La crisis de la autoridad: ¿por qué Occidente la rechaza?

Frente al trauma del abuso de poder y la desconfianza moderna, Jonathan Leeman propone redescubrir la autoridad no como una carga opresiva, sino como un diseño divino destinado al florecimiento y al orden bajo el modelo de Jesús.

Imagen: BITE (Basada en una imagen de Pexels)

A menudo, nuestra percepción de la realidad está moldeada por influencias que apenas percibimos, pero que determinan profundamente cómo juzgamos lo que es bueno o malo. En Occidente, por ejemplo, las narrativas de Hollywood nos han entrenado para aplaudir al héroe rebelde que desafía las normas, mientras que, en contextos de dictaduras, el miedo y el control absoluto dictan el ritmo de la vida social. Estas experiencias, aunque opuestas, convergen en un punto común: han distorsionado nuestra visión de la autoridad, convirtiéndola en algo que instintivamente preferimos evitar o cuestionar.

Jonathan Leeman, director editorial de 9Marks, explica en su libro Autoridad que esta sospecha no es gratuita. Vivimos en un mundo donde el abuso de poder —desde el entorno familiar hasta las altas esferas políticas— ha dejado cicatrices profundas, generando una cultura que asocia a las figuras de mando con opresión y a la “libertad” con la ausencia de autoridad. Sin embargo, el autor nos desafía a considerar que el problema no es la autoridad en sí misma, sino la naturaleza de quien la ejerce. Así como un sol abrasador puede secar la tierra, un sol tras la lluvia hace que la vida florezca; de la misma manera, existe un poder que, lejos de aplastar, da vida y crea orden.

Este libro es una guía para redescubrir la autoridad bajo el modelo de Jesús. Leeman propone que la solución al mal uso del poder no es el caos de la autonomía total, sino la búsqueda y el ejercicio de una autoridad sabia, humilde y honesta. Esta lectura puede capacitar a cualquiera que ejerza liderazgo en la iglesia, el hogar o el trabajo, pues ofrece las herramientas bíblicas para transformar estructuras de poder en espacios de florecimiento humano, recordándonos que somos más libres cuando nos sometemos al Único que nos ama perfectamente.

A continuación, presentamos la introducción de Autoridad, publicado en español por la editorial Poiema.

Portada del libro Autoridad, de Jonathan Leeman, publicado por la editorial Poiema. / Foto: Poiema

Nuestra angustia acerca de la autoridad

Un lunes de noviembre de 2021, los padres de los estudiantes de la escuela secundaria Reynolds, en Fairview, Oregón, en las afueras de Portland, recibieron un correo electrónico de tres oraciones del distrito escolar. Les informaba que la escuela suspendería las clases presenciales durante tres semanas. El personal docente no había podido detener la racha de peleas. Necesitaban una oportunidad para reagruparse.

Antes del cierre, los estudiantes habían organizado una huelga debido a su frustración por la falta de control de la administración. “Simplemente decidimos que era hora de hacer algo al respecto”, indicó un estudiante de octavo grado (de 13 años de edad) sobre el fracaso de los adultos para abordar las peleas generalizadas a puñetazos, los insultos y los tocamientos inapropiados.

“Los niños están tratando de tomar medidas que deberían tomar los adultos”, dijo un padre.

“No estaba muy claro quién estaba a cargo”, dijo otro.

Escuela secundaria Reynolds, en Fairview, Oregón. / Foto: Pence

A medida que crecía el clamor de los estudiantes y los padres sobre el entorno inseguro, la escuela finalmente decidió tomar una pausa de tres semanas para desarrollar “protocolos de seguridad” y “apoyo socioemocional” para manejar el caos.

Me quedé con unos amigos en Portland varias semanas después de que esto sucediera. Al hablar de ello, supusimos que a los profesores y administradores les importaba la educación. Supusimos que a los padres también. Sin embargo, por diversas razones, los adultos carecían de la capacidad para hacerse cargo de un edificio lleno de niños de entre once y trece años. Hasta que todo se vino abajo. El sistema se detuvo.

¿Qué faltaba? Junto con cualquier otra cosa que pudiéramos decir, la escuela carecía de una comprensión adecuada de la autoridad. La gente de Portland se siente angustiada por la autoridad. Lo mismo sucede con la mayoría de los estadounidenses. Lo mismo sucede con los ciudadanos de las democracias occidentales en general.

El caos en Reynolds no fue un accidente local. Fue el síntoma de una incomodidad cultural que se niega a nombrarse: el miedo occidental a la autoridad. / Foto: Lightstock

En el Occidente democrático

Los seres humanos en general tenemos un problema con la autoridad, no solo los que vivimos en una democracia liberal al estilo occidental. Sin embargo, para hablarle a mi público principal por un segundo, nuestro problema occidental es que no sabemos qué hacer con ella. La odiamos, pero no podemos vivir sin ella.

Así que dejemos Portland y acompáñame a una cafetería de moda en el barrio de Capitol Hill, en Washington D. C., a pocas cuadras de donde trabajo. Es sábado por la mañana. Estás viendo a una pareja influyente y acomodada de D. C. en otra mesa con su ropa deportiva muy costosa, probablemente de unos treinta y tantos años, tratando desesperadamente de apaciguar a su hijo de 3 años. Se le cayó un panecillo y ahora está haciendo un berrinche. El marido suplica en voz baja. La mujer ofrece desesperadamente juguetes y más golosinas. Razonan con él como si fuera un adulto. Es como si nadie nunca les hubiera explicado que ellos son los padres. Que pueden establecer límites e imponer consecuencias. Que no necesitan el consentimiento del niño, si llega el caso. Pero ahora el niño corre por la cafetería y ellos parecen más desesperados que nunca. Están desarmados. Esta familia puede vivir varios estratos económicos por encima del mundo de la Escuela Secundaria Reynolds, pero es la misma historia. Carecen de las herramientas para guiar a su hijo y hacerle bien. No saben cómo ejercer la autoridad.

Los seres humanos en general tenemos un problema con la autoridad. / Foto: Lightstock

Para darles el beneficio de la duda, adquieren su ignorancia de manera honesta. La cultura occidental los ha traicionado y cegado. Al igual que los padres y maestros de Reynolds, son los beneficiarios de varios siglos de ataques contra toda autoridad concebible. Todos los humanos se han resistido a la autoridad desde el huerto del Edén, pero nosotros, en el Occidente de la Ilustración, hemos dado a esa resistencia respetabilidad moral y filosófica. Mis maestros de la escuela pública me enseñaron a no confiar en la autoridad de la iglesia porque la iglesia persiguió a Galileo; o en la autoridad de la Biblia porque la ciencia nos enseña a dejar atrás la superstición; o en la autoridad de la ciencia porque una generación de científicos refutará a la primera; o la autoridad del rey porque no existe tal cosa como el derecho divino de los reyes; o la autoridad de la mayoría democrática porque las mayorías también pueden ser tiránicas; o la autoridad de los tribunales porque también están jugando a la política; o la autoridad de los filósofos porque están jugando a juegos de lenguaje; o la autoridad del lenguaje porque algunos filósofos franceses observaron que la gente usa términos cotidianos como “heterosexual” y “queer” (‘diverso’) como armas para normalizar nuestras preferencias y marginar a las personas que son diferentes; o la autoridad del mercado porque el capitalismo es el hermano gemelo del racismo; o la autoridad policial porque también son racistas; o la autoridad de los medios porque son tendenciosos; o la autoridad de nuestros cromosomas XX o XY porque no nos dicen cómo debemos definir nuestro género; y, por supuesto, la autoridad de mamá y papá porque, bueno, la vida es más divertida si puedes escaparte e ir a una fiesta. ¿No has visto Un experto en diversiones? (una película de 1986, en la que el estudiante Ferris Bueller finge una enfermedad para saltarse un día de colegio y vivir una “aventura” por Chicago con sus amigos).

Todos los humanos se han resistido a la autoridad desde el huerto del Edén. / Foto: Lightstock

Cuando todo está dicho y hecho, no queda ninguna autoridad a la que derrocar. Excepto la autoridad del “yo”. Esto es lo que los escritores quieren decir cuando describen nuestra época como “individualista”. El individualismo no significa que me guste estar solo o que no tenga amigos. Significa que nadie puede decirme qué hacer o quién ser. Nadie tiene autoridad sobre mí.

En las iglesias occidentales

En las últimas décadas, esta angustia sobre la autoridad ha crecido también dentro de las iglesias. Los cristianos se han visto afectados por la política de la era de Donald Trump, los movimientos de oposición a las agresiones sexuales (por ejemplo, #MeToo y #ChurchToo), los episodios de brutalidad policial captados por teléfonos inteligentes, las cuarentenas y los cierres por el COVID, por no mencionar la capacidad de las redes sociales para unir en facciones a personas geográficamente distantes, pero con descontentos compartidos. Cada vez, los cristianos parecen desconfiar más que nunca de la autoridad.

La acumulación de casos de abuso en la Iglesia y la caída de pastores prominentes ha socavado la confianza en la autoridad pastoral y eclesiástica. No podemos confiar en los ancianos o incluso en toda la congregación para que los pastores rindan cuentas. En cambio, necesitamos académicos que nos digan qué pensar e “investigaciones independientes” para resolver nuestros problemas en la Iglesia.

Cada vez, los cristianos parecen desconfiar más que nunca de la autoridad. / Foto: Unsplash

Esta misma acumulación de casos, junto con el problema siempre presente de los maridos abusadores, ha socavado la confianza en la autoridad masculina. La etiqueta de “complementario”, que reafirma la enseñanza cristiana de dos milenios del liderazgo masculino en la Iglesia y el hogar, puede haber experimentado un aumento de popularidad en las iglesias evangélicas en la década de 1990 y principios de la década del 2000. Pero los vientos han cambiado, ayudados en parte por el poder nivelador de las redes sociales.

Mientras tanto, la extralimitación del gobierno durante el COVID provocó que los cristianos de la derecha política se volvieran cada vez más desconfiados de la autoridad gubernamental. Por supuesto, las restricciones del COVID solo se sumaron a la sospecha que ha ido creciendo de manera constante en la derecha política durante las últimas dos décadas en respuesta a las leyes de orientación sexual e identidad de género. Un ejemplo típico: el gobernador de Oregón firmó la Ley de Dignidad Menstrual, que exige que las escuelas secundarias de ese estado coloquen dispensadores de tampones ¡en los baños de hombres! Como resultado, la retórica de un populismo antielitista caracteriza cada vez más a la derecha política. Los cristianos de la izquierda política, de manera similar, cuestionan cada vez más la autoridad policial, debido en parte a la capacidad de los teléfonos inteligentes para filmar encuentros violentos con la policía.

la extralimitación del gobierno durante el COVID provocó que los cristianos de la derecha política se volvieran cada vez más desconfiados de la autoridad gubernamental. / Foto: Unsplash

¿Quiénes son nuestros héroes?

Tal vez el lugar más fácil para detectar nuestra angustia cultural ante la autoridad es ir al cine y observar quiénes son los héroes. La mayoría de las veces, nuestros héroes cinematográficos son los individuos que se enfrentan a la autoridad, porque las figuras de autoridad son malvadas.

Luke Skywalker lucha contra el Imperio en la trilogía de La guerra de las galaxias, Neo contra las máquinas en la trilogía Matrix, Jason Bourne contra la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos en la trilogía de Bourne, Katniss Everdeen contra el Capitolio y el presidente Snow en la trilogía de Los juegos del hambre, Tris y Cuatro contra los Eruditos en la trilogía Divergente, y así podríamos seguir. El general Maximus se enfrenta a un César corrupto en Gladiador, William Wallace se opone a un rey Eduardo corrupto en Corazón valiente, y el profesor de literatura John Keating enseña a su clase a “aprovechar el día” desechando todo lo que obstaculice su libertad en La sociedad de los poetas muertos.

Y solo estoy nombrando éxitos de taquilla. También nos encanta el antihéroe que hace las cosas a su manera y no encaja en las convenciones de la sociedad: Indiana Jones, Batman, Harry el Sucio y la mayoría de las películas de vaqueros del Oeste que hayas visto.

El lugar más fácil para detectar nuestra angustia cultural ante la autoridad es ir al cine y observar quiénes son los héroes. / Foto: Pexels

Por supuesto, la catequesis antiautoritaria comienza en la infancia con las películas de princesas de Disney. Como hombre con cuatro hijas, las he visto todas. La Sirenita canta: “Apuesto a que en tierra entienden / no reprenden a sus hijas”. Lo mismo ocurre con la reina Elsa, en algún lugar de Escandinavia, que canta con orgullo: “No hay bien, no hay mal, no hay reglas para mí, soy libre”. Y Moana, en el lado opuesto del planeta, en el Pacífico Sur, alberga las mismas ambiciones que sus contrapartes escandinavas y submarinas: “¿Qué hay más allá de esa línea? /… Un día sabré / Hasta dónde llegaré”.

La repetición de película en película es sorprendente, por no decir predecible y aburrida. Es como si nuestra imaginación moral no pudiera concebir un tipo diferente de héroe; así de saturada está el alma occidental de antiautoritarismo. El héroe al que alabamos es la persona que se resiste al liderazgo, al sistema, a los poderes establecidos.

En cambio, cuando se abre la Biblia, surge un tipo de héroe muy diferente. Estos héroes a menudo se resisten a los gobernantes tiránicos: Moisés contra el faraón, Elías contra Acab, Ester contra Amán y, por supuesto, Jesús contra los líderes religiosos. Sin embargo, hay otro tema más central que siempre está presente en la imagen bíblica del héroe. De principio a fin, sin importar qué historia se esté contando, el héroe bíblico es la persona que es obediente a Dios.

El héroe bíblico es la persona que es obediente a Dios. / Foto: Lightstock

Noé es obediente, lo que lo convierte en un héroe. Basta con preguntarles a los niños de la escuela dominical para comprobarlo. También lo es Abraham, cuando sigue al Señor hasta el punto de estar dispuesto a sacrificar a su hijo. Lo mismo hacen Moisés, Josué, Rut, David y los profetas, al menos cuando obedecen. Y todo esto conduce a Jesús, el Hijo perfectamente obediente, que habla solo lo que el Padre celestial le dice que hable y hace solo lo que el Padre celestial le dice que haga. Jesús es el hombre bienaventurado del Salmo 1 que no anda en el camino de los malvados, sino que se deleita en la ley del Señor, meditando en ella día y noche.

Mientras tanto, los malos de la Biblia son siempre los que desobedecen, desde Caín hasta el faraón, desde el rey Saúl hasta la reina Jezabel, Herodes y Poncio Pilato.

De vez en cuando, una película de gran éxito te anima a apoyar a alguien para que obedezca; esto es básicamente la excepción que confirma la regla. Los espectadores quieren que el joven Anakin Skywalker se someta a su maestro Jedi Obi-Won Kenobi y no se convierta en Darth Vader, por ejemplo. También queremos que Harry Potter deje de mentir y le diga la verdad a Dumbledore. Así que el instinto de obedecer no está completamente ausente en nuestra cultura, pero es bastante inusual.

Los malos de la Biblia son siempre los que desobedecen. / Foto: Unsplash

Curiosamente, animar a alguien a obedecer o someterse es más común en las películas cristianas. En ellas, la trama siempre se centra en el héroe que llega al final de sí mismo, se somete a Dios y encuentra la redención, ya sea la película Ben Hur, La misión, A prueba de fuego, Enfrentando a los gigantes o Si solo pudiera imaginar

Sin embargo, observa que, incluso en estas películas cristianas, las tramas muestran a la persona luchando consigo misma y con Dios. No se trata de someterse a otras personas. Someterse a Dios es una cosa, pero ¿someterse a la gente? Eso nos pone nerviosos.

Conflictuados y angustiados

Así que aquí estamos, en este momento en el que todos nos sentimos a la vez conflictuados y angustiados sobre la idea de la autoridad. Después de todo, hemos visto los abusos de la autoridad, desde Jorge III, que exigía demasiado a los colonos americanos, hasta los padres que maltratan a sus hijos. Hay buenas razones por las que la tradición occidental moderna, y ahora posmoderna, ha cultivado en nuestros corazones una “hermenéutica de la sospecha” hacia toda autoridad. En cierto sentido, tenemos razón en adoptar una actitud predeterminada de sospecha hacia quienes tienen autoridad sobre nosotros. El poder corrompe, como dicen. Y el abuso, que yo definiría simplemente como el uso indebido de la autoridad de una manera que daña a otra persona, es común.

Caricatura donde James Madison golpea en la nariz al rey Jorge III, símbolo de la burla estadounidense hacia Gran Bretaña durante la Guerra de 1812. / Imagen: Getty Images

Aun así, extrañamente quizá, algo instintivo en nosotros sigue recurriendo a otras figuras de autoridad para resolver el problema de la mala autoridad. Durante la era de los derechos civiles, los afroamericanos recurrieron al gobierno federal para abordar la discriminación que estaban experimentando a manos de los gobiernos estatales y municipales. En nuestra propia época, las voces públicas que abogan por las víctimas de abuso dentro de las iglesias no solo condenan a los pastores que manejaron mal sus casos, sino que elogian a quienes toman el camino de acercarse a la policía y a los servicios de protección infantil.

Reconocemos instintivamente que la solución a la mala autoridad rara vez es la ausencia de autoridad, sino casi siempre la buena autoridad.

Reconocemos instintivamente que la solución a la mala autoridad rara vez es la ausencia de autoridad, sino casi siempre la buena autoridad. / Foto: Dominio público

Sin embargo, libro tras libro y tuit tras tuit, en nuestro momento actual solo se resalta lo malo de la mala autoridad. Se han ofrecido muy pocos intentos de definir, ilustrar y elogiar la buena autoridad. En un mundo caracterizado por tantas malas autoridades, definir lo malo me parece una tarea necesaria, pero es la más fácil. La tarea más difícil es definir y presentar la buena autoridad.

Alrededor del mundo

Por otro lado, vale la pena mencionar cuán ligadas a un contexto específico han sido hasta ahora estas observaciones introductorias. Pasa tiempo en otros países alrededor del mundo y descubrirás que este desprecio por la autoridad no es típico.

En mi labor diaria, trabajo con pastores y he tenido el privilegio de pasar tiempo con algunos de todo el mundo. Ya sea que esté hablando con pastores en Colombia, Zambia, India u otros lugares, a menudo luchan por enseñar a sus congregaciones el problema opuesto: que el pastor principal no debe poseer todo el poder y la autoridad. Mis amigos en contextos hispanos y africanos, por ejemplo, explican que a la gente le gusta el líder fuerte. Por lo tanto, los pastores luchan por levantar otros líderes que hagan algo más que aprobar automáticamente las preferencias del pastor principal. Mientras tanto, los pastores en contextos del sur o este de Asia, al igual que sus contrapartes africanas, sienten los desafíos que surgen dentro del contexto de una cultura de honor/vergüenza. Los líderes esperan honor; las personas bajo su mando se lo dan rápidamente.

En muchos contextos fuera de Occidente, el desafío no es rechazar la autoridad, sino limitarla y formar líderes que no concentren todo el poder. / Foto: Unsplash

Cada lugar tiene sus propios desafíos. Un amigo misionero en un antiguo país soviético de Asia Central, sabiendo que estaba trabajando en este libro, me escribió:

Uno de los mayores obstáculos para ver iglesias saludables en nuestro contexto es el abuso de autoridad dentro de la Iglesia. Nuestro país fue parte de la Unión Soviética hasta su disolución en 1991. La idea soviética de autoridad continúa hasta hoy en el gobierno del país, y esa idea de liderazgo autoritario se ha infiltrado en la Iglesia y es la forma predominante en que la mayoría de los pastores y líderes de la iglesia ven la autoridad. Existe una necesidad imperiosa de una comprensión bíblica de la autoridad y de cómo usarla adecuadamente en el contexto postsoviético de Asia Central.

Para demostrar su punto, mi amigo misionero ofreció dos ejemplos. Primero, un miembro de la iglesia le preguntó a su pastor si había dinero en el presupuesto de la iglesia para ayudar con la evangelización y las misiones. El pastor respondió diciendo que el miembro de la iglesia no tenía autoridad para preguntarle sobre los fondos de la iglesia. El dinero se le da al pastor y él tiene la autoridad exclusiva sobre lo que sucede con ese dinero. Tampoco esperaba tener que rendir cuentas por su manejo de los fondos.

El segundo ejemplo de mi amigo: en una conversación con otros pastores, un pastor mayor se refirió a sí mismo como “rey” en su iglesia y a los miembros como sus “súbditos”. Animó a los pastores más jóvenes a anticipar el día en que ellos también serían reyes en sus iglesias, con súbditos bajo su autoridad.

En el mejor de los casos, los pastores en estas dos ilustraciones tendrán ministerios ineficaces, con pocas personas creciendo en gracia y sabiduría. La gente se alejará hasta que las iglesias cierren. Eso es lo que sucederá si a estos dos pastores les falta carisma o competencia. Si resulta que son carismáticos y competentes, sus ministerios podrían causar un gran daño en la vida de las personas y en el discipulado cristiano.

Existe una necesidad imperiosa de una comprensión bíblica de la autoridad y de cómo usarla adecuadamente. / Foto: Lightstock

Esta introducción ha hecho hincapié en la antipatía estadounidense hacia la autoridad, ya que supongo que esa es mi audiencia principal. Aun así, he tratado de reflexionar sobre las Escrituras y escribir el resto de este libro teniendo en mente ambos problemas: el de un énfasis autoritario excesivo y el de un rechazo individualista de toda autoridad.

Un ojo en lo bueno, otro en lo malo

Una visión correcta de la autoridad debe mantener siempre ambos ojos abiertos. Un ojo debe estar siempre fijo en la mala autoridad. Esta es la versión de Satanás. Es la autoridad tal como se ejerció en la caída. Y un ojo debe estar fijo en la buena autoridad. Esta es la versión de Dios. Es la autoridad tal como se pretendió en la creación y tal como se ejerce en la redención. Con ambos ojos abiertos, vemos que la autoridad es un don bueno, pero peligroso.

La autoridad buena y piadosa es “autora de” o crea la vida, como la raíz de la palabra misma: autor-idad. Como descubriremos, no solo funciona de arriba hacia abajo, sino también de abajo hacia arriba. La buena autoridad dice: “Déjame ser la plataforma sobre la que construyas tu vida. Te proveeré, te financiaré, te daré recursos, te guiaré. Solo escúchame”.

La buena autoridad sujeta para liberar, corrige para enseñar, poda para hacer crecer, disciplina para entrenar, legisla para construir, juzga para redimir, estudia para innovar. Es el maestro que enseña, el entrenador que entrena, la madre que cuida de los hijos. Son las reglas de un juego, las líneas de un camino, un pacto para amantes. Dice: “Confía en mí y te daré un jardín en el que crear un mundo. Solo guarda mis mandamientos. Te amo”. La buena autoridad ama. La buena autoridad da. La buena autoridad generalmente otorga poder.

Sin embargo, nuestros primeros padres, y nosotros mismos, elegimos no usar nuestra autoridad de acuerdo con los mandamientos de Dios. Dejamos de pedir la autorización de Dios y confiamos, en cambio, en la serpiente, ya que ella apeló a nuestros deseos de supremacía y prometió liberar sin sujetar, crecer sin podar, innovar sin estudiar.

El resultado es un mundo rebelde y maldito. Usamos nuestra autoridad de manera egoísta y, por lo tanto, de manera ineficaz. Y ya que es ineficaz, entonces la usamos de manera violenta, creyendo que la violencia logrará nuestros fines. Caín no es exaltado por su ofrenda de “adoración”, por lo que decide matar.

Una visión correcta de la autoridad mira a la vez la mala y la buena autoridad. / Foto: Envato Elements

El pecado, en otras palabras, no es nada más ni menos que el mal uso de la autoridad por parte de la humanidad. La mordedura de Adán y el derramamiento de sangre del faraón pertenecen a la misma clase, operan por los mismos principios, poseen la misma autorización. Como lo expresé en el preludio, el faraón simplemente blandió un martillo mucho más grande.

La mala autoridad desalienta, paraliza, marchita, agota, deshumaniza, apaga, aniquila. Usa, pero no da. Es imperialismo político, explotación económica, degradación ambiental, monopolización empresarial, opresión social, abuso infantil.

Por supuesto, la mala autoridad no siempre tiene caras tan monstruosas. A menudo encanta y persuade. Toma prestada la verdad y ofrece empatía. Dice: “Sé cómo te sientes. Reconozco tus problemas. Aquí está la solución. Escúchame. Guarda mis mandamientos”.

La mala autoridad toma un don bueno y glorioso que Dios ha dado a la humanidad y lo emplea para el mal. Es una mentirosa y una charlatana. Sin embargo, es muy real, al menos por un tiempo.

Desde la caída, el mundo ha ofrecido una mezcla de lo bueno y lo malo. Lo bueno a veces proviene de la gracia especial de Dios y a veces de Su gracia común. Incluso sin la primera venida de Cristo, la historia ofrece reyes comparativamente buenos y malos. Pensemos en el faraón en la época de José versus el faraón en la época de Moisés.

El pecado, no es nada más ni menos que el mal uso de la autoridad por parte de la humanidad. / Foto: Envato

La primera venida de Cristo, el rey perfecto, representa el principio del fin de lo malo. Sin embargo, ahora, entre la primera y la segunda venida de Jesús, los buenos y malos usos de la autoridad siguen mezclados, incluso entre el pueblo de Dios, incluso en una sola persona. Un día soy el padre que quiero ser. Al día siguiente no lo soy.

La sabiduría hoy es saber cómo mantener la vista puesta tanto en los buenos como en los malos usos de la autoridad. Así como la Biblia nos dice que hay un tiempo para derribar y un tiempo para construir, un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz (Ec 3:1-8), también hay un tiempo para que Luke Skywalker se rebele y para que Anakin Skywalker se someta. Debemos hablar de la bondad de la autoridad tal como Dios lo desea, pero no debemos tener expectativas idealizadas sobre cómo la gente de este mundo la usará bien.

La Biblia es muy consciente de la autoridad buena y mala, y pretende que estudiemos ambas. Pensemos en un rey israelita. El rey está sobre su reino. Sin embargo, es un buen rey solo en la medida en que se coloca bajo la ley de Dios y se pone al nivel de sus compañeros israelitas. Observa las instrucciones que Dios le dio y nota lo que he subrayado para enfatizarlo:

Y cuando él se siente sobre el trono de su reino, escribirá para sí una copia de esta ley en un libro… La tendrá consigo y la leerá todos los días de su vida, para que aprenda a temer al Señor su Dios, observando cuidadosamente todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos y no se desvíe del mandamiento ni a la derecha ni a la izquierda, a fin de que prolongue sus días en su reino, él y sus hijos, en medio de Israel (Dt 17:18-20, énfasis añadido).

La Biblia es muy consciente de la autoridad buena y mala, y pretende que estudiemos ambas. / Foto: Unsplash

Se suponía que los reyes de Israel debían rendir cuentas ante la ley de Dios y reconocer una igualdad básica entre ellos y el pueblo. “Si estás por encima de otros”, dice Dios, “es mejor que estés debajo de Mí, porque entonces te darás cuenta de que no eres mejor que nadie, y que solo eres un mayordomo, un terrateniente, un guardián de lo que es mío”.

La lección que podemos sacar de esto es que la buena autoridad humana nunca es absoluta. La buena autoridad siempre rinde cuentas. La buena autoridad conduce dentro de las líneas que Dios ha pintado en el camino. De hecho, ¡la buena autoridad siempre es sumisa!

No deberías liderar si no puedes someterte o mantenerte en tu carril, porque el buen liderazgo siempre implica sumisión a Dios y a cualquier otra persona que Dios coloque sobre nosotros. Solo la autoridad de Dios es absoluta y completa, y rinde cuentas solo ante la ley de Su propia naturaleza. La autoridad de las criaturas siempre es relativa, como veremos en los próximos capítulos.

La buena autoridad siempre rinde cuentas. / Foto: Envato Elements

Además, la buena autoridad, tal como se establece en las Escrituras y como he sido testigo de ella, rara vez es una ventaja para quienes la poseen. Implica liderar y tomar decisiones. Jesús lideró. Pero lo que el líder piadoso siente día a día no son todas las ventajas, sino las cargas de la responsabilidad, de la culpabilidad, incluso de llevar la culpa de otro. La buena autoridad es profundamente costosa; generalmente implica el sacrificio de todo. Requiere el fin de los deseos personales. Mientras tanto, aquellos que están “bajo” una buena autoridad a menudo poseen la mayoría de las ventajas. Se les brinda protección y oportunidad, fuerza y libertad. Por ejemplo, yo preferiría tener mi trabajo que el trabajo de mi jefe Ryan. Ryan tiene que lidiar con las cosas difíciles. Tiene que asumir la culpa cuando las cosas no van bien. Tiene que tomar el relevo cuando otros lo dejan. Mientras tanto, él continuamente me proporciona una pista para correr, y soy libre de no preocuparme por las cosas más difíciles.

Además, ¿no es esto precisamente lo que vemos en el uso de la autoridad por parte de Jesús, el cual lo conduce a la cruz? Él tomó las cosas difíciles sobre Sí mismo para que pudiéramos tener la libertad de crecer y correr.

La buena autoridad, tal como se establece en las Escrituras y como he sido testigo de ella, rara vez es una ventaja para quienes la poseen. / Foto: Lightstock

Cuando dejamos de creer que la autoridad puede ser buena, crecemos en el cinismo. Nos volvemos incapaces de confiar. Insistimos en que el mundo opera en nuestros términos, que es otra forma de describir el “individualismo”. Cuando esto se generaliza, la comunidad se desintegra, porque las relaciones autoritarias nos enseñan a ceder ante otras personas, incluso en relaciones donde no existe jerarquía.

Cuando dejamos de preocuparnos por la mala conducta de la autoridad, crecemos en el orgullo y el autoengaño, porque asumimos que tenemos razón. Carecemos de simpatía por los vulnerables, porque asumimos que las decisiones de la jerarquía son justas. Condonamos el pecado de nuestros líderes o el pecado cometido en nombre del grupo.

Cuando dejamos de creer que la autoridad puede ser buena, crecemos en el cinismo. / Foto: Envato Elements

Una historia de dos entrenadores

En resumen, el objetivo de este libro es entender tanto las versiones buenas como las malas de autoridad.

¿Qué hace que una mala autoridad sea mala? El entrenador de béisbol de la escuela secundaria de mi amigo Anthony, el entrenador Linus (no es su nombre real), era una mala autoridad. Anthony asistió a un internado para niños desfavorecidos en Pensilvania. Como la mayoría de los niños de la escuela, creció pobre y sin un padre. El entrenador Linus sabía lo importantes que son los entrenadores para los niños sin un padre, y utilizó ese conocimiento para tener favoritismos y poner a los niños unos contra otros. Los insultaba, se burlaba de ellos y siempre les recordaba que él estaba por encima de ellos. Anthony recordó a un amigo llamado Mike, que era uno de los mejores bateadores que había visto. Sin embargo, el entrenador Linus criticó continuamente el peso y el carácter de Mike, hasta que Mike renunció. “Jugar para el entrenador Linus”, dijo Anthony, “se sentía como una carga de la que nunca te podías liberar”. No es de sorprender que el entrenador Linus no obtuviera nada de sus jugadores y nunca ganara un partido.

Mientras tanto, ¿qué hace que una buena autoridad sea buena? El entrenador de fútbol americano de la escuela secundaria de Anthony, el entrenador Guyer, era una buena autoridad. Guyer también sabía que la mayoría de estos chicos no tenían padre. Sin embargo, sabiendo eso, trabajó para proporcionarles lo que les faltaba con una gran responsabilidad y cuidado. Los hizo trabajar duro. Les exigía que corrieran de un ejercicio al siguiente y los hacía entrenar sin descanso. A veces corría y hacía los ejercicios con ellos, y podía convencerlos de que confiaba en ellos. Ofrecía duras palabras de corrección, pero las decía de tal manera que ningún chico dudaba de que el entrenador tenía en mente lo mejor para ellos. “Mirando hacia atrás”, reflexionó Anthony, “me di cuenta de que el entrenador Guyer no era el mejor entrenador en un sentido técnico. Tenía un libro de jugadas simple y básico. Los otros equipos podían predecir nuestras jugadas antes de que sucedieran. Pero el entrenador sacó lo mejor de nosotros. Cada jugador del equipo lo dio todo. ¡Y ganamos partidos!”. Guyer ahora pertenece al Salón de la Fama del Deporte de Pensilvania. Anthony finalmente invitó al entrenador Guyer a asistir a su boda y sigue en contacto con él hasta hoy.

¿Cuál es la diferencia entre estos dos entrenadores? Responder a esta pregunta es el objetivo de este libro.

Apoya a nuestra causa

Espero que este artículo te haya sido útil. Antes de que saltes a la próxima página, quería preguntarte si considerarías apoyar la misión de BITE.

Cada vez hay más voces alrededor de nosotros tratando de dirigir nuestros ojos a lo que el mundo considera valioso e importante. Por más de 10 años, en BITE hemos tratado de informar a nuestros lectores sobre la situación de la iglesia en el mundo, y sobre cómo ha lidiado con casos similares a través de la historia. Todo desde una cosmovisión bíblica. Espero que a través de los años hayas podido usar nuestros videos y artículos para tu propio crecimiento y en tu discipulado de otros.

Lo que tal vez no sabías es que BITE siempre ha sido sin fines de lucro y depende de lectores cómo tú. Si te gustaría seguir consultando los recursos de BITE en los años que vienen, ¿considerarías apoyarnos? ¿Cuánto gastas en un café o en un refresco? Con ese tipo de compromiso mensual, nos ayudarás a seguir sirviendo a ti, y a la iglesia del mundo hispanohablante. ¡Gracias por considerarlo!

En Cristo,

Giovanny Gómez
Director de BITE
¿Mi donación es segura?
¿Mi donación es deducible de impuestos?
¿Puedo cancelar mi donación recurrente?

Autor

Jonathan Leeman

Jonathan Leeman (PhD, University of Wales) es el presidente de 9Marcas y copresentador del podcast Pastor’s Talk. Es anciano en Cheverly Baptist Church y autor de varios libros, entre ellos Iglesia centrada en la Palabra, La membresía de la iglesia y La autoridad de la congregación.

Relacionados

Antes de renunciar al pastorado: las señales que toda iglesia debería ver

Un estudio de Lifeway Research identificó los principales factores que influyen en la permanencia pastoral. Este...

Leer más

De la estrategia al insulto: el auge del brutalismo comunicacional en la política global

El auge del brutalismo en la política no solo redefine el discurso público; también plantea un...

Leer más

Deserción en pastores: la mayoría siguen comprometidos, aunque aún con desafíos importantes

Solo alrededor de 1 de cada 100 pastores deja el ministerio cada año, según un estudio...

Leer más

Articulos recientes

El veneno del subjetivismo: cómo C. S. Lewis predijo la ruina de la civilización

¿Qué ocurre cuando negamos la existencia del bien y del mal? En la era de la...

Leer más

Anselmo: el teólogo que promovió una fe racional y expuso la doctrina de la expiación

Anselmo de Canterbury habló de la fe como una búsqueda racional. En sus obras medievales, desafió...

Leer más

La erosión de la atención y el declive moral de una cultura que ya no lee

¿Podrá la interioridad del hombre ser reconstruida por medios culturales? ¿Puede un hábito tan antiguo como...

Leer más

Tendencias

El imperio financiero de los mormones: ¿cómo una iglesia se convirtió en un gigante económico global?

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días podría alcanzar un valor neto...

Leer más

La gran reconfiguración de la infancia: el nuevo entorno de pantallas, comida ultra procesada y sobreprotección

Generaciones enteras están creciendo entre estímulos digitales adictivos, comida ultraprocesada y modelos de crianza que, buscando...

Leer más

Mártires asesinados con lanzas: la muerte de cinco misioneros que avivó el impulso misionero

Lo que comenzó como un intento de contacto pacífico entre misioneros cristianos y una tribu aislada,...

Leer más

Hotel California y mensajes subliminales en la música

Desde la década de los 80 se ha hablado de los contenidos ocultos e incluso satánicos...

Leer más

¿Por qué el Mosaico de Megido es el descubrimiento más importante después de los Rollos del Mar Muerto?

El Mosaico de Megido nos transporta al siglo III, a una comunidad de cristianos que proclamaba...

Leer más

Temu: lo que la iglesia debería considerar antes de “comprar como millonario”

La promesa de Temu de hacerte “comprar como millonario” ha seducido a muchos, pero los bajos...

Leer más