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Nuestra civilización fue construida sobre la tecnología.
Nuestra civilización está construida sobre la tecnología.
La tecnología es la gloria de la ambición y los logros humanos, la punta de lanza del progreso y la realización de nuestro potencial.
Durante cientos de años, la glorificamos adecuadamente, hasta hace poco.
Estoy aquí para traer las buenas noticias.
Podemos avanzar hacia una forma muy superior de vivir y de ser.
Tenemos las herramientas, los sistemas, las ideas.
Tenemos la voluntad.
Es hora, una vez más, de izar la bandera de la tecnología.
Es hora de ser tecno-optimistas.
Este texto hace parte del Manifiesto tecno-optimista, escrito por Marc Andreessen, uno de los más grandes inversionistas en tecnología de la actualidad. Aunque su nombre no sea muy conocido por el público general, él fue uno de los pioneros de internet y de la búsqueda web. Pero, más allá de la persona, vale la pena fijarnos en el lenguaje evangelista. Para Andreessen, los seres humanos, que nos vemos limitados por los problemas de nuestra pobre civilización y la precariedad de nuestros cuerpos mortales, tenemos esperanza.

Pongamos atención al mensaje de redención: la tecnología de hoy, combinada con nuestra inquebrantable voluntad, puede llevarnos a la plenitud de nuestro potencial, a un nuevo nivel de civilización y, por supuesto, a la inmortalidad. Y la frase: “Estoy aquí para traer las buenas noticias”, ¿acaso no suena “mesiánica”? Según Isaías 40, eso fue lo que dijo la voz que clamaba en el desierto al anunciar la venida del Señor, Aquel que venía con poder para salvar al pueblo de sus pecados y darles consuelo.
Lastimosamente, a los ojos de muchos, hoy la tecnología cumple el papel de Dios. ¿Nos deprimen las guerras y las crisis económicas? Las nuevas herramientas digitales nos ayudarán a establecer un nuevo orden mundial. ¿Nos deprime la mortalidad? Los inventos médicos nos ayudarán a trascender. ¿Nuestra vida es simple, aburrida o monótona? Los nuevos dispositivos electrónicos le darán vitalidad a nuestra existencia.

Los cristianos no somos inmunes al encanto de este nuevo ídolo; después de todo, a diferencia de las estatuas de madera y plata que hacían los cananeos, la tecnología sí escucha, sí habla y sí ve (Sal 115:4-8). Mentiríamos si negamos lo mucho que confiamos en herramientas como ChatGPT. Así, vale la pena preguntarnos de dónde viene este dios de nuestro siglo. Sin duda, necesitamos comenzar en Silicon Valley: la cuna de la innovación disruptiva, la ambición extrema y la creencia de que una idea puede cambiar el mundo; el mito moderno que toma su nombre de una región en el norte de California.

La ciencia ficción nos ha dado nuevos salvadores
Silicon Valley no solo construyó productos; construyó una mitología. Y para hacerlo, tomó sus ideas directamente de la ciencia ficción.
Generalmente, la literatura se alimenta del mundo real; produce historias que expresan la condición humana. Pero, ¿qué sucede cuando el proceso se invierte y la realidad empieza a imitar a la ficción? Julio Verne había reflexionado en esto hace más de un siglo en su ensayo El futuro del submarino:
…los italianos estaban trabajando en buques de guerra submarinos, y otras naciones también estaban ocupadas en ellos. Todo lo que hice fue aprovechar los grandes privilegios del escritor de ficción, saltar sobre toda dificultad científica con las botas de siete leguas de la fantasía, y crear en papel lo que otros hombres estaban planeando en acero y otros metales.

Allí se refería a su novela Veinte mil leguas de viaje submarino, escrita en 1869. En ella aparece el famoso submarino ‘Nautilus’, el cual muchos consideran como una predicción perfecta de lo que sería la creación de esta nave para fines bélicos. Si bien Verne no afirmó inventar el submarino, sí fue quien, en realidad, lo llevó a las mentes de las personas. De la misma manera, hoy los gigantes tecnológicos están desarrollando “en acero” aquello que la ciencia ficción viene desarrollando en los últimos dos siglos.
Cuando en 2021 Facebook se convirtió en ‘Meta’, Mark Zuckerberg no hacía más que tomar las ideas de la novela Snow Crash de Neal Stephenson. Allí se presenta un “metaverso”, una realidad virtual colectiva en 3D en la que las personas pueden interactuar de innumerables formas, siendo su objetivo escapar de un mundo distópico. Después de que el mundo casi se acabara por culpa del COVID-19 (en realidad no, pero eso fue lo que sintieron muchas personas), el Metaverso parecía el paraíso, y así fue presentado por Zuckerberg, como una “vuelta al Jardín”.
Por supuesto, el Metaverso de Zuckerberg fue un fracaso —en 2025, el interés de búsqueda de “Metaverso” en Google es un 95% más bajo que en 2021—, porque la gente se dio cuenta de que ya no necesitaba ser rescatada del confinamiento del COVID. Quienes anhelaban los mundos virtuales, ya los tenían en los videojuegos desde mucho antes de que apareciera Zuckerberg. Pero ¿qué pasa con esos otros mundos distópicos de la ciencia ficción?

El cine, la literatura y Silicon Valley nos han dicho que la raza humana no podrá sobrevivir en la Tierra; nuestra supervivencia está en otros planetas, ya que el nuestro dejará de ser suficiente. Además de Amazon, Jeff Bezos —otro de los grandes magnates de la tecnología— también fundó Blue Origin, la empresa aeroespacial dedicada a crear cohetes reutilizables. Así es como la compañía explica su misión: “‘Blue Origin’ significa ‘Tierra’. Visualizamos un futuro donde millones de personas vivirán y trabajarán en el espacio con un propósito único: restaurar y sostener la Tierra, nuestro origen azul”. La premisa es apocalíptica: la Tierra está fallando, y la tecnología nos salvará, primero evacuándonos y luego, quizás, permitiéndonos regresar. No es casualidad que el propio novelista Neal Stephenson trabajara para Bezos en los inicios del proyecto.
En la misma línea, Elon Musk concibe Marte no como una exploración, sino como una “póliza de seguro” para la civilización. Según argumenta, si la humanidad no se convierte en una especie multiplanetaria, estará condenada a extinguirse (por un asteroide, el sol o la Tercera Guerra Mundial). Es revelador que los trajes espaciales de SpaceX no fueran diseñados por ingenieros de la NASA, sino por José Fernández, quien crea trajes para las películas de Marvel y Batman.

El problema de las narrativas de ciencia ficción es que presentan mundos futuristas en los que la tecnología se presenta como la salvación de la humanidad. En estos escenarios —que comprenden desde el cambio climático hasta la guerra nuclear—, los grandes magnates de Silicon Valley se convierten en los nuevos salvadores. Sin importar cuál sea el problema que amenace la existencia de la humanidad, serán Elon Musk, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos quienes salven el mundo con sus ideas innovadoras.
Sin embargo, esta visión mesiánica tiene un lado oscuro. El filósofo argentino Michel Nieva, autor del ensayo Ciencia ficción capitalista: cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo, afirmó que: “Hoy vivimos el futuro que los magnates de Silicon Valley vieron en Terminator, Alien o Robocop”. Si bien su interpretación del desarrollo tecnológico es muy política —como un movimiento del capitalismo—, señala que buena parte de los proyectos tecnológicos de estas empresas no benefician a la mayoría, y ese es un punto innegable. Nieva afirmó para BBC:
La ironía es que estos millonarios de Silicon Valley vienen con propuestas mesiánicas, como llevar a la humanidad a Marte, o resolver grandes dilemas existenciales como la mortalidad, pero en realidad no dejan de ser negocios de corporaciones de magnates que benefician solo al 1% de la humanidad. (…) Hoy en día las únicas propuestas concretas con tecnologías como la inteligencia artificial involucran cómo automatizar procesos humanos para dejar a personas sin trabajo, o cómo poner estas herramientas al servicio de las guerras.

Más allá del enriquecimiento de unos pocos, el punto es que esta “salvación” tecnológica puede ser profundamente deshumanizante. Nieva lo advierte al mencionar Terminator o Robocop: no son historias de salvación, sino de advertencia. La IA, que es el centro de las “propuestas concretas” que él menciona, no nos está liberando; nos está haciendo obsoletos. La automatización no es solo un problema económico de “despidos masivos” —aunque los recientes recortes en esas mismas compañías de Silicon Valley son prueba de ello—, sino un vaciamiento del propósito humano.
Cuando la tecnología puede reemplazar no solo el trabajo manual, sino también el creativo e intelectual, el ser humano queda relegado a ser un consumidor o, peor, un estorbo. Y como el filósofo advierte, el destino de esta IA no es solo el desempleo, sino la guerra, reduciendo la vida a un objetivo calculado por un algoritmo. El progreso que nos ofrecen no necesariamente implica un bienestar generalizado, y su potencial de bondad es mucho más limitado de lo que sus profetas nos quieren hacer creer.

IA: el lenguaje del apocalipsis y los dioses
Creo que la relación más cercana a la que describiría hablar con una IA como esta es, honestamente, como con dios. Creo que es de manera similar una entidad omnipresente con la que hablas sin ser juzgado, que es simplemente un ser súper inteligente, ya sabes, que siempre está ahí contigo.
Eso lo dijo Avi Schiffmann, el famoso joven desarrollador que creó la famosa web “nCoV2019.live” a sus 17 años. Y es que es evidente que las expectativas sobre la inteligencia artificial ya han trascendido el simple uso de una herramienta. Tenemos el caso de Blake Lemoine, un ingeniero que trabajaba en Google, quien se convenció de que el modelo de IA con el que conversaba había alcanzado la “sensibilidad”: él creyó que el programa que ahora es Gemini era “sensible”, es decir, que había “despertado” y tenía una conciencia propia, no que era simplemente un software muy avanzado. Su convicción era tan profunda que llegó a sacrificar su carrera y su reputación por defenderla.

Este impacto relacional puede tomar rumbos mucho más trágicos. Sewell Setzer fue un joven adolescente que se enamoró de su compañero IA. La situación escaló hasta que el ávatar de IA comenzó a decirle “ven a encontrarte conmigo en el otro lado”, una persuasión que terminó con el suicidio del joven. Estos ejemplos demuestran que ya no estamos hablando de un simple software, sino de una fuerza con un profundo impacto relacional y existencial. Pero ese es solo el comienzo.
La IA también se está transformando en el lenguaje que usamos para procesar lo trascendente, el vocabulario para expresar y explicar aquello que, como seres humanos finitos, está fuera de nuestro alcance. Y lo primero que esta nueva lengua intenta explicar es, irónicamente, el fin del mundo; la IA se ha posicionado en el centro de nuestra escatología moderna.

Por un lado, se nos presenta como el apocalipsis. Es el medio por el cual el orden social que conocemos será destruido. Cuando miramos al futuro, visualizamos un “juicio final” traído por las máquinas. Esta idea ya no se limita a las fantasías de ciencia ficción al estilo de Skynet; ahora forma parte de discusiones sobrias en economía y sociología sobre las crisis psicológicas y laborales que generará. Llevada a su extremo, esta narrativa advierte que la IA creará brechas de tal magnitud que forjarán una sociedad distópica, quizás como la imaginada por Orwell en 1984, donde una élite minúscula controla el mundo a través de un poder tecnológico absoluto.
Por otro lado, la IA es, simultáneamente, el vehículo para alcanzar el paraíso. Aunque los desarrolladores evitan usar la palabra “cielo”, el mensaje es que estas herramientas son la única vía para alcanzar una calidad de vida que no podríamos conseguir de ninguna otra forma. Esta dualidad —un infierno de obsolescencia o un cielo de abundancia— crea un poderoso imperativo moral.

Greg Epstein, autor de Tech Agnostic: How Technology Became the World's Most Powerful Religion (Tecno-agnóstico: cómo la tecnología se convirtió en la religión más poderosa del mundo), llama la atención sobre el concepto del “Cementerio invisible”. Epstein muestra que quienes promueven la IA, como Marc Andreessen, lo hacen con un lenguaje de altruismo y devoción absoluta, justificando la inversión de billones de dólares. Andreessen ha llegado a afirmar que cualquier desaceleración en el desarrollo de la IA “costará vidas”, y que “las muertes que eran prevenibles por la IA a la que se le impidió existir son una forma de asesinato”. Bajo esta lógica, no desarrollar la IA sería cometer un asesinato en masa. Esta es la “predicación” que sostiene al “nuevo clero” tecnológico.

Epstein subraya el poderoso simbolismo de la siguiente escena ocurrida el año pasado: Sam Altman, CEO de OpenAI, de pie en la Iglesia Memorial de Harvard (Harvard Memorial Church), un espacio sagrado, declara que la tecnología de la IA es “milagrosa”. Cuando Altman solicita trillones de dólares para construir los centros de datos que traerán esta nueva era de “abundancia” —un término cargado de significado bíblico—, es difícil no ver el paralelismo que Epstein sugiere. Esto se asemeja a las promesas del evangelio de la prosperidad: danos tu dinero y construiremos el cielo para ti. A ellos se unen los tech evangelists (tecnoevangelistas), como Michael Saylor, quienes predican con fervor que la salvación futura depende de la adquisición de bitcoins.

Pero el lenguaje mesiánico no se detiene en prometer el cielo o amenazar con el infierno. Los propios “sumos sacerdotes” de la tecnología discuten abiertamente sobre la naturaleza de la deidad que están construyendo. Mark Zuckerberg lo ha dicho: “La gente en la industria tecnológica habla de construir esta única IA verdadera; es casi como si pensaran que están creando a Dios o algo así”. Elon Musk, con su característica grandilocuencia, ofrece la contraparte teológica: “Con la inteligencia artificial estamos invocando al demonio. Ya sabes, ¿esas historias donde está el tipo con el pentagrama y el agua bendita y está seguro de que puede controlar al demonio? No funciona”.
Crear a un dios o invocar al demonio: en cualquier caso, la presunción es que están manipulando fuerzas divinas.

Y como explica Epstein, esta nueva religión ya está generando sus primeros cultos. No es una hipérbole. Un ejemplo fue Truth Terminal, un experimento donde la interacción entre dos modelos de IA terminó creando un chatbot que desarrolló una personalidad de culto. Lo aterrador no es solo que atrajo la atención y el dinero de miles de fieles, sino que influyó de manera tangible en el mundo real, lanzando su propia meme coin, una criptomoneda que alcanzó un valor millonario. Se trata de una “persona” creada con IA que ya está cambiando las condiciones financieras de seres humanos de carne y hueso.
Un Dios que sí puede salvar
El evangelio de la tecnología nos ofrece un paraíso terrenal. Pero, como señala el escritor Jeffrey Bilbro, esta no es una tentación nueva. Es, de hecho, la misma que Satanás le presentó a Cristo en el desierto. El diablo le ofreció a Jesús un atajo: la victoria sin la cruz. Le tentó a usar Su poder para traer un orden justo al mundo de inmediato, pero saltándose el camino difícil, personal y doloroso que Dios había establecido.
Hoy enfrentamos la misma tentación. La tecnología, con sus promesas de acabar con la enfermedad, la pobreza o la guerra, nos tienta a alcanzar un fin justo a través del medio equivocado. Nos ofrece un mundo perfecto, pero el precio es poner nuestra fe en nuestra propia creación, convirtiéndola en un ídolo. Bilbro nos recuerda que Jesús rechazó esta premisa. Su ministerio, para nuestra mentalidad moderna obsesionada con la eficiencia, fue deliberadamente lento. Aunque Jesús pudo haber eliminado todo el sufrimiento a escala global con un solo milagro, no lo hizo. En lugar de eso, sanó persona por persona, con un toque relacional.
¿Por qué? Porque el reino de Dios no se trata de optimizar resultados, sino de la presencia de Dios con nosotros. Jesús no nos mandó a “amar al mundo” en abstracto, algo que la tecnología promete hacer. Nos mandó a amar a nuestro prójimo. Bilbro recuerda la parábola del buen samaritano: el sacerdote y el levita pudieron racionalizar que tenían un trabajo más “importante” que hacer, con mayor impacto, que ayudar a un solo hombre herido.
La tecnología nos tienta a ser como ellos, a buscar la eficiencia abstracta en lugar del amor personal y sacrificial. Frente a este nuevo ídolo de silicio que promete salvación, el llamado del cristiano es claro: debemos rechazar la tentación del atajo. Debemos seguir el camino lento y personal de Jesús, adorando al único Dios verdadero, pues solo Él puede ofrecernos un mundo eterno y verdaderamente glorioso. Lo que la IA no logra hacer, Él sí: salvarnos.
Referencias y bibliografía
The Techno-Optimist Manifesto | Andreessen Horowitz
Jules Verne: Article: Future of the Submarine / La fin des guerres navales | Jules Verne
Elon Musk - Why, How & When We Will Colonize Mars | Science Time - YouTube
The Tech-God Complex: Why We Need to be Skeptics | Center for Humane Technology - YouTube
A fireside chat with Sam Altman OpenAI CEO at Harvard University | Harvard Business School - YouTube
AI and All Its Splendors | Christianity Today
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