extremo temor y cubrió sus miembros desnudos con su abundante cabello para que ningún ojo mortal viera el templo del Señor”. Dámaso enfatiza tanto su vulnerabilidad como su firme convicción, de hecho, su voluntad de morir por Jesús.
El segundo testigo es Ambrosio (aprox. 339–397), obispo de Milán y mentor de Agustín. Él pronunció un discurso el 21 de enero del 377, que señala como el “cumpleaños” de Inés (el día de su martirio). Si ella murió en el 304, Ambrosio estaba volviendo a contar la historia 73 años después del hecho, aproximadamente nuestra distancia de la Segunda Guerra Mundial. Él pudo haber conocido a personas que presenciaron el evento, por lo que su historia tiene una credibilidad sustancial.

Según Ambrosio, tras rechazar una oferta de matrimonio, Inés dijo: “Aquel que me eligió primero para Sí mismo me recibirá. ¿Por qué te demoras, verdugo? Que este cuerpo perezca”. Ambrosio la alaba en el elevado estilo clásico de la predicación de aquella época: “Ella no tuvo miedo bajo las crueles manos de los verdugos, no se conmovió por el pesado peso de las cadenas chirriantes, ofreciendo todo Su cuerpo a la espada del soldado furioso, todavía ignorante de la muerte, pero lista para ella”.
Él se maravilló de que alguien tan joven muriera:
¡Un nuevo tipo de martirio! Aún no tiene la edad adecuada para el castigo, pero ya está madura para la victoria (…) ella cumplió el oficio de enseñar el valor teniendo la desventaja de la juventud (…). Todos lloraban, solo ella estaba sin una lágrima.
En una devoción más allá de su edad, en una virtud por encima de la naturaleza, me parece que no ha llevado tanto un nombre humano, sino un símbolo de martirio, por el cual mostró lo que había de ser.

Es decir, el doble significado de su nombre mostraba que era un sacrificio similar al de un cordero y una virgen pura. Ella entendía que estaba desposada con Jesús y por eso negó la pretensión de un pretendiente humano.
Hagiografía
Un desafío al apropiarse de Inés para el día de hoy es que los escritores católicos romanos medievales añadieron detalles sustanciales a su historia. Por ejemplo, La leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine (1275) registra que el prefecto romano la envió a un prostíbulo para que abusaran de ella, ya que se negaba a retractarse y casarse. Dios la protegió de tal manera que cuando el hijo del prefecto se le acercó, cayó muerto. Pero Inés oró por el joven y él se recuperó inmediatamente. Cuando fue sentenciada a muerte en el fuego, las llamas se separaron para que no sufriera daño. Tras no lograr matarla de esta forma, los oficiales la ejecutaron con una espada.
Esto es hagiografía, un relato ampliado del martirio que combina un núcleo histórico con detalles adicionales (a menudo inventados) para resaltar el heroísmo del mártir. Podemos ver dónde los autores medievales embellecieron creativamente la historia de Inés. Aunque el motivo sea loable, debemos conformarnos con los relatos más sencillos de Ambrosio y Dámaso, aunque los detalles no sean tan vívidos.

Pero, ¿qué hay del énfasis en todas estas fuentes sobre la virginidad? El compromiso de Inés con Cristo fue puesto a prueba debido a los avances de un hombre no cristiano que buscaba esposa. No sabemos si rechazó el matrimonio por principio o solo se negó a casarse con un incrédulo. De cualquier manera, aunque hoy podamos dudar en afirmar la negación del matrimonio por principio, es importante ver que la Iglesia primitiva se regocijaba en la nueva libertad de una soltería sagrada ejemplificada por Jesús y Pablo. Para los autores de la Iglesia primitiva, como Ambrosio, el rechazo al matrimonio en este mundo señalaba con fuerza la pertenencia a Jesucristo.
Independientemente de la motivación exacta de Inés, podemos estar de acuerdo con Ambrosio en que ella rechazó el bien terrenal del matrimonio y aceptó la muerte (el fin de todas las posibilidades de cosas buenas en esta tierra) porque pertenecía a Jesucristo. A pesar de las facetas legendarias añadidas a esta historia, el acontecimiento principal sigue llamando nuestra atención: una niña de 12 años se presentó ante un funcionario romano y confesó su fe en Jesús.

No se es demasiado joven para testificar
Ambrosio y otros se maravillaron de la juventud de Inés. Su historia recalca que una persona joven nunca es demasiado joven para testificar de Jesucristo como Señor, Salvador y Tesoro. Y cuando lo hacen, especialmente ante la oposición, participan en la victoria de Jesús sobre el pecado, la muerte y el infierno. Cuando los adolescentes de hoy confiesan que sus decisiones y acciones están motivadas por la fe en Jesús, demuestran la valentía y la fe que vence al mundo (1 Jn 5:4-5). Una confesión de Jesús tiene más trascendencia que cualquier logro, ya sea en la escuela, los deportes o la sociedad.
Notemos cómo Ambrosio y Dámaso nos recuerdan la vulnerabilidad física de Inés como niña y mujer, pero luego muestran su confianza indomable en Jesús. Cuando Agustín reflexiona sobre Inés, la compara con Hércules. Él venció al león y a Cerbero, el perro de tres cabezas, pero “Inés, una niña de 13 años, venció al diablo”.

C. S. Lewis sabía que la fe sencilla posee un gran poder contra los enemigos de Cristo. En Cartas del diablo a su sobrino, el demonio Escrutopo hierve de rabia solo de pensar en una joven piadosa como Inés:
[No es] solo una cristiana, sino una cristiana de ese tipo (…). Esa pequeña bestia. Me hace vomitar. Apesta y quema a través de las mismas páginas del expediente. Me vuelve loco la forma en que el mundo ha empeorado. En los viejos tiempos la habríamos llevado a la arena. Para eso está hecho su tipo. No es que ella fuera a hacer mucho bien allí tampoco. Una pequeña tramposa de dos caras (conozco a las de su clase) que parece que se fuera a desmayar al ver la sangre y luego muere con una sonrisa (…). Parece como si no rompiera un plato y, sin embargo, tiene un ingenio satírico. ¡El tipo de criatura que me encontraría divertido a MÍ!

No sabemos si Inés murió con una sonrisa o riéndose de la impotencia de los demonios, pero sí murió confesando a su Señor. Y los demonios se estremecieron.
¿Para qué estamos criando a nuestros hijos?
La descripción imaginativa de Lewis nos acerca a Inés. ¿Estamos criando hijos cuyo objetivo más elevado es testificar fielmente de su Salvador, el resucitado y exaltado Jesucristo? ¿Morirían nuestras hijas con una sonrisa, usarían el ingenio satírico contra un demonio e incluso mirarían a la cara a nuestro mayor enemigo y se reirían porque están tan seguras en su fe?
Aquí es donde las historias de los mártires son tan útiles. La imagen que se nos viene a la mente de una vida cristiana exitosa determina en gran medida cómo será nuestra propia vida cristiana, y el tipo de vida cristiana que propondremos a nuestros hijos. Inés nos ofrece esa imagen.
Hoy se habla de nuevo sobre la influencia generacional y los hogares estables. Por supuesto, es una bendición proporcionar a sus nietos una tradición de trabajo duro y respeto por la continuidad familiar. Pero este deseo puede convertirse tan fácilmente en una tentación de aspirar principalmente a la riqueza, la influencia y las propiedades. Los mártires, por otro lado, nos recuerdan que, independientemente de lo que construyamos en la tierra, debemos estar dispuestos a decir adiós a todo y renunciar al control sobre nuestro futuro terrenal en un momento de testimonio. Los padres cristianos no harán nada mejor que orar para que ellos y sus hijos muestren la confesión fiel de Inés y de los demás mártires.

La promesa de Jesús en Apocalipsis 2:10 (“Sé fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de la vida”) no se aplica solo a quienes enfrentan una ejecución inminente por confesar a Jesús como Señor. El lenguaje del martirio proporciona un punto de apoyo, un gancho, del cual colgar el resto de nuestro caminar con Cristo y la cultura de vida cristiana que estamos creando como familia e Iglesia. El breve relato de Inés no nos cuenta todo sobre la vida cristiana, pero sí ilustra la situación extrema que debería anclar nuestras expectativas de la vida en este mundo.
En uno de sus sermones, Agustín concluye con un mensaje de aliento: “Oren para que puedan seguir las huellas de los mártires. Al fin y al cabo, no es que ustedes sean seres humanos y ellos no; al fin y al cabo, no es que ustedes nacieran y ellos nacieran de forma muy distinta”. En efecto, la historia de Inés nos recuerda que todo el pueblo de Dios puede encontrar el valor para confesar a Cristo públicamente basándose en la convicción firme de que pertenecemos a Jesús.
Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por Jon Hoglund en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.
