Es bastante común que los niños tengan su propio espacio de aprendizaje cada domingo en las iglesias, al que generalmente se le conoce como “escuela dominical”. Su existencia casi que podría darse por sentada en todas las congregaciones cristianas gracias a los pioneros que lograron su implementación y expansión. Una de ellas fue Katherine “Katy” Ferguson (1772-1854), una educadora afroamericana que, según se documenta, fundó la primera escuela dominical no solo de Nueva York, sino de Estados Unidos.
Por ese entonces, aquella ciudad experimentaba un auge económico y demográfico debido al comercio y a la inmigración. La población creció aceleradamente hasta superar los 500.000 habitantes hacia mediados del siglo XIX. Con el paso de los años, el ferrocarril y los barcos a vapor consolidaron su conexión con el resto del país, al tiempo que la ciudad afianzaba su lugar como centro cultural y artístico. Sin embargo, no estaba exenta de problemas, pues las autoridades debían lidiar con la delincuencia y las enfermedades, especialmente en los barrios más críticos.

En esa época, la niñez estaba marcada por la pobreza extrema y el trabajo infantil no regulado que, hacia mediados del siglo XIX, terminó siendo una pieza fundamental de la fuerza laboral urbana. Miles de niños, muchos de ellos huérfanos o inmigrantes, vivían en las calles y desempeñaban oficios precarios durante largas jornadas para sobrevivir, pues no había regulación legal. Los vendedores de periódicos —conocidos como newsboys— competían ferozmente en las calles, mientras otros trabajaban en talleres, muelles o fábricas textiles. Se estima que, en 1852, entre 10.000 y 30.000 niños vivían sin hogar en Nueva York. Eran conocidos como “ratas callejeras” y dormían en cajas o cerca de los hornos de las panaderías para buscar calor. En general, las condiciones sanitarias eran precarias y las enfermedades —como el cólera— eran comunes.
Ante el desalentador panorama en aquellos tristes barrios, y como una luz en medio de la oscuridad citadina, emergió la obra de Katy Ferguson.

La primera congregante de color
Hannah Williams, la madre de Katherine, vivía esclavizada en una plantación de Virginia. En 1771, contrajo matrimonio con un hombre llamado Tom y, al poco tiempo, quedó embarazada. Con el anhelo de que su hijo naciera en libertad, ambos emprendieron una huida desesperada de la plantación por separado; sin embargo, jamás volvieron a encontrarse. Aunque Hannah logró llegar al norte (región del país que por ese entonces rechazaba la esclavitud), su intento de alcanzar la libertad plena fracasó al ser interceptada en Nueva York.
Allí, tras dar a luz a Katherine en 1772, fue vendida nuevamente, esta vez a la familia Bruce. En un acto de desprecio hacia su identidad, la señora Bruce decidió rebautizar a la recién nacida como “Katy”, bajo el cruel pretexto de que el nombre de Katherine era “demasiado distinguido para una negra”. Pero eso no fue todo. En 1779, cuando la pequeña Katy apenas cumplía 7 años, el señor Bruce vendió a Hannah, separándola definitivamente de su hija. A partir de ese momento, Katy quedó sola bajo el dominio de los Bruce y fue obligada a asumir las tareas domésticas que antes realizaba su madre, a quien nunca volvió a ver.

Pese al dolor de la ausencia, el legado que Hannah dejó en la vida de su hija fue duradero: la Biblia y la fe. Katy mantuvo vivos los valores espirituales que su madre le inculcó y comenzó a asistir a la Iglesia Presbiteriana Escocesa. Allí, bajo la guía del pastor John Mason, Katherine encontró el refugio espiritual que, años más tarde, la llevaría a transformar la vida de cientos de niños en la ciudad.
Tempranamente, a los 8 años, Katy decidió que quería alcanzar su libertad. El primer paso para ello fue intentar aprender a leer. Sin embargo, su ama afirmó que ella ya era más inteligente que sus propios hijos y se negó a permitírselo. En uno de los pocos registros directos que se tienen sobre la vida de Katy, ella dijo: “Mi ama no me dejaba aprender; y una vez me dijo: ‘Ahora sabes más que mis hijas’”. A pesar de los obstáculos, no renunció a su proyecto de obtener la libertad. A los 10 años, volvió a pedirle a su amo que la dejara libre, prometiendo vivir una vida al servicio de Dios, pero su petición fue denegada.

Más tarde, a los 14, su vida dio un giro muy importante, pues decidió acercarse al nuevo pastor de su congregación por cuenta propia. Se trataba del reverendo Dr. John Mitchell Mason, quien acababa de aceptar la dirección pastoral de la iglesia tras la muerte de su padre. Katherine le entregó definitivamente su vida a Dios; no quería ser solo una espectadora o asistente por obligación (debido a que era esclava), sino una integrante formal de la congregación. Ella relató aquel evento con las siguientes palabras:
Mientras estaba en la puerta tocando el timbre, no puedo describir lo que sentí; y cuando se abrió la puerta y el Dr. Mason apareció frente a mí, temblé de pies a cabeza. Si me hubiera hablado con dureza o me hubiera rechazado, casi moriría de pena, y tal vez habría perdido el alma.

Aunque él era conocido por su severidad, le preguntó: “¿Has venido a hablarme de tu alma?”. Iniciaron entonces una conversación con la que terminó convirtiéndose en la primera congregante de color de la Iglesia Presbiteriana Escocesa.
Su vida transcurrió entre el servicio doméstico y la iglesia hasta que, a sus 16 años, encontró a una mujer que aceptó comprar su libertad por 200 dólares con la condición de que Katy le devolviera el dinero. Necesitó once meses de trabajo para pagar la mitad del préstamo y un miembro de su iglesia, Divie Bethune, recaudó los otros 100 dólares. Así logró obtener su ansiada libertad.
Décadas de servicio en medio de la pérdida
Para asegurar su sustento, trabajó como pastelera; se dice que sus productos eran los mejores de la ciudad. El resto del tiempo lo dedicaba a ayudar a sus vecinos. A los 18 años se casó con John Ferguson, y juntos desarrollaron una intensa labor de cuidado y enseñanza bíblica en su comunidad. Durante sus primeros años de matrimonio, vivieron en las barracas del fuerte de la ciudad (el antiguo asentamiento holandés conocido entonces como Fort George). Tras un devastador incendio en 1790, el fuerte quedó prácticamente en ruinas y abandonado por las autoridades.
Fue en medio de esos escombros donde Katy dio sus primeros pasos en el servicio a través de la educación, transformando las precarias barracas en un refugio de enseñanza para los niños más vulnerables de los muelles. Sin embargo, fueron desalojados de allí cuando el gobierno decidió demolerlas para modernizar la ciudad.

En medio de todo esto, llegó la primera hija del matrimonio, Abigail. Cuando esperaban a la segunda, John falleció en los muelles de la ciudad de Nueva York, en donde trabajaba. Unos meses después, la pequeña Julia nació muerta y pocos años después la vida de Abigail también terminó a causa de los estragos de la fiebre amarilla. Sobre sus hijos y su panorama familiar, la misma Katy declaró: “Están muertos (…) y ya no tengo parientes, y la mayoría de mis viejos amigos ya no están”.
Pero sus pérdidas no la detuvieron en cuanto a hacer el bien. Empezó a recoger niños de la calle los domingos y consiguió que otras personas les enseñaran a leer la Biblia. En 1793, acogía cada domingo en su casa a una gran cantidad de pequeños, tanto negros como blancos, para enseñarles lecciones bíblicas y habilidades prácticas.
La relación de Katy con su mentor, el Dr. John Mitchell Mason, continuó siendo fundamental a lo largo de los años. En 1814, cuando Mason ya lideraba la Iglesia Reformada Asociada en la calle Murray (una nueva congregación que él mismo había fundado tras dejar la calle Cedar), le ofreció a Katy trasladar su grupo al sótano del templo. Este cambio fue un hito: la escuela recibió el apoyo formal de otros voluntarios y se profesionalizó la enseñanza, que incluía la memorización de himnos y pasajes de las Escrituras. A partir de ese momento, el proyecto comenzó a ser reconocido oficialmente como la Escuela Sabática de la calle Murray.

Además, durante más de 40 años, realizó en su casa una reunión de oración todos los viernes por la noche y otra cada sábado por la tarde; conseguía la ayuda de algún varón que las dirigiera. Los niños pobres y abandonados del vecindario y los adultos que no asistían a la iglesia eran bienvenidos.
Los resultados de estos esfuerzos fueron muy felices. Algunos comentaron que, donde vivía Katy, había cambiado el aspecto del vecindario. Ella trabajó toda su vida incansablemente y lamentó la condición de los pobres de la ciudad, quienes sufrían tanto por sus vicios como por su pobreza. Dijo: “La ruina de la gente blanca y de color en esta ciudad es el juego. Le dije a uno de ellos que yo jamás lo haría; que prefería vivir a pan y agua”.
El legado de Katy: “Qué bueno es tener esperanza en Jesús”
En 1854, tras varios días algo indispuesta, fue a ver a un médico. Pronto regresó a su casa y se acostó, pero empeoró rápidamente. En pocas horas, se hizo evidente que su enfermedad era cólera, y percibió que la hora de su partida estaba cerca. En un momento, le dijo a una amiga que estaba junto a ella: “¡Oh, qué bueno es tener esperanza en Jesús!”. Y sus últimas palabras fueron: “Todo está bien. Sí, santo Espíritu, todo está bien”.
Katherine Ferguson falleció el 11 de julio de 1854 y recibió múltiples homenajes. Un periódico escribió: “Miles de personas en esta comunidad han oído hablar o conocen a Katy Ferguson (…) la célebre pastelera para bodas y otras fiestas sociales. Pero muchos quizá desconozcan las extraordinarias buenas obras que coronaron su vida”. Además, en el obituario publicado por la prensa local se registraron las siguientes palabras:
La partida de esta notable mujer debería conmemorarse con una nota necrológica digna de una madre tan grande en Israel y de una filántropa cristiana tan activa y de toda la vida. Se espera que se publiquen sus memorias. Miles de personas en esta comunidad han oído hablar o conocido a Katy Ferguson, la anciana mujer de color, quien, en una vida más activa, fue la célebre pastelera para bodas y otras fiestas sociales. Pero muchos de los que han disfrutado de su inigualable pastel y se han sentido inspirados por su sensata charla o su piadoso discurso quizá desconozcan las eminentes virtudes y las extraordinarias buenas obras que coronaron su vida. Por lo tanto, es un deber de la causa de Cristo, de la filantropía y, en especial, de las personas de color, que sus distinguidos servicios queden registrados. Los hechos contenidos en esta nota fueron tomados de los propios labios de la Sra. Ferguson el 25 de marzo de 1850.

Durante su vida dio pocas entrevistas. Sin embargo, en una de ellas se le consultó: “¿Has acumulado alguna propiedad?”, a lo que respondió: “¿Cómo podría, si regalé todo lo que gané?”. De acuerdo con el African American Registry, en total se hizo cargo de 48 niños. Algunos provenían de orfanatos, de sus propios padres o de la calle; ella los cuidó hasta encontrarles hogares adecuados.
En 1920, la ciudad de Nueva York abrió un hogar para madres solteras y lo llamó Katy Ferguson Home, honrando así su vida de servicio. Poco más de un siglo después, en junio de 2023, se propuso agregar un nombre de calle secundario a la esquina suroeste de la calle 95 y Central Park West. En las sesiones del comité para evaluar la iniciativa, el reverendo Derrick McQueen, de la Iglesia Presbiteriana St. James de Harlem, señaló que esta propuesta destacaba el legado educativo de Katy Ferguson, considerando que: “La escuela dominical era el único lugar donde las mujeres afroamericanas podían destacar en cuanto a su educación. Las escuelas dominicales fueron pioneras en la educación temprana para las personas desatendidas y desfavorecidas del país”.
Otra institución que honra su legado es la Catherine Ferguson Academy, que se presenta con la siguiente declaración:
Si bien muchas adolescentes embarazadas y madres jóvenes aspiran a continuar su educación y alcanzar grandes sueños, a menudo se enfrentan a desafíos que impiden estos objetivos, como la falta de acceso a guarderías y la escasez de apoyo comunitario. Movida por estos problemas que enfrentan las jóvenes en Detroit, Asenath Andrews fundó la Catherine Ferguson Academy hace más de 25 años. Un experimento revolucionario en la educación, que lleva el nombre de una famosa esclava liberada, apasionada por la educación a pesar de ser analfabeta, la escuela ayuda a las jóvenes con hijos a completar su educación secundaria y a crear futuros con muchas menos limitaciones para ellas y sus hijos.

Katherine Ferguson venció la esclavitud y el analfabetismo, pero también representa el nacimiento de una estructura que hoy es pilar en la cristiandad global. Lo que comenzó como un acto de resistencia espiritual en las ruinas de un fuerte y un refugio de alfabetización en su propia casa, se transformó en el modelo de educación que años después las iglesias adoptarían formalmente.
Al abrir los sótanos de los templos para cientos de niños en indigencia, Katy demostró a las instituciones religiosas que la enseñanza infantil era una responsabilidad eclesiástica fundamental. Así, la Escuela de la calle Murray sentó las bases para que la escuela dominical evolucionara de un centro de alfabetización social a un espacio de formación bíblica sistemática, permitiendo que la visión de una mujer que “regaló todo lo que ganó” siga viva en cada aula dominical del mundo contemporáneo.
Vale la pena concluir este breve recuento con lo que señaló la escritora para Aviva Nuestros Corazones Heidi Jo Fulk, al meditar en el profundo legado de Katherine Ferguson:
He sido profundamente desafiada al conocer la vida de Katy. Desafiada como madre a continuar orando ferviente y específicamente por mis hijos. Desafiada como maestra a continuar enseñando y viviendo la verdad. Desafiada como seguidora de Cristo a confiar más en mi Salvador. Al principio solo sabía que Katherine Ferguson fue la mujer que impulsó la Escuela Dominical, pero al conocer los detalles de su vida, he sido instruida, tal como ella instruyó a tantos niños.
Referencias y bibliografía
Heroes of the Faith — Katherine Ferguson, Sunday School founder | The Alabama Baptist
