De Pompeya a Uber Eats: ¿cómo la comida a domicilio ha transformado nuestras relaciones?

Un adulto que trabaja pide a domicilio dos veces a la semana aproximadamente. La comodidad y la conveniencia de estos servicios han redefinido el significado de “comer”: la mesa pasó de ser el lugar central de la comunión a satisfacer un simple deseo individual.

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Son las tres de la tarde y no he almorzado. Entre reuniones y tareas la comida ha pasado a un cuarto lugar en mi mente. Sin embargo, el instinto natural de un estómago vacío da paso a la idealización mental del siguiente bocado que llevaré a mi boca. Antes, preparar las tres comidas requería horas de planificación y ejecución de tareas, aunque eso al menos brindaba seguridad respecto al origen y procesamiento de cada ingrediente. Hoy, tomo mi celular, ingreso a una aplicación de domicilios y busco lo que más me apetece. Comparo precios, la misma plataforma calcula el cobro del transporte y cargo el total a la tarjeta. En menos de 30 minutos tengo mi almuerzo en la puerta de mi casa sin haber dejado de trabajar. 

Este es un ejemplo de cómo actualmente el celular cumple la función de la varita mágica:  con apenas unos movimientos, obtenemos lo que deseamos casi sin esfuerzo. En décadas pasadas, esta era una fantasía de la que se despertaba con la realidad de la falta de recursos o de medios requeridos para lograrlo. Las comidas preparadas en casa eran la norma y salir a un restaurante o consumir comida rápida solía reservarse para ocasiones especiales. Sin embargo, varios cambios sociales y tecnológicos, como la aparición de internet y la larga pandemia de hace unos años, dieron paso a una nueva era de industrialización y consumismo. Las aplicaciones de delivery ofrecen gratificación instantánea y la paciencia que antes requerían los procesos cada vez es menos necesaria. Incluso, ahora se puede comprar comida “sin dinero”, con solo pasar una tarjeta de crédito. 

Así pues, la era digital ha transformado la manera en que nos relacionamos con la comida. Aunque hay evidencia arqueológica de restaurantes en las antiguas Roma y Grecia, y se sabe que existían puestos de comida callejera y servicios de domicilio, el peso económico actual de esta industria ha modificado no solo nuestros hábitos de consumo, sino también la forma en que construimos relaciones.

Las aplicaciones de delivery ofrecen gratificación instantánea y la paciencia que antes requerían los procesos cada vez es menos necesaria. / Foto: Pexels

De los comederos en Pompeya a los pedidos por teléfono

Hace 2000 años, en Mesopotamia y Egipto, ya existía la posibilidad de comer “fuera de casa”. Los registros históricos muestran que en la ciudad de Ur existían tabernas para los viajeros y que en Egipto había panaderías públicas y otros negocios que ofrecían alimento, así como vendedores ambulantes. La vida en la antigua Roma presenta ciertas semejanzas con los ritmos urbanos de hoy, marcados por el trabajo y la vida social. La comodidad y la necesidad fueron aliadas inseparables para la propuesta de modelos de negocio alimenticio. 

En las ruinas de Pompeya se encontraron los famosos “thermopolia”, unos lugares donde se vendía comida preparada para trabajadores y habitantes. Eran muy apropiados tanto para el estilo de vida ajetreado que el comercio provocaba en esa zona, como para las familias, pues la mayoría de casas no poseían cocina propia. Las personas de mayor posición social enviaban a sus esclavos o sirvientes a recoger sus pedidos en aquellos puestos de comida o en los mercados. 

Un thermopolium, el equivalente romano de la comida rápida, con sus vasijas empotradas para mantener los alimentos calientes. /Foto: Agence France-Presse

Pero el negocio de la comida a domicilio no se consolidó sino hasta mucho después, en 1789, cuando algunos restaurantes parisinos empezaron a enviarles comida a las familias adineradas de la ciudad. Luego, a finales del siglo XIX, los locales comerciales de Londres ofrecieron la posibilidad de enviar comida caliente en empaques y contenedores especiales. Tras la industrialización y el entorno social donde el trabajo requería largas horas fuera de casa, los restaurantes comenzaron a ofrecer la opción de transportar la comida a los lugares de trabajo. En 1898, la Pizzería di Pietro e Basta Così realizó el primer pedido de pizza a domicilio para el rey Humberto y la reina Margarita de Nápoles; este quedó registrado como una de las primeras entregas que hizo un chef en Italia.

En 1890, en Bombay, India —actual Mumbai—, se creó el sistema de las dabbawalas, que transporta los almuerzos desde los hogares hasta las oficinas y otros lugares de trabajo. Hoy en día sigue en funcionamiento y es reconocido por su notable precisión logística. Este modelo surgió como respuesta a las necesidades de una sociedad urbana en constante movimiento.

Un dabbawala en bicicleta. / Foto: Joe Zachs

Ahora bien, fue en los años 50 que se popularizó en Estados Unidos una nueva forma de comer en casa sin cocinar desde cero. La televisión comenzó a ingresar masivamente a los hogares, y al mismo tiempo se expandieron las llamadas TV dinners (cenas de televisión), que eran comidas precocinadas y congeladas que podían calentarse y consumirse frente a la pantalla. Esta solución resultó especialmente conveniente para muchas familias de clase media en una sociedad cada vez más marcada por el trabajo asalariado, la vida suburbana y la búsqueda de practicidad. Así, la comida preparada dejó de ser una excepción y empezó a consolidarse como parte de la rutina doméstica.

Durante buena parte del siglo XX, muchos restaurantes recibían pedidos por teléfono y enviaban a sus propios repartidores. En ese contexto, Domino’s ayudó a consolidar el reparto moderno de comida a domicilio con su promesa de entregar los pedidos en 30 minutos o menos. Otras cadenas de comida rápida, como Pizza Hut, también contribuyeron a normalizar este hábito en distintos mercados. 

Domino’s popularizó la entrega de comida a domicilio con su garantía de 30 minutos. / Foto: Pinterest

Sin embargo, fue con la aparición de internet y luego con las aplicaciones móviles que la comida a domicilio se transformó en una industria de gran escala y crecimiento acelerado. 

DoorDash, Uber Eats y la pandemia: cuando pedir comida se vuelve parte de la rutina

Con la expansión comercial del internet en los años 90, surgieron las primeras plataformas que permitían al usuario consultar el menú de distintos locales, escoger lo que quería y hacer su pedido sin necesidad de llamar por teléfono. Waiter.com, creado en 1995, fue pionero en este modelo al reunir una variedad de opciones en restaurantes locales en un sitio web. A partir de la década de 2010, con la generalización de los teléfonos inteligentes y las aplicaciones móviles, este sistema se masificó aún más y pronto dominó el mercado y la atención de los consumidores.

Grandes negocios como Doordash y Uber Eats comenzaron como iniciativas que observaron problemas en la conexión entre los negocios de comida y los clientes. Aunque el sistema de delivery independiente parecía funcionar, carecía de la accesibilidad, la coordinación logística y la variedad necesarias para satisfacer la demanda de forma eficiente. Estas aplicaciones proporcionaron una infraestructura logística para el transporte de comida y facilitaron un servicio rápido, cómodo y accesible. Además, sus creadores identificaron una capacidad logística desaprovechada: podían generar empleo para cientos de personas que contaban con autos o bicicletas. Así fue como la geolocalización, los pagos digitales y los repartidores independientes le dieron paso a un modelo de negocio que satisfacía el cambio cultural de una sociedad con poco o casi nada de tiempo para preparar su cena.

Uber Eats y DoorDash resolvieron un problema simple: conectar restaurantes con clientes que no tienen tiempo de cocinar, usando repartidores independientes y pagos digitales. / Foto: Unsplash

En 2015, Simón Borrero, Sebastián Mejía y Felipe Villamarín fundaron Rappi en Bogotá, Colombia. Su propuesta de valor consiste en permitirle al usuario pedir casi cualquier cosa —medicamentos, comida, productos, supermercado y encargos personales— desde la comodidad de su casa. El tedio del transporte en grandes ciudades y la gestión del encargo recaen en la plataforma y en su red de repartidores. Desde 2015 hasta 2020, la empresa creció exponencialmente.

Luego, cuando llegó la pandemia del COVID-19, las aplicaciones se transformaron en la norma del día. Con los negocios bloqueados por las medidas regulatorias y el incremento de los trabajos remotos, se empezaron a utilizar los servicios de comida a domicilio mucho más que antes. Esta demanda aceleró la expansión de los servicios de comida y la integración de la geolocalización, los chatbots con inteligencia artificial para brindar ayuda inmediata y las recomendaciones basadas en el historial de consumo. 

Muchos negocios pequeños sobrevivieron gracias a sus alianzas con plataformas como Uber Eats y otras aplicaciones de reparto. Durante la pandemia, las aplicaciones a domicilio pasaron de ser una alternativa práctica a casi una necesidad para quienes no podían cocinar en casa o simplemente querían consumir comida de restaurantes. 

Según estimaciones de Mordor Intelligence, a finales de 2026, el negocio de comida a domicilio habrá generado 284 mil millones de dólares, y para el 2031, alcanzará los 468 mil millones de dólares. Definitivamente estamos hablando de una industria que ha cambiado completamente la dinámica de consumo para siempre.

En pandemia, muchos negocios pequeños sobrevivieron gracias a sus alianzas con plataformas como Uber Eats y otras aplicaciones de reparto. / Foto: Pexels

El precio de la conveniencia

Aunque este mercado ofrece muchos beneficios, también tiene un alto costo económico y social. A simple vista, podría pensarse que los usuarios de las plataformas de delivery solo pagan por la satisfacción rápida de tener su comida lista. Sin embargo, el servicio resulta más atractivo porque responde a tres deseos profundos de la vida contemporánea: la libertad, la comodidad y el ahorro de tiempo.

En primer lugar, estas aplicaciones apelan a una idea de libertad muy propia de nuestra sociedad posmoderna: la independencia orientada a satisfacer la necesidad del individuo y no del colectivo. Además, su uso ha transformado la percepción misma del comer. En vez de verlo como un momento de gratitud, pausa o encuentro, se convierte con facilidad en una necesidad o deseo que debe satisfacerse de inmediato. 

La comodidad del delivery convierte el acto de comer en una transacción inmediata que satisface la libertad individual pero erosiona su significado como pausa y encuentro. / Foto: Unsplash

Muchos lectores del New York Times han dicho que acuden a las apps de domicilios para satisfacer pequeños antojos: ordenan un simple café, un helado o una malteada. Erin Molnar, mercadóloga en Ferndale, Michigan, dice que una vez pagó 15 dólares por un pequeño pastel de chocolate: “Recuerdo sentirme un poco loca por pedir que me entregaran una sola cosa. Es una bendición y una maldición que tengamos el privilegio económico”.

Por eso, el crecimiento de los modelos de comida rápida y entrega inmediata no es solo el latido de una economía más eficiente, sino también el síntoma de un cambio cultural que se adapta a la agenda individual llena de compromisos laborales y sociales, orientada más al cumplimiento de tareas que a la construcción de un legado. La disponibilidad permanente de muchos negocios permite satisfacer el hambre de manera aislada, sin la necesidad de detenerse, esperar, compartir ni preparar algo más significativo. Es una transacción rápida pensada en el hoy.

Por último, esa promesa de comodidad y libertad también tiene un costo económico considerable. Will Parks, de 36 años, decidió reducir sus pedidos después de revisar el reporte anual de su tarjeta de crédito en 2024 y darse cuenta de que había gastado un tercio de su dinero en ellos. Respecto a esto dijo: “La comida a domicilio es un fraude. Es increíblemente costosa y la calidad ha disminuido precipitadamente, y con los costos tan altos miré detenidamente y dije: ‘esto es un desperdicio de mi dinero y mi tiempo’”. 

Una mercadóloga de Michigan pagó 15 dólares por un pequeño pastel de chocolate a domicilio. / Foto: Envato Elements

Kiely Reedy, una procesadora de datos de 34 años que vive en San Diego, es otro ejemplo de las implicaciones económicas del delivery. Gana aproximadamente 50.000 dólares al año (un ingreso de clase media, para nada excesivo), pero gasta entre 200 y 300 dólares semanales en comida a domicilio; el precio de esa comodidad es alto. Ella afirma que su costumbre de pedir a domicilio ha extinguido sus ahorros y la ha llevado a socializar menos. “Siento que dependo de ello, pero me siento culpable de usarlo”, afirmó. 

Así, lo que se presenta como una solución práctica para ahorrar esfuerzo termina revelando otro precio: no solo para la billetera, sino también para la manera en que valoramos el tiempo, el deseo y la satisfacción inmediata.

La comodidad del delivery tiene un costo invisible que va más allá de la billetera y alcanza los vínculos, el tiempo y la manera en que valoramos el acto de comer. / Foto: Pexels

La pérdida más grande

Sin embargo, hay una pérdida más profunda que queda camuflada en el uso de la comida a domicilio: la comunidad. Pedir comida a domicilio puede restar valor al sentido de pertenencia dentro de una comunidad, pues convierte el acto cotidiano de alimentarse en una experiencia cada vez más individual, inmediata y funcional. Mientras que en el siglo pasado la comida alrededor de la mesa tenía una connotación familiar y de unidad diaria, ahora ha pasado a ser un evento casi reservado para días festivos. 

Históricamente, desde las sociedades cazadoras-recolectoras hasta los puestos de comida en Pompeya, el Imperio inca, los reinos europeos o los dabbawalas en la India, la comida ha estado profundamente ligada a la vida de la comunidad y al ritmo de la sociedad. De algún modo, es una de las evidencias más sencillas para evaluar las conexiones humanas dentro del núcleo más pequeño: la familia. Durante siglos, el comedor del hogar era el espacio en el que se ingerían alimentos, pero también se intercambiaban historias, información, juegos, pensamientos, argumentos, conflictos, reconciliaciones y afectos. El resultado era el reconocimiento del otro aparte del “yo”, una conciencia de unidad y una compatibilidad de valores y creencias que profundizaban los vínculos y, en muchos casos, daban forma a movimientos e incluso a la historia.

El delivery camufla una pérdida más profunda que el dinero, la comunidad / Foto: Pexels

Ahora bien, no significa que todo domicilio elimine automáticamente la interacción grupal, pero sí modifica los hábitos mediante los cuales las personas se encuentran, comparten y construyen comunidad. Antes, salir a un restaurante solía implicar una experiencia pública de encuentro y conversación con otras personas, pero eso ha cambiado en las últimas décadas, particularmente después de la pandemia: un tercio de los estadounidenses pedía comida a domicilio al menos una vez por semana y, en 2024, la National Restaurant Association reportó que tres de cada cuatro pedidos de restaurantes no se consumían en el local, sino que eran para llevar. La comida no ha dejado de ser social por completo, pero sí se ha desplazado cada vez más del espacio compartido al consumo personalizado. 

Este intercambio de practicidad por unidad y de eficiencia por satisfacción personal puede desembocar en soledad social. Cada vez es más común ver a personas comiendo solas frente a una pantalla o, si están acompañadas, cada una está en su propio mundo digital. Si antes las sociedades cazadoras-recolectoras cooperaban para traer alimento a toda la comunidad, ahora cada uno “mata su propio cerdo” y se preocupa por sí mismo.

La comida no dejó de ser social, pero se desplazó del espacio compartido al consumo solitario. / Foto: Envato Elements

¿Qué implica el delivery para el futuro?

La comida no solo satisface una necesidad física. También tiene una dimensión emocional, relacional e incluso espiritual. Desde el Génesis, algunos de los episodios más significativos de la historia bíblica ocurren alrededor de una mesa. 

Abraham recibe a Dios, se levanta de su descanso y prepara comida en un acto de hospitalidad y comunión. Cada año, el pueblo de Israel celebraba la Pascua en familia, y en múltiples ocasiones Jesús se sentó a la mesa con Sus discípulos y seguidores. De hecho, antes de Su muerte, lo hizo nuevamente e instituyó la Santa Cena en memoria de Su sacrificio en la cruz. El acto de comer juntos, que muchas veces se da por sentado, sigue siendo un lugar poderoso y sencillo donde las personas se conocen, se escuchan y participan en una vida compartida.

Con la expansión de los domicilios, otros espacios han ido ocupando el lugar histórico de la comida como centro de la comunidad. Las redes sociales ofrecen —de forma más rápida, menos profunda y más fragmentada— el intercambio de experiencias, opiniones, ideas e información que antes requería presencia física y atención sostenida. Las relaciones también se sostienen mediante mensajes y videollamadas que no respetan horarios ni exigen demasiado esfuerzo. 

Durante siglos, la mesa fue el centro de la comunidad. El delivery y las redes sociales la han reemplazado por intercambios más rápidos y menos profundos. / Foto: Unsplash

Así pues, el futuro de la industria del delivery no solo no muestra signos de debilitamiento, sino que promete seguir erosionando las relaciones. Por el contrario, promete futuras innovaciones para su servicio como vehículos autónomos, drones y el uso de la inteligencia artificial para optimizar rutas y tiempos de entrega. Al mismo tiempo, se han propuesto iniciativas para reducir los costos de las empresas, como alianzas con restaurantes amigables con el medio ambiente y la reducción de los costos por plásticos con el fin de generar una conciencia ambiental. El despegue de estos servicios es una evidencia del poder de la innovación y de la tecnología que irá adaptándose a las necesidades de los consumidores en un mundo en constante cambio. 

Sin embargo, el modelo de vida comunitaria alrededor de la mesa ejemplificado una y otra vez en la Biblia es una imagen que incluso anticipa el reino de Dios. Entonces, ¿los creyentes somos conscientes de que los espacios relacionales en torno a la comida requieren más atención y planificación que en el pasado? ¿Qué tanto estamos dejando que la cultura del delivery incida en nuestras relaciones y en nuestra forma de hacer comunidad?  


Referencias y bibliografía

Takeout and Delivery Food Can Teach You American History | TIME

Pompeya vuelve a sorprender: hallan una vasija egipcia usada en un ‘fast-food’ romano | National Geographic

From Ancient Fangzi to Virtual Restaurants: A Brief History of the Restaurant Industry | The Science Survey

The unsurpassed 125-year-old network that feeds Mumbai | BBC

How food delivery Is reshaping mealtime | The Star

The Booming, Ethically Dubious Business of Food Delivery | The Atlantic 

Think Piece: The Rise of Food Apps | The Harvard Crimson

Online Food Delivery – Worldwide | Statista Market Forecast

Latin America Online Food Delivery Market Size & Outlook, 2030 | Grand View Research

Online Food Delivery Market Size & Share Analysis | Mordor Intelligence

Podcast Episode 17: Dinner by DoorDash? | The Family Dinner Project

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