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El trabajo de John Wycliffe —filósofo, teólogo, traductor bíblico, sacerdote y profesor de Oxford— fue fundamental para el desarrollo posterior de la Reforma protestante. Su corazón por la autoridad de la Escritura ha influenciado el mundo hasta nuestros días.
En 1428, en un rincón de Inglaterra llamado “Lutterworth”, un grupo de hombres abrió una tumba. No buscaban un tesoro. Querían hacer una advertencia. Aunque John Wycliffe llevaba más de cuatro décadas muerto, su nombre y enseñanzas seguían vivos en sermones, manuscritos, discusiones universitarias y rumores de “predicadores pobres” (poor priests) que iban por caminos rurales con la Biblia en la mano. Así que la Iglesia católica vio la necesidad de condenar sus ideas. En 1415, el Concilio de Constanza lo declaró hereje y ordenó que sus escritos fueran quemados y que sus restos fueran expulsados de “suelo consagrado”.
En 1428, la orden se ejecutó: exhumaron sus huesos, los quemaron y arrojaron las cenizas al río Swift, cuyas aguas corren hacia el río Avon. Aun así, no lograron su propósito. Sus enseñanzas —especialmente su insistencia en la autoridad de la Escritura— continuaron extendiéndose. Lo que sigue es un resumen de la vida de John Wycliffe.

Inglaterra en crisis: el siglo que preparó el terreno
Para entender a Wycliffe, es necesario ver el contexto que lo rodeaba. La Inglaterra del siglo XIV había sido golpeada por la inestabilidad: había guerra, enfermedad y una crisis de autoridad reflejada en varias tensiones políticas. La Peste Negra quebró la estabilidad medieval; el rápido cambio demográfico llevó a los sobrevivientes a desafiar las jerarquías tradicionales y a preguntarse, con una urgencia nueva, cómo se debía vivir como un verdadero cristiano en un mundo que parecía agonizar.
Al mismo tiempo, con el traslado de la residencia del obispo de Roma a Francia —conocido como el “Papado de Aviñón”—, la autoridad de Roma quedó en entredicho. Este no fue un detalle menor para Inglaterra que, al encontrarse en medio de la Guerra de los Cien Años, se negó a enviar recursos financieros a una institución que residía en territorio enemigo. La nobleza y el pueblo empezaron a cuestionar por qué debían sostener a un clero que parecía responder más a los intereses franceses que al Evangelio.

En este contexto de fricción entre el reino y la curia, la Iglesia medieval se presentaba como una maquinaria pesada, rica y, a menudo, distante. La piedad convivía con el abuso de poder, y la búsqueda de Dios se veía empañada por los nombramientos eclesiásticos y las disputas por jurisdicciones. En ese sentido, Wycliffe no surgió de la nada. Fue la voz que articuló el malestar de una sociedad que ya no confiaba en las instituciones. Con la Iglesia y la sociedad agrietadas, el terreno estaba listo para que alguien volviera a poner la mirada en la autoridad de las Escrituras.

Preparando la Reforma protestante
John Wycliffe nació alrededor de 1330 en Yorkshire, Inglaterra. Ingresó a la Universidad de Oxford en 1346, pero debido a las consecuencias de la gran ola de Peste Negra no pudo obtener su doctorado sino hasta 1372. Sin embargo, para entonces ya era considerado el principal filósofo y teólogo de Oxford. Su estudio riguroso de la teología y las Escrituras lo llevó a concluir que la Iglesia de la época se había desviado en aspectos doctrinales y prácticos.
En la década de 1370, Wycliffe produjo tres obras significativas. La primera fue Sobre el dominio divino (1373–1374), en la que explicó que no encontraba una orden bíblica clara que respaldara el pontificado. De hecho, argumentó que este desplazaba la primacía de las Escrituras y, con ello, desviaba a la Iglesia de su verdadero fundamento. La segunda obra importante fue Sobre el dominio civil (1375–1376), en la cual cuestionó la injerencia de la Iglesia católica romana sobre la Corona inglesa y la nobleza. En Sobre la verdad de las Sagradas Escrituras (1378), su tercer trabajo principal, desarrolló con más fuerza la doctrina de la autoridad de la Biblia.
Estos textos fueron cruciales para preparar el escenario para la Reforma. Varios eruditos que visitaron Oxford, entre ellos Jerónimo de Praga, llevaron a Praga los escritos de Wycliffe alrededor de 1401. Allí circularon en la Universidad y terminaron influyendo en el pre-reformador Jan Hus, quien no adoptó todo, pero tomó varios principios.

“Maestro de los errores”
En 1374, Wycliffe fue nombrado rector de la parroquia de Lutterworth, cargo que conservó hasta su muerte. Mientras tanto, Roma —que luchaba por recaudar dinero para resistir un posible ataque francés— había exigido apoyo financiero de Inglaterra. Wycliffe aconsejó a su señor local, John de Gaunt, que le dijera al Parlamento que no cumpliera. Argumentó que la Iglesia ya era demasiado rica y que Cristo llamó a Sus discípulos a la pobreza, no a la riqueza.
De hecho, ese mismo año, fue enviado por la Corona a Brujas con una misión clara y urgente: negociar el fin de las “provisiones papales” y el excesivo drenaje de impuestos hacia Roma. En plena Guerra de los Cien Años, resultaba intolerable para la Corona inglesa que el Papa —residente en Aviñón y bajo influencia francesa— designara a extranjeros para ocupar cargos eclesiásticos en Inglaterra, quienes además enviaban las rentas de sus tierras fuera del país. Para la delegación inglesa, esto no era solo un asunto religioso, sino una fuga de capitales que terminaba financiando indirectamente a sus enemigos en el campo de batalla. Esta inmersión en la alta diplomacia permitió a Wycliffe observar de primera mano la burocracia y la ambición política de la curia, una experiencia que radicalizó su postura y lo llevó a cuestionar si una institución tan volcada al poder terrenal podía realmente representar el Reino de Dios.

Tales opiniones, sumadas a sus escritos, lo metieron en problemas, así que fue llevado a Londres para responder por los cargos de herejía en febrero de 1377. La audiencia apenas había comenzado cuando la controversia se avivó en el recinto, y pronto estalló una discusión abierta que hizo que se terminara la reunión. Tres meses después, el obispo de Roma, Gregorio XI, emitió cinco bulas (edictos de la Iglesia) contra Wycliffe, en las cuales fue acusado de 18 cargos y fue llamado “maestro de los errores”. Aquella fue una ofensiva formal: Roma activó su maquinaria disciplinaria para frenar a un teólogo que ya no sonaba como simple académico, sino como un hombre capaz de incendiar conciencias.
Sin embargo, Wycliffe no cayó de inmediato. Su prestigio en Oxford y su popularidad en Inglaterra —sumados a ciertas protecciones políticas— le dieron margen para resistir. Había quienes podían considerarlo un peligro, pero también había quienes lo veían como una voz útil en medio de las tensiones entre la Corona y la Iglesia. En una audiencia posterior ante el arzobispo en el Palacio de Lambeth, Wycliffe dijo: “Estoy listo para defender mis convicciones hasta la muerte (...). He seguido las sagradas Escrituras”. Continuó diciendo que el obispo de Roma y la Iglesia estaban en segundo lugar en autoridad con respecto a las Escrituras. Esto no le agradó a Roma, pero debido a la popularidad de Wycliffe en Inglaterra y a una posterior división en el papado —hoy conocida como el Gran Cisma de 1378—, fue puesto bajo “arresto domiciliario” y tuvo que dejar de pastorear.

Caminando con valentía
Pero Wycliffe no se detuvo. Siguió profundizando su estudio de las Escrituras y habló más sobre sus conflictos con la enseñanza oficial de la Iglesia. Por ejemplo, escribió contra la doctrina de la transubstanciación. También desafió las indulgencias al decir “Para mí es evidente que nuestros prelados, al conceder indulgencias, comúnmente blasfeman la sabiduría de Dios”, y repudió el confesionario: “La confesión privada (...) no fue ordenada por Cristo y no fue utilizada por los apóstoles”. En fin, reiteró la enseñanza bíblica sobre la fe: “Confía totalmente en Cristo; confía por completo en Sus sufrimientos; ten cuidado de buscar ser justificado de otra manera que no sea por Su justicia”.

En Sobre la verdad de la sagrada Escritura, Wycliffe pidió que la Biblia fuera traducida al inglés, pues solo las versiones en latín estaban disponibles en ese momento. Según la ley católica romana, pasar los textos bíblicos a un lenguaje vulgar era una herejía castigable con la muerte. Aun así, creyendo que cada cristiano debería tener acceso a las Escrituras, Wycliffe comenzó a traducirlas al inglés con la ayuda de su amigo John Purvey.
La Iglesia se opuso amargamente a esto: “Con esta traducción, las Escrituras se han vuelto vulgares, y están más disponibles incluso para las mujeres que pueden leer, que para los eruditos, que tienen una gran inteligencia. Así que la perla del Evangelio está esparcida y es pisoteada por los cerdos”. Wycliffe respondió: “Los ingleses aprenden mejor la ley de Cristo en inglés. Moisés escuchó la ley de Dios en su propia lengua; también lo hicieron los apóstoles de Cristo”.

Pero además de traducir la Escritura, también era necesario copiarla y distribuirla. Este proyecto se emprendió antes de la invención de la imprenta, inventada en 1440, por lo que las copias tenían que hacerse cuidadosamente a mano. A pesar de los desafíos, cientos de biblias fueron producidas y distribuidas por una red de “predicadores pobres” itinerantes, quienes llevaron sus énfasis bíblicos a distintos lugares de Inglaterra. Ellos hacían parte de los seguidores de Wycliffe, a quienes más tarde se les dio el nombre (a menudo despectivo) de “Lolardos”. Vale la pena mencionar que hoy se conservan más de 250 manuscritos completos o parciales de esta producción.
Firme hasta el fin
John Wycliffe permaneció convencido de la autoridad y la centralidad de la Escritura y se dedicó al llamado de su vida: ayudar a los cristianos a estudiarla. Sin embargo, no alcanzó a completar la traducción al inglés, así que su amigo Purvey quedó como responsable de la versión de la Biblia “Wycliffe” que tenemos hoy.

Murió a finales de diciembre de 1384, casi exactamente 100 años antes de que naciera Martín Lutero, y hoy se le conoce como “la estrella de la mañana de la Reforma”. El concilio que años después lo declaró hereje fue el mismo que condenó a muerte a Jan Hus. Sobre lo que hicieron con sus restos, un cronista posterior anotó: “Así, el arroyo llevó sus cenizas a Avon; Avon a Severn; Severn a los mares estrechos; y ellos al océano principal. Y así, las cenizas de Wycliffe son el emblema de su doctrina que ahora está dispersa en todo el mundo”.

Referencias y bibliografía
¿Quién era John Wycliffe? | GotQuestions
Lollard - English Religious Reformers & Medieval Heresy | Britannica
John Wycliffe: Father of the English Bible | The Standard Bearer
A Gallery of Wycliffe’s Defenders, Friends and Foes | Christian History Magazine
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