Muchos conocen a C.S. Lewis como el autor y creador de Narnia. Un grupo un poco más pequeño lo conoce como un apologista cristiano notablemente eficaz. Un grupo aún más reducido lo aprecia como un erudito de la literatura medieval y del Renacimiento. Menos aún lo reconocen como un profeta de la ruina de la civilización. Pero lo fue.
En varios ensayos, en sus conferencias sobre La abolición del hombre y luego en su novela Esa horrible fortaleza, Lewis identifica y advierte a sus lectores —de forma clara, paciente y metódica— sobre una amenaza existencial para la civilización occidental y, de hecho, para la humanidad en su conjunto.
Esta amenaza es un error pernicioso que permite el poder tiránico y el totalitarismo. Es una superstición fatal que erosiona y destruye lentamente una civilización. Es una enfermedad que puede acabar con nuestra especie y condenar nuestras almas. Lewis lo llama “el veneno del subjetivismo”.

La doctrina del valor objetivo
Hasta los tiempos modernos, casi todos los hombres creían que la verdad y la bondad eran realidades objetivas y que los seres humanos podían aprehenderlas. A través de la razón, examinamos, estudiamos y nos asombramos ante la realidad. Cuando nuestros pensamientos corresponden al orden objetivo de la realidad, hablamos de verdad. Cuando nuestras reacciones emocionales corresponden al orden objetivo de la realidad, hablamos de bondad.
Lewis se refiere a esto como la doctrina del valor objetivo o, de forma más breve, “el Tao”. Como escribe Lewis en La abolición del hombre, la doctrina del valor objetivo es:
... la creencia de que ciertas actitudes son realmente verdaderas, y otras realmente falsas, respecto al tipo de cosa que es el universo y al tipo de cosas que somos nosotros. Quienes conocen el Tao pueden sostener que llamar encantadores a los niños o venerables a los ancianos no es simplemente registrar un hecho psicológico sobre nuestras propias emociones paternas o filiales en ese momento, sino reconocer una calidad que exige una respuesta de nuestra parte, tanto si la damos como si no. (...) Y debido a que nuestras aprobaciones y desaprobaciones son, por tanto, reconocimientos de un valor objetivo o respuestas a un orden objetivo, los estados emocionales pueden estar en armonía con la razón (cuando sentimos agrado por lo que debe ser aprobado) o fuera de armonía con la razón (cuando percibimos que se debe sentir agrado, pero no podemos sentirlo).

El veneno del subjetivismo
El veneno del subjetivismo trastorna esta forma antigua y humana de ver el mundo. La razón misma es desacreditada —o podríamos decir hoy que la razón es deconstruida—. En lugar de ser la capacidad humana de participar en el eterno Logos, la razón es simplemente un epifenómeno que acompaña a ciertos eventos químicos y eléctricos en la corteza cerebral, la cual es a su vez producto de procesos evolutivos ciegos. Dicho de forma más sencilla: la razón es solo una secreción cerebral accidental e ilusoria.

Bajo la influencia de este veneno, los juicios de valor moral son simplemente proyecciones de emociones irracionales sobre un cosmos indiferente. La verdad y la bondad son meras palabras que aplicamos a nuestros propios estados psicológicos subjetivos, estados para los cuales hemos sido condicionados socialmente. Y si hemos sido condicionados socialmente de una manera, podríamos ser condicionados de otra.
La educación antigua y la nueva
Lewis se refiere así a los apóstoles del subjetivismo como “condicionadores” en lugar de maestros. Bajo la antigua visión de la realidad, la tarea de la educación era “entrenar en el alumno aquellas respuestas que son apropiadas en sí mismas, ya sea que alguien las esté dando o no, y en cuya realización consiste la naturaleza misma del hombre” (22). Los maestros lograban esto a través de la iniciación; invitaban a los estudiantes a la misma experiencia de realidad en la que ellos vivían.
La nueva educación simplemente condiciona. Al haber eliminado todo valor objetivo y consideración de la realidad, los nuevos maestros son “libres” de dar forma y moldear a las futuras generaciones en lo que quieran. Habiendo tomado las riendas del condicionamiento social, condicionarán para sus propios fines —vengan de donde vengan— y con poca o ninguna consideración por las limitaciones de la costumbre, la tradición, la verdad o la bondad. Lewis describe de forma concisa la diferencia entre la vieja y la nueva educación:
La antigua trataba a sus alumnos como las aves adultas tratan a los polluelos cuando les enseñan a volar; la nueva los trata más como el avicultor trata a las aves jóvenes: haciéndolas así o asá para fines de los cuales las aves no saben nada. En una palabra, la antigua era una especie de propagación: hombres transmitiendo hombría a los hombres; la nueva es simplemente propaganda.

Cómo condiciona el subjetivismo
Lewis demuestra astutamente la sutileza del condicionamiento en su ficción. En 1984 de Orwell, O’Brien obliga a Winston a confesar que 2+2=5 bajo la amenaza de que las ratas le coman la cara. En Esa horrible fortaleza de Lewis, Mark Studdock es condicionado con zanahorias y palos, con señuelos y amenazas. Se le seduce principalmente mediante la presión social, ya que sus condicionadores trabajan sobre su deseo de estar “dentro”, su “ansia por el Círculo Interno”. En consecuencia, trabajan sobre su miedo a ser excluido, desechado y condenado al ostracismo. La presión social, más que las amenazas directas de violencia física, son las herramientas de los condicionadores de Lewis.
En esto, Lewis fue notablemente profético. ¿Quién de nosotros no reconoce la propaganda que moldea impresiones en los algoritmos de las redes sociales, en las prohibiciones de X o en la cancelación de canales de YouTube? Lo que escuchamos y decimos a diario, lo que desplazamos y donde hacemos clic, lo que vemos y llegamos a asumir; todo esto tiene el propósito de condicionarnos al separarnos de lo Recto, lo Verdadero, lo Bueno e incluso lo Normal. Tal condicionamiento busca ayudar a la pecaminosa tendencia humana de suprimir la verdad con la injusticia.

Richard Hooker, un reformador inglés y héroe de Lewis, escribió una vez sobre el efecto destructivo de las costumbres impías:
Las costumbres pervertidas y malvadas —que quizás comienzan con unos pocos y se extienden a la multitud, y luego continúan por mucho tiempo— pueden ser tan fuertes que sofocan la luz de nuestro entendimiento natural, porque los hombres se niegan a hacer un esfuerzo para considerar si sus costumbres son buenas o malas.

El veneno del subjetivismo elimina los controles habituales ante tal error y maldad al negar que el bien y el mal existan objetivamente en absoluto. Y, sin embargo, como vivimos en el mundo de Dios y no en el mundo de nuestras febriles imaginaciones, no podemos escapar a la presión del orden moral objetivo, que nos presiona tanto desde nuestra conciencia como desde las Escrituras.
Nuestra locura cultural
El resultado, como Lewis resalta de nuevo tan hábilmente, es una especie de tragicomedia absurda. Sería gracioso si no fuera tan triste. En las memorables palabras de Lewis: “En una especie de sencillez espantosa, eliminamos el órgano y exigimos la función. Creamos hombres sin pecho y esperamos de ellos virtud e iniciativa. Nos reímos del honor y nos escandalizamos al encontrar traidores entre nosotros. Castramos y pedimos a los capones que sean fructíferos”.
A pesar de lo profético que fue Lewis en sus advertencias, ni siquiera él parece haber imaginado la locura a la que conduciría el subjetivismo. Aunque vio claramente que tal veneno infectaría nuestra sexualidad, la forma más retorcida que retrató fue la grotesca feminidad de Fairy Hardcastle. Pero comparada con el demente libertinaje del movimiento LGBTQ+ moderno, la señorita Hardcastle parece casi pintoresca.

Es más, Lewis pensaba que la necesidad práctica de resultados en las ciencias exactas limitaría la infección del subjetivismo en lo que respecta a la investigación. Pero en el siglo XXI, somos testigos de avances tecnológicos y científicos empleados al servicio del subjetivismo. Algunos de los últimos “avances” en la medicina se utilizan no para curar, sino para mutilar; no para restaurar el cuerpo a su función adecuada, sino para desfigurarlo y dejarlo impotente o estéril. En un cumplimiento literal de la advertencia de Lewis: “Castramos y pedimos a los capones que sean fructíferos”.
“Estar preparados lo es todo”
¿Qué se puede hacer entonces para evitar la ruina de la civilización, el fin de nuestra especie y la condenación de las almas? Se podrían escribir libros (y se han escrito) para responder a esa pregunta. Pero una respuesta sencilla sería esta: podemos cultivar comunidades que, por la gracia de Dios, amen a Dios y al orden objetivo que Él ha creado, y que estén listas para actuar en un mundo envenenado por el subjetivismo.
Tales comunidades incluyen Iglesias donde las buenas noticias de Jesús se proclaman fielmente en palabra y obra, donde los refugiados del mundo son bienvenidos en el nombre de Jesús y donde los apóstoles del mundo son refutados por la Palabra de Dios. Estas comunidades incluyen familias que se glorían en la bondad de Dios en la masculinidad y la feminidad, que buscan vivir fructíferamente en la misión de Dios en el mundo y que crían a sus hijos en la disciplina e instrucción del Señor.

Estas comunidades incluyen escuelas que aman la verdad y hacen el bien, que explican la realidad sin desvanecerla, que buscan formar a los estudiantes para que sean cristianos maduros que vivan con un gozo resistente en medio de este mundo roto. Tal es la necesidad, y la hora es avanzada. Pero, como lo dijo Hamlet, “estar preparado lo es todo”; nuestro Dios todavía está en los cielos y Él hace todo lo que le place.
Este artículo fue traducido y ajustado por David Riaño. El original fue publicado por Joe Rigney en Desiring God. Allí se encuentran las citas y notas al pie.
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